Archivo de la etiqueta: Husserl

Las ideas kantianas de Jaspers

Monticelli - La mer à Cassis

KARL JASPERS FUE, como bien saben, uno de los máximos exponentes de la filosofía existencial alemana. Este pensamiento será el que moldee las sucesivas ediciones de su Psicopatología General, publicada en su primera versión en 1913 bajo la clara influencia de Wilhelm Dilthey y un mucho más discutido aliento husserliano. En esta reelaboración existencial de su psicopatología Jaspers establece (Walker, 1993) una clara distinción entre la vida empírica (Dasein) y la existencia (Existenz). Al ámbito empírico corresponderían tanto el saber científico de la naturaleza como la interpretación de la historia, mientras que al segundo convendría la comprensión llamada existencial. Es justo ésta la que, según Jean-Claude Gens, «define la tarea del médico frente a la del puro hermeneuta o el puro biologicista». El médico se dedica a algo más que a experimentar con signos o significados. Tiene trato directo con el dolor. Poco le dicen las señales de despolarización axonal o los vacíos significantes en los que crea hallar asiento cada uno.
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La mutante encarnación del daimon

Sinopsis y reseña de Vísceras, humores, alientos. Alma premoderna y subjetividad moderna de Carlos REJÓN ALTABLE

Por Oriol MOLINA ANDREU


Bulaki - Tres aspectos del absoluto

Tres aspectos del absoluto, Bulaki, 1823

 

CpARLOS REJÓN NOS brinda una revisión extraordinaria, cuyo horizonte abarca dos milenios de pensamiento médico y filosófico, acerca de las distintas formas en las que se articuló el proceso de (des)apropiación de nuestro cuerpo, lenguaje y mundo. A la vez, el autor nos recuerda la fragilidad en que la psiquiatría contemporánea habita si no piensa de nuevo este proceso ya que, de acuerdo con la tesis de Gladys Swain y Marcel Gauchet, de no hacerlo seguiremos instalados en el marco conceptual del alienismo, con sus contradicciones. Sigue leyendo

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Reino de sombras: tiniebla, historicidad y destello

Lacomi și flămânzi îmi strigă ochii,
veșnic nesătui ei strigă
după ochii tăi – scăpărătorii –
cari de luminoși ce-ți sunt, copilo,
nu văd niciodată umbre.

L. BLAGA

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«Desde hace algunos años se han hecho públicas en internet breves grabaciones en vídeo de algunos niños pequeños en los primeros instantes del descubrimiento de su propia sombra. Las imágenes muestran en su mayoría a los niños asustados pidiendo auxilio a sus madres, mientras intentan desembarazarse de esa mancha oscura, que se mueve sobre el suelo adherida a sus pies. (…) Pronto esa angustia se habrá disipado y la sombra pertenecerá para siempre, en condiciones de normalidad, al perímetro de nuestro mundo familiar».

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Patologías de la existencia: crónica

Crónica del XII Congreso Internacional de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica organizado en Zaragoza del 28 al 30 de septiembre de hogaño bajo el título:

Patologías de la existencia. Enfoques antropológico-filosóficos

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No podemos diluir la frontera entre normalidad y enfermedad.
Javier San Martín

 

CON ESTAS PALABRAS terminaba —en el aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza— Javier San Martín su conferencia de clausura titulada “Vida humana, cultura y locura”. Así explicitaba lo que había sido, desde una perspectiva clínica que él tomó de Wolfgang Blankenburg, el nudo discursivo de las jornadas: las dos lecturas del pathos. Porque dos lecturas tenía, aunque invitaba ciertamente de antemano a un enfoque antropológico-filosófico el título que convocaba esta duodécima edición del congreso.

No sabemos si a la mirada clínica se la esperaba, pero con Enric Novella en el equipo organizador nos dimos algunos psiquiatras por invitados. Resultaba así inevitable la contraposición entre pathos y enfermedad, la distinción entre angustia existencial y patológica que rescató Francesca Brencio de Heidegger en la conferencia plenaria “Quel nulla che mi abita” (diferencia que habría querido borrar Schneider en una asimilación reprobada por Binswanger).

El caso es que se halló el pathos existencial frente a la enfermedad médica, le espetó que la dificultad de la existencia no es una enfermedad y le recordó que la pasión de la vida en ciertos momentos se expresa como tristeza. Eso la enfermedad no pudo rebatirlo.

Pero el relato sobre el sufrimiento psíquico topaba una y otra vez con la vivencia del dolor, con la experiencia clínica de un sufrimiento cuya inefabilidad desborda el discurso y deja, literal y metafóricamente, sin palabras. Los filosóficos ponentes parecían reprochar insensibilidad a la muda aceptación clínica, ofenderse por la tolerancia psiquiátrica ante el vacío discursivo, ante el reconocimiento y asunción de la negatividad (en sentido, claro, filosófico). Los clínicos tratantes podían sentir por otro lado que el esfuerzo por recubrir de palabras positivas (en su acepción también filosófica) ese dolor no hacía sino trivializar una experiencia inaccesible, negar por compasión el malestar. Como escribiera Gadamer: el modo más rápido de zanjar un diálogo es decir “te entiendo”. (Se aducirá que cierta psiquiatría positivista hace eso a diario y con violencia mediante el indiscriminado etiquetaje diagnóstico, y será verdad, pero no se excusa con ello cualquier otra positividad fallida). En la excelente comunicación de Juan Velázquez González —titulada “El resentimiento en la fenomenología de las emociones de Scheler y su modulación de la existencia personal”— ofreció el joven filósofo una clave que al clínico podía resultarle familiar: no es tan crucial para la víctima el agravio sufrido como su encubrimiento o negación.

La oposición entre pathos y enfermedad se escenificó a primera hora de la mañana del viernes 30 en el salón de actos María Moliner. Tras una maravillosa exposición por parte de Andrea C. Mosquera Varas —titulada “Locura de la razón y razón de la locura en Descartes, Foucault y Derrida”— se hizo carne en la última fila de butacas el verbo crítico hacia una exposición filosofante del sufrimiento mental. En el fragor dialéctico se encendieron los ánimos y endurecieron los términos. Fue sonora la colisión entre la anhelada comprensibilidad de todo pathos por parte de los filósofos y la exigencia clínica de acción (aunque fuera silenciosa) frente a un sufrimiento que interpela más allá de su momento discursivo. Leída esta segunda posición como inaceptable biopoder negador de una subjetividad narrativa, censurable por su supuesto afán medicalizador o de manipulación conductista, se materializaba la dificultad por desentrañar la verdadera intención del gesto cartesiano que Mosquera nos había invitado a repensar con tino.

La tesis del pensador de la Haya de Turena se podría entender con Foucault como un corte inhumano o bien releerlo con Derrida como manifestación siempre quebrada de un fondo común. Mosquera se decantaba por tomar la cuestión desde la diferenzia derridiana y (aunque lo descartó por entender que su contenido esencial es otro) mencionó el juicio kantiano de la tercera crítica, donde se atiende la problematicidad de la cesura trascendental y se invita a una muy sugerente puesta en común de sentido. Tal vez una solución mediara en reconocer el diagnóstico tajante de Foucault (aunque no sus motivos) y seguir en la terapéutica a Derrida. Foucault sería un magnífico filósofo pero como psicopatólogo fue pésimo, y cuando se ciñó a lo suyo como en el caso de la tesis complementaria dedicada a la antropología de Kant pudo articular un discurso mucho más riguroso (aunque menos llamativo) sobre la ciudadania y la locura que el de su archifamosa relectura de esa época que los franceses llaman clásica. Como recordó el moderador, Enric Novella, no se puede olvidar que de la toma de posición de Foucault en el asunto cartesiano pendía el resto de su obra, por lo que resulta inevitable considerar que junto al rigor académico del que sin duda era capaz pesaba y mucho la propia necesidad de no traicionar la rebeldía que lo encumbrara. Precisaba él que la modernidad ilustrada hubiera sometido a la ciudadanía por la razón, descabezando (ya en la guillotina, ya en la reclusión asilar) a todo aquel de quien pudiera sospecharse mácula. Que la razón fuera excluyente y todo alienista un jacobino.

Javier San Martín vino a sancionar en su conferencia de clausura la escisión al definir la locura como ruptura de la creencia originaria, de las expectativas de mundo. La locura sería la persistencia malgré soi del experimento mental por el que el fenomenólogo asume temporalmente la ficción de que el mundo no exista como fundamento. La duda radical, querida, provocada. El mundo no se daría a partir de aquí como algo positivo sino como resultado de una coordinación armoniosa de experiencias, como horizonte compartido de realidad; y la vida sería entendida como “asiento de hábitos a los que subyace el gran hábito que es la tenencia de mundo”. Esta habitualidad reponedora es la que sin embargo fracasa en la psicosis, la experiencia inmediata y familiar del mundo; pues sufre el enfermo la pérdida de la evidencia natural que tomó San Martín de la descripción de Blankenburg en las “esquizofrenias poco sintomáticas”. El desasimiento, en traducción recuperada por Ortega del enhaltung husserliano, es acción voluntaria en el filósofo; mas no lo es el extrañamiento en la locura.

“El loco pierde el mundo y es una desgracia y tiene muy difícil cura”, concluyó San Martín. Si tras Scheler la fenomenología pudo hermanarse con la antropología y la psicología, pathos y enfermedad se reunieron por husserliana gracia en esta triste y dolorosa sentencia. Aunque precisa tal vez, pues la curación no podrá darse —otra vez Scheler— si no hay reconocimiento.

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Grandeza y fatalidad en psiquiatría

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA


 

DSC00646SE TRATA DE comprender por qué la psiquiatría, cuando nos aproximamos a ella intentando averiguar cómo es su entraña, desde cierta familiaridad con su práctica y su historia, muestra tal grado de inconsistencia, de variabilidad. No es sólo que no haya progreso en el conocimiento, sino que parece condenada a una repetición incesante de lo mismo, está atenazada a la positividad en la que ha nacido, en la que se desenvuelve y de la que no puede escapar. El incesante y abrumador acúmulo de datos que se producen no se integra en una estructura de conocimiento, choca siempre con las mismas dificultades y no permite su aplicación a la práctica clínica, en el momento de efectuar el juicio clínico, que es el lugar de la experiencia psiquiátrica.
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La enfermedad de Sass

¿Por qué nacen y mueren juntos Apolo y Dioniso?
J. Leclercq

 

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Fotograma de La maladie de Sachs

LA PROPUESTA DE Louis Arnorsson Sass para la comprensión de la esquizofrenia nos parece seria y sugerente. Reconstruye desde las exigencias fenomenológicas los elementos fundamentales de la clínica, esto es, de lo ya observado por generaciones de psiquiatras y magistralmente plasmado por Eugène Minkowski en su obra de 1927 La schizophrénie. Pero nos preguntamos si aporta algo el armazón husserliano con el que Sass viste el autismo de Bleuler y el racionalismo mórbido de Minkowski. De entrada parece que lo argumentado filosóficamente gana peso y verdad. Pero veamos. Sigue leyendo

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Personalidad y totalidad, corrientes circulares

 II posto che aveva nella definizione dell’ideale ermeneutico l‘idea del rapporto particolare-totalità, nella varia determinazione e discussione dei metodi ermeneutici lo occupa invece il circolo ermeneutico, in questa forma non mai una volta per tutte definita, ma inteso come carattere commune delle strutture circolari che via via si evidenziano

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

“Circulatura de la fuente de la Plaça de la Barceloneta” (julio de 2013), en la ciudad laboral de los autores

G. Vattimo

 

Eros comparece como hermeneuta (hermeneuon), como tradutor de uma língua estranha, como um transportador de bens sobre as águas de um rio (diaporthmeuon), rio da largura do rio Océano, limite entre o mundo humano e o misterio. Visto que para a linguagem dos deuses não há tradução perfeita, incessante é o trabalho da interpretação. Eros desloca-se num ir e vir incansável que mantém aberto o diálogo, renovando as viagens entre margens que não se aproximam

D. Schüller

 

 

SIGUIENDO LA LECTURA de Romero, Álvarez y Colina analizábamos en nuestra anterior entrada la figura de los demones como intermediarios entre dioses y hombres. Nos proponemos aquí atender otro cariz de la definición de Diotima, aquella mujer de Mantinea[i] que ilustrara a Sócrates en El Banquete sobre el poder o función de estos espíritus. Junto a su consideración como diaporthmeuon de versión inconstante (intermediario, transmisor, comunicador, entremetteur, conveyor, transportador); destaca unánime su intelección como hermeneûon: intérprete, interpreter, interprète, con el poder de interpretar, interpreta, interpretação. Los demones no son así demonios encargados de un sospechoso “interponerse (…) entre lo mortal y lo inmortal” como le encomiendan los pucelanos siguiendo a Tasso; sino dragomanes dedicados en cuerpo y alma a una interpretación que ya no es mera remisión de signos sino apertura de la significatividad, fórmula posibilitante, regla de relación. Su tarea será infinita, como señaló Foucault, incessante é o trabalho da interpretação, non mai una volta per tutte definita, y su tiempo circular. Su cometido pensar la relación entre lo contingente y lo necesario, lo particular y lo universal, el sufrimiento y el diagnóstico. No prenderlos, sino comprenderlos “por todas partes”.

En esta línea de lectura hermenéutica, que se sabe siempre en marcha, publicaron un año atrás José M. López Santín, Ferran Molins Gálvez y Lia Litvan Shaw el estimulante trabajo Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación Crítica. Propulsores los dos primeros junto al filósofo Raimon Pàez Blanch del grupo de estudios Filosofia i Psiquiatria, defienden una psicopatología que atienda el sentido del discurso de la persona que nos solicita, sentido “liquidado” a su entender por los procedimientos factoriales que, en el nuevo deeseeme cinco, parecen haber ganado la batalla en la conceptualización de los trastornos de la personalidad. Denuncian “la pérdida de la totalidad a través de la operacionalización de los criterios” del manual americano y apelan a la psicopatología esquematizante de Pablo Ramos y Carlos Rejón y a la “totalidad significativa” de Giovanni Stanghellini. Como recordamos en otro lugar (Stanghellini y el equívoco Minkowski) recurría el italiano a la “metáfora intemporal” destacada por Pérez de Tudela para esbozar un sujeto complejo pero no fragmentado: “el mundo, propone, es tejido. O bien: el mundo es texto, ligazón”. Declaraba Stanghellini su intención de tomar “human subjectivity as a texture” como el marco hermenéutico de la psicopatología. Desde esta perspectiva proponen nuestros autores atender al vivir de la persona, a su situacionalidad e historicidad, a las tramas de sentido que lo abrigan, frente a las corrientes dominantes que se ocupan sólo de endosarle al paciente una “estructura” factorial, gélidas categorías extraídas de análisis estadísticos.

EL CíRCULO, IR E VIR INCANSáVEL

No llegamos a dilucidar si frente a la propuesta de los modelos dimensionales que “entienden la personalidad como una estructura nomotética” sugieren los barceloneses una alternativa idiográfica —según la dicotomía de Wilhelm Windelband (1919)—. Partimos en cualquier caso de la consideración de que la personalidad no es ni deja de ser una entidad nomotética, pues la distinción nomotético-idiográfica “is not that of the object of knowledge, but the objective of knowledge” como señala Michael Schäfer. Así, entendemos que la aproximación idiográfica como “science of specific events, which describe the particular, the unique, and the individual” no conviene ni más ni menos al estudio de la personalidad que la nomotética, i.e., “the science of general laws which concerns generality”. Todo dependerá de lo que nos propongamos, pues “the same objects, according to epistemic interest, can be made the subject of either nomothetic or idiographic examination”. Busca el procedimiento nomotético la formulación de leyes y el idiográfico la comprensión del individuo en situación. Reconvienen nuestros autores el olvido de este segundo aspecto a los modelos dimensionales de la personalidad, destacando cómo estos mismos deben reconocer, aunque al final y sotto voce, la necesidad de apelar a la interpretabilidad de una aséptica estructura destilada en alambiques estadísticos. La misma carencia anima a Schäfer en sus desarrollos de la dicotomía Windelband-Rickertiana en relación a la psicología: “Psychology as nomothetic generalizing science misinterprets the form of individuality which is a characteristic of the psychological as a purely temporal singularity”. Reconocerla como temporal en su existencia (Münsterberg) y en su experimentabilidad (Husserl) implica que sólo pueda ser percibida por el propio sujeto, y aceptar la autointerpretabilidad (de la que ya tecleamos en relación a Jaspers y los codanos) es corolario que nuestros autores ponen en cuestión (cf. p. 498 infra y p. 503 §3), entendemos que por privilegiar el acontecimiento dialógico como arena principal de la hermenéutica. Resulta con todo evidente, como ya apuntaran un siglo atrás Fritz Münch (1913) y Bruno Bauch (1923), que el individuo singular no puede ser comprendido por las ciencias históricas si no es en relación a un contexto o valores generales, pues no resultaría de lo contrario más que un anecdotario su estudio, una retahíla de curiosidades. “Ahora bien, entonces la psicopatología ha de buscar su asiento en otro territorio, porque la conducta y la experiencia se edifican tanto sobre el mecanismo como sobre la libertad y precisamos recoger a ambas sintéticamente”, señalan Ramos y Rejón, pues son “fenómenos que no se dejan entender desde una división que no los tuvo en cuenta en tanto que preguntas a responder. De hecho, el intento de incluirlos en una u otra perspectiva deviene repetidamente aporético y empobrecedor”. Proponen por ello “una vía intermedia que debe permitir pensar lo concreto manteniendo activa la tensión hacia las totalidades desde las que es posible su intelección”. Abandonamos en el intento la deriva hempeliana de Schäfer, cuya resaca nos devolvería a los manuales estadísticos, y retomamos la hermenéutica propuesta por nuestros autores para atender el dilema de las leyes de lo irrepetible, el “enigma de la universal unidad-de-unidades”, la alusión de Schopenhauer al Fedro platónico que tanto gusta a Fernando Colina sobre la capacidad de reconocer lo uno en lo múltiple y lo múltiple en lo uno. La hermenéutica nos remite para su resolución a la circularidad, pues “en presencia de ciertas «unidades», de ciertas «totalidades», a saber, las unidades de sentido, el camino de la investigación no puede menos de recorrer un camino de vaivén entre la totalidad y sus partes, entre la unidad y las unidades unidas por ella, supuesto que (la comprensión de) las partes «dependen de» y «se remiten a» la totalidad, en tanto que la totalidad «depende de» y «se remite a» las partes que reúne y congrega, dotándolas, y viceversa, de significado y conexión”. No es este recorrido glosado por Pérez de Tudela otro que el del círculo, es “el «círculo» quien dibuja las mallas del tejido que re-úne”, texto del mundo, tejido de la subjetividad. Círculo como nota distintiva de la hermenéutica en tanto proceder propio de las Geisteswissenschaften frente al nomológico-subsuntivo preferido por las Naturwissenschaften. Si bien su primera formulación corresponde según Schleiermacher a Friedrich Ast, Dilthey nos propone una versión más ajustada al tema que tratamos, la personalidad: “La comprensión de la personalidad individual exige, para que sea completa, el saber sistemático, así como, por otra parte, este saber depende, a su vez, de la captación viva de la unidad de la vida individual”.

FRAMEWORK O ESQUEMA

¿Es compatible este entramado de individuo y sistema que viste al sujeto en la estructura diltheyana con la textura de Stanghellini? ¿Lo son las tramas de sentido que anudan las experiencias del sujeto con la noción lingüística de estructura que el italiano toma de Louis Trolle Hjelmslev del Círculo Lingüístico de Copenhague? Siguiendo al danés entiende el psiquiatra toscano una estructura como una “autonomous entity (which) refers to the assumption that meaningfulness can be found in the structure itself”, y partiendo de esta premisa define una psicopatología estructural que “assumes that the manifold of phenomena of a given mental disorder are a meaningful whole, i.e. a structure”. El sufrimiento mental constituye una totalidad de sentido que deberá extraerse —siguiendo a Hjelmslev— “from the internal links between the elements of the structure”, desatendiendo el horizonte biográfico y el mundo histórico del sujeto. Atrincherado en las “internal dependences” pretende comprender al otro “without involving elements that do not belong to the structure, as for instante antecedent events used to explain some bits of the structure (…) as is the case of traumatic or genetic explanation”. Ofrece así una “comprensión cerrada de la subjetividad” que será reconvenida por nuestros autores al afirmar que “tanto el acontecimiento de un trauma como la existencia del conflicto a lo largo de una vida, ponen las condiciones para que el sujeto modifique de forma dinámica su relación consigo mismo y con los otros”. Rehúsa Stanghellini atender no ya a la significatividad, la Vida en mayúscula de Dilthey, sino a la simple biografía, que se escribe siempre con otros, para ceñirse a la lógica interna, de lo bio- o del fenómeno. Cierto es que más tarde apela al “significance” que surgiría de un análisis “that unfolds the personal life history, emotions, attitudes, values and modes of experience”. Parecería adquirir cierto dinamismo con el despliegue de la historia vital, aunque tuviera que explicar cómo lo encajaba en su concepto de estructura (tal vez mediante el “análisis cualitativo” formulado con su paisano Ballerini), pero delata pronto su verdadero objeto del deseo: los modos de la conciencia experiencial. Pues es así como entiende la subjetividad, apuntan nuestros autores, “como los modos de configuración de la conciencia”. Nos preguntamos si es compatible esa intelección de la subjetividad con la apuesta por una hermenéutica que precisamente “se desarrolla como intento de superación de las aporías de la filosofía de la conciencia”. Nada bueno auguraba la referencia al danés, resultando su “autonomous entity” lo más opuesto a la existencia «ya-siempre-fuera-de-sí», a la “subjetividad que ya se encuentra en compromiso con el mundo” defendida con Ramos y Rejón, príncipes de lo concreto en la nueva era del Rey intérprete (Juliana dixit). Desde esta ex-istencia fáctica cabe pensar el mundo, este mundo ya encarnado, ya dado a la interpretación. Recuerda Pérez de Tudela como “ensayo de respuesta” el mandato hermenéutico por el que ampliar siempre los límites del pensar a los meta-niveles que convenga, y que sabemos no terminarán hasta la misma significatividad, pues “exorcizar el demonio de la circularidad” es imposible. Hay que reconocerse, como Los Planetas, “perdido en corrientes circulares en el tiempo”; someterse a la circularidad de “la interpretación, que viene de la interpretación, (y) va siempre de nuevo a la interpretación”. Al puro esquema.

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PÉREZ DE TUDELA VELASCO, J. (1992), Hermenéutica y Totalidad. Las razones del círculo, Logos. Anales del Seminario de Metafísica (26), 11-48

SCHÄFER, M. (1999), Nomothetic and Idiographic Methodology in Psychiatry — A historical-philosophical analysis, Medicine, Health Care, and Philosophy (2;3), 265-74

RAMOS GOROSTIZA, P., REJÓN ALTABLE, C. (2002), El esquema de lo concreto, Madrid, Triacastela

STANGHELLINI, G. (2010), A Hermeneutic Framework for Psychopathology, Psychopathology (43), 319-26

LÓPEZ SANTÍN, J.M., MOLINS GÁLVEZ, F., LITVAN SHAW, L. (2013), Trastornos de personalidad en el DSM-5. Una aproximación crítica. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (33;119), 497-510 doi: 10.4321/S0211-57352013000300003

 

[i] Le resulta a uno curioso que el nombre comercial del nuevo aripiprazol inyectable sea un anagrama de esta arcádica ciudad.

 

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Controvèrsia Jaspers (1988-97)

Es compleix enguany el centenari de la publicació de la primera edició de la Psicopatologia General de Karl Jaspers (Oldenburg, 1883 – Basilea, 1969). Obra de referència incontestable per la semiologia psiquiàtrica del segle XX, patí a la darrera dècada d’aquest (1988-1997) un debat saturant sobre fins a quin punt mereixia rebre la consideració de fenomenològica i especialment d’hereva de la doctrina del filòsof Edmund Husserl (Moràvia, 1859 – Friburg de Brisgòvia, 1938). Entrat el segle XXI l’assimilació de l’obra jaspersiana a la fenomenologia és generalitzada, si bé d’una manera laxa i força aliena al moravià. Els editors de la conferència del Institute of Psychiatry de Londres celebrada el 2005 i publicada a Schizophrenia Bulletin el 2007, Gareth Owen i Robert Harland, afirmen sense gaire contemplacions a la seva introducció titulada Taking Phenomenology Seriously que Jaspers (…) was directly engaging with phenomenology. I Thomas Fuchs donava un lustre abans per clausurada la disquisició a Psychopathology  tot assumint aproblemàticament al seu treball The challenge of neuroscience: Psychiatry and phenomenology today una “descriptive phenomenology” in the sense of Jaspers. La fenomenomenologia d’avui ja no s’atura en Jaspers. Potser no cal, potser només reconèixer que ens orientà quan el necessitàvem.

Sobre la influència husserliana es mostrà contundent German Berrios a la conferència pronunciada a Cambridge el 8 de març de 1988 i publicada l’any següent al Journal of the Royal Society of Medicine sota el títol What is phenomenology? A review, tot concloent that there is little in the philosophical movement called phenomenology (as developed by Husserl and continued by his followers) which is conceptually useful to the construction of a modern theory of description applicable to the signs and symptoms of mental or physical illness.

Qüestiona el 1993 a Comprehensive Psychiatry la convergència entre Phenomenology and psychopathology: was there ever a relationship? es pregunta tot responent de forma expeditiva que this much-talked-about alliance [between 19th-century descriptive psychopathology and phenomenology] was just a marriage of convenience.

No limita el seu argumentari a la manca de relació entre ambdues disciplines sinó concretament la de Husserl sobre Jaspers tot sentenciant que Husserlian phenomenology played no significant role in General Psychopathology, i pretenent que historians of psychiatry have so far failed to show that what Jaspers introduced into psychopathology had any connection with Husserlian phenomenology.

Desplaça les influències cap a d’altres autors: Kant, Dilthey, and Weber seem to have been more important to Jaspers’ ideas than Husserl, particularly in dichotomies such as form/content and explanation/understanding.

Assumida aquesta génesis conceptual [de la Psicopatología General de Jaspers] a través de Kant, Dilthey o Max Weber, recullen la controvèrsia Ramos Gorostiza i González Calvo en la seva contribució de 1995 a El sentido de la psicopatología y el papel de la fenomenología tot contrastant de forma desmenjada la frontal oposició de Berrios (1989-1993) a la lectura prohusserliana de Wiggins, Schwartz i Spitzer (1992):

Las referencias de éste [Jaspers] a la fenomenlogía de Husserl han promovido una discusión que parece no vaya a terminar nunca.

La profunditat de la seva anàlisi els permet una formulació conciliadora afirmant que si bé existe una clara referencia de la Psicopatología General a las Investigaciones Lógicas [de Husserl] no se puede afirmar, sin más, que se hayan captado los conceptos claves de la fenomenología, sino más bien una cierta idea de método que permite a Jaspers resolver cierto tipo de problemas para escapar del psicologismo.

Dos anys més tard, el 1997, reprenien el debat Osborne P. Wiggins i Michael Alan Schwartz al treball Edmund Husserl’s Influence on Karl Jaspers’s Phenomenology publicat a Philosophy, Psychiatry, & Psychology:

G. E. Berrios and Chris Walker have raised doubts about the prior consensus that Jaspers’s phenomenology owed much to Edmund Husserl’s phenomenology. After criticizing this earlier way of reading Jaspers, Berrios and Walker offer differing and novel interpretations of his phenomenology. We agree with the earlier way of understanding Jaspers, primarily as set forth by Michael Shepherd and Herbert Spiegelberg; and we disagree with Berrios’s and Walker’s contentions that Jaspers did not in fact derive much of his phenomenology from Husserl.

Jean-Michel Azorin i Jean Naudin feien seu, amb un arrauxat afany de clausura, el posicionament de Wiggins i Schwartz a les pàgines següents del mateix volum en el seu Commentary on Edmund Husserl’s Influence on Karl Jaspers’s Phenomenology:

Schwartz and Wiggins’s paper clearly shows that Jaspers’s comprehensive psychiatry draws mainly from Husserl’s phenomenology. This thesis enters a current debate opened by Chris Walker and German Berrios about the influence of Husserlian philosophy on Jaspers’s work. This debate, which emerged at the end of the so-called decade of the brain, could be considered perfectly obsolete.

En ferma adhesió als postulats dels novaiorquesos Wiggins i Schwartz (the significant influence that Edmund Husserl’s early work, Logical investigations, exercised on Jaspers’s formulation… Diltheyian procedures were integrated into the Husserlian ones) reblen la seva versió de les influències jaspersianes:

There is no room for Kant in Jaspers’s main principles, and this assumption must lead us to consider the horizon opened by Jaspers, that is, the horizon of a science of meaning essentially built on the lived experiences and the bracketing of any kind of a priori. In contrast to the slight influence of Kant, one idea that emerges is that of the straight impact of Dilthey on both Jaspers and Husserl. We perfectly agree with Wiggins and Schwartz that Jaspers, grounding both on Husserl and Dilthey, arrives at a methodological principle that is all his own, by considering both the connections of the life-stories and the objectivity of symptoms.

Ramos i González (1995) semblen oferir-nos finalment i precisa en les seves consideracions de l’escola wigginsiana, una de les perspectives més comprensives de l’assumpte:

Para Wiggins y col. lo que Jaspers compartiría con Husserl y, por tanto, haría de su proceder fenomenología, es la descripción de los procesos mentales por medio de la intuición representativa, ateniéndose a la evidencia del discurso y la conducta del paciente, sin imputarlos a ningún tipo de teoría causal. Ahora bien, aquí tenemos la prueba más eficaz para hacer ver que esto no es lo que Husserl entiende por fenomenología en sentido estricto. En todo caso, se tratará, más bien, de lo que Jaspers ha entendido por fenomenología.

En aquest garbuix d’influències atribuïdes i negades hi ha opinions per tot i només sembla reunir consens el relativament innocu ascendent de Dilthey sobre Jaspers. Cap altra identificació (penseu en qualsevol combinació possible entre conceptes i noms propis) rebrà subscripció unànime. Però més enllà d’escoles i opinions particulars, el que caldrà saber és de què parlem (més que de qui) quan els psiquiatres continuem apel·lant, per bé o per mal, a la fenomenologia.

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