Archivo de la etiqueta: Novella

Costuras de la modernidad

Reseña de El discurso psicopatológico de la modernidad. Ensayos de historia de la psiquiatría de Enric NOVELLA (Catarata, 2018)

Jean Édouard Vuillard - The Dressmaking Studio II

 

Que yo sea médico y usted un enfermo del espíritu, en eso no hay inmoralidad ni lógica, sino una simple casualidad.

A. EFIMICH

 

EL MILENARISMO FINISECULAR disparó todas las alarmas en la concepción de lo mental. Mientras unos proclamaban la “década del cerebro” otros apuraban la elegía de un sujeto herido de modernidad. Enric Novella lo certificaba en 2007: «Entre los múltiples diagnósticos a los que nos tiene acostumbrados la crítica cultural y filosófica de nuestros días, quizá ninguno goce de mayor circulación que el que nos habla de la crisis del sujeto» (Construcción y fragmentación del sujeto psicopatológico).

Estos nuestros días habían arrancado con la última década del siglo. Diversas y autorizadas voces alertaron a lo largo de los noventa sobre la contemporánea y explosiva mezcla de tres conceptos: Self, Modernity & Identity, tratados por extenso en una serie de trabajos de —entre otros muchos pero de forma destacada— Charles Taylor, Nikolas Rose, Anthony Giddens o Kenneth J. Gergen. Bien conocidos todos por Enric Novella constituyen, a nuestro entender, el núcleo de la propuesta ofrecida en el libro que ahora reseñamos, El discurso psicopatológico de la modernidad. Ensayos de historia de la psiquiatría, maravillosamente editado por Catarata este 2018. Sigue leyendo

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Ion Vianu: disidencia política y paranoia comunista

 

VasiliuMini

 

I ON VIANU (BUCAREST, 1934) es psiquiatra. Hubo de exiliarse de Rumanía en 1977 por su activa oposición a los ingresos psiquiátricos con finalidad política que la dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu llevaba a cabo. Amnistía Internacional da cuenta de estas prácticas en su documento de 1995 titulado La psiquiatría desde el punto de vista de los derechos humanos:

«En Rumanía, los informes indican que se llevaba a cabo el ingreso forzoso de individuos en instituciones psiquiátricas sin motivo, especialmente en los años setenta. Por ejemplo, en 1980, Amnistía Internacional informó (The political abuse of psychiatry in Romania) sobre los casos de Mihai Moise, Eugen Onescu y otras personas que fueron detenidas por razones políticas en 1979 y 1980». Sigue leyendo

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Patologías de la existencia: crónica

Crónica del XII Congreso Internacional de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica organizado en Zaragoza del 28 al 30 de septiembre de hogaño bajo el título:

Patologías de la existencia. Enfoques antropológico-filosóficos

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No podemos diluir la frontera entre normalidad y enfermedad.
Javier San Martín

 

CON ESTAS PALABRAS terminaba —en el aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza— Javier San Martín su conferencia de clausura titulada “Vida humana, cultura y locura”. Así explicitaba lo que había sido, desde una perspectiva clínica que él tomó de Wolfgang Blankenburg, el nudo discursivo de las jornadas: las dos lecturas del pathos. Porque dos lecturas tenía, aunque invitaba ciertamente de antemano a un enfoque antropológico-filosófico el título que convocaba esta duodécima edición del congreso.

No sabemos si a la mirada clínica se la esperaba, pero con Enric Novella en el equipo organizador nos dimos algunos psiquiatras por invitados. Resultaba así inevitable la contraposición entre pathos y enfermedad, la distinción entre angustia existencial y patológica que rescató Francesca Brencio de Heidegger en la conferencia plenaria “Quel nulla che mi abita” (diferencia que habría querido borrar Schneider en una asimilación reprobada por Binswanger).

El caso es que se halló el pathos existencial frente a la enfermedad médica, le espetó que la dificultad de la existencia no es una enfermedad y le recordó que la pasión de la vida en ciertos momentos se expresa como tristeza. Eso la enfermedad no pudo rebatirlo.

Pero el relato sobre el sufrimiento psíquico topaba una y otra vez con la vivencia del dolor, con la experiencia clínica de un sufrimiento cuya inefabilidad desborda el discurso y deja, literal y metafóricamente, sin palabras. Los filosóficos ponentes parecían reprochar insensibilidad a la muda aceptación clínica, ofenderse por la tolerancia psiquiátrica ante el vacío discursivo, ante el reconocimiento y asunción de la negatividad (en sentido, claro, filosófico). Los clínicos tratantes podían sentir por otro lado que el esfuerzo por recubrir de palabras positivas (en su acepción también filosófica) ese dolor no hacía sino trivializar una experiencia inaccesible, negar por compasión el malestar. Como escribiera Gadamer: el modo más rápido de zanjar un diálogo es decir “te entiendo”. (Se aducirá que cierta psiquiatría positivista hace eso a diario y con violencia mediante el indiscriminado etiquetaje diagnóstico, y será verdad, pero no se excusa con ello cualquier otra positividad fallida). En la excelente comunicación de Juan Velázquez González —titulada “El resentimiento en la fenomenología de las emociones de Scheler y su modulación de la existencia personal”— ofreció el joven filósofo una clave que al clínico podía resultarle familiar: no es tan crucial para la víctima el agravio sufrido como su encubrimiento o negación.

La oposición entre pathos y enfermedad se escenificó a primera hora de la mañana del viernes 30 en el salón de actos María Moliner. Tras una maravillosa exposición por parte de Andrea C. Mosquera Varas —titulada “Locura de la razón y razón de la locura en Descartes, Foucault y Derrida”— se hizo carne en la última fila de butacas el verbo crítico hacia una exposición filosofante del sufrimiento mental. En el fragor dialéctico se encendieron los ánimos y endurecieron los términos. Fue sonora la colisión entre la anhelada comprensibilidad de todo pathos por parte de los filósofos y la exigencia clínica de acción (aunque fuera silenciosa) frente a un sufrimiento que interpela más allá de su momento discursivo. Leída esta segunda posición como inaceptable biopoder negador de una subjetividad narrativa, censurable por su supuesto afán medicalizador o de manipulación conductista, se materializaba la dificultad por desentrañar la verdadera intención del gesto cartesiano que Mosquera nos había invitado a repensar con tino.

La tesis del pensador de la Haya de Turena se podría entender con Foucault como un corte inhumano o bien releerlo con Derrida como manifestación siempre quebrada de un fondo común. Mosquera se decantaba por tomar la cuestión desde la diferenzia derridiana y (aunque lo descartó por entender que su contenido esencial es otro) mencionó el juicio kantiano de la tercera crítica, donde se atiende la problematicidad de la cesura trascendental y se invita a una muy sugerente puesta en común de sentido. Tal vez una solución mediara en reconocer el diagnóstico tajante de Foucault (aunque no sus motivos) y seguir en la terapéutica a Derrida. Foucault sería un magnífico filósofo pero como psicopatólogo fue pésimo, y cuando se ciñó a lo suyo como en el caso de la tesis complementaria dedicada a la antropología de Kant pudo articular un discurso mucho más riguroso (aunque menos llamativo) sobre la ciudadania y la locura que el de su archifamosa relectura de esa época que los franceses llaman clásica. Como recordó el moderador, Enric Novella, no se puede olvidar que de la toma de posición de Foucault en el asunto cartesiano pendía el resto de su obra, por lo que resulta inevitable considerar que junto al rigor académico del que sin duda era capaz pesaba y mucho la propia necesidad de no traicionar la rebeldía que lo encumbrara. Precisaba él que la modernidad ilustrada hubiera sometido a la ciudadanía por la razón, descabezando (ya en la guillotina, ya en la reclusión asilar) a todo aquel de quien pudiera sospecharse mácula. Que la razón fuera excluyente y todo alienista un jacobino.

Javier San Martín vino a sancionar en su conferencia de clausura la escisión al definir la locura como ruptura de la creencia originaria, de las expectativas de mundo. La locura sería la persistencia malgré soi del experimento mental por el que el fenomenólogo asume temporalmente la ficción de que el mundo no exista como fundamento. La duda radical, querida, provocada. El mundo no se daría a partir de aquí como algo positivo sino como resultado de una coordinación armoniosa de experiencias, como horizonte compartido de realidad; y la vida sería entendida como “asiento de hábitos a los que subyace el gran hábito que es la tenencia de mundo”. Esta habitualidad reponedora es la que sin embargo fracasa en la psicosis, la experiencia inmediata y familiar del mundo; pues sufre el enfermo la pérdida de la evidencia natural que tomó San Martín de la descripción de Blankenburg en las “esquizofrenias poco sintomáticas”. El desasimiento, en traducción recuperada por Ortega del enhaltung husserliano, es acción voluntaria en el filósofo; mas no lo es el extrañamiento en la locura.

“El loco pierde el mundo y es una desgracia y tiene muy difícil cura”, concluyó San Martín. Si tras Scheler la fenomenología pudo hermanarse con la antropología y la psicología, pathos y enfermedad se reunieron por husserliana gracia en esta triste y dolorosa sentencia. Aunque precisa tal vez, pues la curación no podrá darse —otra vez Scheler— si no hay reconocimiento.

***

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Los hombres de Novella

– Es usted un desalmado, un cartesiano que droga a los hombres tal que máquinas sin afectos.
– Señor, prescribo en verdad remedios y en bien estimo la obra del francés. Tengo con todo que un hombre de ciencia puede serlo también de compasión.
– Eso, muy señor mío, sería cosa de ver.

SJ Duval, Mojiganga de los remedios

 

Lugar de meditación en la casa Cordelles (s.XVI-XVII)

Lugar de meditación en la casa Cordelles (s.XVI-XVII)

LEEMOS CON USUAL provecho el trabajo de Enric Novella Cinco variaciones y una coda sobre la historia cultural de la psiquiatría (2014), breviario de su monografía La ciencia del alma. Locura y modernidad en la España del siglo XIX (2013). Se presenta en esta ocasión el valenciano con el médico catalán Joan Giné i Partagàs, pionero de la psiquiatría española, higienista, organicista, firme partidario del non-restraint y valedor de la “conquista del mundo psicológico [como] elemento verdaderamente constitutivo y singular del alienismo”. Giné se revela figura de hondo pensamiento y matizado perfil, cosas de un organicismo ya olvidado. Novella retrata esa época, el contexto, los hombres que cimentaron la naciente medicina mental. Evocamos aquí dos de sus protagonistas, los hombres psychologicus y cerebralis.

HOMO PSYCHOLOGICUS O SUSTANCIA PENSANTE

Nos recordaba Enric Novella en otro lugar (2009) cómo el alienismo positivista bien puede, siguiendo la cita de Giné, entenderse “como un proyecto de indagación sistemática en la subjetividad”. Que las pesquisas hayan tomado un cariz normativo y totalitario o humanista y emancipador, según dispares lecturas de Michel Foucault o Gladys Swain, es asunto que dejamos aquí abierto. Lo innegable es que los padres de la psiquiatría atendieron la alteridad, escucharon a ese otro que la sociedad decimonónica vino a descubrir en el exótico salvaje y en la locura asilar. Pero ese otro sólo podía reconocerse como tal, distinto y ontológicamente libre, si no era tomado como mero objeto de diversión o asombro; sólo podía ser reconocido como sujeto “[r]ompiendo con la tradición, erosionando las viejas ataduras estamentales o gremiales y forzando al individuo a conducir su propia existencia”. Reconocer al otro iba a suponer un costoso trabajo personal. El nuevo orden había alumbrado una conciencia que, como bien apunta Gomá Lanzón, “ya no se deja asimilar tan fácilmente como antes a una función cósmica o (en términos actuales -escribe-) social; por el contrario, ahora su ser se afirma en abierta diferenciación con el mundo”. Conquistados el desamparo, la extrañeza, la inhospitalidad, la pérdida de ese “aire común que cabe esperar de cuanto pertenece a un mismo cosmos” (Gomá Lanzón); arrojado el sujeto a ser “subjetividad obligada a construirse” (Novella); pertrechado de novelas de educación, diarios y confesiones, intenta domeñar esa “individualidad desbordante” cincelada en el cadalso.

¿Acaso no es este sujeto liberal el mismo predicado por Foucault, sintetizado por Schmid y presentado por Novella (2007) como “sujeto ético que se constituye mediante la conducción de sí mismo como individuo concreto”? ¿No es este nuevo ciudadano el vivo ejemplo de una subjetividad que “se constituye esencialmente en la esfera de la acción o la razón práctica”? ¿No es esta actitud de cuidado de sí la misma de esa Antigüedad que otros ven tan distinta de nuestra época “despersonalizada” (Gomá) y patologizante (Colina, léase Esquizofrenia en el seno de la modernidad)? ¿Cómo pueden verla unos libertina y desalmada los otros?

HOMO CEREBRALIS O SUSTANCIA PESANTE

La despersonalización es en efecto, para Gomá, el pérfido reverso del subjetivismo propio -¡alerta!- de la época moderna, fruto de una supuesta “asociación que la modernidad estableció desde el principio entre subjetividad y excentricidad de vida”; esto es, en la osadía de querer decidir el propio camino. Curiosamente la crítica usual a la modernidad científica lo que le reprocha es precisamente lo contrario: haber atado al sujeto a un determinismo biológico de peculiar raigambre cartesiana tras liberarlo en un gesto poco menos que cínico según algunos, Foucault entre ellos de las cadenas que impusiera el gran encierro del Rey Sol. Mas resulta que la ciencia moderna, siguiendo la tradición hipocrática y galénica así como la distinción médico-sacerdotal del Renacimiento europeo, venía respetando con exquisito escrúpulo los dominios del alma: “no es asunto de los médicos conocer lo que es la mente”, sostenía Boerhaave ya en el XVIII como muestra Novella. La modernidad prerrevolucionaria ejercía un no-saber/no-poder que rehuía toda idea de dominio.

No parece así que fuera el paradigma cartesiano del hombre máquina el que propició un estudio fisiológico del psiquismo sino la noción, más ilustrada que moderna, del hombre sensible. Fue el reconocimiento de la libertad del otro, del homo psychologicus, el respeto de la diferencia como tal, lo que condujo a “las élites ilustradas a cuestionar la naturalidad de las distinciones sociales, a relativizar la condición propia y a interrogarse por la naturaleza común a todos los hombres”. Ese fue el mordisco en la manzana, el homo cerebralis como tentación del hombre libre, y moderno. Antes bastaba con ceñirse a lo mortal y, lo más, flirtear con los demones.

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GOMÁ LANZÓN, J. (2014), Tetralogía de la ejemplaridad, Madrid, Editorial Taurus

NOVELLA, E. (2014), Cinco variaciones y una coda sobre la historia cultural de la psiquiatría, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (34; 121), 97-114

NOVELLA, E. (2009), De la historia de la psiquiatría a la historia de la subjetividadAsclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia (LXI; 2), 261-80

NOVELLA, E. (2007), Foucault, la psicoanàlisi i el subjecte, Quaderns de filosofia i ciència (37), 29-38

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Frónesis, una conversación civilizada

 

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En la acepción humanista de procedencia latina, el sensus communis alude a esa suerte de conocimiento práctico (en parte equivalente a la phrónesis de los griegos) que nos permite concebir objetos, situaciones o la conducta de otros desde un horizonte compartido de sentido o, dicho en los términos empleados por Blankenburg, desde una “evidencia natural” o prerreflexiva.

Enric J. Novella y R. Huertas

 

¿POR DÓNDE EMPIEZA el ejercicio de la psiquiatría? ¿Por el saber general? ¿Por el individuo concreto? ¿Debe entenderse desde la validez o desde el sentido? ¿Es ciencia a secas o del espíritu? ¿Es una ciencia humana?
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Esquizofrenia en el seno de la modernidad

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La Habitación Roja, 2003

He leído en portada
que han encontrado al hombre que decidió
darle la espalda a su mundo,
construirse uno mejor.

Creyó que debería
quedarse en casa, apagar la televisión,
cerrar ventanas y puertas,
buscar en su interior. (…)

Y el hombre del espacio interior
se convirtió en el héroe esperado. (…)

¿Has escuchado la radio?
No nos queda ni una canción,
todo es vacío y hueco,
ya no hay emoción.

El hombre del espacio interior, LHR


VIENE RESULTANDO ACOSTUMBRADA la comprensión de la esquizofrenia como síntoma de modernidad. Dos artículos abordaban recientemente la cuestión: Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad (2011) de los pucelanos José María Álvarez y Fernando Colina y El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia (2010) de los investigadores del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC Enric J. Novella y Rafael Huertas. Ofrecen los primeros un planteamiento que “se nutre de una historia de la subjetividad y sitúa el origen histórico de la esquizofrenia en la época moderna” y defienden los segundos “la constitución de la esquizofrenia como un trastorno característicamente moderno de la subjetividad”.

Gira nuestra lectura en torno a tres consideraciones:

MODERNIDAD: la esquizofrenia se presenta como característica (i.e., no exclusiva) de la modernidad, y en ella puede darse su origen histórico, es decir, el de su narración o exposición; no es tan moderna la división que aflige al sujeto, sí lo es la representación de ese escindir en el pensamiento dominante de la época que posibilita su relato.

CIENCIA: dicha división del sujeto no responde tanto a las necesidades (galileo-cartesianas) de la ciencia como a las exigencias (estoico-agustinianas) de la libertad (para escoger el bien y el saber)

LENGUAJE: la moderna liberación del lenguaje favorecerá dos impostaciones, la del lenguaje artificial de la ciencia positivista y la del delirio esquizofrénico; frente a ellas cabrá atender a un lenguaje como lugar de encuentro, sin sumisión ni certeza.

LA MODERNIDAD

Parten los argumentos de ambos trabajos de una asunción común para la defensa de sus tesis: la división constitutiva del sujeto moderno. Apelan Novella y Huertas a Taylor y McKeon para trazar la escisión que da lugar a “ese espacio interior o subjetivo característico del individuo moderno” y sostener que “la formación de esta interioridad ha sido activamente promovida por la marcada escisión entre esfera pública y privada que ha acompañado el despliegue de la Modernidad”. Por su parte, en el psicoanálisis que ampara a Álvarez y Colina el sujeto se halla en efecto constitutivamente dividido, desde la metapsicología freudiana al modelo borromeo de Lacan pasando por la posición esquizo-paranoide en Klein. El sujeto moderno es, para todos ellos, un sujeto dividido. Pero no por ello necesariamente enfermo.

La enfermedad parece resultar no tanto de la división del sujeto (como sostuviera Bleuler) como del fracaso en el trabajo reconstituyente al que se ve impelido. Aunque los pucelanos asumen una “definición del sujeto vinculado consustancialmente con la locura” y sentencian que “al sujeto le define, antes que nada, la alienación”, matizan un tanto su propuesta al considerar la “transformación subjetiva que sobreviene con la modernidad” como el “contexto (…) donde germina la discordancia esquizofrénica” (destacados nuestros, también en el resto del párrafo). Y con el mismo símil sostienen los del CSIC que la cultura moderna lleva “en su núcleo el germen y el fundamento de su propia alienación”. Asumido el “potencial de alienación que comportan las estructuras de la subjetividad moderna” (NH), este germen moderno no causará enfermedad (será patógeno) sino en el (fallido) discurso anudador o reconstructivo del sujeto ya diviso.

El espacio interior inaugurado por la modernidad no parece así tanto implicar enfermedad como posibilitar su “constitución como “objeto cultural”” (NH), como discurso. En la modernidad cabrá situar -escriben Álvarez y Colina- su “origen histórico”, y la asunción del “proyecto reflexivo del yo” (Giddens) que le es propio la convertirá, en palabras de los del CSIC, en una “condición culturalmente posible”. Esto es: la modernidad no enfermará al sujeto sino que posibilitará el discurso de una división que, defendemos, viene de antiguo. La explicitará y le dará el nombre y forma que ahora conocemos. No en balde destacan nuestros autores la inexistencia de relatos compatibles con la enfermedad anteriores al siglo XIX, pues, como sentencian con rotundidad los pucelanos: “la esquizofrenia no es una enfermedad de la naturaleza sino de la cultura y de la historia”. No es una enfermedad, es la narración histórica de una vivencia antigua del hombre, el retrato de la brecha -por temor cerrada- que podía hacerlo libre.

LA CIENCIA

Esta herida interior operada por la modernidad, esta pérdida de la coincidencia del yo consigo mismo que atribuyen Álvarez y Colina a la revolución cartesiana, la vemos pronto desenmascarar al que será su verdadero antagonista: la ciencia. Afirman que la esquizofrenia “(s)ólo se puede encontrar desde el momento en que los modernos entregaron media cabeza a la ciencia para quedar desde entonces divididos, escindidos”. Y no sólo consideran la esquizofrenia como consecuencia de la ciencia sino como su mismo síntoma e, identificándola con su tiempo, llegan a afirmar que el “esquizofrénico es centinela de la modernidad”.

Acotan más Novella y Huertas al recoger de Sass y Stanghellini la equiparación entre experiencia esquizofrénica, “conciencia moderna y su ciencia positivista”. La escisión vendrá dada en todo caso por una ciencia entendida desde la restringida perspectiva del conocimiento positivo que procede a un uso artificial, alienado, del lenguaje. El modelo galileano de Descartes no supone per se la rendición a la ciencia que Pascal reprocha a los modernos, en todo caso un “giro en la teoría científica” que no entendemos como entrega sino antes bien como conquista. Epistémica, pero fundamentalmente ética, en un viaje compartido desde Platón, en quien ya hallamos una “estrecha relación entre la explicación científica y la visión moral” (Taylor).

La ciencia representacional sigue el camino de interiorización de las fuentes morales acometida por Agustín en respuesta a la dependencia platónica del orden cosmológico. El nacimiento del sujeto moderno es pues en primer lugar un requisito ético, y la apuesta instrumental de Descartes participa del reconocimiento de la autonomía del sujeto, del ensalzamiento de su prohairesis u opción moral (en el étimo griego se ve ya la antigua concepción). Para ello era en efecto preciso asumir una perspectiva que Taylor denomina desvinculada, desencarnada traduce Stanghellini, y liberada decimos nosotros frente a la griega y ciega salvaguarda de los fenómenos (su sosein ta phainomena), su entrega (esta sí) a las cosas, su puro dejar entrar en presencia de lo que se muestra, sin el filtro de la representación y del lenguaje. Pues, como leemos en nota a la traducción de Lob der Theorie de Gadamer, gracias “a la palabra adquirimos la distancia que nos hace libres para escoger el bien, y la libertad para saber”. Lo explicita Taylor al sostener que “(e)l desafío en nombre de la libertad es específicamente moderno”, y a ese mismo ámbito moral circunscribe Foucault en su historia de la locura el decimonónico surgir de esta: “La folie du XIXe siècle, inlassablement, racontera les péripéties de la liberté”. Tomar conciencia de la libre posibilidad de un control instrumental del mundo, trasladar las ideas del orden óntico al intrapsíquico, nos permite adueñarnos de nosotros mismos, nos devuelve “las fuentes de la fortaleza moral”, y nos convierte en agentes de nuestro propio devenir, ya no dependientes del encuentro con el mundo de las ideas sino constructores de nuestro propio mundo interior.

EL LENGUAJE INTERIOR

Liberados de la tenaza cosmogónica empuñaron con angustia esa horma empobrecida…

En ese tiempo antiguo en “que los griegos no tenían ningún término para lo que nosotros llamamos lenguaje” (AC) se hallaban (sin ciencia y sin dolor) sometidos al cosmos, identificados con él, rendidos a la “íntima unidad entre la palabra y la cosa” (AC). La moderna emancipación del lenguaje, su “independencia creciente” (AC) y la consiguiente libertad de uso en la búsqueda de un sentido que ya no viene dado, avivarán una responsabilidad que será vértigo ante el descubrimiento de que “la representación no alcanza a revestir la realidad”. Frente al abismo que nos separa del mundo la ciencia positiva intentará aferrarse al significante, optará por un uso artificial del lenguaje que pretenderá saisir o agarrar un mundo que la excede. En su desesperación botará un lenguaje a la deriva, sin anclaje, que verá volver con extrañeza cuando esperaba todavía que fuera a encajar con la realidad, con lo Real y el noúmeno. Pero, oh, gravity

Cabrá reconocer entonces como fenómeno prominente el xenopático, esa vivencia de extrañeza que rescatan los del CSIC como vertebradora de la propuesta schneideriana, y que los pucelanos extraen directamente del alienismo francés. La extrañeza de la propia actividad psíquica que, indefectiblemente, no coincide con el mundo. Pero si “el sujeto alucinado se nos presenta sobre todo como un ser que no ha podido o sabido defenderse de la presencia xenopática del lenguaje” (AC) será porque su uso se le escapa y se atora en su dominio; será porque, agorafóbico, sigue ansiando el “logos óntico” en el que se hallaba constreñido, ese mundo del que no se distinguía y en el que la virtud resultaba del mero conocer sin elección.

Científico y esquizofrénico niegan ese espacio, abierto a lo interpretable. Todo en ellos es afán de certeza, intento de fusión del mundo con la idea.

Ya entre los griegos se libró la lucha contra la omniabarcante razón y la estoica prohairesis delata en ellos algún tipo de interioridad. Parece ser que la esquizofrenia ya estaba, la angustia del hombre ante la libertad de elección y conocimiento, ante el descuadre; sólo faltaba la científica cobardía que le diera nombre, y voz (su expresión “por excelencia” y “más reveladora”), pero no un lugar de reunión, de encuentro en la palabra.

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ÁLVAREZ, J.M., COLINA, F. (2011), Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad. Frenia (XI), 7-26

NOVELLA, E.J., HUERTAS, R. (2010), El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia. Clínica y salud (21; 3), 205-19, doi: 10.5093/cl2010v21n3a1

TAYLOR, Ch. (1989), Sources of the self. The making of the modern identity, Cambridge, MA, Harvard University Press

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