Archivo de la etiqueta: psicopatología

La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: comentario

Este artículo forma parte de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann Glatzel, publicado en la revista Nervenarzt en 1990.


 

SI ESTE TRABAJO resulta significativo de entre todos aquellos que critican la inconsistencia de la psiquiatría, ponen en entredicho su rigor y legitimidad científica, cuestionan los resultados o los procedimientos y proponen alternativas tratando de abrir nuevas vías que invariablemente acaban ofreciendo las mismas limitaciones, es porque señala de forma certera y diferente al centro del asunto y permite enfocar la cuestión de una forma más radical y, creo, más fructífera. Enmarca la experiencia psiquiátrica más allá de las cuestiones metodológicas que pudo haber realizado el positivismo, que se lía dando vueltas a lo mismo sin atreverse a mirar con más ambición y profundidad, y yendo por detrás de ellas, trata de escapar a los designios de una psiquiatría que pretende emular los éxitos de la medicina basada en procedimientos experimentales poniendo de manifiesto la paradoja de que cuanto más objetiva se quiere, más fracasa en dar alcance conceptual y clínico a sus problemas. Que a base de fijar determinantemente su objeto, éste se le deshace entre las manos y deja de tenerlo. De modo que para abrirse a su experiencia no teme abordar cuestiones dejadas fuera de consideración, que eran y son tomadas por improcedentes o contraproducentes para el conocimiento psiquiátrico al uso, es decir, aquel que tiende a considerarlas usando un abordaje meramente positivo. También me parece importante en la manera de fracasar en la resolución del problema planteado, en cuanto que pretendiendo un saber propio para la psiquiatría quiere que éste sea hacedero adoptando una mirada de validez transindividual, que cifra en una posición antropológica capaz de ofrecer unidad experiencial a la práctica psicopatológica. Así, con lo que se gana haciendo de la psicopatología el centro de la actividad intelectiva del psiquiatra, se pierde al depositarla en una modalidad existencial definida, como si con esto se pudiese detener el movimiento del pensar, como si se pudiera salir fuera del todo y hablar de él, como si fuese dable llegar todavía a tiempo para poder acceder al decir inaugural. Y aquí nos devuelve y se equipara con otras propuestas que no alcanzan las pretensiones de partida.
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La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: traducción

Este artículo forma parte de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción* y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann Glatzel, publicado en la revista Nervenarzt en 1990.


RESUMEN: El discurso de una psicopatología empírica es expresión de una mala compresión basada en un conocimiento insuficiente de la ciencia psicopatológica y su historia. La reducción de la psicopatología a un punto de partida científico-real –precisamente esto es lo que quiere decir la formación verbal psicopatología empírica– comienza con K. Jaspers y encuentra en K. Schneider su expresión más pregnante. Mientras la psicopatología entienda su tarea como la de poner los fenómenos psicopatológicos a disposición de una psiquiatría comprometida en tanto que praxis médica en forma de una terminología conseguida según definiciones nominales, mientras sea así, la psicopatología será una ciencia de determinación objetiva. AI estar sometida a las reglas del empirismo lógico que sigue un lenguaje observacional y vinculada a la correspondiente doctrina psicológica dominante como sistema de referencia, ya no puede satisfacer sus pretensiones originarias: contribuir a la comprensión del trastorno mental, de su esencia y de su significación, a través de esfuerzos discursivos y reflexivos. Sigue leyendo

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La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: presentación

Este artículo forma parte de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann Glatzel, publicado en la revista Nervenarzt en 1990.


 

HACE UNOS MESES, pero podría ser ayer, lo mismo da, tuve la ocasión de participar en una reunión de psiquiatras madrileños que se convocó bajo el lema de la psicopatología en el siglo XXI. El debate estuvo presidido por la convicción del declive inexorable de la psicopatología que puede conducir, si es que no lo ha hecho ya, hasta su práctica extinción del panorama psiquiátrico actual. Se abogaba de forma unánime y fervorosa por la necesidad de su recuperación y defensa a la vista de lo demediado que ha acabado por parecer el mencionado panorama. Nada nuevo veinte, treinta, cuarenta años después de que la visión hegemónica de la psicopatología alemana, dizque fenomenológica, entrase en una fase de debilitamiento y consunción. Ya a finales de los sesenta se temía claramente que la época de estabilidad que había suministrado la psicopatología alemana durante más de cuatro décadas estaba terminada. En realidad, lo que sucedía es lo que viene sucediendo desde los inicios de la psiquiatría, a saber, que hay una inestabilidad esencial en el constructo “Psiquiatría” y que la historia de la disciplina es precisamente la sucesión de avatares de eso en que consiste. De modo que las distintas propuestas psicopatológicas, y la alemana de forma eminente, han contribuido a contrarrestar la susodicha intentando dar la apariencia de una estabilidad interna, es decir, teórica y psicopatológica, tan deseada como evanescente considerando las pretensiones de partida. Sigue leyendo

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Situación actual y futuro de la psiquiatría

Por Héctor PELEGRINA CETRAN


LA CONFUSA SITUACIÓN actual de la psiquiatría proviene de una mezcolanza de enfoques, imposibles de integrar. Existen múltiples paradigmas psiquiátricos contradictorios, cada uno con sus aporías, como puede constatarse en el libro de Ionescu, Catorce enfoques de la psicopatología.1 Parto por señalar que sólo algunos de los catorce enfoques allí aludidos como psicopatológicos lo son realmente, pues varios son meramente enfoques semiológicos de la psiquiatría. La falta de diferenciación entre semiología y psicopatología –como distintos métodos de exploración de distintas estructuras patológicas del psiquismo– es parte de la actual situación confusa de la psiquiatría, desde la exploración hasta el diagnóstico, y desde la terapéutica hasta la bioética. Esta confusión metodológica de la exploración psiquiátrica, nos orienta hacia el fundamento de la confusión de respuestas que hoy encontramos. La forma de preguntar siempre condiciona las posibles respuestas.

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Alcances y empeños de una misión postpsiquiátrica

Reseña de Postpsiquiatría — textos para prácticas y teorías postpsiquiátricas de Amaia VISPE y José GARCÍA VALDECASAS (Grupo 5, 2018); publicada originalmente en el número del segundo semestre de 2018 de la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

RECOGE EL PRESENTE volumen una serie de textos elaborados en el marco del proyecto homónimo de Amaia Vispe y José García Valdecasas en la red. El material es abundante (casi medio millar de páginas) y las referencias se ofrecen a discreción, por lo que el recorrido de esta reseña no podrá considerarse sino parcial. El estilo del libro es combativo y el imaginario bélico omnipresente: desde su motto inaugural, que alude a “traidores, víctimas y deserciones”, hasta la tarea asumida al cierre de “proporcionar munición a las tropas amigas” (p.446). Como los mismos autores reconocen: “no escogimos un tono amable y una forma sutil de transmitir nuestras ideas” (p.247).

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Sentido y experiencia en psicopatología

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA y José M. GONZÁLEZ CALVO

Presentado en el Congreso de Neuropsiquiatría Americana de Santiago de Chile de 1997, inédito hasta la fecha, publicamos ahora este trabajo con el beneplácito de sus autores en el marco del homenaje a Pablo Ramos Gorostiza


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I. Introducción

EL CONOCIMIENTO PSIQUIÁTRICO se fundamenta en el encuentro con el hombre enfermo. Su acontecer recíproco conforma todo nuestro proceder interpretativo, actualiza nuestro conocimiento y define el núcleo de nuestra experiencia. La relevancia del encuentro en psiquiatría es tal, que en él hallamos todas nuestras posibilidades de certeza. Sigue leyendo

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Grandeza y fatalidad en psiquiatría

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA


 

DSC00646SE TRATA DE comprender por qué la psiquiatría, cuando nos aproximamos a ella intentando averiguar cómo es su entraña, desde cierta familiaridad con su práctica y su historia, muestra tal grado de inconsistencia, de variabilidad. No es sólo que no haya progreso en el conocimiento, sino que parece condenada a una repetición incesante de lo mismo, está atenazada a la positividad en la que ha nacido, en la que se desenvuelve y de la que no puede escapar. El incesante y abrumador acúmulo de datos que se producen no se integra en una estructura de conocimiento, choca siempre con las mismas dificultades y no permite su aplicación a la práctica clínica, en el momento de efectuar el juicio clínico, que es el lugar de la experiencia psiquiátrica.
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Planeta, caballo, manzana: los excesos del naturalismo psiquiátrico

Diálogo con Álvaro MÚZQUIZ JIMÉNEZ


 

“Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental”.

 

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

NO FUE SINO una caricatura, cuestionado objeto de expresión en estos tiempos. La de Schopenhauer tomada por Trotta en sus recientes ediciones del filósofo. No en otro lugar sino en la pantalla de un teléfono móvil que todavía no era inteligente. En pleno gesto de-formador, ese que troca al estudiante de medicina en psiquiatra residente. En la carretera de Colmenar Viejo, auspiciados por el doctor Rodríguez Lafora, en el quilómetro trece ochocientos. Ahí y entonces empezó esta conversación con Álvaro Múzquiz a ahormarse para ahumarse luego, a desnaturalizarse, a condenarse a una reconstrucción inacabable de la que aquí transcribimos un capítulo a propósito de su trabajo Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2013.

Defiende en su trabajo que la identificación del síntoma mental no es posible a partir de categorías universales sino únicamente atendiendo la individualidad histórica de éste. Pero la singularidad nos recuerda esa arena de Bergson de la que se podrá coger un puñado mas no retratarlo, pues al abrir la mano se deshace. ¿Qué herramientas podemos rescatar de las que la psiquiatría nos ha venido ofreciendo hasta la fecha para entender el sufrimiento?

Ante todo, muchas gracias por ofrecerme la oportunidad de responder a estas preguntas y volver a repasar y repensar estos asuntos.

A pesar de que es algo a lo que no le he prestado la atención que merece, de forma precaria y provisional diré que la psiquiatría lo que ha aportado es una manera de lidiar con ese sufrimiento, unas herramientas prácticas para manejarse y tratarlo (en el doble sentido del encuentro con él y de la intención de aliviarlo). Pero no creo que esto sea generalizable a cualquier sufrimiento. La aportación esencial recaería casi exclusivamente sobre la población identificada como alienados, sobre la locura. Es en el intento de tratarla médicamente cuando dio lugar a otro abordaje y a un nuevo esfuerzo por hacer inteligible esa porción de la realidad.

No creo que la psiquiatría haya aportado nada decisivo sobre otra clase de sufrimientos con los que en un principio no ha tratado directamente o que han sido incluso mejor abordados desde otros lugares como la filosofía o la literatura, aunque en el último siglo estas disciplinas se hayan contaminado en exceso de una jerga psicopatologizante en forma de parodia.

Si estas debilidades del lenguaje suponen un peligro nos alerta por otro lado de lo que denomina en términos de Karl Marx “fetichismo del síntoma”. Diluye en su propuesta la ontología dura de “los procesos biológicos cerebrales y la ciencia” con la solución de “lo producido en el conocimiento”. No prescinde sin embargo de dicha ontología, la considera incluso “decisiva” y llega a afirmar que la “realidad anterior a los sujetos […] es política”. ¿Ocupa la política el lugar de la metafísica en su propuesta?

Voy a dar cierto rodeo aclaratorio previo.

Creo que en cierta crítica a la psiquiatría y sus objetos se ha abusado de la idea de que deshacer una idea positivista del síntoma suponía en sí mismo deshacer todo el armazón psiquiátrico-psicopatológico. Es decir, esta crítica a la psicopatología partiría de las mismas premisas ontológicas que aquellas posturas que estaría criticando: una primacía ontológica de los procesos biológicos y de las clases naturales, negando un estatuto ontológico a lo que pudiera entenderse sólo desde la realidad social. La idea directriz (de la crítica) podría resumirse así: “si se demuestra que la psicopatología no es la descripción positiva de una realidad natural quedará demostrado que la psicopatología y la psiquiatría no son más que un puro invento”.

Mi postura es la opuesta a este modo de proceder. Si se quiere realizar un análisis sobre la psiquiatría y sus objetos hay que tener en cuenta que los objetos que aparecen al darse determinadas relaciones sociales son muy reales y que no son ningún invento. Y no sólo me refiero en términos de sufrimiento o de realidad subjetiva de los individuos que padecen sus consecuencias, sino en relación a su aparición objetiva y a las características que poseen. Señalar esa realidad no implica desechar como fantasmagórico todo lo que allí ocurre, la fantasmagoría es suponer una realidad natural donde lo que hay es una realidad política. Por eso me parece interesante recuperar a Marx, y su concepto de fetichismo que es extensible a muchos otros objetos. Y me parece fundamental de hecho recuperar su pensamiento frente a algunas perspectivas posmodernas de las que también se ha abusado en la teoría de nuestra profesión.

Esto no significa que toda la realidad esté determinada políticamente. Pero considero la psiquiatría un caso específico que sí está configurado conforme al esbozo que acabo de proponer. Por lo tanto, si se entiende la metafísica como las condiciones de posibilidad para la aparición de los objetos de que estamos tratando, la respuesta a la pregunta formulada sería afirmativa. Es determinada relación política la que está puesta en juego en cada síntoma mental, en su señalamiento, en su nombramiento, en su forma última, en definitiva, en su individuación. Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental.

Este proceso de configuración del signo psicopatológico lo concibe —siguiendo a Rejón— como ratio difficilis por la ausencia de universales y causas que lo legitimen. En su lugar reclama un saber práctico, habitus tejido por Pierre Bourdieu e incorporado por Thomas Fuchs, que parece al fin desechar como jirones descriptivos. ¿No convencen las costuras?

Son muy interesantes las propuestas de Bourdieu y Fuchs. Las dos son grandes aportaciones. Si las desecho no es por equivocadas sino por incompletas.

La teoría de Fuchs es distinta desde el punto de vista de la neurociencia. Aplicando ciertos conceptos tomados de la fenomenología conceptualiza los procesos cerebrales como indisociables de la corporalidad y una relación ecológica. De ahí el título de uno de sus libros, “el cerebro como órgano relacional”. Esto nos dice mucho sobre la importancia de la práctica en nuestro aprendizaje como clínicos.

Al mismo tiempo Bourdieu elabora una crítica de la teoría de la acción racional y una teoría de la práctica de gran profundidad que puede explicar parte de los procesos en que nos vemos envueltos en este oficio.

Fuchs nos enseñaría cómo “aprende” el cerebro, mientras que Bourdieu, a través del concepto de habitus, aborda cómo se incorporan determinados esquemas de percepción, pensamiento y acción. Las dos posturas comparten la idea de que existimos como individuos ya terminados sobre los que se adosa esta realidad de segundo orden. El asunto es que, si somos consecuentes con lo que he intentado exponer antes, el sustrato ontológico-político del síntoma mental sólo puede ser entendido como preindividual y su aparición como una individuación, no como una incorporación externa superpuesta.

Avisado ante este posible modo invasivo de la psicopatología teme que una práctica que dice querer comprender el malestar lo esté de hecho generando. ¿Qué peso —si nos permite este mercadeo— cree que tienen o deberían tener construcción e interpretación en psicopatología? ¿Cuánto de etiquetado y cuánto de desvelamiento? ¿Cuánto de “categoría” y cuánto de “componente biológico”, por decirlo con términos del texto?

En principio una situación en que existiera una total transparencia, sin condicionantes tales como pueden ser de control y clasificación, un absoluto desvelamiento, sin necesidad de interpretaciones ni configuraciones podría ser idílica; incluso de categorías que remitieran irremediablemente a componentes biológicos unívocamente. No tengo en principio nada en contra de que esto fuera así, lo aceptaría sin oponer resistencia. El problema es que, al contrario de lo que en muchas ocasiones se piensa, esto no es un asunto que se encuentre en manos de una obstinación, de una decisión ética acerca de la dignidad o de la atención a la subjetividad contra el firme progreso de la ciencia, sino de que aquello con lo que tratamos está constituido de otra manera. Es decir, que es imposible una psicopatología sin interpretación, construcción, etiquetado. Y estos elementos se encuentran presentes en todo acto de individuación del síntoma sin excepción. Debido a la heterogeneidad sintomática habría que ir quizá caso por caso, como dice Berrios, para medir cuánto hay de cada elemento en cada uno, pero una psicopatología de la transparencia no sería ya psicopatología.

En el intento de conciliar esta disyuntiva rescata la propuesta de Ian Hacking quien, frente a clases naturales que nombran algo ya existente, como planeta o caballo, propone la caracterizada por la creación simultánea del objeto y su concepto, caso de un guante. “La personalidad [múltiple], dirá Hacking, se parece más a un guante que a un caballo”, escribe. ¿Cree que el padecimiento atendido por los dispositivos psiquiátricos aparece como tal sólo cuando se lo nombra?

Creo que existe un padecimiento que aparece antes de ser nombrado en un establecimiento psiquiátrico. De todas formas cualquier padecimiento es ya nombrado por el que lo sufre y el entorno, sea este el que sea. Y esto tiene unas consecuencias. La fricción con las prácticas psiquiátricas le otorgará otras nuevas características que conformarán ese padecimiento de una manera ya distinta. Y en este caso sí que aparece solo cuando ya se lo nombra. Los síndromes que describimos no existen tal cual en la naturaleza, lo que vemos siempre se da en el campo semántico de la intervención psiquiátrica.

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MÚZQUIZ, Á. (2013), Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXIII), 575-92

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El decir largo de Rejón

— En vano traté de hallar puntos de anclaje, se duele Kierkegaard
— Las definiciones siguen siendo imprescindibles y algunas mejores que otras, clama Rejón

 

IMG_1211A HABLAR. A eso nos viene enseñando Carlos Rejón Altable en sus trabajos. A hablar como psicopatólogos, claro. A nombrar conductas y experiencias y a tomar conciencia de que “dar nombre no quiere decir inventarse un nombre”. Nadie cree inventarlo, por supuesto. A diario emitimos diagnósticos con un aire de saber qué hacemos al dar, o quitar, un nombre a la situación que nos requiere. Y sin embargo, ¿cuántos podríamos dar cuenta de cómo hemos llegado a elegir ese vocablo, ese precisamente, entre el repertorio de escuela que traemos impensado? Pocos, muy pocos, y Carlos Rejón es sin duda uno de ellos. Por qué nombramos como nombramos, sea mejor o peor, gustosos o al redopelo, apenas o en demasía. Nos ayuda Rejón a ponerlo en claro. Por supuesto en el libro, fruto de su tesis doctoral, Concepción de la psicopatología como lógica (UAM, 2012). También en el texto que ahora reseñamos: La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, publicado en 2013 en el Journal für Philosophie und Psychiatrie.

Como premisa ha insistido el autor en numerosas ocasiones en la radical diferencia entre el diagnóstico médico y el psiquiátrico. Si partimos de la necesidad de una lesión fisio o anatomopatológica para entender el sufrimiento mental y buscamos un signo, un indicio que conduzca a la localización del mal para enmendarlo; si consideramos la psicopatología como una semiología médica a pesar de las meridianas advertencias de Pablo Ramos y Jaime Adán; si es así, no merece la pena seguir leyendo. Será superfluo, un rodeo mental innecesario para terminar confirmando la asunción primera de que la filosofía no resuelve la urgencia clínica en la que nos hallamos envueltos.

Si nos sabemos al contrario en dificultad, resignados a que la (legítimamente) ansiada entidad natural que diera cuenta mensurable del dolor anda lejos, muy lejos, de aclararnos qué sucede y cómo mentar lo que sucede; entonces la propuesta de Carlos Rejón revelará su oportunidad y alcance en la disección de esta tripa semiótica abultada, timpánica y cambiante. Preñada de un desemiotizado (que no desemeizado, ojo) síntoma mental. ¿Abrimos?

En un primer impulso tomamos el camino de la moderna representación. Nos orienta, nos acerca al caso. Pero no es el caso. Pierde mucha información del particular, mucho detalle, siempre hay algo que queda fuera de ella, al margen. Y haremos bien en resistirnos a orillarlo. Habrá que volver a lo individual tras haberle, por un momento, dado un nombre. Tras haberlo, por un instante, enajenado. “Esta idea es obsesiva”, diremos, pero sin agotar ahí la descripción y especificando acto seguido que la limpieza es el tema que la ocupa y en un sentido concreto para quien nos la está contando. Obsesiones hay tantas, y tan distintas… Importará eso a alguien (amina en mano) tal vez poco, pero el caso es que esa obsesión no es como otras obsesiones, y de ello debemos ser o hacernos conscientes, así como de que no podemos prescindir de nombrar el fenómeno (“obsesión”, e.g.) si no es a riesgo de renunciar a que nos entiendan: “los particulares precisan de clases para gozar de cognoscibilidad”, advierte Rejón, o que las cosas piden nombres para ser llamadas, aunque resulte a veces en verdad penoso comprender “cómo puede lo más pleno recibir nada de lo empobrecido y abstracto”. ¡Etiquetas para qué, si tenemos allí mismo a la persona? Pues sí, hay que pasar por la obsesión para llegar a esta obsesión, o como escribe Rejón con Aristóteles: “de rostro a nadie se le priva aunque sólo haya, en verdad, rostros singulares, como melancolías particulares. O delirios”. Sus pensamientos y actos son suyos, sí, mas son pensamiento y acto, aunque sólo haya, en verdad, actos singulares, o pensamientos. Y así vamos cogiendo el paso del vals que nos mece entre el particular y el universal, el tal y el tal, y viceversa, el tal y el tal, y vuelta.

Mareados por el giro en torno a esa nada llamada por Michael Devitt ‘incompletud esencial’, pedimos salir del baile y tomar asiento, apoyo. A decir de Rejón nos dan permiso Searle y Strawson, quienes “han reconocido la necesidad de parar las idas y venidas por las definiciones verbales mediante ‘descripciones indicativas'”. Esto es, dejamos el baile y atendemos la vida. Abandonamos la “circulación indefinida dentro del diccionario” y nos dejamos “volcar al mundo de una buena vez”. Junto al danzante significado lingüístico, “envuelto por él y tal vez sosteniéndolo —escribe Rejón— habita un elemento particularizador que lo extrae de su enciclopedia abstracta y lo atornilla sobre los objetos”. Exoesqueleto de la idea, firme corsé, con el dedo lo aflojamos: hete aquí el designador rígido o indéxico. Putnam y Kripke.

“Esto” es una obsesión, “esto” un delirio. Ahora puedes volver al baile pero ya sabes, psicopatólogo en ciernes, “qué” es una obsesión, “qué” un delirio. Al danzar mudarán los términos, darás un paso general o un quiebro más concreto, pero “esto” que te he enseñado, psiquiatra residente, es la referencia empírica que debes fijar a tu concepto de obsesión, o de delirio. Familiarízate con ello para luego, siguiendo a Waismann, definir el término mediante la descripción de lo que has visto. Con todo, mantente alerta, pues es abierta la textura de lo visto y cada ocasión te ofrecerá la posibilidad de corregir su esbozo, o la obligación, cada vez que emitas el enunciado, en cada “token”.

Farragosa tarea esta de andar desdibujando la insustancia. Menudo encargo el de “identificar un referente que cambia con cada uso del término”. Con gusto derivamos la función, siguiendo a Recanati y Kaplan, de la fijación del referente al modo de identificarlo. La definición de delirio ya no será un “eso” que anda mudando sino “unas breves instrucciones para su empleo en contexto”, un esquema para apresarlo en sus distintas formas sensibles, en su cambiante atuendo.

El esquema
de lo concreto.

Claro que a estas alturas vamos ya pillando el truco. Retuerce Rejón a Hegel y si bien dice: “El despliegue al que somete lo presente a la conciencia demuestra sin duda que fuera del concepto no hay comprensión y que rojo lo es si como tal se piensa”, no dejamos de ver cómo se troca el exoesqueleto en espina medular y concede “que todo estaba allí pero callado. De otro modo se estaría infiltrando algo ajeno que falsearía la realidad efectiva de ese particular empírico”. Y prosigue el bello párrafo de la trascendentalidad, que leemos atentos, como un regalo:

Será por tanto esa riqueza de la cosa el lugar al que cada vez se vuelva para cada vez poder extraer de allí el nombre que la diga. Y el nombre se servirá de esa riqueza siempre y solamente como ya perdida. Sólo por decirla, por llevarla a representación el nombre al mismo tiempo la guarda y la pierde. O mejor la guarda sólo al perderla, porque la señala como lo que en el nombre mismo no encuentra lugar y nos exige a los que usamos del nombre recordar que no podemos dejar de volver a ella y no podemos dejar de perderla cada vez.

Ronda del hegeliano “esto ante los ojos” que el fáctico Heidegger convertirá en ser-a-la-mano. Trascendencia rota. Compacidad abierta para Agamben, singularidad cualsea, “la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es”. Ahí; donde la distinción entre los ámbitos de lo común y lo propio a los que se abre, la clase y el individuo, no son más que “un efecto lingüístico ejercido sobre la compacidad”. Que es lo que importa.

Mas la pregunta torna: “¿cómo acceder a ese particular cualquiera?”. Si creíamos haber superado la cuestión por la facticidad, Rejón toca a rebato. Si apelamos a una exposición perceptiva que nos libere del descriptivismo, nos advierte “de seguido que en ningún caso las definiciones ostensivas garantizan un acceso inmediato, puro de conceptuación. Al contrario, presuponen todo un conjunto de supuestos semánticos, saberes y capacidades de fondo, prácticas sociales e institucionales”. No parece que podamos prescindir de una teoría descriptiva de la referencia que nos proteja de las praxis de poder. Es preciso que los modos descriptivos y perceptivos confluyan “durante la formación del psiquiatra” para que pueda “contrastar, matizar y juzgar el rasgo consensuado sobre el fondo de la información percibida”. La duda siempre como guía de razón, y el baile: “Se precisa el trabajo conjunto”…

Anclaje descriptivo para proceder a la individuación. “Es una obsesión, y es suya”, mas sólo después de haber sido identificada como tal obsesión se la cedemos, y aunque el nombre de obsesión partió de una que era entonces también para alguien suya, de ahí se desprendió para anclarse acullá y anclar esta de ahora, que a su vez verá desgajar de su carne un metal que sostendrá otra carne.

Esquematización y reconstrucción de lo concreto, paso a paso, momento a momento. Ese nombre han dado al baile diagnóstico Carlos Rejón y Pablo Ramos. Un baile oficiado en ese “umbral que la lógica contemporánea no puede cruzar”. Mas tampoco resistir la tentación de otear dentro.

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RAMOS, P., ADÁN, J. (2011), Misunderstanding Psychopathology as Medical Semiology: An Epistemological Enquiry, Psychopathology (44), 205-15 DOI:10.1159/000322692 >PDF

REJÓN, C. (2013), La cortedad del decir. El diagnóstico psiquiátrico como fijación de referentes empíricos, Journal für Philosophie und Psychiatrie.


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