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Avatares de lo mío y lo ajeno

BREVÍSIMA RELACIÓN DE LAS FORMAS QUE LO (IM)PROPIO Y LO (IN)DISPONIBLE TOMAN EN EL CUERPO

Por Carlos REJÓN ALTABLE


 
 
eN LA INDIA, entre el siglo XV y el X a.e.c comenzó a ser pensada la distinción entre lo propio y lo impropio de mí en mi experiencia. Este acontecimiento tuvo lugar en los ritos e himnos que los arios terribles llegados del norte, montados en carros de ruedas, embriagados con soma trajeron consigo. No dejaron los arios más resto que el sánscrito de los himnos y de la prosa que comentaba los himnos. Allí apartaron lo disponible de lo indisponible y lo personal de lo impersonal y así dispusieron el campo donde estas categorías iban a distinguirse o mezclarse o leerse unas a otras.
 
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Vana semiótica de Reaven

Rieux répondit qu’il n’avait pas décrit un syndrome, il avait décrit ce qu’il avait vu.

A. Camus, La peste

 

…so many learned empty sounds,
with no precise determinate signification…

J. Locke

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EN EL SIGLO XVII los amigos y galenos ingleses Thomas Sydenham (1624–1689) y John Locke (1632–1704) recelaban de las causas últimas. Por humildad o hastío, con resignación y esperanza, se conformaban con lo observado.

 

 

El rampante esencialismo médico de nuestro tiempo ha desatendido la caución que ellos respetaran y se ha empeñado en conquistar “los ínfimos procedimientos en el abismo de la causa” (Sydenham). En tareas imposibles, como la que aquí nos ocupa. No porque carezca la técnica de “so sharp a knife and sight” –como lamentara Locke– para ahondar en el saber del cuerpo, sino porque ha dirigido el bisturí y el metro donde no había sustancia. En un arrebato metafísico ha porfiado en buscar al síndrome metabólico una causa perdiendo la ocasión de dotarlo de alguna utilidad. ¿Cómo ha sido eso posible? ¿Tanto se equivocaron Reaven y compañía? No. Bastó que anduvieran desnortados, confundidos por la ya usual inversión del razonamiento médico de la que Lantéri-Laura alertara:

[H]istoriquement, les maladies sont d’abord identifiées, et la combinatoire
sémiologique vient ensuite, même si, logiquement, elle devrait précéder cette identification.

Es, en efecto, práctica común supeditar los signos a supuestas causas; lo palpable a lo imaginario. Escribe Camus:

Simplement, quand on est médecin, on s’est fait une idée de la douleur et on a un peu plus d’imagination.

Siendo así no extraña que muchos hallaran proverbial la maniobra. Se dio al síndrome metabólico primero un nombre (o varios) y luego, también por dación, los signos que según moda o escuela se antojaran. Tras esta fantasía semiológica (por cambiante –OMS, EGIR, NCEP, ATP-III, AHA, IDF,…– ya sospechosa), tras los “empty sounds” denunciados por Locke, era de temer que nada hubiera: ni caso, ni ley, ni causa.

De habernos exigido partir de la “superficial” semiología pronto hubiéramos reconocido que ni eran signos los datos recabados ni conformaban un conjunto estable, y que así las cosas resultaba absurdo pretender una causa en todo ello, insensato resolver la ecuación que proponía su temprana y reveladora formulación como síndrome X. La incógnita en el nombre escondía la nada, o solo un riesgo, con el adorno de clamps euglucémicos y resistencias insulínicas.

Pasmo de clínicos, descrédito de investigadores.

Esto hemos denunciado en una carta dirigida al editor de la revista Actas Españolas de Psiquiatría, en la que se ha venido aceptando los últimos años un uso acrítico del concepto, y que tienen a bien publicar en su último número de este dos mil quince.

***

FISCHER-HOMBERGER, E. (1970), Eighteenth-century nosology and its survivors. Medical History, 14(4), 397-403

LANTÉRI-LAURA, G. (2003), La sémiologie psychiatrique: histoire et structures. En FUENTENEBRO, F., HUERTAS, R., VALIENTE, C. (eds), Historia de la psiquiatría en Europa. Temas y tendencias, Madrid, 2003

SOLÉ, S. (2015), La incógnita del síndrome metabólico X, Actas Españolas de Psiquiatría (43;6), 237-8

 

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Semiología en la Post-APA

PostAPA13SE LAMENTABA EL ASISTENTE en pajarita de la escasa profundidad psicopatológica de un debate dominado, a su entender, por la vulgar semiología. Desde FENOPATOLOGICA replicamos: ¡Ojalá hubiera sido ese el problema, compañero de corbata! El caso es que la semiología andaba ella misma también algo coja, despistada y errante en la exposición ofrecida por los psiquiatras indianos.

Una de las primeras cuestiones tratadas fue la desaparición, en el flamante y arábigo DSM-5, de los estados mixtos entre los trastornos afectivos. Los estados mixtos ya no son positivamente tales sino el vivo reconocimiento de las impurezas nosográficas que la clínica se empeña en espetarnos. La enfermedad se nos presenta cercana a un prototipo, si bien a menudo con trazas de otros elementos: manías con algo de depresión, depresiones con algo de manía… y mejor llamarlo así a buscar un pretencioso nombre que quiera encorsetar lo que no es sino variedad semiológica (ellos lo llaman horriblemente “especificadores”). Y a la semiología, aunque sea sólo a ella, convendrán conmigo, hay que escucharla, pues fue desde siempre y debe seguir siendo el primer paso del razonamiento médico. El diagnóstico explica la aparición conjunta y mantenida de un grupo determinado de signos y síntomas, de un síndrome, vaya, y si la regularidad en su combinación es dudosa lo será también que tengan una causa común y por tanto merezcan un diagnóstico. Si lo mixto es tan cambiante mejor dejémoslo mudar y sigámoslo describiendo, observando, anotando. Un acierto semiológico del nuevo DSM, sí doctores, la destitución de lo mixto. ¡Eureka!

Pero la euforia no podía durar mucho. El profesor Roca se encargó de comunicarnos la completa desmembración de los trastornos afectivos: tras la fulminación de los estados mixtos, la definitiva atomización de la categoría al escindir la depresión de lo bipolar. Se apelaba a un supuesto síndrome afectivo como denominador común de esta “colección heterogénea de enfermedades”. Pero como a pantalla seguida se nos dice que -a su vez- los “trastornos mentales son heterogéneos”, hay que recular para no perdernos entre tanta heterogeneidad y conceder, después de todo, que el “diagnóstico es sintomático”. Volvemos así al síndrome afectivo que pretendía ser superado por la colección de enfermedades (depresión, bipolaridad) ahora emancipadas.

Vemos, en resumen, cómo en los trastornos afectivos se diluye lo mixto y los intentos de promocionar enfermedades no alcanzan otro estatuto que el sindrómico. Tal vez porque nuestro dominio semiológico es tan escaso somos incapaces de avanzar hacia la consolidación de los trastornos. Prototípico ejemplo del fracaso lo constituye la alusión -que no faltó (con sello de Nestler y Jeste)- al síndrome metabólico, ese otro aberrante constructo que no hay modo de despedir del discurso de nuestra especialidad. Oír hablar, en los trastornos de ansiedad, de “síndrome cross-sectional” para definir el amalgama ansioso-depresivo fue la culminación del despropósito.

Descorazonado ya casi del todo, conseguí todavía tenerme sentado cuando el profesor Bernardo (en la fotografía) nos ofrecía la exclamativa transcripción del oxímoron psicopatológico en el que venimos tropezando: “La Esquizofrenia es un síndrome con una gran heterogeneidad!!”. Insistimos: no puede ser considerado síndrome si no se le reconoce la homogeneidad que implica llamarlo sín-drome, con-junto, tal y como recogen las definiciones de distintos diccionarios de referencia (no el de la Real Academia Española, como ya hemos denunciado en otra parte, pero sí en otras lenguas) que aquí subrayamos: en inglés el Merriam-Webster como “a group of signs and symptoms that occur together and characterize a particular abnormality”; o en catalán el Diccionari enciclopèdic de medicina (DEM) como “Conjunt de signes i símptomes que caracteritzen un procés morbós”.

Al sostener que “al final los tratamientos se fijan en dimensiones clínicas” tal vez se refería el profesor Vieta a lo mismo que Marder -citado por el profesor Sánchez- al afirmar que “No habrá un fármaco “antiesquizofrenia””. Parece la psiquiatría oficial volver al cauce de las prudentes recomendaciones de Thomas Sydenham*, relegando las causas y pretiriendo la nosología, en favor de una mejor comprensión semiológica a la que -por ahora- parecen limitarse  las opciones terapéuticas.

Las disquisiciones psicopatológicas, amigo de la pajarita, son peras al olmo.

——

*Urgent recommendation simply to describe the diseases with the greatest possible precision since one could, by that method, not possibly go wrong,  [was prompted not only by] resignation, but also a hope: the hope that in this way medicine would finally succeed in making the desired advances, particularly in the field of therapy. Yet hope is, of course, in itself a sign that the goal aimed at has not been reached.

Esther Fischer-Homberger, Eighteenth-century nosology and its survivors

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