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¿Hablas o describes? Tras Wittgenstein y Habermas

 

“Cuando uno habla de tener dolor o de estar asustado no trata de describirlo, trata de ser atendido o de ser consolado”.

 

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Santa Bárbara en el castillo de Montesquiu

PUESTOS A ELEGIR un título largo, este podía haber sido uno excelente. Eligieron otro los autores del texto que reseñamos, Ferran Molins y Jose López. Más técnico, algo más alejado de la intención, de su capacidad propositiva, y más centrado en la pormenorizada tarea crítica que sustenta el argumento:
La simplificación neopositivista del lenguaje de la psicopatología desde una perspectiva post-wittgensteiniana.

Ahí es nada. Cojan aire, merecerá la pena.

La tesis fundamental entendemos que se desarrolla del siguiente modo. Mostrada la imposibilidad o descrédito de un lenguaje observacional puro se impone la aceptación de un “sistema global de creencias” mixto para la articulación de un discurso sobre el mundo. Aceptar esta red de remisiones nos lleva a descreer del discurso único, de un marco teórico cerrado, omniexplicativo, más o menos anclado en una ontología o concepción del ser. Se denuncia en concreto la ontología materialista dominante, tomada como irrefutable sostén de un lenguaje meramente representacional publicitado en los conocidos manuales de gnósticos y estadísticos.
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Pasado, presente y… ¿futuro?: la semiología que viene

Por José Manuel LÓPEZ SANTÍN


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Das Gehirn als Setzkasten, Fritz Kahn

 

 

Reseña de Carving versus Stitching: The Concept of Psychic Function and the Continuity/Discontinuity Debate, de Carlos Rejón Altable y Álvaro Múzquiz Jiménez (Psychopathology, 2015)

 

 



EL TRABAJO QUE nos ofrecen Rejón y Múzquiz tiene varios méritos, pero por encima de todos está el de plantear sin ambages que el modelo derivado de la psicología de las facultades y positivizado en las funciones psíquicas no nos vale si queremos avanzar en la comprensión, el tratamiento y la investigación en psiquiatría. Por tanto, es nuestra tarea encontrar una salida válida. Y por eso nos señalan un camino posible.

Para ello, abordarán la cuestión de la continuidad/discontinuidad de los síntomas mentales. Y lo hacen a partir de Minkowski y su afirmación acerca de la confusión del concepto de función psíquica, que agruparía juntos fenómenos con estructura diferente. Trabajos previos del propio Rejón ya explicitan ese problema que trata de superar por medio de la ‘información subsignificante’ o ‘not-in-definition material’ (Psychopathology, 2012). Y puesto que la investigación de las alucinaciones y delirios en muestras no clínicas agrupa fenómenos tales como la suspicacia, la paranoia y el delirio agudo sólo por su parecido de familia, se meten de lleno en su análisis.

Viendo las posiciones generales respecto a la continuidad entre experiencia normal y síntomas mentales, su conclusión es que es necesario emprender una remodelación de la semiología. ¿Por qué?

Antes de introducirnos su propuesta, revisan los modelos continuistas de síntomas psicóticos (CMPS). Estos modelos parten de la premisa teórica de que la investigación sindrómica ‘oculta aproximaciones categoriales estrictas a los trastornos mentales’. De aquí se seguirán dos consecuencias: que los síndromes se manejen como entidades separadas, y que los síntomas mentales se consideren sólo eso, síntomas (expresión de una disfunción subyacente o parte de un síndrome), que no se encontrarán en la vida mental sana. De esta forma, la investigación etiopatogénica estaría condenada a no llegar a buen puerto.

A nivel epistémico, los CMPS asumen los síntomas psicóticos como puntos en un continuum que va de una función psíquica normal al síntoma completo. Esos síntomas tendrían una estructura fija interna igual a través de diferentes contextos (acontecimientos vitales, síndromes psiquiátricos, enfermedades neurológicas). Esa estructura invariable es la que deberían captar las actuales o futuras definiciones descriptivas y estudiarse transdiagnósticamente. La base de esa estructura se sustenta en la noción de función psíquica (estable en distintos contextos, presente en sanos y muestras subclínicas y clínicas, y enraizada en procesos evolutivos). Pero esa asunción de los CMPS no existe, por ejemplo, para las alucinaciones, muy distintas en diferentes síndromes clínicos.

Los resultados de los estudios basados en CMPS, que han justificado la existencia de ese continuum de la función psíquica, fácilmente pueden ser el efecto de cuestionarios diseñados para dirigirse a parecidos de familia más que a diferencias. Estos parecidos se tomarían como identidad entre fenómenos sobre la base del continuum de función psíquica. Sucede así que luego los síntomas psicóticos-like predicen mal la psicosis clínica.
La hipótesis del continuum de función psíquica respaldaría la deconstrucción sindrómica (asumiendo que los síntomas son mal-funciones), la dimensionalidad y transdiagnosticidad (funciones psíquicas iguales en muestras clínicas y no clínicas), una sobreinclusión hipotética o ausencia de diferenciación de cuestionarios (sólo se necesita un mínimo de información para identificar la función y la mal-función) y la interpretación de datos epidemiológicos.

Para Rejón y Múzquiz, los CMPS derivan de la psiquiatría clásica porque comparten algunas asunciones epistemológicas centrales: 1) las definiciones descriptivas de los síntomas codifican las características centrales del síntoma; otras características serían accidentales. 2) las características centrales de los síntomas mentales deberían concebirse como ‘función psíquica + factor P’, donde P significa patológico. Esta P es variable según el autor (unos consideran unas características esenciales donde otros las ven accidentales, algunos incluyen la cualidad de la experiencia, y para el CMPS la cuestión es de grado y de concurrencia de síntomas).

A partir de aquí, nos plantean un modelo distinto para hacerse cargo de las similitudes y diferencias de los fenómenos agrupados bajo una misma categoría sintomática. Pero antes, consideran conveniente introducir tres premisas respecto a lo que no es el síntoma, la categoría y la descripción.

Premisa 1: Los síntomas mentales no son ‘acontecimientos naturales’.

Premisa 2: Las categorías sintomáticas no se estructuran mediante ‘características necesarias y suficientes’. Más bien los fenómenos se organizan en torno a prototipos que funcionan como ejemplos y que se ajustan mejor a la fórmula ‘función + P’.

Premisa 3: Las definiciones descriptivas (‘función + P’) no son lo suficientemente consistentes. Las definiciones descriptivas pueden no aislar las características esenciales o estructurales del síntoma mental. Así, síntomas similares pueden tener estructuras internas distintas.

Llegado este punto, proponen un modelo distinto para superar el problema en cuestión, el del debate continuidad/discontinuidad.

Nos plantean superar el problema de la continuidad/discontinuidad por medio de dos conceptos: primero, los ‘poderes del cuerpo’1 (dominio que nos permitiría asegurar la continuidad de los fenómenos), y en segundo lugar, el de ‘esquema’ (procedimiento que podría explicarnos tanto la continuidad como la discontinuidad de las experiencias comunes e inusuales).

Siempre partiendo de una concepción de la psicopatología entendida como actividad que crea inteligibilidad a partir de la experiencia, introducen el concepto de ‘esquema’ (una especie de patrón o plantilla) a modo de herramienta cognitiva que permite condensar en un precipitado la actividad esquematizante que llevamos a cabo habitualmente. Así, se pueden entender las definiciones descriptivas como esquemas. Esquemas sintomáticos que pueden variar en el tiempo, re-esquematizarse, por la propia actividad de los que trabajamos en el ámbito de la psiquiatría. Esa concepción de esquema, tomada de Kant, la trasladan a la psicopatología en tanto permitiría la actividad de agrupar distintas características en totalidades significativas y salvar la distancia entre la experiencia compartida y no compartida. Las características agrupadas pueden estar o no en las definiciones descriptivas habituales. Las distancias serán salvadas por medio de la subsunción de las experiencias inusuales en dominios comunes de la experiencia, que no son funciones sino ‘poderes del cuerpo’. Así las definiciones descriptivas/esquemas funcionarían como ‘conceptos básicos’, fáciles de manejar, que permitirían facilitar su aprendizaje y comunicación, contextualmente neutrales y que estarían profundamente ligados a la cultura. Sin embargo, además de éstos, se precisa otra información necesaria para la individualización del síntoma. Es la información fuera de la definición que mencionábamos al principio; información esencial, y que completa y permite la individualización del síntoma. Es importante decir que este proceso sólo se aprende por la exposición repetida a ejemplos paradigmáticos del síntoma. Un concienzudo estudio de las definiciones descriptivas no capacitaría a nadie para tipificar síntomas adecuadamente sin esa parte de entrenamiento práctico.

Para ejemplificar el concepto de esquema, toman las alucinaciones. ‘Esquemas’ como ‘oigo voces’ o ‘sé que corro peligro’ se toman como representaciones de experiencias patológicas. Al definir ‘alucinación’ como ‘percepción sin objeto’, se vuelve natural tomar las alucinaciones en términos de psicología y fisiología de la percepción. Así, se organiza una familia hipotética de fenómenos en una línea que va de la percepción a la ilusión, a la alucinación o a las alucinaciones disociativas/depresivas/esquizofrénicas. El fondo conceptual reposa sobre la función psíquica, en este caso la percepción.

Y en segundo lugar, y como plato fuerte, nos proponen la sustitución del concepto de función psíquica por el de ‘poderes del cuerpo’ o ‘embodied affordances‘, concepto éste, affordances, tomado en parte de la psicología ecológica de Gibson. Mediante esa concepción traída a nuestro ámbito, se proponen superar las limitaciones del modelo basado en la función psíquica, respetando ahora algunos fundamentos ontológicos del hombre que deben ser necesariamente asumidos para mejorar la comprensión y la investigación en psiquiatría. Por ejemplo nos permitiría conservar la ambigua posición del cuerpo (en tanto cuerpo-vivido y cuerpo-objeto), o la situación de inclusión del hombre en su entorno (sin el molesto lastre de la absoluta escisión entre sujeto y mundo), o la base para las referencias del lenguaje común que rompen con lenguajes analíticos más propios de la ciencia. Y es que la percepción, las emociones, el pensamiento, no son funciones psíquicas en un sentido empírico, sino que nombran ‘posibilidades del cuerpo’, cosas que los seres vivientes sociales/culturales hacemos por medio de nuestros cuerpos. Esos poderes se dan antes de nada en un campo preintencional, prediscursivo, prefenoménico. Por tanto cuando se nombra una alucinación, un delirio o una melancolía, no son alteraciones de una función concreta, así limpia y transparente, sino que se dan en el cruce de varios poderes del cuerpo. Esas funciones sirven como herramienta cognitiva que nos permite trabajar, pero conlleva limitaciones que impiden superar problemas recurrentes en la psiquiatría. Si se asume esto, no es extraño que concluyan que las investigaciones no obtienen resultados satisfactorios porque se centran en funciones que, a la vista de la nueva óptica propuesta, nunca van a permitir conseguir una localización cerebral clara. Porque los dominios básicos de experiencia no tienen por qué esquematizarse en funciones cerebrales o psíquicas.

En resumen, se trata de una novedosa concepción que enfatiza el carácter esquemático de la psicopatología y amplía el marco limitado de la función psíquica al de los ‘poderes del cuerpo’ o dominios de experiencia, para permitir una investigación y una interpretación de la investigación más refinada. Se intenta dar cuenta del problema de la continuidad/discontinuidad de los síntomas mentales sobre la base de la experiencia humana ahora conceptualizada por medio de los esquemas y los poderes del cuerpo. Se evita así la ‘funcionalización’ que limita las posibilidades de la investigación y la comprensión de los síntomas. Una funcionalización provista por la base teórica del siglo pasado, y que ha tratado de dar un sentido a la experiencia con que nos las vemos los psiquiatras, pero que nos lleva a callejones sin salida sólo parcialmente exitosos. Y es que la psicopatología derivada de la funcionalización de poderes del cuerpo se sustenta sobre un mínimo de cantidad de información que no permite unir las separaciones que ha promovido antes. Se mantiene así el problema de la continuidad/discontinuidad.

La falta de consistencia que marca la práctica teórica, clínica y de investigación desafía la enorme cantidad de ciencia de alta tecnología y alta calidad. Probablemente debido al marco conceptual que las subyace. Aquí proponen un cambio en esos fundamentos. Queda saber cómo decir y cómo hacer esa nueva semiología. De que no habrá protocolos estamos seguros. Por el momento nos van suministrando algunas herramientas para nuestra praxis diaria con los pacientes. Y eso es de agradecer.

 ***

REJÓN, C., MÚZQUIZ, Á. (2015), Carving versus Stitching: The Concept of Psychic Function and the Continuity/Discontinuity Debate, Psychopathology (48; 3), 145-52


1 La traducción de ‘embodied affordances’ es dificultosa y plantea algunos problemas. Se ha optado por esta, siguiendo la traducción castellana que el propio Rejón usa en otro trabajo publicado en estas mismas páginas con el título de El aposento de la transparencia, para evitar problemas filosóficos muy trillados del concepto de potencia.

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Personalidad y totalidad, corrientes circulares

 II posto che aveva nella definizione dell’ideale ermeneutico l‘idea del rapporto particolare-totalità, nella varia determinazione e discussione dei metodi ermeneutici lo occupa invece il circolo ermeneutico, in questa forma non mai una volta per tutte definita, ma inteso come carattere commune delle strutture circolari che via via si evidenziano

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

G. Vattimo

 

Eros comparece como hermeneuta (hermeneuon), como tradutor de uma língua estranha, como um transportador de bens sobre as águas de um rio (diaporthmeuon), rio da largura do rio Océano, limite entre o mundo humano e o misterio. Visto que para a linguagem dos deuses não há tradução perfeita, incessante é o trabalho da interpretação. Eros desloca-se num ir e vir incansável que mantém aberto o diálogo, renovando as viagens entre margens que não se aproximam

D. Schüller

 

 

SIGUIENDO LA LECTURA de Romero, Álvarez y Colina analizábamos en nuestra anterior entrada la figura de los demones como intermediarios entre dioses y hombres. Nos proponemos aquí atender otro cariz de la definición de Diotima, aquella mujer de Mantinea[i] que ilustrara a Sócrates en El Banquete sobre el poder o función de estos espíritus. Junto a su consideración como diaporthmeuon de versión inconstante (intermediario, transmisor, comunicador, entremetteur, conveyor, transportador); destaca unánime su intelección como hermeneûon: intérprete, interpreter, interprète, con el poder de interpretar, interpreta, interpretação. Los demones no son así demonios encargados de un sospechoso “interponerse (…) entre lo mortal y lo inmortal” como le encomiendan los pucelanos siguiendo a Tasso; sino dragomanes dedicados en cuerpo y alma a una interpretación que ya no es mera remisión de signos sino apertura de la significatividad, fórmula posibilitante, regla de relación. Su tarea será infinita, como señaló Foucault, incessante é o trabalho da interpretação, non mai una volta per tutte definita, y su tiempo circular. Su cometido pensar la relación entre lo contingente y lo necesario, lo particular y lo universal, el sufrimiento y el diagnóstico. No prenderlos, sino comprenderlos “por todas partes”.

En esta línea de lectura hermenéutica, que se sabe siempre en marcha, publicaron un año atrás José M. López Santín, Ferran Molins Gálvez y Lia Litvan Shaw el estimulante trabajo Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación Crítica. Propulsores los dos primeros junto al filósofo Raimon Pàez Blanch del grupo de estudios Filosofia i Psiquiatria, defienden una psicopatología que atienda el sentido del discurso de la persona que nos solicita, sentido “liquidado” a su entender por los procedimientos factoriales que, en el nuevo deeseeme cinco, parecen haber ganado la batalla en la conceptualización de los trastornos de la personalidad. Denuncian “la pérdida de la totalidad a través de la operacionalización de los criterios” del manual americano y apelan a la psicopatología esquematizante de Pablo Ramos y Carlos Rejón y a la “totalidad significativa” de Giovanni Stanghellini. Como recordamos en otro lugar (Stanghellini y el equívoco Minkowski) recurría el italiano a la “metáfora intemporal” destacada por Pérez de Tudela para esbozar un sujeto complejo pero no fragmentado: “el mundo, propone, es tejido. O bien: el mundo es texto, ligazón”. Declaraba Stanghellini su intención de tomar “human subjectivity as a texture” como el marco hermenéutico de la psicopatología. Desde esta perspectiva proponen nuestros autores atender al vivir de la persona, a su situacionalidad e historicidad, a las tramas de sentido que lo abrigan, frente a las corrientes dominantes que se ocupan sólo de endosarle al paciente una “estructura” factorial, gélidas categorías extraídas de análisis estadísticos.

EL CíRCULO, IR E VIR INCANSáVEL

No llegamos a dilucidar si frente a la propuesta de los modelos dimensionales que “entienden la personalidad como una estructura nomotética” sugieren los barceloneses una alternativa idiográfica —según la dicotomía de Wilhelm Windelband (1919)—. Partimos en cualquier caso de la consideración de que la personalidad no es ni deja de ser una entidad nomotética, pues la distinción nomotético-idiográfica “is not that of the object of knowledge, but the objective of knowledge” como señala Michael Schäfer. Así, entendemos que la aproximación idiográfica como “science of specific events, which describe the particular, the unique, and the individual” no conviene ni más ni menos al estudio de la personalidad que la nomotética, i.e., “the science of general laws which concerns generality”. Todo dependerá de lo que nos propongamos, pues “the same objects, according to epistemic interest, can be made the subject of either nomothetic or idiographic examination”. Busca el procedimiento nomotético la formulación de leyes y el idiográfico la comprensión del individuo en situación. Reconvienen nuestros autores el olvido de este segundo aspecto a los modelos dimensionales de la personalidad, destacando cómo estos mismos deben reconocer, aunque al final y sotto voce, la necesidad de apelar a la interpretabilidad de una aséptica estructura destilada en alambiques estadísticos. La misma carencia anima a Schäfer en sus desarrollos de la dicotomía Windelband-Rickertiana en relación a la psicología: “Psychology as nomothetic generalizing science misinterprets the form of individuality which is a characteristic of the psychological as a purely temporal singularity”. Reconocerla como temporal en su existencia (Münsterberg) y en su experimentabilidad (Husserl) implica que sólo pueda ser percibida por el propio sujeto, y aceptar la autointerpretabilidad (de la que ya tecleamos en relación a Jaspers y los codanos) es corolario que nuestros autores ponen en cuestión (cf. p. 498 infra y p. 503 §3), entendemos que por privilegiar el acontecimiento dialógico como arena principal de la hermenéutica. Resulta con todo evidente, como ya apuntaran un siglo atrás Fritz Münch (1913) y Bruno Bauch (1923), que el individuo singular no puede ser comprendido por las ciencias históricas si no es en relación a un contexto o valores generales, pues no resultaría de lo contrario más que un anecdotario su estudio, una retahíla de curiosidades. “Ahora bien, entonces la psicopatología ha de buscar su asiento en otro territorio, porque la conducta y la experiencia se edifican tanto sobre el mecanismo como sobre la libertad y precisamos recoger a ambas sintéticamente”, señalan Ramos y Rejón, pues son “fenómenos que no se dejan entender desde una división que no los tuvo en cuenta en tanto que preguntas a responder. De hecho, el intento de incluirlos en una u otra perspectiva deviene repetidamente aporético y empobrecedor”. Proponen por ello “una vía intermedia que debe permitir pensar lo concreto manteniendo activa la tensión hacia las totalidades desde las que es posible su intelección”. Abandonamos en el intento la deriva hempeliana de Schäfer, cuya resaca nos devolvería a los manuales estadísticos, y retomamos la hermenéutica propuesta por nuestros autores para atender el dilema de las leyes de lo irrepetible, el “enigma de la universal unidad-de-unidades”, la alusión de Schopenhauer al Fedro platónico que tanto gusta a Fernando Colina sobre la capacidad de reconocer lo uno en lo múltiple y lo múltiple en lo uno. La hermenéutica nos remite para su resolución a la circularidad, pues “en presencia de ciertas «unidades», de ciertas «totalidades», a saber, las unidades de sentido, el camino de la investigación no puede menos de recorrer un camino de vaivén entre la totalidad y sus partes, entre la unidad y las unidades unidas por ella, supuesto que (la comprensión de) las partes «dependen de» y «se remiten a» la totalidad, en tanto que la totalidad «depende de» y «se remite a» las partes que reúne y congrega, dotándolas, y viceversa, de significado y conexión”. No es este recorrido glosado por Pérez de Tudela otro que el del círculo, es “el «círculo» quien dibuja las mallas del tejido que re-úne”, texto del mundo, tejido de la subjetividad. Círculo como nota distintiva de la hermenéutica en tanto proceder propio de las Geisteswissenschaften frente al nomológico-subsuntivo preferido por las Naturwissenschaften. Si bien su primera formulación corresponde según Schleiermacher a Friedrich Ast, Dilthey nos propone una versión más ajustada al tema que tratamos, la personalidad: “La comprensión de la personalidad individual exige, para que sea completa, el saber sistemático, así como, por otra parte, este saber depende, a su vez, de la captación viva de la unidad de la vida individual”.

FRAMEWORK O ESQUEMA

¿Es compatible este entramado de individuo y sistema que viste al sujeto en la estructura diltheyana con la textura de Stanghellini? ¿Lo son las tramas de sentido que anudan las experiencias del sujeto con la noción lingüística de estructura que el italiano toma de Louis Trolle Hjelmslev del Círculo Lingüístico de Copenhague? Siguiendo al danés entiende el psiquiatra toscano una estructura como una “autonomous entity (which) refers to the assumption that meaningfulness can be found in the structure itself”, y partiendo de esta premisa define una psicopatología estructural que “assumes that the manifold of phenomena of a given mental disorder are a meaningful whole, i.e. a structure”. El sufrimiento mental constituye una totalidad de sentido que deberá extraerse —siguiendo a Hjelmslev— “from the internal links between the elements of the structure”, desatendiendo el horizonte biográfico y el mundo histórico del sujeto. Atrincherado en las “internal dependences” pretende comprender al otro “without involving elements that do not belong to the structure, as for instante antecedent events used to explain some bits of the structure (…) as is the case of traumatic or genetic explanation”. Ofrece así una “comprensión cerrada de la subjetividad” que será reconvenida por nuestros autores al afirmar que “tanto el acontecimiento de un trauma como la existencia del conflicto a lo largo de una vida, ponen las condiciones para que el sujeto modifique de forma dinámica su relación consigo mismo y con los otros”. Rehúsa Stanghellini atender no ya a la significatividad, la Vida en mayúscula de Dilthey, sino a la simple biografía, que se escribe siempre con otros, para ceñirse a la lógica interna, de lo bio- o del fenómeno. Cierto es que más tarde apela al “significance” que surgiría de un análisis “that unfolds the personal life history, emotions, attitudes, values and modes of experience”. Parecería adquirir cierto dinamismo con el despliegue de la historia vital, aunque tuviera que explicar cómo lo encajaba en su concepto de estructura (tal vez mediante el “análisis cualitativo” formulado con su paisano Ballerini), pero delata pronto su verdadero objeto del deseo: los modos de la conciencia experiencial. Pues es así como entiende la subjetividad, apuntan nuestros autores, “como los modos de configuración de la conciencia”. Nos preguntamos si es compatible esa intelección de la subjetividad con la apuesta por una hermenéutica que precisamente “se desarrolla como intento de superación de las aporías de la filosofía de la conciencia”. Nada bueno auguraba la referencia al danés, resultando su “autonomous entity” lo más opuesto a la existencia «ya-siempre-fuera-de-sí», a la “subjetividad que ya se encuentra en compromiso con el mundo” defendida con Ramos y Rejón, príncipes de lo concreto en la nueva era del Rey intérprete (Juliana dixit). Desde esta ex-istencia fáctica cabe pensar el mundo, este mundo ya encarnado, ya dado a la interpretación. Recuerda Pérez de Tudela como “ensayo de respuesta” el mandato hermenéutico por el que ampliar siempre los límites del pensar a los meta-niveles que convenga, y que sabemos no terminarán hasta la misma significatividad, pues “exorcizar el demonio de la circularidad” es imposible. Hay que reconocerse, como Los Planetas, “perdido en corrientes circulares en el tiempo”; someterse a la circularidad de “la interpretación, que viene de la interpretación, (y) va siempre de nuevo a la interpretación”. Al puro esquema.

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PÉREZ DE TUDELA VELASCO, J. (1992), Hermenéutica y Totalidad. Las razones del círculo, Logos. Anales del Seminario de Metafísica (26), 11-48

SCHÄFER, M. (1999), Nomothetic and Idiographic Methodology in Psychiatry — A historical-philosophical analysis, Medicine, Health Care, and Philosophy (2;3), 265-74

RAMOS GOROSTIZA, P., REJÓN ALTABLE, C. (2002), El esquema de lo concreto, Madrid, Triacastela

STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology, Psychopathology (43), 319-26

LÓPEZ SANTÍN, J.M., MOLINS GÁLVEZ, F., LITVAN SHAW, L. (2013), Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación crítica. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (33;119), 497-510 doi: 10.4321/S0211-57352013000300003

 

[i] Le resulta a uno curioso que el nombre comercial del nuevo aripiprazol inyectable sea un anagrama de esta arcádica ciudad.

 

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