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Personalidad y totalidad, corrientes circulares

 II posto che aveva nella definizione dell’ideale ermeneutico l‘idea del rapporto particolare-totalità, nella varia determinazione e discussione dei metodi ermeneutici lo occupa invece il circolo ermeneutico, in questa forma non mai una volta per tutte definita, ma inteso come carattere commune delle strutture circolari che via via si evidenziano

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

G. Vattimo

 

Eros comparece como hermeneuta (hermeneuon), como tradutor de uma língua estranha, como um transportador de bens sobre as águas de um rio (diaporthmeuon), rio da largura do rio Océano, limite entre o mundo humano e o misterio. Visto que para a linguagem dos deuses não há tradução perfeita, incessante é o trabalho da interpretação. Eros desloca-se num ir e vir incansável que mantém aberto o diálogo, renovando as viagens entre margens que não se aproximam

D. Schüller

 

 

SIGUIENDO LA LECTURA de Romero, Álvarez y Colina analizábamos en nuestra anterior entrada la figura de los demones como intermediarios entre dioses y hombres. Nos proponemos aquí atender otro cariz de la definición de Diotima, aquella mujer de Mantinea[i] que ilustrara a Sócrates en El Banquete sobre el poder o función de estos espíritus. Junto a su consideración como diaporthmeuon de versión inconstante (intermediario, transmisor, comunicador, entremetteur, conveyor, transportador); destaca unánime su intelección como hermeneûon: intérprete, interpreter, interprète, con el poder de interpretar, interpreta, interpretação. Los demones no son así demonios encargados de un sospechoso “interponerse (…) entre lo mortal y lo inmortal” como le encomiendan los pucelanos siguiendo a Tasso; sino dragomanes dedicados en cuerpo y alma a una interpretación que ya no es mera remisión de signos sino apertura de la significatividad, fórmula posibilitante, regla de relación. Su tarea será infinita, como señaló Foucault, incessante é o trabalho da interpretação, non mai una volta per tutte definita, y su tiempo circular. Su cometido pensar la relación entre lo contingente y lo necesario, lo particular y lo universal, el sufrimiento y el diagnóstico. No prenderlos, sino comprenderlos “por todas partes”.

En esta línea de lectura hermenéutica, que se sabe siempre en marcha, publicaron un año atrás José M. López Santín, Ferran Molins Gálvez y Lia Litvan Shaw el estimulante trabajo Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación Crítica. Propulsores los dos primeros junto al filósofo Raimon Pàez Blanch del grupo de estudios Filosofia i Psiquiatria, defienden una psicopatología que atienda el sentido del discurso de la persona que nos solicita, sentido “liquidado” a su entender por los procedimientos factoriales que, en el nuevo deeseeme cinco, parecen haber ganado la batalla en la conceptualización de los trastornos de la personalidad. Denuncian “la pérdida de la totalidad a través de la operacionalización de los criterios” del manual americano y apelan a la psicopatología esquematizante de Pablo Ramos y Carlos Rejón y a la “totalidad significativa” de Giovanni Stanghellini. Como recordamos en otro lugar (Stanghellini y el equívoco Minkowski) recurría el italiano a la “metáfora intemporal” destacada por Pérez de Tudela para esbozar un sujeto complejo pero no fragmentado: “el mundo, propone, es tejido. O bien: el mundo es texto, ligazón”. Declaraba Stanghellini su intención de tomar “human subjectivity as a texture” como el marco hermenéutico de la psicopatología. Desde esta perspectiva proponen nuestros autores atender al vivir de la persona, a su situacionalidad e historicidad, a las tramas de sentido que lo abrigan, frente a las corrientes dominantes que se ocupan sólo de endosarle al paciente una “estructura” factorial, gélidas categorías extraídas de análisis estadísticos.

EL CíRCULO, IR E VIR INCANSáVEL

No llegamos a dilucidar si frente a la propuesta de los modelos dimensionales que “entienden la personalidad como una estructura nomotética” sugieren los barceloneses una alternativa idiográfica —según la dicotomía de Wilhelm Windelband (1919)—. Partimos en cualquier caso de la consideración de que la personalidad no es ni deja de ser una entidad nomotética, pues la distinción nomotético-idiográfica “is not that of the object of knowledge, but the objective of knowledge” como señala Michael Schäfer. Así, entendemos que la aproximación idiográfica como “science of specific events, which describe the particular, the unique, and the individual” no conviene ni más ni menos al estudio de la personalidad que la nomotética, i.e., “the science of general laws which concerns generality”. Todo dependerá de lo que nos propongamos, pues “the same objects, according to epistemic interest, can be made the subject of either nomothetic or idiographic examination”. Busca el procedimiento nomotético la formulación de leyes y el idiográfico la comprensión del individuo en situación. Reconvienen nuestros autores el olvido de este segundo aspecto a los modelos dimensionales de la personalidad, destacando cómo estos mismos deben reconocer, aunque al final y sotto voce, la necesidad de apelar a la interpretabilidad de una aséptica estructura destilada en alambiques estadísticos. La misma carencia anima a Schäfer en sus desarrollos de la dicotomía Windelband-Rickertiana en relación a la psicología: “Psychology as nomothetic generalizing science misinterprets the form of individuality which is a characteristic of the psychological as a purely temporal singularity”. Reconocerla como temporal en su existencia (Münsterberg) y en su experimentabilidad (Husserl) implica que sólo pueda ser percibida por el propio sujeto, y aceptar la autointerpretabilidad (de la que ya tecleamos en relación a Jaspers y los codanos) es corolario que nuestros autores ponen en cuestión (cf. p. 498 infra y p. 503 §3), entendemos que por privilegiar el acontecimiento dialógico como arena principal de la hermenéutica. Resulta con todo evidente, como ya apuntaran un siglo atrás Fritz Münch (1913) y Bruno Bauch (1923), que el individuo singular no puede ser comprendido por las ciencias históricas si no es en relación a un contexto o valores generales, pues no resultaría de lo contrario más que un anecdotario su estudio, una retahíla de curiosidades. “Ahora bien, entonces la psicopatología ha de buscar su asiento en otro territorio, porque la conducta y la experiencia se edifican tanto sobre el mecanismo como sobre la libertad y precisamos recoger a ambas sintéticamente”, señalan Ramos y Rejón, pues son “fenómenos que no se dejan entender desde una división que no los tuvo en cuenta en tanto que preguntas a responder. De hecho, el intento de incluirlos en una u otra perspectiva deviene repetidamente aporético y empobrecedor”. Proponen por ello “una vía intermedia que debe permitir pensar lo concreto manteniendo activa la tensión hacia las totalidades desde las que es posible su intelección”. Abandonamos en el intento la deriva hempeliana de Schäfer, cuya resaca nos devolvería a los manuales estadísticos, y retomamos la hermenéutica propuesta por nuestros autores para atender el dilema de las leyes de lo irrepetible, el “enigma de la universal unidad-de-unidades”, la alusión de Schopenhauer al Fedro platónico que tanto gusta a Fernando Colina sobre la capacidad de reconocer lo uno en lo múltiple y lo múltiple en lo uno. La hermenéutica nos remite para su resolución a la circularidad, pues “en presencia de ciertas «unidades», de ciertas «totalidades», a saber, las unidades de sentido, el camino de la investigación no puede menos de recorrer un camino de vaivén entre la totalidad y sus partes, entre la unidad y las unidades unidas por ella, supuesto que (la comprensión de) las partes «dependen de» y «se remiten a» la totalidad, en tanto que la totalidad «depende de» y «se remite a» las partes que reúne y congrega, dotándolas, y viceversa, de significado y conexión”. No es este recorrido glosado por Pérez de Tudela otro que el del círculo, es “el «círculo» quien dibuja las mallas del tejido que re-úne”, texto del mundo, tejido de la subjetividad. Círculo como nota distintiva de la hermenéutica en tanto proceder propio de las Geisteswissenschaften frente al nomológico-subsuntivo preferido por las Naturwissenschaften. Si bien su primera formulación corresponde según Schleiermacher a Friedrich Ast, Dilthey nos propone una versión más ajustada al tema que tratamos, la personalidad: “La comprensión de la personalidad individual exige, para que sea completa, el saber sistemático, así como, por otra parte, este saber depende, a su vez, de la captación viva de la unidad de la vida individual”.

FRAMEWORK O ESQUEMA

¿Es compatible este entramado de individuo y sistema que viste al sujeto en la estructura diltheyana con la textura de Stanghellini? ¿Lo son las tramas de sentido que anudan las experiencias del sujeto con la noción lingüística de estructura que el italiano toma de Louis Trolle Hjelmslev del Círculo Lingüístico de Copenhague? Siguiendo al danés entiende el psiquiatra toscano una estructura como una “autonomous entity (which) refers to the assumption that meaningfulness can be found in the structure itself”, y partiendo de esta premisa define una psicopatología estructural que “assumes that the manifold of phenomena of a given mental disorder are a meaningful whole, i.e. a structure”. El sufrimiento mental constituye una totalidad de sentido que deberá extraerse —siguiendo a Hjelmslev— “from the internal links between the elements of the structure”, desatendiendo el horizonte biográfico y el mundo histórico del sujeto. Atrincherado en las “internal dependences” pretende comprender al otro “without involving elements that do not belong to the structure, as for instante antecedent events used to explain some bits of the structure (…) as is the case of traumatic or genetic explanation”. Ofrece así una “comprensión cerrada de la subjetividad” que será reconvenida por nuestros autores al afirmar que “tanto el acontecimiento de un trauma como la existencia del conflicto a lo largo de una vida, ponen las condiciones para que el sujeto modifique de forma dinámica su relación consigo mismo y con los otros”. Rehúsa Stanghellini atender no ya a la significatividad, la Vida en mayúscula de Dilthey, sino a la simple biografía, que se escribe siempre con otros, para ceñirse a la lógica interna, de lo bio- o del fenómeno. Cierto es que más tarde apela al “significance” que surgiría de un análisis “that unfolds the personal life history, emotions, attitudes, values and modes of experience”. Parecería adquirir cierto dinamismo con el despliegue de la historia vital, aunque tuviera que explicar cómo lo encajaba en su concepto de estructura (tal vez mediante el “análisis cualitativo” formulado con su paisano Ballerini), pero delata pronto su verdadero objeto del deseo: los modos de la conciencia experiencial. Pues es así como entiende la subjetividad, apuntan nuestros autores, “como los modos de configuración de la conciencia”. Nos preguntamos si es compatible esa intelección de la subjetividad con la apuesta por una hermenéutica que precisamente “se desarrolla como intento de superación de las aporías de la filosofía de la conciencia”. Nada bueno auguraba la referencia al danés, resultando su “autonomous entity” lo más opuesto a la existencia «ya-siempre-fuera-de-sí», a la “subjetividad que ya se encuentra en compromiso con el mundo” defendida con Ramos y Rejón, príncipes de lo concreto en la nueva era del Rey intérprete (Juliana dixit). Desde esta ex-istencia fáctica cabe pensar el mundo, este mundo ya encarnado, ya dado a la interpretación. Recuerda Pérez de Tudela como “ensayo de respuesta” el mandato hermenéutico por el que ampliar siempre los límites del pensar a los meta-niveles que convenga, y que sabemos no terminarán hasta la misma significatividad, pues “exorcizar el demonio de la circularidad” es imposible. Hay que reconocerse, como Los Planetas, “perdido en corrientes circulares en el tiempo”; someterse a la circularidad de “la interpretación, que viene de la interpretación, (y) va siempre de nuevo a la interpretación”. Al puro esquema.

***

PÉREZ DE TUDELA VELASCO, J. (1992), Hermenéutica y Totalidad. Las razones del círculo, Logos. Anales del Seminario de Metafísica (26), 11-48

SCHÄFER, M. (1999), Nomothetic and Idiographic Methodology in Psychiatry — A historical-philosophical analysis, Medicine, Health Care, and Philosophy (2;3), 265-74

RAMOS GOROSTIZA, P., REJÓN ALTABLE, C. (2002), El esquema de lo concreto, Madrid, Triacastela

STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology, Psychopathology (43), 319-26

LÓPEZ SANTÍN, J.M., MOLINS GÁLVEZ, F., LITVAN SHAW, L. (2013), Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación crítica. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (33;119), 497-510 doi: 10.4321/S0211-57352013000300003

 

[i] Le resulta a uno curioso que el nombre comercial del nuevo aripiprazol inyectable sea un anagrama de esta arcádica ciudad.

 

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Esquizofrenia en el seno de la modernidad

08210030

La Habitación Roja, 2003

He leído en portada
que han encontrado al hombre que decidió
darle la espalda a su mundo,
construirse uno mejor.

Creyó que debería
quedarse en casa, apagar la televisión,
cerrar ventanas y puertas,
buscar en su interior. (…)

Y el hombre del espacio interior
se convirtió en el héroe esperado. (…)

¿Has escuchado la radio?
No nos queda ni una canción,
todo es vacío y hueco,
ya no hay emoción.

El hombre del espacio interior, LHR


VIENE RESULTANDO ACOSTUMBRADA la comprensión de la esquizofrenia como síntoma de modernidad. Dos artículos abordaban recientemente la cuestión: Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad (2011) de los pucelanos José María Álvarez y Fernando Colina y El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia (2010) de los investigadores del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC Enric J. Novella y Rafael Huertas. Ofrecen los primeros un planteamiento que “se nutre de una historia de la subjetividad y sitúa el origen histórico de la esquizofrenia en la época moderna” y defienden los segundos “la constitución de la esquizofrenia como un trastorno característicamente moderno de la subjetividad”.

Gira nuestra lectura en torno a tres consideraciones:

MODERNIDAD: la esquizofrenia se presenta como característica (i.e., no exclusiva) de la modernidad, y en ella puede darse su origen histórico, es decir, el de su narración o exposición; no es tan moderna la división que aflige al sujeto, sí lo es la representación de ese escindir en el pensamiento dominante de la época que posibilita su relato.

CIENCIA: dicha división del sujeto no responde tanto a las necesidades (galileo-cartesianas) de la ciencia como a las exigencias (estoico-agustinianas) de la libertad (para escoger el bien y el saber)

LENGUAJE: la moderna liberación del lenguaje favorecerá dos impostaciones, la del lenguaje artificial de la ciencia positivista y la del delirio esquizofrénico; frente a ellas cabrá atender a un lenguaje como lugar de encuentro, sin sumisión ni certeza.

LA MODERNIDAD

Parten los argumentos de ambos trabajos de una asunción común para la defensa de sus tesis: la división constitutiva del sujeto moderno. Apelan Novella y Huertas a Taylor y McKeon para trazar la escisión que da lugar a “ese espacio interior o subjetivo característico del individuo moderno” y sostener que “la formación de esta interioridad ha sido activamente promovida por la marcada escisión entre esfera pública y privada que ha acompañado el despliegue de la Modernidad”. Por su parte, en el psicoanálisis que ampara a Álvarez y Colina el sujeto se halla en efecto constitutivamente dividido, desde la metapsicología freudiana al modelo borromeo de Lacan pasando por la posición esquizo-paranoide en Klein. El sujeto moderno es, para todos ellos, un sujeto dividido. Pero no por ello necesariamente enfermo.

La enfermedad parece resultar no tanto de la división del sujeto (como sostuviera Bleuler) como del fracaso en el trabajo reconstituyente al que se ve impelido. Aunque los pucelanos asumen una “definición del sujeto vinculado consustancialmente con la locura” y sentencian que “al sujeto le define, antes que nada, la alienación”, matizan un tanto su propuesta al considerar la “transformación subjetiva que sobreviene con la modernidad” como el “contexto (…) donde germina la discordancia esquizofrénica” (destacados nuestros, también en el resto del párrafo). Y con el mismo símil sostienen los del CSIC que la cultura moderna lleva “en su núcleo el germen y el fundamento de su propia alienación”. Asumido el “potencial de alienación que comportan las estructuras de la subjetividad moderna” (NH), este germen moderno no causará enfermedad (será patógeno) sino en el (fallido) discurso anudador o reconstructivo del sujeto ya diviso.

El espacio interior inaugurado por la modernidad no parece así tanto implicar enfermedad como posibilitar su “constitución como “objeto cultural”” (NH), como discurso. En la modernidad cabrá situar -escriben Álvarez y Colina- su “origen histórico”, y la asunción del “proyecto reflexivo del yo” (Giddens) que le es propio la convertirá, en palabras de los del CSIC, en una “condición culturalmente posible”. Esto es: la modernidad no enfermará al sujeto sino que posibilitará el discurso de una división que, defendemos, viene de antiguo. La explicitará y le dará el nombre y forma que ahora conocemos. No en balde destacan nuestros autores la inexistencia de relatos compatibles con la enfermedad anteriores al siglo XIX, pues, como sentencian con rotundidad los pucelanos: “la esquizofrenia no es una enfermedad de la naturaleza sino de la cultura y de la historia”. No es una enfermedad, es la narración histórica de una vivencia antigua del hombre, el retrato de la brecha -por temor cerrada- que podía hacerlo libre.

LA CIENCIA

Esta herida interior operada por la modernidad, esta pérdida de la coincidencia del yo consigo mismo que atribuyen Álvarez y Colina a la revolución cartesiana, la vemos pronto desenmascarar al que será su verdadero antagonista: la ciencia. Afirman que la esquizofrenia “(s)ólo se puede encontrar desde el momento en que los modernos entregaron media cabeza a la ciencia para quedar desde entonces divididos, escindidos”. Y no sólo consideran la esquizofrenia como consecuencia de la ciencia sino como su mismo síntoma e, identificándola con su tiempo, llegan a afirmar que el “esquizofrénico es centinela de la modernidad”.

Acotan más Novella y Huertas al recoger de Sass y Stanghellini la equiparación entre experiencia esquizofrénica, “conciencia moderna y su ciencia positivista”. La escisión vendrá dada en todo caso por una ciencia entendida desde la restringida perspectiva del conocimiento positivo que procede a un uso artificial, alienado, del lenguaje. El modelo galileano de Descartes no supone per se la rendición a la ciencia que Pascal reprocha a los modernos, en todo caso un “giro en la teoría científica” que no entendemos como entrega sino antes bien como conquista. Epistémica, pero fundamentalmente ética, en un viaje compartido desde Platón, en quien ya hallamos una “estrecha relación entre la explicación científica y la visión moral” (Taylor).

La ciencia representacional sigue el camino de interiorización de las fuentes morales acometida por Agustín en respuesta a la dependencia platónica del orden cosmológico. El nacimiento del sujeto moderno es pues en primer lugar un requisito ético, y la apuesta instrumental de Descartes participa del reconocimiento de la autonomía del sujeto, del ensalzamiento de su prohairesis u opción moral (en el étimo griego se ve ya la antigua concepción). Para ello era en efecto preciso asumir una perspectiva que Taylor denomina desvinculada, desencarnada traduce Stanghellini, y liberada decimos nosotros frente a la griega y ciega salvaguarda de los fenómenos (su sosein ta phainomena), su entrega (esta sí) a las cosas, su puro dejar entrar en presencia de lo que se muestra, sin el filtro de la representación y del lenguaje. Pues, como leemos en nota a la traducción de Lob der Theorie de Gadamer, gracias “a la palabra adquirimos la distancia que nos hace libres para escoger el bien, y la libertad para saber”. Lo explicita Taylor al sostener que “(e)l desafío en nombre de la libertad es específicamente moderno”, y a ese mismo ámbito moral circunscribe Foucault en su historia de la locura el decimonónico surgir de esta: “La folie du XIXe siècle, inlassablement, racontera les péripéties de la liberté”. Tomar conciencia de la libre posibilidad de un control instrumental del mundo, trasladar las ideas del orden óntico al intrapsíquico, nos permite adueñarnos de nosotros mismos, nos devuelve “las fuentes de la fortaleza moral”, y nos convierte en agentes de nuestro propio devenir, ya no dependientes del encuentro con el mundo de las ideas sino constructores de nuestro propio mundo interior.

EL LENGUAJE INTERIOR

Liberados de la tenaza cosmogónica empuñaron con angustia esa horma empobrecida…

En ese tiempo antiguo en “que los griegos no tenían ningún término para lo que nosotros llamamos lenguaje” (AC) se hallaban (sin ciencia y sin dolor) sometidos al cosmos, identificados con él, rendidos a la “íntima unidad entre la palabra y la cosa” (AC). La moderna emancipación del lenguaje, su “independencia creciente” (AC) y la consiguiente libertad de uso en la búsqueda de un sentido que ya no viene dado, avivarán una responsabilidad que será vértigo ante el descubrimiento de que “la representación no alcanza a revestir la realidad”. Frente al abismo que nos separa del mundo la ciencia positiva intentará aferrarse al significante, optará por un uso artificial del lenguaje que pretenderá saisir o agarrar un mundo que la excede. En su desesperación botará un lenguaje a la deriva, sin anclaje, que verá volver con extrañeza cuando esperaba todavía que fuera a encajar con la realidad, con lo Real y el noúmeno. Pero, oh, gravity

Cabrá reconocer entonces como fenómeno prominente el xenopático, esa vivencia de extrañeza que rescatan los del CSIC como vertebradora de la propuesta schneideriana, y que los pucelanos extraen directamente del alienismo francés. La extrañeza de la propia actividad psíquica que, indefectiblemente, no coincide con el mundo. Pero si “el sujeto alucinado se nos presenta sobre todo como un ser que no ha podido o sabido defenderse de la presencia xenopática del lenguaje” (AC) será porque su uso se le escapa y se atora en su dominio; será porque, agorafóbico, sigue ansiando el “logos óntico” en el que se hallaba constreñido, ese mundo del que no se distinguía y en el que la virtud resultaba del mero conocer sin elección.

Científico y esquizofrénico niegan ese espacio, abierto a lo interpretable. Todo en ellos es afán de certeza, intento de fusión del mundo con la idea.

Ya entre los griegos se libró la lucha contra la omniabarcante razón y la estoica prohairesis delata en ellos algún tipo de interioridad. Parece ser que la esquizofrenia ya estaba, la angustia del hombre ante la libertad de elección y conocimiento, ante el descuadre; sólo faltaba la científica cobardía que le diera nombre, y voz (su expresión “por excelencia” y “más reveladora”), pero no un lugar de reunión, de encuentro en la palabra.

***

ÁLVAREZ, J.M., COLINA, F. (2011), Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad. Frenia (XI), 7-26

NOVELLA, E.J., HUERTAS, R. (2010), El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia. Clínica y salud (21; 3), 205-19, doi: 10.5093/cl2010v21n3a1

TAYLOR, Ch. (1989), Sources of the self. The making of the modern identity, Cambridge, MA, Harvard University Press

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Jaspers desexperimentado

Centenario de la Psicopatología General de Karl JASPERS en Schizophrenia Bulletin


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Estructura de juegos infantiles en la que los codanos se entretienen mientras Jaspers encarama para otear el horizonte levantisco.




El que experimentó por sí mismo, encuentra con facilidad la descripción adecuada. El psiquiatra que solamente observa, se esforzará en vano por formular lo que puede decir el enfermo de sus vivencias

Karl Jaspers, Psicopatología General





Codano, na. adj. Perteneciente o relativo a los centros de la Universidad de Copenhague dedicados al estudio de la psiquiatría y de la subjetividad. U.t.c.s. A efectos de este artículo: Parnas et al., autores de Rediscovering Psychopathology: The Epistemology and Phenomenology of the Psychiatric Object.



ENTIENDEN LOS CODANOS la psicopatología como el estudio de la experiencia anómala, o trastornada. No tardan en asimilar esta experiencia a la conciencia en la que ven morar el objeto de la psicopatología para Jaspers, “the conscious psychic event”. El tándem de la experiencia consciente deviene así un invariable que, identificado en nombre de Nagel con la misma subjetividad, queda instituido como el suelo sobre el que avanzan sus pesquisas psicopatológicas de unos “mental states identified on experiential grounds”.

Pero esta conciencia experiencial resulta difícilmente aprehensible, y a lo más que llegan (aunque machaconamente) es a enfrentarla al mundo físico. Quieren presentarla con Husserl como una red de momentos interdependientes opuestos a una espacialidad atomizada en la que su léxico choca y tropieza (frame, ground, structure). Rechazan su intelección como “substantive objects of the natural world (ie, things)” y censuran el empeño fisicalista por dibujar la “reality as graspable in a certain substantive mechanical sens” (sí se lo parecía, graspable, al secuaz Stanghellini).

No merece probablemente la pena desbrozar la maraña (o marañón) onto-epistémica en la que se enredan para justificar su propuesta y arremeter contra un reduccionismo neurocerebral que endosan al demonizado positivismo o empirismo lógico. Baste identificar su rechazo al de las operational definitions que de la mano de Carl Hempel llegaron a la psiquiatría americana para inspirar el deeseeme desde su tercera edición. Les parecen pobres las definiciones ambulantes y queridamente desarraigadas del manual estadístico. Les conmueven las palabras sin historia y sin hogar que allí se alistan, y se precipitan sobre el huérfano jurándose encarrilar esa vida sin sentido. Pero recelosos de los auténticos orígenes (esa madre biológica -¡ups!- que los abandonó a una suerte sin doctrina), lo empujan a ser acogido por una familia de relaciones significativas o a someterse a la estructura estatal de la experiencia.

Ante el repudio de la causalidad mecánica, esa que entiende la conciencia como “a mere product of neurophysiological events that lacks any causally relevant meaning structures of its own” (nótese que también lo físico lo entienden a su vez por mera oposición), proponen unas relaciones de sentido (meaning relations) que no parecen constreñir menos por haber mudado el apellido al dejarse adoptar por la motivational causality. Pero no es esta su apuesta principal (sí lo es de Stanghellini en el artículo reseñado en nuestro número anterior, Stanghellini y el equívoco Minkowski); y sea porque les parezca tímido el pupilaje, o tal vez al contrario atrevido en exceso (rememorando la reprimenda de Jaspers a von Weizsäcker por sus omniabarcantes pretensiones de sentido) conceden otra salida al desharrapado animal proponiéndole vestir las forms of judgement del buen sujeto del Estado de experiencia.

En FENOPATOLOGICA nos preguntamos si esta opción totalitaria (como veremos) de los codanos, acorde con su comprensión de la psicopatología como experiencia trastornada, es compatible con la concepción descriptiva de la Psicopatología General de Karl Jaspers a la que dicen rendir homenaje.

Creemos hallar respuesta en el editorial del mismo número de Schizophrenia Bulletin firmado por Assen Jablensky. En él destaca, imprecisiones fenomenológicas (hasta la denunciada loose manner) aparte, el papel de la introspección rescatado por Jaspers. Este acceso a la vivencia del enfermo a través de su propio relato, de lo comunicado por él, del punto de vista de quien vive y sufre el enfermar, la descripción “from within” que también reclaman los codanos, consiste en atender la experiencia que el orate hace de su propio malestar, lo cual resultaría improductivo si entendiéramos que es el mismo experienciar el que flaquea. Se trata pues de entender la psicopatología as experienced (como destaca en el original el australiano), no of experience como los codanos interpretan.

Estos consideran crucial una concepción holística que anudan con un particular énfasis fenomenológico en la forma o estructura del vivenciar. La estructura experiencial se presenta así como totalidad compre(n)siva, como el marco que encuadra, tensa y sujeta (que el sujeto anda fuera de sí es errancia de sólita modernidad), y en ese vallar el campo (y playa) se entretienen. El trastorno o desorden lo hallan así por fuera, en un ámbito negado a la introspección, sea por su carácter prerreflexivo dicen, sea por entender que socava la misma estructura de la conciencia que debería llevarla a cabo (son ambas opciones en el fondo la misma si aceptamos el ipseity’s fundamental role in experience que postulan en otra parte (2011); aunque no creemos nosotros que se halle en este in-spectio la dificultad sino en el empeño por permanecer en la barrera, en que nunca estuvieron de-intro; pero sigamos sus razones). Resulta de este modo que la identificación del campo de experiencia como el ámbito afectado en la enfermedad mental impide la asunción del proceso autodescriptivo en el que se basa el programa metodológico jaspersiano del que denuncian el olvido y apremian el rescate: “Jaspers urges us to elicit and attend to the patients’ self-descriptions”. Se delatan al reclamar “the need for a faithful description of anomalous experience, ‘from within’“. Este ‘desde dentro’ ya hemos visto que encajaba con una psicopatología as experienced, pero no en su ‘desde fuera’, en las formas of experience; la introspección de Jaspers trata con un malestar experimentado (y experimentable por tanto) pero no de un incapacitante y alienante enfermar de la experiencia.  Si esta se trastoca no podrá ya volverse sobre sí, especialmente si se la entiende como el todo de un sujeto sin ella desarmado. La psicopatología no puede para los codanos ser entendida como (as) experimentada por los pacientes tal como defendía Jaspers, pues es precisamente la experiencia la que hallamos averiada. El enfermo de la experiencia no puede aspirar a la introspección como el ciego no puede verse con el ojo malherido, enucleado. Experiencia de enfermedad y enfermedad de la experiencia se formulan excluyentes, y se antoja vana la experiencia de cien años.

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PARNAS, J., SASS, L.A., ZAHAVI, D. (2013), Rediscovering Psychopathology: The Epistemology and Phenomenology of the Psychiatric Object. Schizophrenia Bulletin, doi:10.1093/schbul/sbs153

JABLENSKY, A. (2013), Karl Jaspers: Psychiatrist, Philosopher, Humanist. Schizophrenia Bulletin, doi:10.1093/schbul/sbs189

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Stanghellini y el equívoco Minkowski

Tractografia

Tractografía en la portada del dominical magazine del 29 de septiembre que anuncia el reportaje central sobre los proyectos Human Brain Project y Brain Initiative.

 

LAZO QUE TODO LO UNE – OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA – REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ – DE SUELOS Y CIELOS – EL SALTO HERMENÉUTICO

 

En un principio textu era en latín tejido, participio pasado de texere, tejer. Más tarde el término sirvió también, mediante una metáfora, para designar lo que estaba escrito o impreso y que no era otra cosa que el tejido de las letras y las palabras. De modo que viene de lejos el vínculo entre textos y tejidos, y así en las otras lenguas romances.

John W. Wilkinson, Globish del 29 de septiembre






GIOVANNI STANGHELLINI PUBLICÓ en 2010 en Psychopathology un artículo de pretensión cuasi programática: A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Vindica en él la obra del psiquiatra ruso Eugène Minkowski, gesto que nos proponemos analizar en este número de FENOPATOLOGICA al hilo de las metáforas textiles que ambos usan. Ofrece Stanghellini la suya para vestir la propuesta hermenéutica frente a la visión naturalista:

It arises by taking human subjectivity as a texture (from the Latin ‘textura’=weaving, the same origin as text) or a fabric. As a texture, human subjectivity has an intimate network or weaving, which is an arrangement of threads, and a surface appearance showing pleats, folds, creases, wrinkles, corrugations, etc.

La subjetividad así entendida sugiere aprehenderla mediante una explication que, al contrario de la causalista y enajenadora explanation, sí atendería lo propio de la experiencia del sujeto, su más íntima textura. La definición queda así: “To explicate the text of a patient’s subjectivity means to open up its pleats and wrinkles, and make visible its intimate texture or structure”. Explicar significa pues hacer visible la trama, la estructura. Y este es el quid del artículo, defender una psicopatología estructural frente a las psicopatologías descriptiva y clínica. En FENOPATOLOGICA nos preguntamos: ¿Es hermenéutica, como anuncia el título, esta propuesta estructural? ¿Lo es la de Eugène Minkowski a quien toma como referencia?

LAZO QUE TODO LO UNE

La tesis principal de Stanghellini sostiene que una presentación sindrómica no resulta de la asociación casual de síntomas sino que responde a una estructura meaningfully interconnected, esto es, cohesionada por una unidad de sentido. El deseo de unidad lo anticipa ciertamente Minkowski, quien escribe que los síntomas “forment non pas un amalgame mais réellement un tout”, e insta a buscar ese “lien qui en réalité unit“, ese lazo que todo lo une. También Stanghellini busca su nexus, el de esa unidad sindrómica que no es compacta sino resultado de la articulación de elementos, síntomas y signos. El lien o nexus lo halla en las relaciones de sentido (meaningful relationships), a las que considera fenomenológicas frente a unas relaciones causales etiológicas que serían, por usar la terminología antipsiquiátrica que apunta, enajenadoras del sujeto. Lo mismo defiende Minkowski del método fenomenológico por el que aboga, al afirmar que este “n’entreprenait ses recherches ni sous l’angle de la causalité, ni du conditionnement, ni de la genèse”.

OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA

Arrostrado el enfoque de la causalidad científica, el “point de vue médical (qui) n’épuise jamais l’aliénation mentale”, habrá que calibrar la perspectiva fenomenológica pr-opuesta, el ángulo propio en que trenzar estas relaciones de sentido. Desprendida la mirada “telle que nous l’impose la méthode des sciences” convergen ruso e italiano en las kantianas formas de la sensibilidad, espacio y tiempo, para la reconstrucción fenomenológica de la subjetividad experiencial. Aunque resulta discutible la fenomenología de andar por casa (Phenomenology of Everyday Life) a la que apela para imponer los existenciarios como guías para la composición del mundo enfermo, no nos detendremos en ello pues no radica ahí el meollo de la psicopatología estructural de nuestro cicerone angloparlante: “However, at this stage of reconstruction the lived world still lacks a core that keeps its parts meaningfully interconnected”. Stanghellini entiende que el broche que anuda el sentido de los síntomas en la vivencia fenomenológica del mundo, el proceso final que da coherencia a la totalidad de la experiencia, consiste en aislar un (supuesto) núcleo: Grasping the Trouble Générateur.

Introduce Minkowski el que resultará afortunado galicismo al reconocer en 1927 “le besoin de ramener la richesse et la variété des symptômes à quelques troubles élémentaires sous-jacents” (Annales médico-psychologiques, 1927), i.e., la necesidad de hallar el denominador común de unos síntomas que “sont sous-tendus ainsi tous par un trouble générateur”. ¿Pero qué es este trouble générateur que sos-tiene la vivencia sintomática? Stanghellini lo entiende como aquello que, tal como describe Minkowski, subyace o sostiene la presentación clínica descriptible. Unidad subyacente (underlying), a menudo en un sentido deficitario como transformación, alteración, trastorno, anormalidad, o trouble. Underlying disorder o Trastorno subyacente, ¿qué es eso que subyace, que hay debajo?

Si un temprano Minkowski reconoce en el trouble générateur “le désir d’établir pour les troubles mentaux des rapports organo-psychiques”, se aparta años más tarde de las causalidades biológicas y de la lésion première para defender una tarea fenomenológica que “s’éloigne  (…) de ce qui est interprétation causale de ces faits. Elle s’inspire du phénomène global de la folie et laisse de côté son aspect médical”. Reivindica entonces la “personalité humaine tout entière”, el “fenómeno global” frente a la simplicidad de unas funciones correlato de lesión. Stanghellini también sufre, desde su Departamento de Ciencias (precisamente) Biomédicas de la Università degli Studi G. d’Annunzio, el lastre organicista y quiere desmarcarse: “Mental disorders are first of all mental”. Ambos quieren ver el trouble générateur como “not an etiopathogenetic construct, but rather a hermeneutic one”. Pero les cuesta. Cambiando la mirada no han podido mudar la perspectiva trascendental, hipostasiante. Proclaman la renuncia de un sustrato físico mientras se les cuela por el forro la sustancialidad de la conciencia. ¿Es más legítimo ese enchaînement causal?

REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ

Ramos y Rejón (2002) reconvienen al ruso francófono el “desplazamiento a la búsqueda de instancias de legitimación”; y el profesor Villegas se planteaba en su Tesis doctoral (1981) que “Minkowski y demás analistas fenomenólogos estén traicionando sus propios principios, tal vez para hallar una seguridad intelectual (apriorística) ante la complejidad e inabarcabilidad de la existencia concreta”. Este corrimiento nos parece responder a la necesidad de patraña y cachivaches sobre la que alertaba Magris desde un Danubio empantanado; a la morbosa necesidad del enfermo melancólico descrita por Codet. Defraudado por la falta de hechos palpables que justifiquen su malestar, fía a otras instancias la respuesta que precisa para no ceder al sinsentido del dolor: “à défaut d’incitations extérieures il est conduit à chercher une autre explication pour satisfaire au besoin d’enchaînement causal” (Idées d’influence au cours d’un état mélancolique, 1923). Si el enfermo delira con un Otro amenazante para explicarse la angustia del vacío; el psiquiatra fantasea, a falta de una lesión cerebral localizable, con dar un sentido al hueco dejado por el órgano.

No será ya la víscera pero seguimos en la oscura entraña del sufriente, algo que está por debajo o más allá, un trastorno sub-yacente (sous-jacent, underlying) que sos-tiene los síntomas (“the underlying characteristic that keeps the phenomena standing”), los epi-fenómenos. Ordena Minkowski “pénétrer en profondeur” y lo obedece Stanghellini en un nuevo triunfo de la psicotomía profunda, análisis del cenagal que tantos elogios ha merecido: “Minkowski’s generative disorder is a ‘deeper symptom’ compared to ‘surface symptoms’ on which contemporary nosography is based”. ¡Henricus-Cornelius, oyes?

DE SUELOS Y CIELOS

(entre los que hay algo con tendencia a quedarse calvo de tanto recordar – Mecano)

No sabemos como compatibiliza Stanghellini su defensa de estos fosos del ser con el posterior rechazo de una explanation dirigida al espacio etéreo de lo sub-personal, de lo sub-jetivo: “This ‘outside’ includes sub-personal or trans-personal mechanisms, or a theory that is placed in a ‘third world’ that is external to the patient’s subjectivity”. Espacio de tercera, exterior sin categoría, afuera sin la prestancia del subsuelo. Mecanismo tan ajeno como la intersubjetividad que funda la hermenéutica. No es, por supuesto, un problema interno de la espacialidad, de una menor aprehensibilidad del outer space frente al mundo interno idealizado. Sus reticencias, lejos del orden del saber, proceden directamente de posiciones metafísicas, como asume Minkowski sin rubor.

Tal vez hubiera merecido la pena detenerse algo en las disquisiciones epistemológicas que Stanghellini considera “not at issue here”, y dar la cara. Tal vez le hubiera servido para no dar por zanjada, con la asunción de un par de vaguedades sobre los brain states o mechanisms y la supuesta antinomia entre ciencias humanas y naturales, la cesura trascendental en la que tropieza, ahora, desde dentro. En un análisis más detenido se hubiera percatado, tal vez, de que cambiando la mirada no muda la perspectiva. No trata la apuesta estructural de una mera cuestión epistémica, de si la res extensa viene antes o después, de si la reducción del fenómeno al mecanismo “comes as a later step”. Trata de conceder a la estructura de experiencia del sujeto una entidad, Hjelmslev dixit, una esencia. Se lanzará a ello Minkowski con su antropología y posterior cosmovisión. No le seguimos en ello pero sabe lo que se hace. Nosotros nos detenemos, como creemos que debería haber hecho Stanghellini para fundamentar sus pretensiones hermenéuticas, en otro momento de la obra del francógrafo.

EL SALTO HERMENÉUTICO

Antes de enredarse con la fenomenología había mostrado Minkowski una aguda intuición clínica, bergsoniana tal vez, acerca de la compleja naturaleza de ese espacio que eligen para mostrarse las presentaciones sintomáticas. En La notion de fond mental (Annales médico-psychologiques, 1940) no se trataba aún de atender un sub-strato orgánino ni a prioris psicológicos, sino de detenerse en los hechos psicopatológicos y “voir comment ils se rattachent à la personnalité vivante du sujet”. Personalidad como totalidad organizadora en la comprensión -episteme todavía- de los síntomas, como ”ensemble, vu justement sous l’angle du fond”. Esta perspectiva de fondo, nos advierte, “n’implique aucune investigation en profondeur” y se afana en destacar su naturaleza envolvente y atmosférica frente a la  “profondeur obscure et mystérieuse”. Es precisamente en este momento, para ilustrar esa peculiar espacialidad, cuando propone para su elucidación la metáfora de la tela, del tejido, que no hay que comprender -nos avisa- como telón (de fondo) sino como el fondo de una tela:

Ce qui le caractérise ce n’est point ce qui se passe au fond ou dans le fond, ni ce qui vient du fond, mais ce qui se dessine, se profile, se détache, ressort sur un fond.

Tal vez quiera servir al mismo propósito de descarga la apelación de Stanghellini a una subjetividad como textura. Mejor que la fontanería del Danubio, la tela ofrece una versatilidad por la que algunos suspiran desde el esqueleto fósil de la conciencia. El tejido ejemplifica una sustancia sin profundidad pero con intersticios, la espesura de un conocer que no va más allá, que no hurga ni espera, que atiende lo presente (la temporalidad, Eugène!) y no sospecha. Que “s’arrête au fait psychopathique comme tel” y se posa en la superficie de la personalidad viva. Pero la texture del italiano no es ese fondo mental que Minkowski asimilará en 1957 al diálogo, hilvanando el camino hermenéutico. Si para Stanghellini

To explicate human subjectivity (taken as a textura or a text), means to unfold, exposit, expound, expand, unfurl it, lay it bare, show further details about it

, nos preguntamos: ¿Qué ulteriores detalles queremos mostrar? ¿A qué viene desnudar y exponer, a qué olvidar la tela, que es ya piel?

(Sobre el traicionero estrambote de la interpretación y Ricoeur, tal vez en otra parte).

***

Todas las citas en inglés proceden del trabajo del italiano STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Psychopathology (43), 319-26

Todas las citas en francés, salvo donde indicado, proceden del trabajo del ruso MINKOWSKI, E. (1948), Phénomenologie et analyse existentielle en psychopathologie. L’évolution psychiatrique (4), 137-85

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