Archivo de la etiqueta: psicopatología

Sentido y experiencia en psicopatología

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA y José M. GONZÁLEZ CALVO

Presentado en el Congreso de Neuropsiquiatría Americana de Santiago de Chile de 1997, inédito hasta la fecha, publicamos ahora este trabajo con el beneplácito de sus autores en el marco del homenaje a Pablo Ramos Gorostiza


Field

I. Introducción

EL CONOCIMIENTO PSIQUIÁTRICO se fundamenta en el encuentro con el hombre enfermo. Su acontecer recíproco conforma todo nuestro proceder interpretativo, actualiza nuestro conocimiento y define el núcleo de nuestra experiencia. La relevancia del encuentro en psiquiatría es tal, que en él hallamos todas nuestras posibilidades de certeza. Sigue leyendo

Etiquetado , , , , , , , ,

Grandeza y fatalidad en psiquiatría

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA


 

DSC00646SE TRATA DE comprender por qué la psiquiatría, cuando nos aproximamos a ella intentando averiguar cómo es su entraña, desde cierta familiaridad con su práctica y su historia, muestra tal grado de inconsistencia, de variabilidad. No es sólo que no haya progreso en el conocimiento, sino que parece condenada a una repetición incesante de lo mismo, está atenazada a la positividad en la que ha nacido, en la que se desenvuelve y de la que no puede escapar. El incesante y abrumador acúmulo de datos que se producen no se integra en una estructura de conocimiento, choca siempre con las mismas dificultades y no permite su aplicación a la práctica clínica, en el momento de efectuar el juicio clínico, que es el lugar de la experiencia psiquiátrica.
Sigue leyendo

Etiquetado , , , , , , , ,

Planeta, caballo, manzana: los excesos del naturalismo psiquiátrico

Diálogo con Álvaro MÚZQUIZ JIMÉNEZ


 

“Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental”.

 

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

NO FUE SINO una caricatura, cuestionado objeto de expresión en estos tiempos. La de Schopenhauer tomada por Trotta en sus recientes ediciones del filósofo. No en otro lugar sino en la pantalla de un teléfono móvil que todavía no era inteligente. En pleno gesto de-formador, ese que troca al estudiante de medicina en psiquiatra residente. En la carretera de Colmenar Viejo, auspiciados por el doctor Rodríguez Lafora, en el quilómetro trece ochocientos. Ahí y entonces empezó esta conversación con Álvaro Múzquiz a ahormarse para ahumarse luego, a desnaturalizarse, a condenarse a una reconstrucción inacabable de la que aquí transcribimos un capítulo a propósito de su trabajo Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2013.

Defiende en su trabajo que la identificación del síntoma mental no es posible a partir de categorías universales sino únicamente atendiendo la individualidad histórica de éste. Pero la singularidad nos recuerda esa arena de Bergson de la que se podrá coger un puñado mas no retratarlo, pues al abrir la mano se deshace. ¿Qué herramientas podemos rescatar de las que la psiquiatría nos ha venido ofreciendo hasta la fecha para entender el sufrimiento?

Ante todo, muchas gracias por ofrecerme la oportunidad de responder a estas preguntas y volver a repasar y repensar estos asuntos.

A pesar de que es algo a lo que no le he prestado la atención que merece, de forma precaria y provisional diré que la psiquiatría lo que ha aportado es una manera de lidiar con ese sufrimiento, unas herramientas prácticas para manejarse y tratarlo (en el doble sentido del encuentro con él y de la intención de aliviarlo). Pero no creo que esto sea generalizable a cualquier sufrimiento. La aportación esencial recaería casi exclusivamente sobre la población identificada como alienados, sobre la locura. Es en el intento de tratarla médicamente cuando dio lugar a otro abordaje y a un nuevo esfuerzo por hacer inteligible esa porción de la realidad.

No creo que la psiquiatría haya aportado nada decisivo sobre otra clase de sufrimientos con los que en un principio no ha tratado directamente o que han sido incluso mejor abordados desde otros lugares como la filosofía o la literatura, aunque en el último siglo estas disciplinas se hayan contaminado en exceso de una jerga psicopatologizante en forma de parodia.

Si estas debilidades del lenguaje suponen un peligro nos alerta por otro lado de lo que denomina en términos de Karl Marx “fetichismo del síntoma”. Diluye en su propuesta la ontología dura de “los procesos biológicos cerebrales y la ciencia” con la solución de “lo producido en el conocimiento”. No prescinde sin embargo de dicha ontología, la considera incluso “decisiva” y llega a afirmar que la “realidad anterior a los sujetos […] es política”. ¿Ocupa la política el lugar de la metafísica en su propuesta?

Voy a dar cierto rodeo aclaratorio previo.

Creo que en cierta crítica a la psiquiatría y sus objetos se ha abusado de la idea de que deshacer una idea positivista del síntoma suponía en sí mismo deshacer todo el armazón psiquiátrico-psicopatológico. Es decir, esta crítica a la psicopatología partiría de las mismas premisas ontológicas que aquellas posturas que estaría criticando: una primacía ontológica de los procesos biológicos y de las clases naturales, negando un estatuto ontológico a lo que pudiera entenderse sólo desde la realidad social. La idea directriz (de la crítica) podría resumirse así: “si se demuestra que la psicopatología no es la descripción positiva de una realidad natural quedará demostrado que la psicopatología y la psiquiatría no son más que un puro invento”.

Mi postura es la opuesta a este modo de proceder. Si se quiere realizar un análisis sobre la psiquiatría y sus objetos hay que tener en cuenta que los objetos que aparecen al darse determinadas relaciones sociales son muy reales y que no son ningún invento. Y no sólo me refiero en términos de sufrimiento o de realidad subjetiva de los individuos que padecen sus consecuencias, sino en relación a su aparición objetiva y a las características que poseen. Señalar esa realidad no implica desechar como fantasmagórico todo lo que allí ocurre, la fantasmagoría es suponer una realidad natural donde lo que hay es una realidad política. Por eso me parece interesante recuperar a Marx, y su concepto de fetichismo que es extensible a muchos otros objetos. Y me parece fundamental de hecho recuperar su pensamiento frente a algunas perspectivas posmodernas de las que también se ha abusado en la teoría de nuestra profesión.

Esto no significa que toda la realidad esté determinada políticamente. Pero considero la psiquiatría un caso específico que sí está configurado conforme al esbozo que acabo de proponer. Por lo tanto, si se entiende la metafísica como las condiciones de posibilidad para la aparición de los objetos de que estamos tratando, la respuesta a la pregunta formulada sería afirmativa. Es determinada relación política la que está puesta en juego en cada síntoma mental, en su señalamiento, en su nombramiento, en su forma última, en definitiva, en su individuación. Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental.

Este proceso de configuración del signo psicopatológico lo concibe —siguiendo a Rejón— como ratio difficilis por la ausencia de universales y causas que lo legitimen. En su lugar reclama un saber práctico, habitus tejido por Pierre Bourdieu e incorporado por Thomas Fuchs, que parece al fin desechar como jirones descriptivos. ¿No convencen las costuras?

Son muy interesantes las propuestas de Bourdieu y Fuchs. Las dos son grandes aportaciones. Si las desecho no es por equivocadas sino por incompletas.

La teoría de Fuchs es distinta desde el punto de vista de la neurociencia. Aplicando ciertos conceptos tomados de la fenomenología conceptualiza los procesos cerebrales como indisociables de la corporalidad y una relación ecológica. De ahí el título de uno de sus libros, “el cerebro como órgano relacional”. Esto nos dice mucho sobre la importancia de la práctica en nuestro aprendizaje como clínicos.

Al mismo tiempo Bourdieu elabora una crítica de la teoría de la acción racional y una teoría de la práctica de gran profundidad que puede explicar parte de los procesos en que nos vemos envueltos en este oficio.

Fuchs nos enseñaría cómo “aprende” el cerebro, mientras que Bourdieu, a través del concepto de habitus, aborda cómo se incorporan determinados esquemas de percepción, pensamiento y acción. Las dos posturas comparten la idea de que existimos como individuos ya terminados sobre los que se adosa esta realidad de segundo orden. El asunto es que, si somos consecuentes con lo que he intentado exponer antes, el sustrato ontológico-político del síntoma mental sólo puede ser entendido como preindividual y su aparición como una individuación, no como una incorporación externa superpuesta.

Avisado ante este posible modo invasivo de la psicopatología teme que una práctica que dice querer comprender el malestar lo esté de hecho generando. ¿Qué peso —si nos permite este mercadeo— cree que tienen o deberían tener construcción e interpretación en psicopatología? ¿Cuánto de etiquetado y cuánto de desvelamiento? ¿Cuánto de “categoría” y cuánto de “componente biológico”, por decirlo con términos del texto?

En principio una situación en que existiera una total transparencia, sin condicionantes tales como pueden ser de control y clasificación, un absoluto desvelamiento, sin necesidad de interpretaciones ni configuraciones podría ser idílica; incluso de categorías que remitieran irremediablemente a componentes biológicos unívocamente. No tengo en principio nada en contra de que esto fuera así, lo aceptaría sin oponer resistencia. El problema es que, al contrario de lo que en muchas ocasiones se piensa, esto no es un asunto que se encuentre en manos de una obstinación, de una decisión ética acerca de la dignidad o de la atención a la subjetividad contra el firme progreso de la ciencia, sino de que aquello con lo que tratamos está constituido de otra manera. Es decir, que es imposible una psicopatología sin interpretación, construcción, etiquetado. Y estos elementos se encuentran presentes en todo acto de individuación del síntoma sin excepción. Debido a la heterogeneidad sintomática habría que ir quizá caso por caso, como dice Berrios, para medir cuánto hay de cada elemento en cada uno, pero una psicopatología de la transparencia no sería ya psicopatología.

En el intento de conciliar esta disyuntiva rescata la propuesta de Ian Hacking quien, frente a clases naturales que nombran algo ya existente, como planeta o caballo, propone la caracterizada por la creación simultánea del objeto y su concepto, caso de un guante. “La personalidad [múltiple], dirá Hacking, se parece más a un guante que a un caballo”, escribe. ¿Cree que el padecimiento atendido por los dispositivos psiquiátricos aparece como tal sólo cuando se lo nombra?

Creo que existe un padecimiento que aparece antes de ser nombrado en un establecimiento psiquiátrico. De todas formas cualquier padecimiento es ya nombrado por el que lo sufre y el entorno, sea este el que sea. Y esto tiene unas consecuencias. La fricción con las prácticas psiquiátricas le otorgará otras nuevas características que conformarán ese padecimiento de una manera ya distinta. Y en este caso sí que aparece solo cuando ya se lo nombra. Los síndromes que describimos no existen tal cual en la naturaleza, lo que vemos siempre se da en el campo semántico de la intervención psiquiátrica.

***

MÚZQUIZ, Á. (2013), Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXIII), 575-92

Etiquetado , , , , , , , , , ,

El decir largo de Rejón

— En vano traté de hallar puntos de anclaje, se duele Kierkegaard
— Las definiciones siguen siendo imprescindibles y algunas mejores que otras, clama Rejón

 

IMG_1211A HABLAR. A eso nos viene enseñando Carlos Rejón Altable en sus trabajos. A hablar como psicopatólogos, claro. A nombrar conductas y experiencias y a tomar conciencia de que “dar nombre no quiere decir inventarse un nombre”. Nadie cree inventarlo, por supuesto. A diario emitimos diagnósticos con un aire de saber qué hacemos al dar, o quitar, un nombre a la situación que nos requiere. Y sin embargo, ¿cuántos podríamos dar cuenta de cómo hemos llegado a elegir ese vocablo, ese precisamente, entre el repertorio de escuela que traemos impensado? Pocos, muy pocos, y Carlos Rejón es sin duda uno de ellos. Por qué nombramos como nombramos, sea mejor o peor, gustosos o al redopelo, apenas o en demasía. Nos ayuda Rejón a ponerlo en claro. Por supuesto en el libro, fruto de su tesis doctoral, Concepción de la psicopatología como lógica (UAM, 2012). También en el texto que ahora reseñamos: La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, publicado en 2013 en el Journal für Philosophie und Psychiatrie.

Como premisa ha insistido el autor en numerosas ocasiones en la radical diferencia entre el diagnóstico médico y el psiquiátrico. Si partimos de la necesidad de una lesión fisio o anatomopatológica para entender el sufrimiento mental y buscamos un signo, un indicio que conduzca a la localización del mal para enmendarlo; si consideramos la psicopatología como una semiología médica a pesar de las meridianas advertencias de Pablo Ramos y Jaime Adán; si es así, no merece la pena seguir leyendo. Será superfluo, un rodeo mental innecesario para terminar confirmando la asunción primera de que la filosofía no resuelve la urgencia clínica en la que nos hallamos envueltos.

Si nos sabemos al contrario en dificultad, resignados a que la (legítimamente) ansiada entidad natural que diera cuenta mensurable del dolor anda lejos, muy lejos, de aclararnos qué sucede y cómo mentar lo que sucede; entonces la propuesta de Carlos Rejón revelará su oportunidad y alcance en la disección de esta tripa semiótica abultada, timpánica y cambiante. Preñada de un desemiotizado (que no desemeizado, ojo) síntoma mental. ¿Abrimos?

En un primer impulso tomamos el camino de la moderna representación. Nos orienta, nos acerca al caso. Pero no es el caso. Pierde mucha información del particular, mucho detalle, siempre hay algo que queda fuera de ella, al margen. Y haremos bien en resistirnos a orillarlo. Habrá que volver a lo individual tras haberle, por un momento, dado un nombre. Tras haberlo, por un instante, enajenado. “Esta idea es obsesiva”, diremos, pero sin agotar ahí la descripción y especificando acto seguido que la limpieza es el tema que la ocupa y en un sentido concreto para quien nos la está contando. Obsesiones hay tantas, y tan distintas… Importará eso a alguien (amina en mano) tal vez poco, pero el caso es que esa obsesión no es como otras obsesiones, y de ello debemos ser o hacernos conscientes, así como de que no podemos prescindir de nombrar el fenómeno (“obsesión”, e.g.) si no es a riesgo de renunciar a que nos entiendan: “los particulares precisan de clases para gozar de cognoscibilidad”, advierte Rejón, o que las cosas piden nombres para ser llamadas, aunque resulte a veces en verdad penoso comprender “cómo puede lo más pleno recibir nada de lo empobrecido y abstracto”. ¡Etiquetas para qué, si tenemos allí mismo a la persona? Pues sí, hay que pasar por la obsesión para llegar a esta obsesión, o como escribe Rejón con Aristóteles: “de rostro a nadie se le priva aunque sólo haya, en verdad, rostros singulares, como melancolías particulares. O delirios”. Sus pensamientos y actos son suyos, sí, mas son pensamiento y acto, aunque sólo haya, en verdad, actos singulares, o pensamientos. Y así vamos cogiendo el paso del vals que nos mece entre el particular y el universal, el tal y el tal, y viceversa, el tal y el tal, y vuelta.

Mareados por el giro en torno a esa nada llamada por Michael Devitt ‘incompletud esencial’, pedimos salir del baile y tomar asiento, apoyo. A decir de Rejón nos dan permiso Searle y Strawson, quienes “han reconocido la necesidad de parar las idas y venidas por las definiciones verbales mediante ‘descripciones indicativas'”. Esto es, dejamos el baile y atendemos la vida. Abandonamos la “circulación indefinida dentro del diccionario” y nos dejamos “volcar al mundo de una buena vez”. Junto al danzante significado lingüístico, “envuelto por él y tal vez sosteniéndolo —escribe Rejón— habita un elemento particularizador que lo extrae de su enciclopedia abstracta y lo atornilla sobre los objetos”. Exoesqueleto de la idea, firme corsé, con el dedo lo aflojamos: hete aquí el designador rígido o indéxico. Putnam y Kripke.

“Esto” es una obsesión, “esto” un delirio. Ahora puedes volver al baile pero ya sabes, psicopatólogo en ciernes, “qué” es una obsesión, “qué” un delirio. Al danzar mudarán los términos, darás un paso general o un quiebro más concreto, pero “esto” que te he enseñado, psiquiatra residente, es la referencia empírica que debes fijar a tu concepto de obsesión, o de delirio. Familiarízate con ello para luego, siguiendo a Waismann, definir el término mediante la descripción de lo que has visto. Con todo, mantente alerta, pues es abierta la textura de lo visto y cada ocasión te ofrecerá la posibilidad de corregir su esbozo, o la obligación, cada vez que emitas el enunciado, en cada “token”.

Farragosa tarea esta de andar desdibujando la insustancia. Menudo encargo el de “identificar un referente que cambia con cada uso del término”. Con gusto derivamos la función, siguiendo a Recanati y Kaplan, de la fijación del referente al modo de identificarlo. La definición de delirio ya no será un “eso” que anda mudando sino “unas breves instrucciones para su empleo en contexto”, un esquema para apresarlo en sus distintas formas sensibles, en su cambiante atuendo.

El esquema
de lo concreto.

Claro que a estas alturas vamos ya pillando el truco. Retuerce Rejón a Hegel y si bien dice: “El despliegue al que somete lo presente a la conciencia demuestra sin duda que fuera del concepto no hay comprensión y que rojo lo es si como tal se piensa”, no dejamos de ver cómo se troca el exoesqueleto en espina medular y concede “que todo estaba allí pero callado. De otro modo se estaría infiltrando algo ajeno que falsearía la realidad efectiva de ese particular empírico”. Y prosigue el bello párrafo de la trascendentalidad, que leemos atentos, como un regalo:

Será por tanto esa riqueza de la cosa el lugar al que cada vez se vuelva para cada vez poder extraer de allí el nombre que la diga. Y el nombre se servirá de esa riqueza siempre y solamente como ya perdida. Sólo por decirla, por llevarla a representación el nombre al mismo tiempo la guarda y la pierde. O mejor la guarda sólo al perderla, porque la señala como lo que en el nombre mismo no encuentra lugar y nos exige a los que usamos del nombre recordar que no podemos dejar de volver a ella y no podemos dejar de perderla cada vez.

Ronda del hegeliano “esto ante los ojos” que el fáctico Heidegger convertirá en ser-a-la-mano. Trascendencia rota. Compacidad abierta para Agamben, singularidad cualsea, “la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es”. Ahí; donde la distinción entre los ámbitos de lo común y lo propio a los que se abre, la clase y el individuo, no son más que “un efecto lingüístico ejercido sobre la compacidad”. Que es lo que importa.

Mas la pregunta torna: “¿cómo acceder a ese particular cualquiera?”. Si creíamos haber superado la cuestión por la facticidad, Rejón toca a rebato. Si apelamos a una exposición perceptiva que nos libere del descriptivismo, nos advierte “de seguido que en ningún caso las definiciones ostensivas garantizan un acceso inmediato, puro de conceptuación. Al contrario, presuponen todo un conjunto de supuestos semánticos, saberes y capacidades de fondo, prácticas sociales e institucionales”. No parece que podamos prescindir de una teoría descriptiva de la referencia que nos proteja de las praxis de poder. Es preciso que los modos descriptivos y perceptivos confluyan “durante la formación del psiquiatra” para que pueda “contrastar, matizar y juzgar el rasgo consensuado sobre el fondo de la información percibida”. La duda siempre como guía de razón, y el baile: “Se precisa el trabajo conjunto”…

Anclaje descriptivo para proceder a la individuación. “Es una obsesión, y es suya”, mas sólo después de haber sido identificada como tal obsesión se la cedemos, y aunque el nombre de obsesión partió de una que era entonces también para alguien suya, de ahí se desprendió para anclarse acullá y anclar esta de ahora, que a su vez verá desgajar de su carne un metal que sostendrá otra carne.

Esquematización y reconstrucción de lo concreto, paso a paso, momento a momento. Ese nombre han dado al baile diagnóstico Carlos Rejón y Pablo Ramos. Un baile oficiado en ese “umbral que la lógica contemporánea no puede cruzar”. Mas tampoco resistir la tentación de otear dentro.

***

RAMOS, P., ADÁN, J. (2011), Misunderstanding Psychopathology as Medical Semiology: An Epistemological Enquiry, Psychopathology (44), 205-15 DOI:10.1159/000322692 >PDF

REJÓN, C. (2013), La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, Journal für Philosophie und Psychiatrie.


Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , ,

Stanghellini y el equívoco Minkowski

Tractografia

Tractografía en la portada del dominical magazine del 29 de septiembre que anuncia el reportaje central sobre los proyectos Human Brain Project y Brain Initiative.

 

LAZO QUE TODO LO UNE – OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA – REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ – DE SUELOS Y CIELOS – EL SALTO HERMENÉUTICO

 

En un principio textu era en latín tejido, participio pasado de texere, tejer. Más tarde el término sirvió también, mediante una metáfora, para designar lo que estaba escrito o impreso y que no era otra cosa que el tejido de las letras y las palabras. De modo que viene de lejos el vínculo entre textos y tejidos, y así en las otras lenguas romances.

John W. Wilkinson, Globish del 29 de septiembre






GIOVANNI STANGHELLINI PUBLICÓ en 2010 en Psychopathology un artículo de pretensión cuasi programática: A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Vindica en él la obra del psiquiatra ruso Eugène Minkowski, gesto que nos proponemos analizar en este número de FENOPATOLOGICA al hilo de las metáforas textiles que ambos usan. Ofrece Stanghellini la suya para vestir la propuesta hermenéutica frente a la visión naturalista:

It arises by taking human subjectivity as a texture (from the Latin ‘textura’=weaving, the same origin as text) or a fabric. As a texture, human subjectivity has an intimate network or weaving, which is an arrangement of threads, and a surface appearance showing pleats, folds, creases, wrinkles, corrugations, etc.

La subjetividad así entendida sugiere aprehenderla mediante una explication que, al contrario de la causalista y enajenadora explanation, sí atendería lo propio de la experiencia del sujeto, su más íntima textura. La definición queda así: “To explicate the text of a patient’s subjectivity means to open up its pleats and wrinkles, and make visible its intimate texture or structure”. Explicar significa pues hacer visible la trama, la estructura. Y este es el quid del artículo, defender una psicopatología estructural frente a las psicopatologías descriptiva y clínica. En FENOPATOLOGICA nos preguntamos: ¿Es hermenéutica, como anuncia el título, esta propuesta estructural? ¿Lo es la de Eugène Minkowski a quien toma como referencia?

LAZO QUE TODO LO UNE

La tesis principal de Stanghellini sostiene que una presentación sindrómica no resulta de la asociación casual de síntomas sino que responde a una estructura meaningfully interconnected, esto es, cohesionada por una unidad de sentido. El deseo de unidad lo anticipa ciertamente Minkowski, quien escribe que los síntomas “forment non pas un amalgame mais réellement un tout”, e insta a buscar ese “lien qui en réalité unit“, ese lazo que todo lo une. También Stanghellini busca su nexus, el de esa unidad sindrómica que no es compacta sino resultado de la articulación de elementos, síntomas y signos. El lien o nexus lo halla en las relaciones de sentido (meaningful relationships), a las que considera fenomenológicas frente a unas relaciones causales etiológicas que serían, por usar la terminología antipsiquiátrica que apunta, enajenadoras del sujeto. Lo mismo defiende Minkowski del método fenomenológico por el que aboga, al afirmar que este “n’entreprenait ses recherches ni sous l’angle de la causalité, ni du conditionnement, ni de la genèse”.

OTRA MIRADA, IDÉNTICA PERSPECTIVA

Arrostrado el enfoque de la causalidad científica, el “point de vue médical (qui) n’épuise jamais l’aliénation mentale”, habrá que calibrar la perspectiva fenomenológica pr-opuesta, el ángulo propio en que trenzar estas relaciones de sentido. Desprendida la mirada “telle que nous l’impose la méthode des sciences” convergen ruso e italiano en las kantianas formas de la sensibilidad, espacio y tiempo, para la reconstrucción fenomenológica de la subjetividad experiencial. Aunque resulta discutible la fenomenología de andar por casa (Phenomenology of Everyday Life) a la que apela para imponer los existenciarios como guías para la composición del mundo enfermo, no nos detendremos en ello pues no radica ahí el meollo de la psicopatología estructural de nuestro cicerone angloparlante: “However, at this stage of reconstruction the lived world still lacks a core that keeps its parts meaningfully interconnected”. Stanghellini entiende que el broche que anuda el sentido de los síntomas en la vivencia fenomenológica del mundo, el proceso final que da coherencia a la totalidad de la experiencia, consiste en aislar un (supuesto) núcleo: Grasping the Trouble Générateur.

Introduce Minkowski el que resultará afortunado galicismo al reconocer en 1927 “le besoin de ramener la richesse et la variété des symptômes à quelques troubles élémentaires sous-jacents” (Annales médico-psychologiques, 1927), i.e., la necesidad de hallar el denominador común de unos síntomas que “sont sous-tendus ainsi tous par un trouble générateur”. ¿Pero qué es este trouble générateur que sos-tiene la vivencia sintomática? Stanghellini lo entiende como aquello que, tal como describe Minkowski, subyace o sostiene la presentación clínica descriptible. Unidad subyacente (underlying), a menudo en un sentido deficitario como transformación, alteración, trastorno, anormalidad, o trouble. Underlying disorder o Trastorno subyacente, ¿qué es eso que subyace, que hay debajo?

Si un temprano Minkowski reconoce en el trouble générateur “le désir d’établir pour les troubles mentaux des rapports organo-psychiques”, se aparta años más tarde de las causalidades biológicas y de la lésion première para defender una tarea fenomenológica que “s’éloigne  (…) de ce qui est interprétation causale de ces faits. Elle s’inspire du phénomène global de la folie et laisse de côté son aspect médical”. Reivindica entonces la “personalité humaine tout entière”, el “fenómeno global” frente a la simplicidad de unas funciones correlato de lesión. Stanghellini también sufre, desde su Departamento de Ciencias (precisamente) Biomédicas de la Università degli Studi G. d’Annunzio, el lastre organicista y quiere desmarcarse: “Mental disorders are first of all mental”. Ambos quieren ver el trouble générateur como “not an etiopathogenetic construct, but rather a hermeneutic one”. Pero les cuesta. Cambiando la mirada no han podido mudar la perspectiva trascendental, hipostasiante. Proclaman la renuncia de un sustrato físico mientras se les cuela por el forro la sustancialidad de la conciencia. ¿Es más legítimo ese enchaînement causal?

REFERENCIAS, INSTANCIAS, MÁS ALLÁ

Ramos y Rejón (2002) reconvienen al ruso francófono el “desplazamiento a la búsqueda de instancias de legitimación”; y el profesor Villegas se planteaba en su Tesis doctoral (1981) que “Minkowski y demás analistas fenomenólogos estén traicionando sus propios principios, tal vez para hallar una seguridad intelectual (apriorística) ante la complejidad e inabarcabilidad de la existencia concreta”. Este corrimiento nos parece responder a la necesidad de patraña y cachivaches sobre la que alertaba Magris desde un Danubio empantanado; a la morbosa necesidad del enfermo melancólico descrita por Codet. Defraudado por la falta de hechos palpables que justifiquen su malestar, fía a otras instancias la respuesta que precisa para no ceder al sinsentido del dolor: “à défaut d’incitations extérieures il est conduit à chercher une autre explication pour satisfaire au besoin d’enchaînement causal” (Idées d’influence au cours d’un état mélancolique, 1923). Si el enfermo delira con un Otro amenazante para explicarse la angustia del vacío; el psiquiatra fantasea, a falta de una lesión cerebral localizable, con dar un sentido al hueco dejado por el órgano.

No será ya la víscera pero seguimos en la oscura entraña del sufriente, algo que está por debajo o más allá, un trastorno sub-yacente (sous-jacent, underlying) que sos-tiene los síntomas (“the underlying characteristic that keeps the phenomena standing”), los epi-fenómenos. Ordena Minkowski “pénétrer en profondeur” y lo obedece Stanghellini en un nuevo triunfo de la psicotomía profunda, análisis del cenagal que tantos elogios ha merecido: “Minkowski’s generative disorder is a ‘deeper symptom’ compared to ‘surface symptoms’ on which contemporary nosography is based”. ¡Henricus-Cornelius, oyes?

DE SUELOS Y CIELOS

(entre los que hay algo con tendencia a quedarse calvo de tanto recordar – Mecano)

No sabemos como compatibiliza Stanghellini su defensa de estos fosos del ser con el posterior rechazo de una explanation dirigida al espacio etéreo de lo sub-personal, de lo sub-jetivo: “This ‘outside’ includes sub-personal or trans-personal mechanisms, or a theory that is placed in a ‘third world’ that is external to the patient’s subjectivity”. Espacio de tercera, exterior sin categoría, afuera sin la prestancia del subsuelo. Mecanismo tan ajeno como la intersubjetividad que funda la hermenéutica. No es, por supuesto, un problema interno de la espacialidad, de una menor aprehensibilidad del outer space frente al mundo interno idealizado. Sus reticencias, lejos del orden del saber, proceden directamente de posiciones metafísicas, como asume Minkowski sin rubor.

Tal vez hubiera merecido la pena detenerse algo en las disquisiciones epistemológicas que Stanghellini considera “not at issue here”, y dar la cara. Tal vez le hubiera servido para no dar por zanjada, con la asunción de un par de vaguedades sobre los brain states o mechanisms y la supuesta antinomia entre ciencias humanas y naturales, la cesura trascendental en la que tropieza, ahora, desde dentro. En un análisis más detenido se hubiera percatado, tal vez, de que cambiando la mirada no muda la perspectiva. No trata la apuesta estructural de una mera cuestión epistémica, de si la res extensa viene antes o después, de si la reducción del fenómeno al mecanismo “comes as a later step”. Trata de conceder a la estructura de experiencia del sujeto una entidad, Hjelmslev dixit, una esencia. Se lanzará a ello Minkowski con su antropología y posterior cosmovisión. No le seguimos en ello pero sabe lo que se hace. Nosotros nos detenemos, como creemos que debería haber hecho Stanghellini para fundamentar sus pretensiones hermenéuticas, en otro momento de la obra del francógrafo.

EL SALTO HERMENÉUTICO

Antes de enredarse con la fenomenología había mostrado Minkowski una aguda intuición clínica, bergsoniana tal vez, acerca de la compleja naturaleza de ese espacio que eligen para mostrarse las presentaciones sintomáticas. En La notion de fond mental (Annales médico-psychologiques, 1940) no se trataba aún de atender un sub-strato orgánino ni a prioris psicológicos, sino de detenerse en los hechos psicopatológicos y “voir comment ils se rattachent à la personnalité vivante du sujet”. Personalidad como totalidad organizadora en la comprensión -episteme todavía- de los síntomas, como ”ensemble, vu justement sous l’angle du fond”. Esta perspectiva de fondo, nos advierte, “n’implique aucune investigation en profondeur” y se afana en destacar su naturaleza envolvente y atmosférica frente a la  “profondeur obscure et mystérieuse”. Es precisamente en este momento, para ilustrar esa peculiar espacialidad, cuando propone para su elucidación la metáfora de la tela, del tejido, que no hay que comprender -nos avisa- como telón (de fondo) sino como el fondo de una tela:

Ce qui le caractérise ce n’est point ce qui se passe au fond ou dans le fond, ni ce qui vient du fond, mais ce qui se dessine, se profile, se détache, ressort sur un fond.

Tal vez quiera servir al mismo propósito de descarga la apelación de Stanghellini a una subjetividad como textura. Mejor que la fontanería del Danubio, la tela ofrece una versatilidad por la que algunos suspiran desde el esqueleto fósil de la conciencia. El tejido ejemplifica una sustancia sin profundidad pero con intersticios, la espesura de un conocer que no va más allá, que no hurga ni espera, que atiende lo presente (la temporalidad, Eugène!) y no sospecha. Que “s’arrête au fait psychopathique comme tel” y se posa en la superficie de la personalidad viva. Pero la texture del italiano no es ese fondo mental que Minkowski asimilará en 1957 al diálogo, hilvanando el camino hermenéutico. Si para Stanghellini

To explicate human subjectivity (taken as a textura or a text), means to unfold, exposit, expound, expand, unfurl it, lay it bare, show further details about it

, nos preguntamos: ¿Qué ulteriores detalles queremos mostrar? ¿A qué viene desnudar y exponer, a qué olvidar la tela, que es ya piel?

(Sobre el traicionero estrambote de la interpretación y Ricoeur, tal vez en otra parte).

***

Todas las citas en inglés proceden del trabajo del italiano STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology. Psychopathology (43), 319-26

Todas las citas en francés, salvo donde indicado, proceden del trabajo del ruso MINKOWSKI, E. (1948), Phénomenologie et analyse existentielle en psychopathologie. L’évolution psychiatrique (4), 137-85

Etiquetado , , , , , , , , , , ,

El reto hermenéutico de F. Colina por el Foucault de Royaumont

Por Sergi SOLÉ PLANS


Al meu pare

Hôpital Auxilaire D’Armée 30 - Abbaye de Royaumont (Norah Neilson Gray, 1918. Helensburgh public library)

Hôpital Auxilaire D’Armée 30 – Abbaye de Royaumont (Norah Neilson Gray, 1918)

Fernando Colina se apea en su último libro, Melancolía y paranoia (2011), del “reto hermenéutico” que nos propusiera una década atrás en el trabajo “Actualidad hermenéutica de las psicosis” (2002).

En FENOPATOLOGICA analizamos este cambio de rumbo a la luz de la ponencia de Michel Foucault “Nietzsche, Freud, Marx” pronunciada en julio de 1964 en el marco del 8ºColloque de Royaumont.

 

INTERPRETACIÓN

“Desde la primera aparición de la palabra “hermenéutica” en el siglo XVII, el término designa la ciencia o el arte de la interpretación”, nos sitúa Colina. Algo más precavido se muestra Foucault al reconducir la propuesta recibida de los organizadores del coloquio de Royaumont hacia “algunos temas relativos a las técnicas de interpretación en Marx, Nietzsche y Freud”. Avisado de los alcances diversos del término, le sacude las connotaciones filosóficas para ceñirse a la técnica, al método, con que “rastrear el lenguaje”. También Colina se atendrá en 2002 a su carácter propedéutico, a “las condiciones racionales, previas a cualquier consideración propiamente psicopatológica, que la hermenéutica nos puede proponer”, preservándola así de la arena psiquiátrica a que la invita. Aunque se apresura a una lectura del concepto como amplio frente anti-positivista, querrá ofrecer una intelección de la hermenéutica como “ciencia del diálogo y de las preguntas” abierta al problema de la psicosis; y reconocerá su aprioricidad al afirmar que “la perspectiva hermenéutica ha fecundado el conocimiento de la psicopatología del psicótico”.

Aunque no recula tanto como Foucault, quien se retrotrae a la interpretación por semejanza del siglo XVI, se mantiene fiel al XX y no reformula todavía la hermenéutica a partir de la psicosis. Sí pretende una hermenéutica que podemos llamar psicopatológica, que se ofrece a la psiquiatría y pregunta por las condiciones generales bajo las cuales puede tener lugar la comprensión que le es propia; y aunque destaca “la importancia que adquieren los desarrollos patológicos del pensar para el estudio del conocimiento” no se aventura todavía a la inversión que terminará en Melancolía y paranoia leyendo la hermenéutica entera a través de la clínica, a través de esa bisagra conceptual y vector de la paranoia que es la interpretación.

Veamos cómo se ha producido este desplazamiento.

INTERPRETANDUM

Cuando Colina habla en Melancolía y paranoia de interpretación lo hace casi siempre en un sentido de desmesura, ya sea como “saber excesivo y arrogante que elimina cualquier posibilidad de comprensión” o como pensamiento débil que construye un “universo racional restringido”. Aunque en algún lugar le concede una lectura favorable como “apertura generosa del sentido”, no tarda en advertirnos del inherente peligro que la “bloquea si cierra su contenido en una verdad”. Es tal el rechazo que define su propuesta precisamente a la contra, como aquel pensar “que nos permite trascender la interpretación”. Con esta (legítima) restricción de significado opta Colina por presentar la vertiente más deficitaria y anquilosada del término, extraída del gesto último del paranoico que -en su defensa del otro- echa mano de la idea más rígida, del más pesado concepto.

Este carácter inflexible; esta propiedad de detención, fijación y saturación del significado que entiende Colina como “la muerte del saber” perpetrado por la interpretación, lo identifica Foucault muy al contrario con la ausencia del movimiento interpretativo, reconociendo en éste el único modo de transitar la inagotable red de signos que es nuestra existencia. El único modo sin tropezar y hundirnos.

Si para Colina el paranoico fracasa por su apego a la interpretación, para Foucault la experiencia de la locura se da sólo al (creer poder) prescindir de ella. Cuando se pretende saldar de una tacada la desesperación, noquearla al primer asalto, y dar por definitivo el golpe inaugural, simple arañazo (absurdamente definen algunos delirar como apartarse del surco, cuando no es sino permanecer obstinadamente en él, en ese primer rasguño).

El riesgo de caer en el vacío de la significación deviene sólo cuando no se interpreta bastante; cuando se acepta la idea más precipitada, siempre la más pueril y por descontado insuficiente, para dar cuenta del universo hablado que sin descanso nos interroga. Cabría acogerse a la saludable propuesta de Colina: diferir todo intento explicativo para arrellanarse en la contemplación. Pero renunciar a un relato propio es someterse al recibido, pues “nunca cesa de haber por encima de todo lo que habla -nos recuerda Foucault- el gran tejido de las interpretaciones violentas”. Ya alertó Nietzsche del carácter impuesto de la interpretación o, mejor dicho, del ya siempre interpretado del mundo.

Lo que ocurre al paranoico no es que se entregue a la interpretación, sino que lo hace con la primera que pasa, con una que “se remansa en su creencia de que maneja todos los hilos del saber” como escribe Colina; y que dimite con ello de la hermenéutica “obligación de interpretarse ella misma al infinito” que recoge Foucault. En 2002 se lamentaba Colina de que el psicótico se “aleja de la hermenéutica en la medida en que se desentiende de la finitud y contingencia de la interpretación, comportándose en su delirio como si hubiera dicho todo (…) se aferra a un conocimiento inamovible del que no se puede desembarazar mínimamente, ajeno a la deseable corrección incesante de uno mismo”. Pero en 2011, abandonada la apuesta hermenéutica, el cambio que se contempla -más que defiende- es un tímido “diferenciarse dulcemente de sí mismo”, tan dolce

En resumen, si para Colina la salud es una apuesta por demorar, alejar o rehuir la interpretación; para Foucault no se puede sino revolucionarla sin tregua, forzar el giro del pensamiento para evitar la precipitación. Dos reacciones opuestas ante la alarma del turingio: el castellano éxtasis y el incesante movimiento circular del francés.

INTERPRETANS

Al leer en Melancolía y paranoia acerca de un pensar que descarta la necesidad de concluir en una verdad objetiva evocábamos la resistencia hermenéutica, que se niega un fin y entiende -como describe Foucault- que “la interpretación debe interpretarse siempre ella misma y no puede dejar de volver sobre ella misma”. Pero no. Cuando se trata de hallar alternativa a la interpretación paranoica, esa que “dificulta la comunicación de unos con otros debido a la rigidez del sentido y a la desconfianza que incorpora su inmovilidad”, no ve Colina en la hermenéutica sino un dejarse llevar “por el vértigo del sentido”, en verdad propio de ese “tiempo de la interpretación que es circular”, inconcluso e infinito, trazado por Foucault.

No parece Colina terminar de acomodarse a la lectura hermenéutica de Gadamer por la que el “texto poético nunca puede ser agotado transformándolo en conceptos”, aunque acceda en la página siguiente a un pensamiento que “tolera un valor más ingrávido y móvil de las representaciones”. Frente a la avalancha de significados no se deja arrastrar y se refugia en el éxtasis; apuesta por una contemplación que tolera sin agotarse, resignada y boquiabierta, ya sólo “relativamente lírica”; y se distancia de la defensa que en 2002 hiciera del programa del marburgués rebelándose contra la “pasividad en la espera” y enfatizando que “no supone apostar por una mística del silencio o de lo inefable”.

Colina opta por adherirse, entre el pasmo paranoico y el gadameriano mareo, al “uso psicoanalítico” de la interpretación. Si paranoia y hermenéutica son dos modos contrapuestos de ella, cerril la una y veleidosa la otra, pretende mediar en ello con la psicoanalítica. Aunque no atisbamos cómo pudiera hacerlo, lo que resulta claro es que Colina ha renunciado al reto hermenéutico que proponía en 2002, ese por el que se “nos fuerza a intentar desprendernos algo de la excesiva dependencia del psicoanálisis, en especial cuando se torna categórico y proclive a la interpretación terca e intimidatoria”, a saber, cuando se vuelve algo paranoico. Tal vez porque haya mermado el temor por una paranoia de la que en su tesis actual todos somos partícipes; o porque entienda el psicoanálisis como disciplina más transigente de lo que la veía entonces, no parece necesitar ya a la hermenéutica para conjurar los riesgos totalitarios de un modelo psicopatológico en verdad hegemónico (su adversario natural no puede, ciertamente, opugnarlo con su semiología ramplona).

Lo relevante al fin es que con esta nueva aproximación, para consuelo de unos y como acicate nuestro, a la doctrina psicoanalítica, Colina sigue retándonos a pensar, “en su acepción fuerte” y libre de vasallajes, la psicopatología; y que aviva sin duda, como señala José María Álvarez en su reseña, nuestro “entusiasmo por el saber”.

***

FOUCAULT, M. (1966), Nietzsche, Freud, Marx. En DELEUZE, G. (dir.), Cahiers de Royaumont, Nietzsche, París, Les éditions de Minuit

COLINA, F. (2002), Actualidad hermenéutica de las psicosis. Frenia (II), 109-19

COLINA, F. (2011), Melancolía y paranoia, Madrid, Editorial Síntesis

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , ,

Semiología en la Post-APA

PostAPA13SE LAMENTABA EL ASISTENTE en pajarita de la escasa profundidad psicopatológica de un debate dominado, a su entender, por la vulgar semiología. Desde FENOPATOLOGICA replicamos: ¡Ojalá hubiera sido ese el problema, compañero de corbata! El caso es que la semiología andaba ella misma también algo coja, despistada y errante en la exposición ofrecida por los psiquiatras indianos.

Una de las primeras cuestiones tratadas fue la desaparición, en el flamante y arábigo DSM-5, de los estados mixtos entre los trastornos afectivos. Los estados mixtos ya no son positivamente tales sino el vivo reconocimiento de las impurezas nosográficas que la clínica se empeña en espetarnos. La enfermedad se nos presenta cercana a un prototipo, si bien a menudo con trazas de otros elementos: manías con algo de depresión, depresiones con algo de manía… y mejor llamarlo así a buscar un pretencioso nombre que quiera encorsetar lo que no es sino variedad semiológica (ellos lo llaman horriblemente “especificadores”). Y a la semiología, aunque sea sólo a ella, convendrán conmigo, hay que escucharla, pues fue desde siempre y debe seguir siendo el primer paso del razonamiento médico. El diagnóstico explica la aparición conjunta y mantenida de un grupo determinado de signos y síntomas, de un síndrome, vaya, y si la regularidad en su combinación es dudosa lo será también que tengan una causa común y por tanto merezcan un diagnóstico. Si lo mixto es tan cambiante mejor dejémoslo mudar y sigámoslo describiendo, observando, anotando. Un acierto semiológico del nuevo DSM, sí doctores, la destitución de lo mixto. ¡Eureka!

Pero la euforia no podía durar mucho. El profesor Roca se encargó de comunicarnos la completa desmembración de los trastornos afectivos: tras la fulminación de los estados mixtos, la definitiva atomización de la categoría al escindir la depresión de lo bipolar. Se apelaba a un supuesto síndrome afectivo como denominador común de esta “colección heterogénea de enfermedades”. Pero como a pantalla seguida se nos dice que -a su vez- los “trastornos mentales son heterogéneos”, hay que recular para no perdernos entre tanta heterogeneidad y conceder, después de todo, que el “diagnóstico es sintomático”. Volvemos así al síndrome afectivo que pretendía ser superado por la colección de enfermedades (depresión, bipolaridad) ahora emancipadas.

Vemos, en resumen, cómo en los trastornos afectivos se diluye lo mixto y los intentos de promocionar enfermedades no alcanzan otro estatuto que el sindrómico. Tal vez porque nuestro dominio semiológico es tan escaso somos incapaces de avanzar hacia la consolidación de los trastornos. Prototípico ejemplo del fracaso lo constituye la alusión -que no faltó (con sello de Nestler y Jeste)- al síndrome metabólico, ese otro aberrante constructo que no hay modo de despedir del discurso de nuestra especialidad. Oír hablar, en los trastornos de ansiedad, de “síndrome cross-sectional” para definir el amalgama ansioso-depresivo fue la culminación del despropósito.

Descorazonado ya casi del todo, conseguí todavía tenerme sentado cuando el profesor Bernardo (en la fotografía) nos ofrecía la exclamativa transcripción del oxímoron psicopatológico en el que venimos tropezando: “La Esquizofrenia es un síndrome con una gran heterogeneidad!!”. Insistimos: no puede ser considerado síndrome si no se le reconoce la homogeneidad que implica llamarlo sín-drome, con-junto, tal y como recogen las definiciones de distintos diccionarios de referencia (no el de la Real Academia Española, como ya hemos denunciado en otra parte, pero sí en otras lenguas) que aquí subrayamos: en inglés el Merriam-Webster como “a group of signs and symptoms that occur together and characterize a particular abnormality”; o en catalán el Diccionari enciclopèdic de medicina (DEM) como “Conjunt de signes i símptomes que caracteritzen un procés morbós”.

Al sostener que “al final los tratamientos se fijan en dimensiones clínicas” tal vez se refería el profesor Vieta a lo mismo que Marder -citado por el profesor Sánchez- al afirmar que “No habrá un fármaco “antiesquizofrenia””. Parece la psiquiatría oficial volver al cauce de las prudentes recomendaciones de Thomas Sydenham*, relegando las causas y pretiriendo la nosología, en favor de una mejor comprensión semiológica a la que -por ahora- parecen limitarse  las opciones terapéuticas.

Las disquisiciones psicopatológicas, amigo de la pajarita, son peras al olmo.

——

*Urgent recommendation simply to describe the diseases with the greatest possible precision since one could, by that method, not possibly go wrong,  [was prompted not only by] resignation, but also a hope: the hope that in this way medicine would finally succeed in making the desired advances, particularly in the field of therapy. Yet hope is, of course, in itself a sign that the goal aimed at has not been reached.

Esther Fischer-Homberger, Eighteenth-century nosology and its survivors

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,
A %d blogueros les gusta esto: