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¿Una sola bioética? Crónica

Crónica del VII Congreso Internacional de Bioética organizado en Barcelona por los grupos de investigación del Instituto Docente de Sant Pere Claver y Aporia (de la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona). [Aquí el reportaje fotográfico].

 

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¿Una sola bioética? Reportaje

Breve reportaje fotográfico del VII Congreso Internacional de Bioética organizado en Barcelona los días 24 y 25 de noviembre.

 

La crónica, en breve.

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Planeta, caballo, manzana: los excesos del naturalismo psiquiátrico

Diálogo con Álvaro MÚZQUIZ JIMÉNEZ


 

“Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental”.

 

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

NO FUE SINO una caricatura, cuestionado objeto de expresión en estos tiempos. La de Schopenhauer tomada por Trotta en sus recientes ediciones del filósofo. No en otro lugar sino en la pantalla de un teléfono móvil que todavía no era inteligente. En pleno gesto de-formador, ese que troca al estudiante de medicina en psiquiatra residente. En la carretera de Colmenar Viejo, auspiciados por el doctor Rodríguez Lafora, en el quilómetro trece ochocientos. Ahí y entonces empezó esta conversación con Álvaro Múzquiz a ahormarse para ahumarse luego, a desnaturalizarse, a condenarse a una reconstrucción inacabable de la que aquí transcribimos un capítulo a propósito de su trabajo Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2013.

Defiende en su trabajo que la identificación del síntoma mental no es posible a partir de categorías universales sino únicamente atendiendo la individualidad histórica de éste. Pero la singularidad nos recuerda esa arena de Bergson de la que se podrá coger un puñado mas no retratarlo, pues al abrir la mano se deshace. ¿Qué herramientas podemos rescatar de las que la psiquiatría nos ha venido ofreciendo hasta la fecha para entender el sufrimiento?

Ante todo, muchas gracias por ofrecerme la oportunidad de responder a estas preguntas y volver a repasar y repensar estos asuntos.

A pesar de que es algo a lo que no le he prestado la atención que merece, de forma precaria y provisional diré que la psiquiatría lo que ha aportado es una manera de lidiar con ese sufrimiento, unas herramientas prácticas para manejarse y tratarlo (en el doble sentido del encuentro con él y de la intención de aliviarlo). Pero no creo que esto sea generalizable a cualquier sufrimiento. La aportación esencial recaería casi exclusivamente sobre la población identificada como alienados, sobre la locura. Es en el intento de tratarla médicamente cuando dio lugar a otro abordaje y a un nuevo esfuerzo por hacer inteligible esa porción de la realidad.

No creo que la psiquiatría haya aportado nada decisivo sobre otra clase de sufrimientos con los que en un principio no ha tratado directamente o que han sido incluso mejor abordados desde otros lugares como la filosofía o la literatura, aunque en el último siglo estas disciplinas se hayan contaminado en exceso de una jerga psicopatologizante en forma de parodia.

Si estas debilidades del lenguaje suponen un peligro nos alerta por otro lado de lo que denomina en términos de Karl Marx “fetichismo del síntoma”. Diluye en su propuesta la ontología dura de “los procesos biológicos cerebrales y la ciencia” con la solución de “lo producido en el conocimiento”. No prescinde sin embargo de dicha ontología, la considera incluso “decisiva” y llega a afirmar que la “realidad anterior a los sujetos […] es política”. ¿Ocupa la política el lugar de la metafísica en su propuesta?

Voy a dar cierto rodeo aclaratorio previo.

Creo que en cierta crítica a la psiquiatría y sus objetos se ha abusado de la idea de que deshacer una idea positivista del síntoma suponía en sí mismo deshacer todo el armazón psiquiátrico-psicopatológico. Es decir, esta crítica a la psicopatología partiría de las mismas premisas ontológicas que aquellas posturas que estaría criticando: una primacía ontológica de los procesos biológicos y de las clases naturales, negando un estatuto ontológico a lo que pudiera entenderse sólo desde la realidad social. La idea directriz (de la crítica) podría resumirse así: “si se demuestra que la psicopatología no es la descripción positiva de una realidad natural quedará demostrado que la psicopatología y la psiquiatría no son más que un puro invento”.

Mi postura es la opuesta a este modo de proceder. Si se quiere realizar un análisis sobre la psiquiatría y sus objetos hay que tener en cuenta que los objetos que aparecen al darse determinadas relaciones sociales son muy reales y que no son ningún invento. Y no sólo me refiero en términos de sufrimiento o de realidad subjetiva de los individuos que padecen sus consecuencias, sino en relación a su aparición objetiva y a las características que poseen. Señalar esa realidad no implica desechar como fantasmagórico todo lo que allí ocurre, la fantasmagoría es suponer una realidad natural donde lo que hay es una realidad política. Por eso me parece interesante recuperar a Marx, y su concepto de fetichismo que es extensible a muchos otros objetos. Y me parece fundamental de hecho recuperar su pensamiento frente a algunas perspectivas posmodernas de las que también se ha abusado en la teoría de nuestra profesión.

Esto no significa que toda la realidad esté determinada políticamente. Pero considero la psiquiatría un caso específico que sí está configurado conforme al esbozo que acabo de proponer. Por lo tanto, si se entiende la metafísica como las condiciones de posibilidad para la aparición de los objetos de que estamos tratando, la respuesta a la pregunta formulada sería afirmativa. Es determinada relación política la que está puesta en juego en cada síntoma mental, en su señalamiento, en su nombramiento, en su forma última, en definitiva, en su individuación. Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental.

Este proceso de configuración del signo psicopatológico lo concibe —siguiendo a Rejón— como ratio difficilis por la ausencia de universales y causas que lo legitimen. En su lugar reclama un saber práctico, habitus tejido por Pierre Bourdieu e incorporado por Thomas Fuchs, que parece al fin desechar como jirones descriptivos. ¿No convencen las costuras?

Son muy interesantes las propuestas de Bourdieu y Fuchs. Las dos son grandes aportaciones. Si las desecho no es por equivocadas sino por incompletas.

La teoría de Fuchs es distinta desde el punto de vista de la neurociencia. Aplicando ciertos conceptos tomados de la fenomenología conceptualiza los procesos cerebrales como indisociables de la corporalidad y una relación ecológica. De ahí el título de uno de sus libros, “el cerebro como órgano relacional”. Esto nos dice mucho sobre la importancia de la práctica en nuestro aprendizaje como clínicos.

Al mismo tiempo Bourdieu elabora una crítica de la teoría de la acción racional y una teoría de la práctica de gran profundidad que puede explicar parte de los procesos en que nos vemos envueltos en este oficio.

Fuchs nos enseñaría cómo “aprende” el cerebro, mientras que Bourdieu, a través del concepto de habitus, aborda cómo se incorporan determinados esquemas de percepción, pensamiento y acción. Las dos posturas comparten la idea de que existimos como individuos ya terminados sobre los que se adosa esta realidad de segundo orden. El asunto es que, si somos consecuentes con lo que he intentado exponer antes, el sustrato ontológico-político del síntoma mental sólo puede ser entendido como preindividual y su aparición como una individuación, no como una incorporación externa superpuesta.

Avisado ante este posible modo invasivo de la psicopatología teme que una práctica que dice querer comprender el malestar lo esté de hecho generando. ¿Qué peso —si nos permite este mercadeo— cree que tienen o deberían tener construcción e interpretación en psicopatología? ¿Cuánto de etiquetado y cuánto de desvelamiento? ¿Cuánto de “categoría” y cuánto de “componente biológico”, por decirlo con términos del texto?

En principio una situación en que existiera una total transparencia, sin condicionantes tales como pueden ser de control y clasificación, un absoluto desvelamiento, sin necesidad de interpretaciones ni configuraciones podría ser idílica; incluso de categorías que remitieran irremediablemente a componentes biológicos unívocamente. No tengo en principio nada en contra de que esto fuera así, lo aceptaría sin oponer resistencia. El problema es que, al contrario de lo que en muchas ocasiones se piensa, esto no es un asunto que se encuentre en manos de una obstinación, de una decisión ética acerca de la dignidad o de la atención a la subjetividad contra el firme progreso de la ciencia, sino de que aquello con lo que tratamos está constituido de otra manera. Es decir, que es imposible una psicopatología sin interpretación, construcción, etiquetado. Y estos elementos se encuentran presentes en todo acto de individuación del síntoma sin excepción. Debido a la heterogeneidad sintomática habría que ir quizá caso por caso, como dice Berrios, para medir cuánto hay de cada elemento en cada uno, pero una psicopatología de la transparencia no sería ya psicopatología.

En el intento de conciliar esta disyuntiva rescata la propuesta de Ian Hacking quien, frente a clases naturales que nombran algo ya existente, como planeta o caballo, propone la caracterizada por la creación simultánea del objeto y su concepto, caso de un guante. “La personalidad [múltiple], dirá Hacking, se parece más a un guante que a un caballo”, escribe. ¿Cree que el padecimiento atendido por los dispositivos psiquiátricos aparece como tal sólo cuando se lo nombra?

Creo que existe un padecimiento que aparece antes de ser nombrado en un establecimiento psiquiátrico. De todas formas cualquier padecimiento es ya nombrado por el que lo sufre y el entorno, sea este el que sea. Y esto tiene unas consecuencias. La fricción con las prácticas psiquiátricas le otorgará otras nuevas características que conformarán ese padecimiento de una manera ya distinta. Y en este caso sí que aparece solo cuando ya se lo nombra. Los síndromes que describimos no existen tal cual en la naturaleza, lo que vemos siempre se da en el campo semántico de la intervención psiquiátrica.

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MÚZQUIZ, Á. (2013), Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXIII), 575-92

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La mala fama

En el Hilton

En el Hilton, discusión final





Asistimos en Barcelona al 22º Simposio Internacional sobre Actualizaciones y Controversias en Psiquiatría y, oh sorpresa, vemos colarse la hermenéutica. El reto de este año apuntaba ya desde el título a la semiótica pero no imaginamos nunca que terminara desbridándose el síntoma para liberar sustancia. Lean, lean.



INAUGURÓ EL BAILE Germán Berrios con un minué descriptivo para arrancarse luego en un dialógico vals. Ya no le basta con disipar los ruidos del ambiente para que suene libre el canto biológico. Aunque se resiste y vuelve por momentos a aquello de que “it is the task of psychopathology to recalibrate itself”, plantea ahora incluso que “el configurador cultural modifica la señal biológica”. Apuesta por una psicopatología que provea a la psiquiatría de un “dialogical and therapeutical context for clinician and patient in Gadamer’s sense”. En el de Gadamer, ¡textual! Sigue y sostiene que “psychopathology is not a passive descriptive language as Wittgenstein’s early propositions”, y eso tras proyectar una fotografía de la tumba del vienés fallecido en Cambridge, donde el profesor tiene su feudo, con una miniatura de escalera en ofrenda y homenaje a la conocida metáfora en 6.54 de lo desechable del Tractatus. No hay quien lo pare. Afirma que “cada síntoma es resultado de una negociación entre clínico y enfermo” y que “el clínico no es un secretario del enfermo, [sino que] está constantemente movilizando posibilidades”. ¡No habrá leído a los existencialistas, profesor!

Si abogaba el peruano por una psicopatología como “result of dialogical negotiation”, el checo Petr Bob -que le siguió con una deslavazada conferencia sobre la disociación- no pudo menos que empezar reconociendo que “conscious perception is related to interpretation”. Nada nuevo pero sí sorprendente en alguien que reivindica a un Freud de 1895 para sostener que “intrapsychic conflict is possible to be understood as a process related to disturbed neural unity”. Berrios había advertido antes que “no tenemos teorías de formación de síntomas (salvo la fallida del psicoanálisis), sólo correlaciones. Y una correlación no es suficiente”, pero si aceptamos la analogía como negociable no todo estará perdido, y con esa disposición quisimos ver al praguense en su arriesgado ejercicio de paralelas.

A continuación el neerlandés Damiaan Denys -en su intento de “deconstruir” el trastorno obsesivo-compulsivo- no hizo más que publicitar unas tesis ya expuestas en 2011 en Philosophy, Ethics, and Humanities in Medicine bajo el título Obsessionality & compulsivity: a phenomenology of obsessive-compulsive disorder. Divagó por tópicos y lugares comunes (“Intentionality is a philosophical assumption that I think is nice”), se solazó en un apunte platónico, constató que “there is no external reality that is true” y se le vio más ufano que compungido al afirmar que la gente “want to be certain and they deal with an existential problem”. Tal vez pudiera resumirse su propuesta como sigue: “Obsessionality is a dysfunction of intentionality, compulsivity is a dysfunction of agency”. Tuvo la amabilidad de regalarnos con una máxima de Condillac: “The perfection of a science is shown in the perfection of its language” (“une science bien faite est une langue bien faite”). Gracias, Damiaan.

Apuntaron directamente al síntoma André Aleman y Chuck Sanislow. El primero en lo que se refería a tratar por extenso y por igual el fenómeno alucinatorio, que a su parecer “shares phenomenology and mechanisms across diagnostic categories”; el segundo con su propuesta de diseccionar los síntomas de la matriz RDoC y aislarlos fuera de las “DSM disorder boxes”. Al igual que Berrios invitaba a transitar del sustrato biológico (por nadie negado pero insuficiente) al acontecimiento clínico: “Working forward from disrupted mechanisms to clinical problems (…) We want to focus on mental symptoms (…) maintain focus on palpable psychopathology”. En el dolor mental mentado. Y por si alguien se muestra receloso temiendo una mera vuelta al síntoma como elemento de semiología estrictamente médica ahí estuvo José Luis Carrasco, torero en el último tercio (“Inglés, español o catalán, yo lo hablo todo” respondió al ser interpelado), para desfacer el entuerto: “Creo que se está confundiendo semiología con psicopatología”, e invitaba a “una semiología más profunda, preguntando más, a la psicopatología, aunque tenga mala fama”. No es esta una definición de la psicopatología que vaya a colmarnos, sin duda, pero no esperábamos tanta disposición en las ponencias a encaramar la escalera semiológica sin aferrarse. Tal vez pedíamos poco, pero salimos contentos.

P.S.:

La ponencia de Diego A. Pizzagalli sobre la anhedonia resultó de gran interés en un registro mucho más neurobiológico que psicopatológico, por lo que no nos detenemos en ella.

El londinense David Nutt nos desveló que “Default Mode Network is responsible for the sense of self” para que podamos saber donde dirigirnos en caso de perder la identidad (en un descuido).

Maria Portella, del hospital de Sant Pau de Barcelona, se mostró tan stendhaliana como el holandés al presentar un estudio “muy sencillo pero [que] de sencillo que es es muy bonito”.

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Controvèrsia Jaspers (1988-97)

Es compleix enguany el centenari de la publicació de la primera edició de la Psicopatologia General de Karl Jaspers (Oldenburg, 1883 – Basilea, 1969). Obra de referència incontestable per la semiologia psiquiàtrica del segle XX, patí a la darrera dècada d’aquest (1988-1997) un debat saturant sobre fins a quin punt mereixia rebre la consideració de fenomenològica i especialment d’hereva de la doctrina del filòsof Edmund Husserl (Moràvia, 1859 – Friburg de Brisgòvia, 1938). Entrat el segle XXI l’assimilació de l’obra jaspersiana a la fenomenologia és generalitzada, si bé d’una manera laxa i força aliena al moravià. Els editors de la conferència del Institute of Psychiatry de Londres celebrada el 2005 i publicada a Schizophrenia Bulletin el 2007, Gareth Owen i Robert Harland, afirmen sense gaire contemplacions a la seva introducció titulada Taking Phenomenology Seriously que Jaspers (…) was directly engaging with phenomenology. I Thomas Fuchs donava un lustre abans per clausurada la disquisició a Psychopathology  tot assumint aproblemàticament al seu treball The challenge of neuroscience: Psychiatry and phenomenology today una “descriptive phenomenology” in the sense of Jaspers. La fenomenomenologia d’avui ja no s’atura en Jaspers. Potser no cal, potser només reconèixer que ens orientà quan el necessitàvem.

Sobre la influència husserliana es mostrà contundent German Berrios a la conferència pronunciada a Cambridge el 8 de març de 1988 i publicada l’any següent al Journal of the Royal Society of Medicine sota el títol What is phenomenology? A review, tot concloent that there is little in the philosophical movement called phenomenology (as developed by Husserl and continued by his followers) which is conceptually useful to the construction of a modern theory of description applicable to the signs and symptoms of mental or physical illness.

Qüestiona el 1993 a Comprehensive Psychiatry la convergència entre Phenomenology and psychopathology: was there ever a relationship? es pregunta tot responent de forma expeditiva que this much-talked-about alliance [between 19th-century descriptive psychopathology and phenomenology] was just a marriage of convenience.

No limita el seu argumentari a la manca de relació entre ambdues disciplines sinó concretament la de Husserl sobre Jaspers tot sentenciant que Husserlian phenomenology played no significant role in General Psychopathology, i pretenent que historians of psychiatry have so far failed to show that what Jaspers introduced into psychopathology had any connection with Husserlian phenomenology.

Desplaça les influències cap a d’altres autors: Kant, Dilthey, and Weber seem to have been more important to Jaspers’ ideas than Husserl, particularly in dichotomies such as form/content and explanation/understanding.

Assumida aquesta génesis conceptual [de la Psicopatología General de Jaspers] a través de Kant, Dilthey o Max Weber, recullen la controvèrsia Ramos Gorostiza i González Calvo en la seva contribució de 1995 a El sentido de la psicopatología y el papel de la fenomenología tot contrastant de forma desmenjada la frontal oposició de Berrios (1989-1993) a la lectura prohusserliana de Wiggins, Schwartz i Spitzer (1992):

Las referencias de éste [Jaspers] a la fenomenlogía de Husserl han promovido una discusión que parece no vaya a terminar nunca.

La profunditat de la seva anàlisi els permet una formulació conciliadora afirmant que si bé existe una clara referencia de la Psicopatología General a las Investigaciones Lógicas [de Husserl] no se puede afirmar, sin más, que se hayan captado los conceptos claves de la fenomenología, sino más bien una cierta idea de método que permite a Jaspers resolver cierto tipo de problemas para escapar del psicologismo.

Dos anys més tard, el 1997, reprenien el debat Osborne P. Wiggins i Michael Alan Schwartz al treball Edmund Husserl’s Influence on Karl Jaspers’s Phenomenology publicat a Philosophy, Psychiatry, & Psychology:

G. E. Berrios and Chris Walker have raised doubts about the prior consensus that Jaspers’s phenomenology owed much to Edmund Husserl’s phenomenology. After criticizing this earlier way of reading Jaspers, Berrios and Walker offer differing and novel interpretations of his phenomenology. We agree with the earlier way of understanding Jaspers, primarily as set forth by Michael Shepherd and Herbert Spiegelberg; and we disagree with Berrios’s and Walker’s contentions that Jaspers did not in fact derive much of his phenomenology from Husserl.

Jean-Michel Azorin i Jean Naudin feien seu, amb un arrauxat afany de clausura, el posicionament de Wiggins i Schwartz a les pàgines següents del mateix volum en el seu Commentary on Edmund Husserl’s Influence on Karl Jaspers’s Phenomenology:

Schwartz and Wiggins’s paper clearly shows that Jaspers’s comprehensive psychiatry draws mainly from Husserl’s phenomenology. This thesis enters a current debate opened by Chris Walker and German Berrios about the influence of Husserlian philosophy on Jaspers’s work. This debate, which emerged at the end of the so-called decade of the brain, could be considered perfectly obsolete.

En ferma adhesió als postulats dels novaiorquesos Wiggins i Schwartz (the significant influence that Edmund Husserl’s early work, Logical investigations, exercised on Jaspers’s formulation… Diltheyian procedures were integrated into the Husserlian ones) reblen la seva versió de les influències jaspersianes:

There is no room for Kant in Jaspers’s main principles, and this assumption must lead us to consider the horizon opened by Jaspers, that is, the horizon of a science of meaning essentially built on the lived experiences and the bracketing of any kind of a priori. In contrast to the slight influence of Kant, one idea that emerges is that of the straight impact of Dilthey on both Jaspers and Husserl. We perfectly agree with Wiggins and Schwartz that Jaspers, grounding both on Husserl and Dilthey, arrives at a methodological principle that is all his own, by considering both the connections of the life-stories and the objectivity of symptoms.

Ramos i González (1995) semblen oferir-nos finalment i precisa en les seves consideracions de l’escola wigginsiana, una de les perspectives més comprensives de l’assumpte:

Para Wiggins y col. lo que Jaspers compartiría con Husserl y, por tanto, haría de su proceder fenomenología, es la descripción de los procesos mentales por medio de la intuición representativa, ateniéndose a la evidencia del discurso y la conducta del paciente, sin imputarlos a ningún tipo de teoría causal. Ahora bien, aquí tenemos la prueba más eficaz para hacer ver que esto no es lo que Husserl entiende por fenomenología en sentido estricto. En todo caso, se tratará, más bien, de lo que Jaspers ha entendido por fenomenología.

En aquest garbuix d’influències atribuïdes i negades hi ha opinions per tot i només sembla reunir consens el relativament innocu ascendent de Dilthey sobre Jaspers. Cap altra identificació (penseu en qualsevol combinació possible entre conceptes i noms propis) rebrà subscripció unànime. Però més enllà d’escoles i opinions particulars, el que caldrà saber és de què parlem (més que de qui) quan els psiquiatres continuem apel·lant, per bé o per mal, a la fenomenologia.

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