Archivo de la etiqueta: semiología

Pasado, presente y… ¿futuro?: la semiología que viene

Por José Manuel LÓPEZ SANTÍN


fritz khan1

Das Gehirn als Setzkasten, Fritz Kahn

 

 

Reseña de Carving versus Stitching: The Concept of Psychic Function and the Continuity/Discontinuity Debate, de Carlos Rejón Altable y Álvaro Múzquiz Jiménez (Psychopathology, 2015)

 

 



EL TRABAJO QUE nos ofrecen Rejón y Múzquiz tiene varios méritos, pero por encima de todos está el de plantear sin ambages que el modelo derivado de la psicología de las facultades y positivizado en las funciones psíquicas no nos vale si queremos avanzar en la comprensión, el tratamiento y la investigación en psiquiatría. Por tanto, es nuestra tarea encontrar una salida válida. Y por eso nos señalan un camino posible.

Para ello, abordarán la cuestión de la continuidad/discontinuidad de los síntomas mentales. Y lo hacen a partir de Minkowski y su afirmación acerca de la confusión del concepto de función psíquica, que agruparía juntos fenómenos con estructura diferente. Trabajos previos del propio Rejón ya explicitan ese problema que trata de superar por medio de la ‘información subsignificante’ o ‘not-in-definition material’ (Psychopathology, 2012). Y puesto que la investigación de las alucinaciones y delirios en muestras no clínicas agrupa fenómenos tales como la suspicacia, la paranoia y el delirio agudo sólo por su parecido de familia, se meten de lleno en su análisis.

Viendo las posiciones generales respecto a la continuidad entre experiencia normal y síntomas mentales, su conclusión es que es necesario emprender una remodelación de la semiología. ¿Por qué?

Antes de introducirnos su propuesta, revisan los modelos continuistas de síntomas psicóticos (CMPS). Estos modelos parten de la premisa teórica de que la investigación sindrómica ‘oculta aproximaciones categoriales estrictas a los trastornos mentales’. De aquí se seguirán dos consecuencias: que los síndromes se manejen como entidades separadas, y que los síntomas mentales se consideren sólo eso, síntomas (expresión de una disfunción subyacente o parte de un síndrome), que no se encontrarán en la vida mental sana. De esta forma, la investigación etiopatogénica estaría condenada a no llegar a buen puerto.

A nivel epistémico, los CMPS asumen los síntomas psicóticos como puntos en un continuum que va de una función psíquica normal al síntoma completo. Esos síntomas tendrían una estructura fija interna igual a través de diferentes contextos (acontecimientos vitales, síndromes psiquiátricos, enfermedades neurológicas). Esa estructura invariable es la que deberían captar las actuales o futuras definiciones descriptivas y estudiarse transdiagnósticamente. La base de esa estructura se sustenta en la noción de función psíquica (estable en distintos contextos, presente en sanos y muestras subclínicas y clínicas, y enraizada en procesos evolutivos). Pero esa asunción de los CMPS no existe, por ejemplo, para las alucinaciones, muy distintas en diferentes síndromes clínicos.

Los resultados de los estudios basados en CMPS, que han justificado la existencia de ese continuum de la función psíquica, fácilmente pueden ser el efecto de cuestionarios diseñados para dirigirse a parecidos de familia más que a diferencias. Estos parecidos se tomarían como identidad entre fenómenos sobre la base del continuum de función psíquica. Sucede así que luego los síntomas psicóticos-like predicen mal la psicosis clínica.
La hipótesis del continuum de función psíquica respaldaría la deconstrucción sindrómica (asumiendo que los síntomas son mal-funciones), la dimensionalidad y transdiagnosticidad (funciones psíquicas iguales en muestras clínicas y no clínicas), una sobreinclusión hipotética o ausencia de diferenciación de cuestionarios (sólo se necesita un mínimo de información para identificar la función y la mal-función) y la interpretación de datos epidemiológicos.

Para Rejón y Múzquiz, los CMPS derivan de la psiquiatría clásica porque comparten algunas asunciones epistemológicas centrales: 1) las definiciones descriptivas de los síntomas codifican las características centrales del síntoma; otras características serían accidentales. 2) las características centrales de los síntomas mentales deberían concebirse como ‘función psíquica + factor P’, donde P significa patológico. Esta P es variable según el autor (unos consideran unas características esenciales donde otros las ven accidentales, algunos incluyen la cualidad de la experiencia, y para el CMPS la cuestión es de grado y de concurrencia de síntomas).

A partir de aquí, nos plantean un modelo distinto para hacerse cargo de las similitudes y diferencias de los fenómenos agrupados bajo una misma categoría sintomática. Pero antes, consideran conveniente introducir tres premisas respecto a lo que no es el síntoma, la categoría y la descripción.

Premisa 1: Los síntomas mentales no son ‘acontecimientos naturales’.

Premisa 2: Las categorías sintomáticas no se estructuran mediante ‘características necesarias y suficientes’. Más bien los fenómenos se organizan en torno a prototipos que funcionan como ejemplos y que se ajustan mejor a la fórmula ‘función + P’.

Premisa 3: Las definiciones descriptivas (‘función + P’) no son lo suficientemente consistentes. Las definiciones descriptivas pueden no aislar las características esenciales o estructurales del síntoma mental. Así, síntomas similares pueden tener estructuras internas distintas.

Llegado este punto, proponen un modelo distinto para superar el problema en cuestión, el del debate continuidad/discontinuidad.

Nos plantean superar el problema de la continuidad/discontinuidad por medio de dos conceptos: primero, los ‘poderes del cuerpo’1 (dominio que nos permitiría asegurar la continuidad de los fenómenos), y en segundo lugar, el de ‘esquema’ (procedimiento que podría explicarnos tanto la continuidad como la discontinuidad de las experiencias comunes e inusuales).

Siempre partiendo de una concepción de la psicopatología entendida como actividad que crea inteligibilidad a partir de la experiencia, introducen el concepto de ‘esquema’ (una especie de patrón o plantilla) a modo de herramienta cognitiva que permite condensar en un precipitado la actividad esquematizante que llevamos a cabo habitualmente. Así, se pueden entender las definiciones descriptivas como esquemas. Esquemas sintomáticos que pueden variar en el tiempo, re-esquematizarse, por la propia actividad de los que trabajamos en el ámbito de la psiquiatría. Esa concepción de esquema, tomada de Kant, la trasladan a la psicopatología en tanto permitiría la actividad de agrupar distintas características en totalidades significativas y salvar la distancia entre la experiencia compartida y no compartida. Las características agrupadas pueden estar o no en las definiciones descriptivas habituales. Las distancias serán salvadas por medio de la subsunción de las experiencias inusuales en dominios comunes de la experiencia, que no son funciones sino ‘poderes del cuerpo’. Así las definiciones descriptivas/esquemas funcionarían como ‘conceptos básicos’, fáciles de manejar, que permitirían facilitar su aprendizaje y comunicación, contextualmente neutrales y que estarían profundamente ligados a la cultura. Sin embargo, además de éstos, se precisa otra información necesaria para la individualización del síntoma. Es la información fuera de la definición que mencionábamos al principio; información esencial, y que completa y permite la individualización del síntoma. Es importante decir que este proceso sólo se aprende por la exposición repetida a ejemplos paradigmáticos del síntoma. Un concienzudo estudio de las definiciones descriptivas no capacitaría a nadie para tipificar síntomas adecuadamente sin esa parte de entrenamiento práctico.

Para ejemplificar el concepto de esquema, toman las alucinaciones. ‘Esquemas’ como ‘oigo voces’ o ‘sé que corro peligro’ se toman como representaciones de experiencias patológicas. Al definir ‘alucinación’ como ‘percepción sin objeto’, se vuelve natural tomar las alucinaciones en términos de psicología y fisiología de la percepción. Así, se organiza una familia hipotética de fenómenos en una línea que va de la percepción a la ilusión, a la alucinación o a las alucinaciones disociativas/depresivas/esquizofrénicas. El fondo conceptual reposa sobre la función psíquica, en este caso la percepción.

Y en segundo lugar, y como plato fuerte, nos proponen la sustitución del concepto de función psíquica por el de ‘poderes del cuerpo’ o ‘embodied affordances‘, concepto éste, affordances, tomado en parte de la psicología ecológica de Gibson. Mediante esa concepción traída a nuestro ámbito, se proponen superar las limitaciones del modelo basado en la función psíquica, respetando ahora algunos fundamentos ontológicos del hombre que deben ser necesariamente asumidos para mejorar la comprensión y la investigación en psiquiatría. Por ejemplo nos permitiría conservar la ambigua posición del cuerpo (en tanto cuerpo-vivido y cuerpo-objeto), o la situación de inclusión del hombre en su entorno (sin el molesto lastre de la absoluta escisión entre sujeto y mundo), o la base para las referencias del lenguaje común que rompen con lenguajes analíticos más propios de la ciencia. Y es que la percepción, las emociones, el pensamiento, no son funciones psíquicas en un sentido empírico, sino que nombran ‘posibilidades del cuerpo’, cosas que los seres vivientes sociales/culturales hacemos por medio de nuestros cuerpos. Esos poderes se dan antes de nada en un campo preintencional, prediscursivo, prefenoménico. Por tanto cuando se nombra una alucinación, un delirio o una melancolía, no son alteraciones de una función concreta, así limpia y transparente, sino que se dan en el cruce de varios poderes del cuerpo. Esas funciones sirven como herramienta cognitiva que nos permite trabajar, pero conlleva limitaciones que impiden superar problemas recurrentes en la psiquiatría. Si se asume esto, no es extraño que concluyan que las investigaciones no obtienen resultados satisfactorios porque se centran en funciones que, a la vista de la nueva óptica propuesta, nunca van a permitir conseguir una localización cerebral clara. Porque los dominios básicos de experiencia no tienen por qué esquematizarse en funciones cerebrales o psíquicas.

En resumen, se trata de una novedosa concepción que enfatiza el carácter esquemático de la psicopatología y amplía el marco limitado de la función psíquica al de los ‘poderes del cuerpo’ o dominios de experiencia, para permitir una investigación y una interpretación de la investigación más refinada. Se intenta dar cuenta del problema de la continuidad/discontinuidad de los síntomas mentales sobre la base de la experiencia humana ahora conceptualizada por medio de los esquemas y los poderes del cuerpo. Se evita así la ‘funcionalización’ que limita las posibilidades de la investigación y la comprensión de los síntomas. Una funcionalización provista por la base teórica del siglo pasado, y que ha tratado de dar un sentido a la experiencia con que nos las vemos los psiquiatras, pero que nos lleva a callejones sin salida sólo parcialmente exitosos. Y es que la psicopatología derivada de la funcionalización de poderes del cuerpo se sustenta sobre un mínimo de cantidad de información que no permite unir las separaciones que ha promovido antes. Se mantiene así el problema de la continuidad/discontinuidad.

La falta de consistencia que marca la práctica teórica, clínica y de investigación desafía la enorme cantidad de ciencia de alta tecnología y alta calidad. Probablemente debido al marco conceptual que las subyace. Aquí proponen un cambio en esos fundamentos. Queda saber cómo decir y cómo hacer esa nueva semiología. De que no habrá protocolos estamos seguros. Por el momento nos van suministrando algunas herramientas para nuestra praxis diaria con los pacientes. Y eso es de agradecer.

 ***

REJÓN, C., MÚZQUIZ, Á. (2015), Carving versus Stitching: The Concept of Psychic Function and the Continuity/Discontinuity Debate, Psychopathology (48; 3), 145-52


1 La traducción de ‘embodied affordances’ es dificultosa y plantea algunos problemas. Se ha optado por esta, siguiendo la traducción castellana que el propio Rejón usa en otro trabajo publicado en estas mismas páginas con el título de El aposento de la transparencia, para evitar problemas filosóficos muy trillados del concepto de potencia.

Etiquetado , , , , ,

El decir largo de Rejón

— En vano traté de hallar puntos de anclaje, se duele Kierkegaard
— Las definiciones siguen siendo imprescindibles y algunas mejores que otras, clama Rejón

 

IMG_1211A HABLAR. A eso nos viene enseñando Carlos Rejón Altable en sus trabajos. A hablar como psicopatólogos, claro. A nombrar conductas y experiencias y a tomar conciencia de que “dar nombre no quiere decir inventarse un nombre”. Nadie cree inventarlo, por supuesto. A diario emitimos diagnósticos con un aire de saber qué hacemos al dar, o quitar, un nombre a la situación que nos requiere. Y sin embargo, ¿cuántos podríamos dar cuenta de cómo hemos llegado a elegir ese vocablo, ese precisamente, entre el repertorio de escuela que traemos impensado? Pocos, muy pocos, y Carlos Rejón es sin duda uno de ellos. Por qué nombramos como nombramos, sea mejor o peor, gustosos o al redopelo, apenas o en demasía. Nos ayuda Rejón a ponerlo en claro. Por supuesto en el libro, fruto de su tesis doctoral, Concepción de la psicopatología como lógica (UAM, 2012). También en el texto que ahora reseñamos: La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, publicado en 2013 en el Journal für Philosophie und Psychiatrie.

Como premisa ha insistido el autor en numerosas ocasiones en la radical diferencia entre el diagnóstico médico y el psiquiátrico. Si partimos de la necesidad de una lesión fisio o anatomopatológica para entender el sufrimiento mental y buscamos un signo, un indicio que conduzca a la localización del mal para enmendarlo; si consideramos la psicopatología como una semiología médica a pesar de las meridianas advertencias de Pablo Ramos y Jaime Adán; si es así, no merece la pena seguir leyendo. Será superfluo, un rodeo mental innecesario para terminar confirmando la asunción primera de que la filosofía no resuelve la urgencia clínica en la que nos hallamos envueltos.

Si nos sabemos al contrario en dificultad, resignados a que la (legítimamente) ansiada entidad natural que diera cuenta mensurable del dolor anda lejos, muy lejos, de aclararnos qué sucede y cómo mentar lo que sucede; entonces la propuesta de Carlos Rejón revelará su oportunidad y alcance en la disección de esta tripa semiótica abultada, timpánica y cambiante. Preñada de un desemiotizado (que no desemeizado, ojo) síntoma mental. ¿Abrimos?

En un primer impulso tomamos el camino de la moderna representación. Nos orienta, nos acerca al caso. Pero no es el caso. Pierde mucha información del particular, mucho detalle, siempre hay algo que queda fuera de ella, al margen. Y haremos bien en resistirnos a orillarlo. Habrá que volver a lo individual tras haberle, por un momento, dado un nombre. Tras haberlo, por un instante, enajenado. “Esta idea es obsesiva”, diremos, pero sin agotar ahí la descripción y especificando acto seguido que la limpieza es el tema que la ocupa y en un sentido concreto para quien nos la está contando. Obsesiones hay tantas, y tan distintas… Importará eso a alguien (amina en mano) tal vez poco, pero el caso es que esa obsesión no es como otras obsesiones, y de ello debemos ser o hacernos conscientes, así como de que no podemos prescindir de nombrar el fenómeno (“obsesión”, e.g.) si no es a riesgo de renunciar a que nos entiendan: “los particulares precisan de clases para gozar de cognoscibilidad”, advierte Rejón, o que las cosas piden nombres para ser llamadas, aunque resulte a veces en verdad penoso comprender “cómo puede lo más pleno recibir nada de lo empobrecido y abstracto”. ¡Etiquetas para qué, si tenemos allí mismo a la persona? Pues sí, hay que pasar por la obsesión para llegar a esta obsesión, o como escribe Rejón con Aristóteles: “de rostro a nadie se le priva aunque sólo haya, en verdad, rostros singulares, como melancolías particulares. O delirios”. Sus pensamientos y actos son suyos, sí, mas son pensamiento y acto, aunque sólo haya, en verdad, actos singulares, o pensamientos. Y así vamos cogiendo el paso del vals que nos mece entre el particular y el universal, el tal y el tal, y viceversa, el tal y el tal, y vuelta.

Mareados por el giro en torno a esa nada llamada por Michael Devitt ‘incompletud esencial’, pedimos salir del baile y tomar asiento, apoyo. A decir de Rejón nos dan permiso Searle y Strawson, quienes “han reconocido la necesidad de parar las idas y venidas por las definiciones verbales mediante ‘descripciones indicativas'”. Esto es, dejamos el baile y atendemos la vida. Abandonamos la “circulación indefinida dentro del diccionario” y nos dejamos “volcar al mundo de una buena vez”. Junto al danzante significado lingüístico, “envuelto por él y tal vez sosteniéndolo —escribe Rejón— habita un elemento particularizador que lo extrae de su enciclopedia abstracta y lo atornilla sobre los objetos”. Exoesqueleto de la idea, firme corsé, con el dedo lo aflojamos: hete aquí el designador rígido o indéxico. Putnam y Kripke.

“Esto” es una obsesión, “esto” un delirio. Ahora puedes volver al baile pero ya sabes, psicopatólogo en ciernes, “qué” es una obsesión, “qué” un delirio. Al danzar mudarán los términos, darás un paso general o un quiebro más concreto, pero “esto” que te he enseñado, psiquiatra residente, es la referencia empírica que debes fijar a tu concepto de obsesión, o de delirio. Familiarízate con ello para luego, siguiendo a Waismann, definir el término mediante la descripción de lo que has visto. Con todo, mantente alerta, pues es abierta la textura de lo visto y cada ocasión te ofrecerá la posibilidad de corregir su esbozo, o la obligación, cada vez que emitas el enunciado, en cada “token”.

Farragosa tarea esta de andar desdibujando la insustancia. Menudo encargo el de “identificar un referente que cambia con cada uso del término”. Con gusto derivamos la función, siguiendo a Recanati y Kaplan, de la fijación del referente al modo de identificarlo. La definición de delirio ya no será un “eso” que anda mudando sino “unas breves instrucciones para su empleo en contexto”, un esquema para apresarlo en sus distintas formas sensibles, en su cambiante atuendo.

El esquema
de lo concreto.

Claro que a estas alturas vamos ya pillando el truco. Retuerce Rejón a Hegel y si bien dice: “El despliegue al que somete lo presente a la conciencia demuestra sin duda que fuera del concepto no hay comprensión y que rojo lo es si como tal se piensa”, no dejamos de ver cómo se troca el exoesqueleto en espina medular y concede “que todo estaba allí pero callado. De otro modo se estaría infiltrando algo ajeno que falsearía la realidad efectiva de ese particular empírico”. Y prosigue el bello párrafo de la trascendentalidad, que leemos atentos, como un regalo:

Será por tanto esa riqueza de la cosa el lugar al que cada vez se vuelva para cada vez poder extraer de allí el nombre que la diga. Y el nombre se servirá de esa riqueza siempre y solamente como ya perdida. Sólo por decirla, por llevarla a representación el nombre al mismo tiempo la guarda y la pierde. O mejor la guarda sólo al perderla, porque la señala como lo que en el nombre mismo no encuentra lugar y nos exige a los que usamos del nombre recordar que no podemos dejar de volver a ella y no podemos dejar de perderla cada vez.

Ronda del hegeliano “esto ante los ojos” que el fáctico Heidegger convertirá en ser-a-la-mano. Trascendencia rota. Compacidad abierta para Agamben, singularidad cualsea, “la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es”. Ahí; donde la distinción entre los ámbitos de lo común y lo propio a los que se abre, la clase y el individuo, no son más que “un efecto lingüístico ejercido sobre la compacidad”. Que es lo que importa.

Mas la pregunta torna: “¿cómo acceder a ese particular cualquiera?”. Si creíamos haber superado la cuestión por la facticidad, Rejón toca a rebato. Si apelamos a una exposición perceptiva que nos libere del descriptivismo, nos advierte “de seguido que en ningún caso las definiciones ostensivas garantizan un acceso inmediato, puro de conceptuación. Al contrario, presuponen todo un conjunto de supuestos semánticos, saberes y capacidades de fondo, prácticas sociales e institucionales”. No parece que podamos prescindir de una teoría descriptiva de la referencia que nos proteja de las praxis de poder. Es preciso que los modos descriptivos y perceptivos confluyan “durante la formación del psiquiatra” para que pueda “contrastar, matizar y juzgar el rasgo consensuado sobre el fondo de la información percibida”. La duda siempre como guía de razón, y el baile: “Se precisa el trabajo conjunto”…

Anclaje descriptivo para proceder a la individuación. “Es una obsesión, y es suya”, mas sólo después de haber sido identificada como tal obsesión se la cedemos, y aunque el nombre de obsesión partió de una que era entonces también para alguien suya, de ahí se desprendió para anclarse acullá y anclar esta de ahora, que a su vez verá desgajar de su carne un metal que sostendrá otra carne.

Esquematización y reconstrucción de lo concreto, paso a paso, momento a momento. Ese nombre han dado al baile diagnóstico Carlos Rejón y Pablo Ramos. Un baile oficiado en ese “umbral que la lógica contemporánea no puede cruzar”. Mas tampoco resistir la tentación de otear dentro.

***

RAMOS, P., ADÁN, J. (2011), Misunderstanding Psychopathology as Medical Semiology: An Epistemological Enquiry, Psychopathology (44), 205-15 DOI:10.1159/000322692 >PDF

REJÓN, C. (2013), La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, Journal für Philosophie und Psychiatrie.


Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , ,

Semiología en la Post-APA

PostAPA13SE LAMENTABA EL ASISTENTE en pajarita de la escasa profundidad psicopatológica de un debate dominado, a su entender, por la vulgar semiología. Desde FENOPATOLOGICA replicamos: ¡Ojalá hubiera sido ese el problema, compañero de corbata! El caso es que la semiología andaba ella misma también algo coja, despistada y errante en la exposición ofrecida por los psiquiatras indianos.

Una de las primeras cuestiones tratadas fue la desaparición, en el flamante y arábigo DSM-5, de los estados mixtos entre los trastornos afectivos. Los estados mixtos ya no son positivamente tales sino el vivo reconocimiento de las impurezas nosográficas que la clínica se empeña en espetarnos. La enfermedad se nos presenta cercana a un prototipo, si bien a menudo con trazas de otros elementos: manías con algo de depresión, depresiones con algo de manía… y mejor llamarlo así a buscar un pretencioso nombre que quiera encorsetar lo que no es sino variedad semiológica (ellos lo llaman horriblemente “especificadores”). Y a la semiología, aunque sea sólo a ella, convendrán conmigo, hay que escucharla, pues fue desde siempre y debe seguir siendo el primer paso del razonamiento médico. El diagnóstico explica la aparición conjunta y mantenida de un grupo determinado de signos y síntomas, de un síndrome, vaya, y si la regularidad en su combinación es dudosa lo será también que tengan una causa común y por tanto merezcan un diagnóstico. Si lo mixto es tan cambiante mejor dejémoslo mudar y sigámoslo describiendo, observando, anotando. Un acierto semiológico del nuevo DSM, sí doctores, la destitución de lo mixto. ¡Eureka!

Pero la euforia no podía durar mucho. El profesor Roca se encargó de comunicarnos la completa desmembración de los trastornos afectivos: tras la fulminación de los estados mixtos, la definitiva atomización de la categoría al escindir la depresión de lo bipolar. Se apelaba a un supuesto síndrome afectivo como denominador común de esta “colección heterogénea de enfermedades”. Pero como a pantalla seguida se nos dice que -a su vez- los “trastornos mentales son heterogéneos”, hay que recular para no perdernos entre tanta heterogeneidad y conceder, después de todo, que el “diagnóstico es sintomático”. Volvemos así al síndrome afectivo que pretendía ser superado por la colección de enfermedades (depresión, bipolaridad) ahora emancipadas.

Vemos, en resumen, cómo en los trastornos afectivos se diluye lo mixto y los intentos de promocionar enfermedades no alcanzan otro estatuto que el sindrómico. Tal vez porque nuestro dominio semiológico es tan escaso somos incapaces de avanzar hacia la consolidación de los trastornos. Prototípico ejemplo del fracaso lo constituye la alusión -que no faltó (con sello de Nestler y Jeste)- al síndrome metabólico, ese otro aberrante constructo que no hay modo de despedir del discurso de nuestra especialidad. Oír hablar, en los trastornos de ansiedad, de “síndrome cross-sectional” para definir el amalgama ansioso-depresivo fue la culminación del despropósito.

Descorazonado ya casi del todo, conseguí todavía tenerme sentado cuando el profesor Bernardo (en la fotografía) nos ofrecía la exclamativa transcripción del oxímoron psicopatológico en el que venimos tropezando: “La Esquizofrenia es un síndrome con una gran heterogeneidad!!”. Insistimos: no puede ser considerado síndrome si no se le reconoce la homogeneidad que implica llamarlo sín-drome, con-junto, tal y como recogen las definiciones de distintos diccionarios de referencia (no el de la Real Academia Española, como ya hemos denunciado en otra parte, pero sí en otras lenguas) que aquí subrayamos: en inglés el Merriam-Webster como “a group of signs and symptoms that occur together and characterize a particular abnormality”; o en catalán el Diccionari enciclopèdic de medicina (DEM) como “Conjunt de signes i símptomes que caracteritzen un procés morbós”.

Al sostener que “al final los tratamientos se fijan en dimensiones clínicas” tal vez se refería el profesor Vieta a lo mismo que Marder -citado por el profesor Sánchez- al afirmar que “No habrá un fármaco “antiesquizofrenia””. Parece la psiquiatría oficial volver al cauce de las prudentes recomendaciones de Thomas Sydenham*, relegando las causas y pretiriendo la nosología, en favor de una mejor comprensión semiológica a la que -por ahora- parecen limitarse  las opciones terapéuticas.

Las disquisiciones psicopatológicas, amigo de la pajarita, son peras al olmo.

——

*Urgent recommendation simply to describe the diseases with the greatest possible precision since one could, by that method, not possibly go wrong,  [was prompted not only by] resignation, but also a hope: the hope that in this way medicine would finally succeed in making the desired advances, particularly in the field of therapy. Yet hope is, of course, in itself a sign that the goal aimed at has not been reached.

Esther Fischer-Homberger, Eighteenth-century nosology and its survivors

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,
A %d blogueros les gusta esto: