Archivo de la etiqueta: Ramos

Reduccionismo o barbarie

(de psicoterapia, modernidad y virtud)

Por Julián GÓMEZ PEÑALVER


Hiawatha, Thomas Eakins, c. 1874

EL LOGOS ES a las dolencias del alma lo que los medicamentos a las dolencias del cuerpo. Las formas punzantes de la argumentación pueden incomodar lo mismo que el corte o la quemadura provocada por un médico, pero son necesarias para vivir bien. Estas semejanzas, atribuidas a Homero y Sócrates, respectivamente, son algunos ejemplos de la analogía entre medicina y filosofía que asoma y nos acompaña desde el mundo premoderno (Nussbaum, 2003). Sigue leyendo

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La mano tendida del animal lógico

Por Carlos REJÓN ALTABLE


Nota previa

El texto que sigue se ha escrito con dos propósitos, menos compatibles de lo que uno quisiera. Rendir homenaje al trabajo de Pablo Ramos como él se merece y como se hacen estas cosas entre adultos que piensan, es decir, cuestionándolo en parte. El segundo objetivo, que surgió en los correos cruzados con el editor, es presentar algo de este trabajo a los que tengan interés en conocerlo. No extrañará a nadie que el artículo creciera más de lo previsto, hasta el punto de tener que adaptar su presentación.

El trabajo original se ofrece en el siguiente enlace para su descarga e impresión en papel: Original de La mano tendida del animal lógico.  El lector menos familiarizado con los trabajos últimos de Pablo podrá leer la selección de sus partes más expositivas ofrecida aquí en formato electrónico.

Agradece el autor de antemano a quien quiera acercarse al texto completo (y único original). El editor no puede sino recomendárselo a ustedes encarecidamente.


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Confidencias y desconfianzas entre psiquiatría y filosofía

Por Oriol MOLINA


 

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EXISTE INTERÉS RECÍPROCO entre filosofía y psiquiatría. Por ello, también cobran importancia sus desencuentros, particularmente llamativos si psiquiatra y filósofo resultan ser la misma persona. Las radicales faltas de articulación entre el pensamiento psicopatológico y filosófico de Karl Jaspers merecen ser examinadas. Me centraré aquí en su modo de articular el concepto de delirio, puesto que éste inspira la definición de delirio que se encuentra en los manuales de diagnóstico o que suele manejarse en la práctica psiquiátrica orientada biomédicamente. Esa desconfianza resulta tanto más sospechosa cuando no está reñida, al contrario, con un insistente exordio por parte de esa misma psiquiatría a favor del humanismo filosófico. Cito al propio Jaspers (1997) a este propósito:

«Un estudio exhaustivo de la filosofía no es de ningún valor positivo para el psicopatólogo, más allá de la importancia de la metodología. (…) Nos puede proteger de plantear las preguntas equivocadas, ahorrándonos discusiones irrelevantes en las que tan sólo desplegamos nuestros prejuicios. En un segundo orden de cosas, el estudio de la filosofía produce una contribución positiva a la calidad humana del psicopatólogo y con ello le ayuda a clarificar sus propias motivaciones». Sigue leyendo

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La mutante encarnación del daimon

Sinopsis y reseña de Vísceras, humores, alientos. Alma premoderna y subjetividad moderna de Carlos REJÓN ALTABLE

Por Oriol MOLINA ANDREU


Bulaki - Tres aspectos del absoluto

Tres aspectos del absoluto, Bulaki, 1823

 

CpARLOS REJÓN NOS brinda una revisión extraordinaria, cuyo horizonte abarca dos milenios de pensamiento médico y filosófico, acerca de las distintas formas en las que se articuló el proceso de (des)apropiación de nuestro cuerpo, lenguaje y mundo. A la vez, el autor nos recuerda la fragilidad en que la psiquiatría contemporánea habita si no piensa de nuevo este proceso ya que, de acuerdo con la tesis de Gladys Swain y Marcel Gauchet, de no hacerlo seguiremos instalados en el marco conceptual del alienismo, con sus contradicciones. Sigue leyendo

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¿Hablas o describes? Tras Wittgenstein y Habermas

 

“Cuando uno habla de tener dolor o de estar asustado no trata de describirlo, trata de ser atendido o de ser consolado”.

 

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Santa Bárbara en el castillo de Montesquiu

PUESTOS A ELEGIR un título largo, este podía haber sido uno excelente. Eligieron otro los autores del texto que reseñamos, Ferran Molins y Jose López. Más técnico, algo más alejado de la intención, de su capacidad propositiva, y más centrado en la pormenorizada tarea crítica que sustenta el argumento:
La simplificación neopositivista del lenguaje de la psicopatología desde una perspectiva post-wittgensteiniana.

Ahí es nada. Cojan aire, merecerá la pena.

La tesis fundamental entendemos que se desarrolla del siguiente modo. Mostrada la imposibilidad o descrédito de un lenguaje observacional puro se impone la aceptación de un “sistema global de creencias” mixto para la articulación de un discurso sobre el mundo. Aceptar esta red de remisiones nos lleva a descreer del discurso único, de un marco teórico cerrado, omniexplicativo, más o menos anclado en una ontología o concepción del ser. Se denuncia en concreto la ontología materialista dominante, tomada como irrefutable sostén de un lenguaje meramente representacional publicitado en los conocidos manuales de gnósticos y estadísticos.
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El decir largo de Rejón

— En vano traté de hallar puntos de anclaje, se duele Kierkegaard
— Las definiciones siguen siendo imprescindibles y algunas mejores que otras, clama Rejón

 

IMG_1211A HABLAR. A eso nos viene enseñando Carlos Rejón Altable en sus trabajos. A hablar como psicopatólogos, claro. A nombrar conductas y experiencias y a tomar conciencia de que “dar nombre no quiere decir inventarse un nombre”. Nadie cree inventarlo, por supuesto. A diario emitimos diagnósticos con un aire de saber qué hacemos al dar, o quitar, un nombre a la situación que nos requiere. Y sin embargo, ¿cuántos podríamos dar cuenta de cómo hemos llegado a elegir ese vocablo, ese precisamente, entre el repertorio de escuela que traemos impensado? Pocos, muy pocos, y Carlos Rejón es sin duda uno de ellos. Por qué nombramos como nombramos, sea mejor o peor, gustosos o al redopelo, apenas o en demasía. Nos ayuda Rejón a ponerlo en claro. Por supuesto en el libro, fruto de su tesis doctoral, Concepción de la psicopatología como lógica (UAM, 2012). También en el texto que ahora reseñamos: La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, publicado en 2013 en el Journal für Philosophie und Psychiatrie.

Como premisa ha insistido el autor en numerosas ocasiones en la radical diferencia entre el diagnóstico médico y el psiquiátrico. Si partimos de la necesidad de una lesión fisio o anatomopatológica para entender el sufrimiento mental y buscamos un signo, un indicio que conduzca a la localización del mal para enmendarlo; si consideramos la psicopatología como una semiología médica a pesar de las meridianas advertencias de Pablo Ramos y Jaime Adán; si es así, no merece la pena seguir leyendo. Será superfluo, un rodeo mental innecesario para terminar confirmando la asunción primera de que la filosofía no resuelve la urgencia clínica en la que nos hallamos envueltos.

Si nos sabemos al contrario en dificultad, resignados a que la (legítimamente) ansiada entidad natural que diera cuenta mensurable del dolor anda lejos, muy lejos, de aclararnos qué sucede y cómo mentar lo que sucede; entonces la propuesta de Carlos Rejón revelará su oportunidad y alcance en la disección de esta tripa semiótica abultada, timpánica y cambiante. Preñada de un desemiotizado (que no desemeizado, ojo) síntoma mental. ¿Abrimos?

En un primer impulso tomamos el camino de la moderna representación. Nos orienta, nos acerca al caso. Pero no es el caso. Pierde mucha información del particular, mucho detalle, siempre hay algo que queda fuera de ella, al margen. Y haremos bien en resistirnos a orillarlo. Habrá que volver a lo individual tras haberle, por un momento, dado un nombre. Tras haberlo, por un instante, enajenado. “Esta idea es obsesiva”, diremos, pero sin agotar ahí la descripción y especificando acto seguido que la limpieza es el tema que la ocupa y en un sentido concreto para quien nos la está contando. Obsesiones hay tantas, y tan distintas… Importará eso a alguien (amina en mano) tal vez poco, pero el caso es que esa obsesión no es como otras obsesiones, y de ello debemos ser o hacernos conscientes, así como de que no podemos prescindir de nombrar el fenómeno (“obsesión”, e.g.) si no es a riesgo de renunciar a que nos entiendan: “los particulares precisan de clases para gozar de cognoscibilidad”, advierte Rejón, o que las cosas piden nombres para ser llamadas, aunque resulte a veces en verdad penoso comprender “cómo puede lo más pleno recibir nada de lo empobrecido y abstracto”. ¡Etiquetas para qué, si tenemos allí mismo a la persona? Pues sí, hay que pasar por la obsesión para llegar a esta obsesión, o como escribe Rejón con Aristóteles: “de rostro a nadie se le priva aunque sólo haya, en verdad, rostros singulares, como melancolías particulares. O delirios”. Sus pensamientos y actos son suyos, sí, mas son pensamiento y acto, aunque sólo haya, en verdad, actos singulares, o pensamientos. Y así vamos cogiendo el paso del vals que nos mece entre el particular y el universal, el tal y el tal, y viceversa, el tal y el tal, y vuelta.

Mareados por el giro en torno a esa nada llamada por Michael Devitt ‘incompletud esencial’, pedimos salir del baile y tomar asiento, apoyo. A decir de Rejón nos dan permiso Searle y Strawson, quienes “han reconocido la necesidad de parar las idas y venidas por las definiciones verbales mediante ‘descripciones indicativas'”. Esto es, dejamos el baile y atendemos la vida. Abandonamos la “circulación indefinida dentro del diccionario” y nos dejamos “volcar al mundo de una buena vez”. Junto al danzante significado lingüístico, “envuelto por él y tal vez sosteniéndolo —escribe Rejón— habita un elemento particularizador que lo extrae de su enciclopedia abstracta y lo atornilla sobre los objetos”. Exoesqueleto de la idea, firme corsé, con el dedo lo aflojamos: hete aquí el designador rígido o indéxico. Putnam y Kripke.

“Esto” es una obsesión, “esto” un delirio. Ahora puedes volver al baile pero ya sabes, psicopatólogo en ciernes, “qué” es una obsesión, “qué” un delirio. Al danzar mudarán los términos, darás un paso general o un quiebro más concreto, pero “esto” que te he enseñado, psiquiatra residente, es la referencia empírica que debes fijar a tu concepto de obsesión, o de delirio. Familiarízate con ello para luego, siguiendo a Waismann, definir el término mediante la descripción de lo que has visto. Con todo, mantente alerta, pues es abierta la textura de lo visto y cada ocasión te ofrecerá la posibilidad de corregir su esbozo, o la obligación, cada vez que emitas el enunciado, en cada “token”.

Farragosa tarea esta de andar desdibujando la insustancia. Menudo encargo el de “identificar un referente que cambia con cada uso del término”. Con gusto derivamos la función, siguiendo a Recanati y Kaplan, de la fijación del referente al modo de identificarlo. La definición de delirio ya no será un “eso” que anda mudando sino “unas breves instrucciones para su empleo en contexto”, un esquema para apresarlo en sus distintas formas sensibles, en su cambiante atuendo.

El esquema
de lo concreto.

Claro que a estas alturas vamos ya pillando el truco. Retuerce Rejón a Hegel y si bien dice: “El despliegue al que somete lo presente a la conciencia demuestra sin duda que fuera del concepto no hay comprensión y que rojo lo es si como tal se piensa”, no dejamos de ver cómo se troca el exoesqueleto en espina medular y concede “que todo estaba allí pero callado. De otro modo se estaría infiltrando algo ajeno que falsearía la realidad efectiva de ese particular empírico”. Y prosigue el bello párrafo de la trascendentalidad, que leemos atentos, como un regalo:

Será por tanto esa riqueza de la cosa el lugar al que cada vez se vuelva para cada vez poder extraer de allí el nombre que la diga. Y el nombre se servirá de esa riqueza siempre y solamente como ya perdida. Sólo por decirla, por llevarla a representación el nombre al mismo tiempo la guarda y la pierde. O mejor la guarda sólo al perderla, porque la señala como lo que en el nombre mismo no encuentra lugar y nos exige a los que usamos del nombre recordar que no podemos dejar de volver a ella y no podemos dejar de perderla cada vez.

Ronda del hegeliano “esto ante los ojos” que el fáctico Heidegger convertirá en ser-a-la-mano. Trascendencia rota. Compacidad abierta para Agamben, singularidad cualsea, “la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es”. Ahí; donde la distinción entre los ámbitos de lo común y lo propio a los que se abre, la clase y el individuo, no son más que “un efecto lingüístico ejercido sobre la compacidad”. Que es lo que importa.

Mas la pregunta torna: “¿cómo acceder a ese particular cualquiera?”. Si creíamos haber superado la cuestión por la facticidad, Rejón toca a rebato. Si apelamos a una exposición perceptiva que nos libere del descriptivismo, nos advierte “de seguido que en ningún caso las definiciones ostensivas garantizan un acceso inmediato, puro de conceptuación. Al contrario, presuponen todo un conjunto de supuestos semánticos, saberes y capacidades de fondo, prácticas sociales e institucionales”. No parece que podamos prescindir de una teoría descriptiva de la referencia que nos proteja de las praxis de poder. Es preciso que los modos descriptivos y perceptivos confluyan “durante la formación del psiquiatra” para que pueda “contrastar, matizar y juzgar el rasgo consensuado sobre el fondo de la información percibida”. La duda siempre como guía de razón, y el baile: “Se precisa el trabajo conjunto”…

Anclaje descriptivo para proceder a la individuación. “Es una obsesión, y es suya”, mas sólo después de haber sido identificada como tal obsesión se la cedemos, y aunque el nombre de obsesión partió de una que era entonces también para alguien suya, de ahí se desprendió para anclarse acullá y anclar esta de ahora, que a su vez verá desgajar de su carne un metal que sostendrá otra carne.

Esquematización y reconstrucción de lo concreto, paso a paso, momento a momento. Ese nombre han dado al baile diagnóstico Carlos Rejón y Pablo Ramos. Un baile oficiado en ese “umbral que la lógica contemporánea no puede cruzar”. Mas tampoco resistir la tentación de otear dentro.

***

RAMOS, P., ADÁN, J. (2011), Misunderstanding Psychopathology as Medical Semiology: An Epistemological Enquiry, Psychopathology (44), 205-15 DOI:10.1159/000322692 >PDF

REJÓN, C. (2013), La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, Journal für Philosophie und Psychiatrie.


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Personalidad y totalidad, corrientes circulares

 II posto che aveva nella definizione dell’ideale ermeneutico l‘idea del rapporto particolare-totalità, nella varia determinazione e discussione dei metodi ermeneutici lo occupa invece il circolo ermeneutico, in questa forma non mai una volta per tutte definita, ma inteso come carattere commune delle strutture circolari che via via si evidenziano

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

G. Vattimo

 

Eros comparece como hermeneuta (hermeneuon), como tradutor de uma língua estranha, como um transportador de bens sobre as águas de um rio (diaporthmeuon), rio da largura do rio Océano, limite entre o mundo humano e o misterio. Visto que para a linguagem dos deuses não há tradução perfeita, incessante é o trabalho da interpretação. Eros desloca-se num ir e vir incansável que mantém aberto o diálogo, renovando as viagens entre margens que não se aproximam

D. Schüller

 

 

SIGUIENDO LA LECTURA de Romero, Álvarez y Colina analizábamos en nuestra anterior entrada la figura de los demones como intermediarios entre dioses y hombres. Nos proponemos aquí atender otro cariz de la definición de Diotima, aquella mujer de Mantinea[i] que ilustrara a Sócrates en El Banquete sobre el poder o función de estos espíritus. Junto a su consideración como diaporthmeuon de versión inconstante (intermediario, transmisor, comunicador, entremetteur, conveyor, transportador); destaca unánime su intelección como hermeneûon: intérprete, interpreter, interprète, con el poder de interpretar, interpreta, interpretação. Los demones no son así demonios encargados de un sospechoso “interponerse (…) entre lo mortal y lo inmortal” como le encomiendan los pucelanos siguiendo a Tasso; sino dragomanes dedicados en cuerpo y alma a una interpretación que ya no es mera remisión de signos sino apertura de la significatividad, fórmula posibilitante, regla de relación. Su tarea será infinita, como señaló Foucault, incessante é o trabalho da interpretação, non mai una volta per tutte definita, y su tiempo circular. Su cometido pensar la relación entre lo contingente y lo necesario, lo particular y lo universal, el sufrimiento y el diagnóstico. No prenderlos, sino comprenderlos “por todas partes”.

En esta línea de lectura hermenéutica, que se sabe siempre en marcha, publicaron un año atrás José M. López Santín, Ferran Molins Gálvez y Lia Litvan Shaw el estimulante trabajo Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación Crítica. Propulsores los dos primeros junto al filósofo Raimon Pàez Blanch del grupo de estudios Filosofia i Psiquiatria, defienden una psicopatología que atienda el sentido del discurso de la persona que nos solicita, sentido “liquidado” a su entender por los procedimientos factoriales que, en el nuevo deeseeme cinco, parecen haber ganado la batalla en la conceptualización de los trastornos de la personalidad. Denuncian “la pérdida de la totalidad a través de la operacionalización de los criterios” del manual americano y apelan a la psicopatología esquematizante de Pablo Ramos y Carlos Rejón y a la “totalidad significativa” de Giovanni Stanghellini. Como recordamos en otro lugar (Stanghellini y el equívoco Minkowski) recurría el italiano a la “metáfora intemporal” destacada por Pérez de Tudela para esbozar un sujeto complejo pero no fragmentado: “el mundo, propone, es tejido. O bien: el mundo es texto, ligazón”. Declaraba Stanghellini su intención de tomar “human subjectivity as a texture” como el marco hermenéutico de la psicopatología. Desde esta perspectiva proponen nuestros autores atender al vivir de la persona, a su situacionalidad e historicidad, a las tramas de sentido que lo abrigan, frente a las corrientes dominantes que se ocupan sólo de endosarle al paciente una “estructura” factorial, gélidas categorías extraídas de análisis estadísticos.

EL CíRCULO, IR E VIR INCANSáVEL

No llegamos a dilucidar si frente a la propuesta de los modelos dimensionales que “entienden la personalidad como una estructura nomotética” sugieren los barceloneses una alternativa idiográfica —según la dicotomía de Wilhelm Windelband (1919)—. Partimos en cualquier caso de la consideración de que la personalidad no es ni deja de ser una entidad nomotética, pues la distinción nomotético-idiográfica “is not that of the object of knowledge, but the objective of knowledge” como señala Michael Schäfer. Así, entendemos que la aproximación idiográfica como “science of specific events, which describe the particular, the unique, and the individual” no conviene ni más ni menos al estudio de la personalidad que la nomotética, i.e., “the science of general laws which concerns generality”. Todo dependerá de lo que nos propongamos, pues “the same objects, according to epistemic interest, can be made the subject of either nomothetic or idiographic examination”. Busca el procedimiento nomotético la formulación de leyes y el idiográfico la comprensión del individuo en situación. Reconvienen nuestros autores el olvido de este segundo aspecto a los modelos dimensionales de la personalidad, destacando cómo estos mismos deben reconocer, aunque al final y sotto voce, la necesidad de apelar a la interpretabilidad de una aséptica estructura destilada en alambiques estadísticos. La misma carencia anima a Schäfer en sus desarrollos de la dicotomía Windelband-Rickertiana en relación a la psicología: “Psychology as nomothetic generalizing science misinterprets the form of individuality which is a characteristic of the psychological as a purely temporal singularity”. Reconocerla como temporal en su existencia (Münsterberg) y en su experimentabilidad (Husserl) implica que sólo pueda ser percibida por el propio sujeto, y aceptar la autointerpretabilidad (de la que ya tecleamos en relación a Jaspers y los codanos) es corolario que nuestros autores ponen en cuestión (cf. p. 498 infra y p. 503 §3), entendemos que por privilegiar el acontecimiento dialógico como arena principal de la hermenéutica. Resulta con todo evidente, como ya apuntaran un siglo atrás Fritz Münch (1913) y Bruno Bauch (1923), que el individuo singular no puede ser comprendido por las ciencias históricas si no es en relación a un contexto o valores generales, pues no resultaría de lo contrario más que un anecdotario su estudio, una retahíla de curiosidades. “Ahora bien, entonces la psicopatología ha de buscar su asiento en otro territorio, porque la conducta y la experiencia se edifican tanto sobre el mecanismo como sobre la libertad y precisamos recoger a ambas sintéticamente”, señalan Ramos y Rejón, pues son “fenómenos que no se dejan entender desde una división que no los tuvo en cuenta en tanto que preguntas a responder. De hecho, el intento de incluirlos en una u otra perspectiva deviene repetidamente aporético y empobrecedor”. Proponen por ello “una vía intermedia que debe permitir pensar lo concreto manteniendo activa la tensión hacia las totalidades desde las que es posible su intelección”. Abandonamos en el intento la deriva hempeliana de Schäfer, cuya resaca nos devolvería a los manuales estadísticos, y retomamos la hermenéutica propuesta por nuestros autores para atender el dilema de las leyes de lo irrepetible, el “enigma de la universal unidad-de-unidades”, la alusión de Schopenhauer al Fedro platónico que tanto gusta a Fernando Colina sobre la capacidad de reconocer lo uno en lo múltiple y lo múltiple en lo uno. La hermenéutica nos remite para su resolución a la circularidad, pues “en presencia de ciertas «unidades», de ciertas «totalidades», a saber, las unidades de sentido, el camino de la investigación no puede menos de recorrer un camino de vaivén entre la totalidad y sus partes, entre la unidad y las unidades unidas por ella, supuesto que (la comprensión de) las partes «dependen de» y «se remiten a» la totalidad, en tanto que la totalidad «depende de» y «se remite a» las partes que reúne y congrega, dotándolas, y viceversa, de significado y conexión”. No es este recorrido glosado por Pérez de Tudela otro que el del círculo, es “el «círculo» quien dibuja las mallas del tejido que re-úne”, texto del mundo, tejido de la subjetividad. Círculo como nota distintiva de la hermenéutica en tanto proceder propio de las Geisteswissenschaften frente al nomológico-subsuntivo preferido por las Naturwissenschaften. Si bien su primera formulación corresponde según Schleiermacher a Friedrich Ast, Dilthey nos propone una versión más ajustada al tema que tratamos, la personalidad: “La comprensión de la personalidad individual exige, para que sea completa, el saber sistemático, así como, por otra parte, este saber depende, a su vez, de la captación viva de la unidad de la vida individual”.

FRAMEWORK O ESQUEMA

¿Es compatible este entramado de individuo y sistema que viste al sujeto en la estructura diltheyana con la textura de Stanghellini? ¿Lo son las tramas de sentido que anudan las experiencias del sujeto con la noción lingüística de estructura que el italiano toma de Louis Trolle Hjelmslev del Círculo Lingüístico de Copenhague? Siguiendo al danés entiende el psiquiatra toscano una estructura como una “autonomous entity (which) refers to the assumption that meaningfulness can be found in the structure itself”, y partiendo de esta premisa define una psicopatología estructural que “assumes that the manifold of phenomena of a given mental disorder are a meaningful whole, i.e. a structure”. El sufrimiento mental constituye una totalidad de sentido que deberá extraerse —siguiendo a Hjelmslev— “from the internal links between the elements of the structure”, desatendiendo el horizonte biográfico y el mundo histórico del sujeto. Atrincherado en las “internal dependences” pretende comprender al otro “without involving elements that do not belong to the structure, as for instante antecedent events used to explain some bits of the structure (…) as is the case of traumatic or genetic explanation”. Ofrece así una “comprensión cerrada de la subjetividad” que será reconvenida por nuestros autores al afirmar que “tanto el acontecimiento de un trauma como la existencia del conflicto a lo largo de una vida, ponen las condiciones para que el sujeto modifique de forma dinámica su relación consigo mismo y con los otros”. Rehúsa Stanghellini atender no ya a la significatividad, la Vida en mayúscula de Dilthey, sino a la simple biografía, que se escribe siempre con otros, para ceñirse a la lógica interna, de lo bio- o del fenómeno. Cierto es que más tarde apela al “significance” que surgiría de un análisis “that unfolds the personal life history, emotions, attitudes, values and modes of experience”. Parecería adquirir cierto dinamismo con el despliegue de la historia vital, aunque tuviera que explicar cómo lo encajaba en su concepto de estructura (tal vez mediante el “análisis cualitativo” formulado con su paisano Ballerini), pero delata pronto su verdadero objeto del deseo: los modos de la conciencia experiencial. Pues es así como entiende la subjetividad, apuntan nuestros autores, “como los modos de configuración de la conciencia”. Nos preguntamos si es compatible esa intelección de la subjetividad con la apuesta por una hermenéutica que precisamente “se desarrolla como intento de superación de las aporías de la filosofía de la conciencia”. Nada bueno auguraba la referencia al danés, resultando su “autonomous entity” lo más opuesto a la existencia «ya-siempre-fuera-de-sí», a la “subjetividad que ya se encuentra en compromiso con el mundo” defendida con Ramos y Rejón, príncipes de lo concreto en la nueva era del Rey intérprete (Juliana dixit). Desde esta ex-istencia fáctica cabe pensar el mundo, este mundo ya encarnado, ya dado a la interpretación. Recuerda Pérez de Tudela como “ensayo de respuesta” el mandato hermenéutico por el que ampliar siempre los límites del pensar a los meta-niveles que convenga, y que sabemos no terminarán hasta la misma significatividad, pues “exorcizar el demonio de la circularidad” es imposible. Hay que reconocerse, como Los Planetas, “perdido en corrientes circulares en el tiempo”; someterse a la circularidad de “la interpretación, que viene de la interpretación, (y) va siempre de nuevo a la interpretación”. Al puro esquema.

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PÉREZ DE TUDELA VELASCO, J. (1992), Hermenéutica y Totalidad. Las razones del círculo, Logos. Anales del Seminario de Metafísica (26), 11-48

SCHÄFER, M. (1999), Nomothetic and Idiographic Methodology in Psychiatry — A historical-philosophical analysis, Medicine, Health Care, and Philosophy (2;3), 265-74

RAMOS GOROSTIZA, P., REJÓN ALTABLE, C. (2002), El esquema de lo concreto, Madrid, Triacastela

STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology, Psychopathology (43), 319-26

LÓPEZ SANTÍN, J.M., MOLINS GÁLVEZ, F., LITVAN SHAW, L. (2013), Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación crítica. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (33;119), 497-510 doi: 10.4321/S0211-57352013000300003

 

[i] Le resulta a uno curioso que el nombre comercial del nuevo aripiprazol inyectable sea un anagrama de esta arcádica ciudad.

 

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Stanghellini y el equívoco Minkowski

Tractografia

Tractografía en la portada del dominical magazine del 29 de septiembre que anuncia el reportaje central sobre los proyectos Human Brain Project y Brain Initiative.

 

LAZO QUE TODO LO UNE – OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA – REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ – DE SUELOS Y CIELOS – EL SALTO HERMENÉUTICO

 

En un principio textu era en latín tejido, participio pasado de texere, tejer. Más tarde el término sirvió también, mediante una metáfora, para designar lo que estaba escrito o impreso y que no era otra cosa que el tejido de las letras y las palabras. De modo que viene de lejos el vínculo entre textos y tejidos, y así en las otras lenguas romances.

John W. Wilkinson, Globish del 29 de septiembre






GIOVANNI STANGHELLINI PUBLICÓ en 2010 en Psychopathology un artículo de pretensión cuasi programática: A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Vindica en él la obra del psiquiatra ruso Eugène Minkowski, gesto que nos proponemos analizar en este número de FENOPATOLOGICA al hilo de las metáforas textiles que ambos usan. Ofrece Stanghellini la suya para vestir la propuesta hermenéutica frente a la visión naturalista:

It arises by taking human subjectivity as a texture (from the Latin ‘textura’=weaving, the same origin as text) or a fabric. As a texture, human subjectivity has an intimate network or weaving, which is an arrangement of threads, and a surface appearance showing pleats, folds, creases, wrinkles, corrugations, etc.

La subjetividad así entendida sugiere aprehenderla mediante una explication que, al contrario de la causalista y enajenadora explanation, sí atendería lo propio de la experiencia del sujeto, su más íntima textura. La definición queda así: “To explicate the text of a patient’s subjectivity means to open up its pleats and wrinkles, and make visible its intimate texture or structure”. Explicar significa pues hacer visible la trama, la estructura. Y este es el quid del artículo, defender una psicopatología estructural frente a las psicopatologías descriptiva y clínica. En FENOPATOLOGICA nos preguntamos: ¿Es hermenéutica, como anuncia el título, esta propuesta estructural? ¿Lo es la de Eugène Minkowski a quien toma como referencia?

LAZO QUE TODO LO UNE

La tesis principal de Stanghellini sostiene que una presentación sindrómica no resulta de la asociación casual de síntomas sino que responde a una estructura meaningfully interconnected, esto es, cohesionada por una unidad de sentido. El deseo de unidad lo anticipa ciertamente Minkowski, quien escribe que los síntomas “forment non pas un amalgame mais réellement un tout”, e insta a buscar ese “lien qui en réalité unit“, ese lazo que todo lo une. También Stanghellini busca su nexus, el de esa unidad sindrómica que no es compacta sino resultado de la articulación de elementos, síntomas y signos. El lien o nexus lo halla en las relaciones de sentido (meaningful relationships), a las que considera fenomenológicas frente a unas relaciones causales etiológicas que serían, por usar la terminología antipsiquiátrica que apunta, enajenadoras del sujeto. Lo mismo defiende Minkowski del método fenomenológico por el que aboga, al afirmar que este “n’entreprenait ses recherches ni sous l’angle de la causalité, ni du conditionnement, ni de la genèse”.

OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA

Arrostrado el enfoque de la causalidad científica, el “point de vue médical (qui) n’épuise jamais l’aliénation mentale”, habrá que calibrar la perspectiva fenomenológica pr-opuesta, el ángulo propio en que trenzar estas relaciones de sentido. Desprendida la mirada “telle que nous l’impose la méthode des sciences” convergen ruso e italiano en las kantianas formas de la sensibilidad, espacio y tiempo, para la reconstrucción fenomenológica de la subjetividad experiencial. Aunque resulta discutible la fenomenología de andar por casa (Phenomenology of Everyday Life) a la que apela para imponer los existenciarios como guías para la composición del mundo enfermo, no nos detendremos en ello pues no radica ahí el meollo de la psicopatología estructural de nuestro cicerone angloparlante: “However, at this stage of reconstruction the lived world still lacks a core that keeps its parts meaningfully interconnected”. Stanghellini entiende que el broche que anuda el sentido de los síntomas en la vivencia fenomenológica del mundo, el proceso final que da coherencia a la totalidad de la experiencia, consiste en aislar un (supuesto) núcleo: Grasping the Trouble Générateur.

Introduce Minkowski el que resultará afortunado galicismo al reconocer en 1927 “le besoin de ramener la richesse et la variété des symptômes à quelques troubles élémentaires sous-jacents” (Annales médico-psychologiques, 1927), i.e., la necesidad de hallar el denominador común de unos síntomas que “sont sous-tendus ainsi tous par un trouble générateur”. ¿Pero qué es este trouble générateur que sos-tiene la vivencia sintomática? Stanghellini lo entiende como aquello que, tal como describe Minkowski, subyace o sostiene la presentación clínica descriptible. Unidad subyacente (underlying), a menudo en un sentido deficitario como transformación, alteración, trastorno, anormalidad, o trouble. Underlying disorder o Trastorno subyacente, ¿qué es eso que subyace, que hay debajo?

Si un temprano Minkowski reconoce en el trouble générateur “le désir d’établir pour les troubles mentaux des rapports organo-psychiques”, se aparta años más tarde de las causalidades biológicas y de la lésion première para defender una tarea fenomenológica que “s’éloigne  (…) de ce qui est interprétation causale de ces faits. Elle s’inspire du phénomène global de la folie et laisse de côté son aspect médical”. Reivindica entonces la “personalité humaine tout entière”, el “fenómeno global” frente a la simplicidad de unas funciones correlato de lesión. Stanghellini también sufre, desde su Departamento de Ciencias (precisamente) Biomédicas de la Università degli Studi G. d’Annunzio, el lastre organicista y quiere desmarcarse: “Mental disorders are first of all mental”. Ambos quieren ver el trouble générateur como “not an etiopathogenetic construct, but rather a hermeneutic one”. Pero les cuesta. Cambiando la mirada no han podido mudar la perspectiva trascendental, hipostasiante. Proclaman la renuncia de un sustrato físico mientras se les cuela por el forro la sustancialidad de la conciencia. ¿Es más legítimo ese enchaînement causal?

REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ

Ramos y Rejón (2002) reconvienen al ruso francófono el “desplazamiento a la búsqueda de instancias de legitimación”; y el profesor Villegas se planteaba en su Tesis doctoral (1981) que “Minkowski y demás analistas fenomenólogos estén traicionando sus propios principios, tal vez para hallar una seguridad intelectual (apriorística) ante la complejidad e inabarcabilidad de la existencia concreta”. Este corrimiento nos parece responder a la necesidad de patraña y cachivaches sobre la que alertaba Magris desde un Danubio empantanado; a la morbosa necesidad del enfermo melancólico descrita por Codet. Defraudado por la falta de hechos palpables que justifiquen su malestar, fía a otras instancias la respuesta que precisa para no ceder al sinsentido del dolor: “à défaut d’incitations extérieures il est conduit à chercher une autre explication pour satisfaire au besoin d’enchaînement causal” (Idées d’influence au cours d’un état mélancolique, 1923). Si el enfermo delira con un Otro amenazante para explicarse la angustia del vacío; el psiquiatra fantasea, a falta de una lesión cerebral localizable, con dar un sentido al hueco dejado por el órgano.

No será ya la víscera pero seguimos en la oscura entraña del sufriente, algo que está por debajo o más allá, un trastorno sub-yacente (sous-jacent, underlying) que sos-tiene los síntomas (“the underlying characteristic that keeps the phenomena standing”), los epi-fenómenos. Ordena Minkowski “pénétrer en profondeur” y lo obedece Stanghellini en un nuevo triunfo de la psicotomía profunda, análisis del cenagal que tantos elogios ha merecido: “Minkowski’s generative disorder is a ‘deeper symptom’ compared to ‘surface symptoms’ on which contemporary nosography is based”. ¡Henricus-Cornelius, oyes?

DE SUELOS Y CIELOS

(entre los que hay algo con tendencia a quedarse calvo de tanto recordar – Mecano)

No sabemos como compatibiliza Stanghellini su defensa de estos fosos del ser con el posterior rechazo de una explanation dirigida al espacio etéreo de lo sub-personal, de lo sub-jetivo: “This ‘outside’ includes sub-personal or trans-personal mechanisms, or a theory that is placed in a ‘third world’ that is external to the patient’s subjectivity”. Espacio de tercera, exterior sin categoría, afuera sin la prestancia del subsuelo. Mecanismo tan ajeno como la intersubjetividad que funda la hermenéutica. No es, por supuesto, un problema interno de la espacialidad, de una menor aprehensibilidad del outer space frente al mundo interno idealizado. Sus reticencias, lejos del orden del saber, proceden directamente de posiciones metafísicas, como asume Minkowski sin rubor.

Tal vez hubiera merecido la pena detenerse algo en las disquisiciones epistemológicas que Stanghellini considera “not at issue here”, y dar la cara. Tal vez le hubiera servido para no dar por zanjada, con la asunción de un par de vaguedades sobre los brain states o mechanisms y la supuesta antinomia entre ciencias humanas y naturales, la cesura trascendental en la que tropieza, ahora, desde dentro. En un análisis más detenido se hubiera percatado, tal vez, de que cambiando la mirada no muda la perspectiva. No trata la apuesta estructural de una mera cuestión epistémica, de si la res extensa viene antes o después, de si la reducción del fenómeno al mecanismo “comes as a later step”. Trata de conceder a la estructura de experiencia del sujeto una entidad, Hjelmslev dixit, una esencia. Se lanzará a ello Minkowski con su antropología y posterior cosmovisión. No le seguimos en ello pero sabe lo que se hace. Nosotros nos detenemos, como creemos que debería haber hecho Stanghellini para fundamentar sus pretensiones hermenéuticas, en otro momento de la obra del francógrafo.

EL SALTO HERMENÉUTICO

Antes de enredarse con la fenomenología había mostrado Minkowski una aguda intuición clínica, bergsoniana tal vez, acerca de la compleja naturaleza de ese espacio que eligen para mostrarse las presentaciones sintomáticas. En La notion de fond mental (Annales médico-psychologiques, 1940) no se trataba aún de atender un sub-strato orgánino ni a prioris psicológicos, sino de detenerse en los hechos psicopatológicos y “voir comment ils se rattachent à la personnalité vivante du sujet”. Personalidad como totalidad organizadora en la comprensión -episteme todavía- de los síntomas, como ”ensemble, vu justement sous l’angle du fond”. Esta perspectiva de fondo, nos advierte, “n’implique aucune investigation en profondeur” y se afana en destacar su naturaleza envolvente y atmosférica frente a la  “profondeur obscure et mystérieuse”. Es precisamente en este momento, para ilustrar esa peculiar espacialidad, cuando propone para su elucidación la metáfora de la tela, del tejido, que no hay que comprender -nos avisa- como telón (de fondo) sino como el fondo de una tela:

Ce qui le caractérise ce n’est point ce qui se passe au fond ou dans le fond, ni ce qui vient du fond, mais ce qui se dessine, se profile, se détache, ressort sur un fond.

Tal vez quiera servir al mismo propósito de descarga la apelación de Stanghellini a una subjetividad como textura. Mejor que la fontanería del Danubio, la tela ofrece una versatilidad por la que algunos suspiran desde el esqueleto fósil de la conciencia. El tejido ejemplifica una sustancia sin profundidad pero con intersticios, la espesura de un conocer que no va más allá, que no hurga ni espera, que atiende lo presente (la temporalidad, Eugène!) y no sospecha. Que “s’arrête au fait psychopathique comme tel” y se posa en la superficie de la personalidad viva. Pero la texture del italiano no es ese fondo mental que Minkowski asimilará en 1957 al diálogo, hilvanando el camino hermenéutico. Si para Stanghellini

To explicate human subjectivity (taken as a textura or a text), means to unfold, exposit, expound, expand, unfurl it, lay it bare, show further details about it

, nos preguntamos: ¿Qué ulteriores detalles queremos mostrar? ¿A qué viene desnudar y exponer, a qué olvidar la tela, que es ya piel?

(Sobre el traicionero estrambote de la interpretación y Ricoeur, tal vez en otra parte).

***

Todas las citas en inglés proceden del trabajo del italiano STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Psychopathology (43), 319-26

Todas las citas en francés, salvo donde indicado, proceden del trabajo del ruso MINKOWSKI, E. (1948), Phénomenologie et analyse existentielle en psychopathologie. L’évolution psychiatrique (4), 137-85

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