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Reino de sombras: tiniebla, historicidad y destello

Lacomi și flămânzi îmi strigă ochii,
veșnic nesătui ei strigă
după ochii tăi – scăpărătorii –
cari de luminoși ce-ți sunt, copilo,
nu văd niciodată umbre.

L. BLAGA

cam00942

«Desde hace algunos años se han hecho públicas en internet breves grabaciones en vídeo de algunos niños pequeños en los primeros instantes del descubrimiento de su propia sombra. Las imágenes muestran en su mayoría a los niños asustados pidiendo auxilio a sus madres, mientras intentan desembarazarse de esa mancha oscura, que se mueve sobre el suelo adherida a sus pies. (…) Pronto esa angustia se habrá disipado y la sombra pertenecerá para siempre, en condiciones de normalidad, al perímetro de nuestro mundo familiar».

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Roudinesco, por el lado oscuro

Reseña de Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos (Anagrama, 2009)
de Élisabeth ROUDINESCO

por Ferran MOLINS GÁLVEZ


Roudinesco - NLO 2

 

Élisabeth Roudinesco es una académica francesa, historiadora y psicoanalista. Ha desarrollado su labor investigadora y docente en la Universidad de París VII – Denis Diderot desde 1991 así como un seminario de historia del psicoanálisis en la École normale supérieure de París. Es asimismo presidenta de la Société Internationale d’Histoire de la Psychiatrie et de la Psychanalyse.

 



LA AUTORA CONSTATA la intrigante atracción que suscitan históricos criminales perversos tales como: Gilles de Rais (Barba Azul), George Chapman (Jack el Destripador), Erzebeth Bathory (la Condesa sangrienta), Peter Kürten (el Vampiro de Düsseldorf). El libro está atravesado por una pregunta que resulta explicitada ya en su introducción: “¿Donde empieza la perversión y quiénes son los perversos?”. Se plantea así como objetivo llevar a cabo un análisis de la noción de perversión y la deriva de su sentido a lo largo de la historia así como una crítica a las teorías y las prácticas elaboradas a partir del siglo XIX para pensarla. Cabe señalar que el recorrido que realiza pone de relieve tanto las metamorfosis del concepto como cuestiones relativas a una antropología filosófica: la pregunta por la esencia del ser humano, el límite entre lo animal-lo humano, la unidad del sujeto. Para la autora, y aquí parece mostrar su vinculación a la escuela francesa de psicoanálisis de Lacan, parece que la cuestión de lo que denomina como lado oscuro, la perversión, esta ligada a la posibilidad en el ser humano de un goce ilimitado, una dimensión humana universal, que denomina goce del mal y que a lo largo de la historia ha ido tomando diversas figuras, diversas máscaras que en ocasiones han estado amparadas institucionalmente. Algo que no estaría presente en el animal, donde los instintos son siempre limitados, saciables.

Siguiendo un estilo que recuerda a autores como Nietszche en su Genealogía de la moral o las investigaciones “arqueológicas” desarrolladas por Foucault, Roudinesco muestra las transformaciones del sentido, el lugar y el valor social que determinadas prácticas han sufrido desde la Edad Media hasta la sociedad contemporánea, pasando por lo que considera la más aberrante institucionalización de la perversión en el nazismo. Los cinco capítulos de los que consta el libro tratan cronológicamente la época medieval, el siglo XVIII en torno a la figura del Marqués de Sade, el siglo XIX de la medicina mental y su aproximación cientificista a las perversiones sexuales, el siglo XX con el nazismo y finalmente el destino de la cuestión en la contemporaneidad.

 

Les buveurs de sang, Joseph-Ferdinand Gueldry (1898)

Les buveurs de sang, Joseph-Ferdinand Gueldry (1898)

El primer capítulo retrotrae la cuestión de la perversión al de “hybris”. Este concepto de la Antigua Grecia -que puede traducirse como desmesura, exceso, injuria- supone un orden divino. La transgresión humana de este orden era castigada. En la Edad Media se mantiene esta concepción del orden divino, pero con el cristianismo la salvación del hombre reside en la aceptación de un sufrimiento incondicional. Esto abrirá la vía para una serie de prácticas groseras que hacen del maltrato, el tormento y la destrucción carnal, la expresión del heroísmo más perfecto. En la figura de los mártires, los místicos y los flagelantes la mortificación de la carne se verá como un acto de purificación que permita el paso de lo abyecto a lo sublime, como un camino de transición hacia una mayor cercanía a Dios. A finales del siglo XIV estas prácticas se considerarán bárbaras, oponiendo a la idolatría del castigo del cuerpo, un cristianismo de la palabra, basado en el amor y la confesión. Así por ejemplo, la flagelación deja de considerarse una vía de transformación de un cuerpo odiado a un cuerpo divino, y pasa a contemplarse como un vicio ligado al trasvestismo y la inversión sexual. El capítulo termina con el análisis de la figura de Gilles de Rais, asesino y sodomita de niños criado junto a un abuelo depravado. Este personaje inaugura, según la autora, la pregunta sobre si la perversión en el ser humano es algo innato o bien está relacionado con la educación y la cultura. Así en la Ilustración aparecerá la pregunta de si con el progreso y la civilización se puede hacer desaparecer este aspecto oscuro de la humanidad.

El libro prosigue en torno a la figura del marqués de Sade. Oveja negra de la Ilustración, sombra del progreso, Sade aparece como un personaje que muestra las paradojas de llevar al extremo la reivindicación de valores ilustrados como la libertad, la insumisión al orden y los valores del Antiguo Régimen y de la religión cristiana. En dicha transgresión aspiraba a la instauración de una sociedad perversa en que la “normalidad” se basara en la ley del crimen, el incesto y la sodomía. Inclasificable príncipe de los perversos, sobrevivirá a tres regímenes políticos, desde la monarquía hasta el Imperio pasando por la Revolución francesa. Maldito por todos estos regímenes, alternará entre el manicomio y la cárcel, síntoma de la incapacidad para catalogarlo. Sade aparece así como individualidad, singularidad, como lo que no encaja, lo que no se reconoce en ninguna regla. Y eso llevará a que la psiquiatría naciente lo considere el paradigma de la definición de perversión: “Así pues, sin duda porque Sade no estaba loco, ni era un criminal, ni resultaba admisible para la sociedad, lo consideraron un ‘caso’ de un nuevo tipo, es decir, un perverso –un loco moral, medio loco, loco lúcido– según la nueva terminología psiquiátrica” (p.80).

La ascensión de los valores de la sociedad burguesa y su doble moral es el trasfondo sobre el que se erige una nueva ciencia de la norma, a lo largo del siglo XIX: “el discurso positivista de la medicina mental propone a la burguesía triunfante la moral con la que no ha dejado de soñar: una moral relativa a la seguridad pública modelada por la ciencia y ya no por la religión” (p. 88). Es en esta época en la que aparece el primer uso médico del término perversión, y deviene el nombre genérico para referirse a todas las anomalías sexuales: ya no se hablará de perversión sino de perversiones en plural y desprovistas de su furor pornográfico, se rebautizan al capricho de una terminología sofisticada y erudita derivada del griego: zoofilia, necrofilia, pedofilia…Una lista que por definición es ilimitada tal y como recogen diccionarios especializados de la época. Asimismo aparece en 1869 el término “homosexualidad” sustituyendo progresivamente las antiguas denominaciones (sodomía, inversión, uranismo, pederastia, safismo, lesbianismo). El objetivo será dar al sexo y al crimen sexual un fundamento antropológico y establecer una separación radical entre una sexualidad denominada “normal” de la que obtienen provecho la salud, la procreación, y la restricción del placer; y una sexualidad llamada “perversa”, que se vincula con la esterilidad, la muerte, la inutilidad, la enfermedad y el goce. Será un periodo donde aparecerán multiples teorías en relación al origen de las perversiones sexuales y donde se repetirá el debate ilustrado sobre si el mal procede de la cultura o la naturaleza. El darwinismo alimentará el imaginario colectivo, las angustias y pesadillas de la nueva sociedad industrial y burguesa, en cuanto que desdibuja los límites entre lo animal y lo humano. El perverso ya no será designado como el que desafía a Dios o el orden natural sino aquel cuyo instinto traduce la presencia en el hombre de una bestialidad originaria. Es la época de obras literarias como Drácula de Bram Stoker o el Hombre Elefante de John Merrick, donde aparecen seres que desafían las categorías clásicas de lo humano y lo animal, y proporcionará uno de los temas recurrentes de la literatura gótica que no se dejará de explotar hasta la contemporaneidad. Se instaurará así en nombre de la Ilustración la idea de que los Estados Modernos tienen el deber de gobernar el conjunto de las prácticas sexuales separando la norma de la patología, del mismo modo que la religión se aplicó en el pasado a distinguir el vicio de la virtud. Será pues, el nacimiento de la biopolítica, un programa desarrollado por una burguesía triunfante preocupada por imponer a la sociedad una determinada moral. Si Darwin desdibujará los límites entre lo animal y lo humano, la figura de Freud aparecerá para cuestionar la separación positivista entre los “normales” y los “enfermos”. Freud considerará la disposición perversa como un universal antropológico. Para Freud todo humano está habitado por el crimen, el sexo, la transgresión, la locura, la negatividad, la pasión, el extravío y la inversión. La disposición perversa se concebirá como estructura psíquica, como un paso obligado hacia la “normalidad” en el desarrollo del individuo. Freud, como hijo tardío de la Ilustración y uno de los padres de la posmodernidad, considerará que el único límite para el despliegue abyecto de la perversión sólo puede proceder de una sublimación encarnada por los valores del amor, la educación, la Ley y la civilización. Balzac, Flaubert y Victor Hugo retratarán las formas de la perversión en el universo de la positividad triunfante y anticiparán las figuras del nazismo. Recelosos de la moral positivista y burguesa que ambicionaba domesticar las pasiones humanas, mostrarán las metamorfosis del lado oscuro del ser humano en los personajes de sus obras literarias. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, se producirá lo que la autora considera como la metamorfosis más abyecta de la perversión que llevará a una institucionalización de la misma en el nazismo. La ciencia de la norma, positivista, ajena a los planteamientos antropológicos de Freud, llevará el gérmen de una ciencia criminal, en tanto alimentará la fantasía de la posibilidad de una regeneración del hombre y la eliminación de su lado oscuro, mediante el uso de la ciencia y la razón. En nombre de esta ciencia que ha de traer un hombre nuevo regenerado, se inaugurará en Alemania un proyecto estatal inicialmente eugenésico y posteriormente eutanásico y genocida1.

Tras la Segunda Guerra Mundial, vencido el nazismo, se producirán diversos fenómenos que anuncian nuevas metamorfosis de la perversión. Por un lado aparecerá una tendencia a difuminar los límites entre lo animal y lo humano. Desde esta perspectiva posdarwiniana ya no se tratará de hacer descender al hombre del mono sino de hacer que el mono acceda al estatus y los derechos del hombre. Los movimientos antiespecistas, de defensa de los animales, constituirán una vanguardia que pretende eliminar toda discrimación a los animales. Peter Singer, uno de los referentes de este movimiento, llegará a afirmar que los zoófilos deberían ser tratados como los homosexuales de hoy, permitiendo y legalizando las relaciones entre humanos y animales. Otro de los fenómenos que destacan es la desaparición en psiquiatría del término perversión: “la psiquiatría pretende abolir la idea misma de una posible existencia de la perversión prohibiéndose pronunciar su nombre” (p.206). Dos fechas parecen marcar este paso: en 1974 ante la presión de los movimientos de liberación gays y lesbios, la American Psychiatric Association (APA) decidió por referéndum tachar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales; en 1987 sin la menor discusión teórica el término ”perversión” desapareció de la terminología psiquiátrica mundial para ser sustituido por “parafilias”. La autora acusa de puritano al discurso psiquiátrico actual y señala que el término parafilia no incluye los actos considerados por la ley como crímenes y delitos: violación, crimen sexual, delincuencia, proxenetismo, terrorismo, adicciones ni hipertrofias del narcisismo relacionadas con la autodestrucción. Ante la desaparición del término “perversión” del lenguaje psicopatológico, cabe destacar que inversamente se propaga su uso en el lenguaje coloquial para referirse a: 1) los reaccionarios que se oponen a nuevas leyes como las del matrimonio homosexual, 2) el capitalismo postindustrial que pervierte el sentido del trabajo y la economía, 3) los políticos y sus artimañas para alcanzar y mantener el poder a base de engaños y jugadas retorcidas, y 4) el pedófilo como personaje que mancilla la figura idolatrada de la contemporaneidad, es decir, el infante.

Una mirada al lugar que ocupan en la actualidad las perversiones en el manual DSM-5 muestra su disolución en las categorías aparentemente asépticas relativas a los trastornos relacionados con sustancias, la disforia de género, los trastornos de la conducta, disruptivos y del control de los impulsos, los trastornos parafilicos así como en las definiciones de algunos trastornos de la personalidad y trastornos del neurodesarrollo. Pero la psiquiatría – y esta es una de las principales tesis de Roudinesco – enmudece o suelta la última etiqueta de moda ante la aparición de casos que superan las clasificaciones actuales. Tal es el caso del reciente suceso que implica al copiloto Andreas Lubitz, del “caníbal de Roteburgo” o del caso Brevik. En ellos se plantea el problema Mad or Bad. En una época que se enorgullece de tener explicaciones para todo, queda siempre la impresión de que por más explicaciones que se den en términos científicos, permanece la opacidad, que en palabras de Paul Ricoeur, envuelve el mal. O como sostiene la propia Roudinesco “…jamás dejará de amenazar […] a todos los representantes de la biocracia en su vana pretensión de domesticarlo”.


1. No deja de ser preocupante y hasta cierto punto siniestro, que en la actualidad se haya recuperado con tan poco sentido crítico la perspectiva positivista en la salud mental. Una perspectiva que como la autora trata de mostrar puede llevar a las atrocidades del nazismo. La distinción normal-patológico que promovía la ciencia de la norma positivista parece haberse metamorfoseado eso sí, por la de funcional-disfuncional, pero recayendo toda la responsabilidad en el individuo. Sin cuestionarse que la disfuncionalidad puede venir porque el individuo se sienta incapaz de encajar en un sistema social ”perverso”. Entre criminales, el honrado es disfuncional.

Por otro lado, la aparición del nuevo DSM-5 parece promover justamente lo contrario, difuminar los límites entre lo normal y lo patológico mediante la introducción de modelos dimensionales y espectros de todo tipo. Esto curiosamente alberga similitudes con la propuesta de Freud. Pero si con Freud parecía que todo el mundo debía pasar por un psicoanálisis, ahora parece que se incentiva a que todo el mundo acabe tomando algún tipo de psicofármaco.

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El retiro hegeliano

Por Joanna MONCRIEFF


Traducción del texto, cedido por la autora, originalmente publicado en su blog homónimo el pasado 13 de marzo de 2015 bajo el título

Retreat from the Social:

a review of Hegel’s Theory of Madness by Daniel Berthold-Bond, Suny Press, 1995


 

M0013446 York, the Retreat. Instituted in 1792.

York, the Retreat. Instituted in 1792. Wellcome Library, London. Wellcome Images

 

LEÍ AÑOS ATRÁS algo de Hegel en un grupo de estudio y me quedé impresionada. Así es que me entusiasmé al descubrir un libro que analizaba las ideas de Hegel sobre la naturaleza de la locura, y quise reseñarlo aunque hubiera sido escrito veinte años atrás.

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Esquizofrenia en el seno de la modernidad

08210030

La Habitación Roja, 2003

He leído en portada
que han encontrado al hombre que decidió
darle la espalda a su mundo,
construirse uno mejor.

Creyó que debería
quedarse en casa, apagar la televisión,
cerrar ventanas y puertas,
buscar en su interior. (…)

Y el hombre del espacio interior
se convirtió en el héroe esperado. (…)

¿Has escuchado la radio?
No nos queda ni una canción,
todo es vacío y hueco,
ya no hay emoción.

El hombre del espacio interior, LHR


VIENE RESULTANDO ACOSTUMBRADA la comprensión de la esquizofrenia como síntoma de modernidad. Dos artículos abordaban recientemente la cuestión: Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad (2011) de los pucelanos José María Álvarez y Fernando Colina y El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia (2010) de los investigadores del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC Enric J. Novella y Rafael Huertas. Ofrecen los primeros un planteamiento que “se nutre de una historia de la subjetividad y sitúa el origen histórico de la esquizofrenia en la época moderna” y defienden los segundos “la constitución de la esquizofrenia como un trastorno característicamente moderno de la subjetividad”.

Gira nuestra lectura en torno a tres consideraciones:

MODERNIDAD: la esquizofrenia se presenta como característica (i.e., no exclusiva) de la modernidad, y en ella puede darse su origen histórico, es decir, el de su narración o exposición; no es tan moderna la división que aflige al sujeto, sí lo es la representación de ese escindir en el pensamiento dominante de la época que posibilita su relato.

CIENCIA: dicha división del sujeto no responde tanto a las necesidades (galileo-cartesianas) de la ciencia como a las exigencias (estoico-agustinianas) de la libertad (para escoger el bien y el saber)

LENGUAJE: la moderna liberación del lenguaje favorecerá dos impostaciones, la del lenguaje artificial de la ciencia positivista y la del delirio esquizofrénico; frente a ellas cabrá atender a un lenguaje como lugar de encuentro, sin sumisión ni certeza.

LA MODERNIDAD

Parten los argumentos de ambos trabajos de una asunción común para la defensa de sus tesis: la división constitutiva del sujeto moderno. Apelan Novella y Huertas a Taylor y McKeon para trazar la escisión que da lugar a “ese espacio interior o subjetivo característico del individuo moderno” y sostener que “la formación de esta interioridad ha sido activamente promovida por la marcada escisión entre esfera pública y privada que ha acompañado el despliegue de la Modernidad”. Por su parte, en el psicoanálisis que ampara a Álvarez y Colina el sujeto se halla en efecto constitutivamente dividido, desde la metapsicología freudiana al modelo borromeo de Lacan pasando por la posición esquizo-paranoide en Klein. El sujeto moderno es, para todos ellos, un sujeto dividido. Pero no por ello necesariamente enfermo.

La enfermedad parece resultar no tanto de la división del sujeto (como sostuviera Bleuler) como del fracaso en el trabajo reconstituyente al que se ve impelido. Aunque los pucelanos asumen una “definición del sujeto vinculado consustancialmente con la locura” y sentencian que “al sujeto le define, antes que nada, la alienación”, matizan un tanto su propuesta al considerar la “transformación subjetiva que sobreviene con la modernidad” como el “contexto (…) donde germina la discordancia esquizofrénica” (destacados nuestros, también en el resto del párrafo). Y con el mismo símil sostienen los del CSIC que la cultura moderna lleva “en su núcleo el germen y el fundamento de su propia alienación”. Asumido el “potencial de alienación que comportan las estructuras de la subjetividad moderna” (NH), este germen moderno no causará enfermedad (será patógeno) sino en el (fallido) discurso anudador o reconstructivo del sujeto ya diviso.

El espacio interior inaugurado por la modernidad no parece así tanto implicar enfermedad como posibilitar su “constitución como “objeto cultural”” (NH), como discurso. En la modernidad cabrá situar -escriben Álvarez y Colina- su “origen histórico”, y la asunción del “proyecto reflexivo del yo” (Giddens) que le es propio la convertirá, en palabras de los del CSIC, en una “condición culturalmente posible”. Esto es: la modernidad no enfermará al sujeto sino que posibilitará el discurso de una división que, defendemos, viene de antiguo. La explicitará y le dará el nombre y forma que ahora conocemos. No en balde destacan nuestros autores la inexistencia de relatos compatibles con la enfermedad anteriores al siglo XIX, pues, como sentencian con rotundidad los pucelanos: “la esquizofrenia no es una enfermedad de la naturaleza sino de la cultura y de la historia”. No es una enfermedad, es la narración histórica de una vivencia antigua del hombre, el retrato de la brecha -por temor cerrada- que podía hacerlo libre.

LA CIENCIA

Esta herida interior operada por la modernidad, esta pérdida de la coincidencia del yo consigo mismo que atribuyen Álvarez y Colina a la revolución cartesiana, la vemos pronto desenmascarar al que será su verdadero antagonista: la ciencia. Afirman que la esquizofrenia “(s)ólo se puede encontrar desde el momento en que los modernos entregaron media cabeza a la ciencia para quedar desde entonces divididos, escindidos”. Y no sólo consideran la esquizofrenia como consecuencia de la ciencia sino como su mismo síntoma e, identificándola con su tiempo, llegan a afirmar que el “esquizofrénico es centinela de la modernidad”.

Acotan más Novella y Huertas al recoger de Sass y Stanghellini la equiparación entre experiencia esquizofrénica, “conciencia moderna y su ciencia positivista”. La escisión vendrá dada en todo caso por una ciencia entendida desde la restringida perspectiva del conocimiento positivo que procede a un uso artificial, alienado, del lenguaje. El modelo galileano de Descartes no supone per se la rendición a la ciencia que Pascal reprocha a los modernos, en todo caso un “giro en la teoría científica” que no entendemos como entrega sino antes bien como conquista. Epistémica, pero fundamentalmente ética, en un viaje compartido desde Platón, en quien ya hallamos una “estrecha relación entre la explicación científica y la visión moral” (Taylor).

La ciencia representacional sigue el camino de interiorización de las fuentes morales acometida por Agustín en respuesta a la dependencia platónica del orden cosmológico. El nacimiento del sujeto moderno es pues en primer lugar un requisito ético, y la apuesta instrumental de Descartes participa del reconocimiento de la autonomía del sujeto, del ensalzamiento de su prohairesis u opción moral (en el étimo griego se ve ya la antigua concepción). Para ello era en efecto preciso asumir una perspectiva que Taylor denomina desvinculada, desencarnada traduce Stanghellini, y liberada decimos nosotros frente a la griega y ciega salvaguarda de los fenómenos (su sosein ta phainomena), su entrega (esta sí) a las cosas, su puro dejar entrar en presencia de lo que se muestra, sin el filtro de la representación y del lenguaje. Pues, como leemos en nota a la traducción de Lob der Theorie de Gadamer, gracias “a la palabra adquirimos la distancia que nos hace libres para escoger el bien, y la libertad para saber”. Lo explicita Taylor al sostener que “(e)l desafío en nombre de la libertad es específicamente moderno”, y a ese mismo ámbito moral circunscribe Foucault en su historia de la locura el decimonónico surgir de esta: “La folie du XIXe siècle, inlassablement, racontera les péripéties de la liberté”. Tomar conciencia de la libre posibilidad de un control instrumental del mundo, trasladar las ideas del orden óntico al intrapsíquico, nos permite adueñarnos de nosotros mismos, nos devuelve “las fuentes de la fortaleza moral”, y nos convierte en agentes de nuestro propio devenir, ya no dependientes del encuentro con el mundo de las ideas sino constructores de nuestro propio mundo interior.

EL LENGUAJE INTERIOR

Liberados de la tenaza cosmogónica empuñaron con angustia esa horma empobrecida…

En ese tiempo antiguo en “que los griegos no tenían ningún término para lo que nosotros llamamos lenguaje” (AC) se hallaban (sin ciencia y sin dolor) sometidos al cosmos, identificados con él, rendidos a la “íntima unidad entre la palabra y la cosa” (AC). La moderna emancipación del lenguaje, su “independencia creciente” (AC) y la consiguiente libertad de uso en la búsqueda de un sentido que ya no viene dado, avivarán una responsabilidad que será vértigo ante el descubrimiento de que “la representación no alcanza a revestir la realidad”. Frente al abismo que nos separa del mundo la ciencia positiva intentará aferrarse al significante, optará por un uso artificial del lenguaje que pretenderá saisir o agarrar un mundo que la excede. En su desesperación botará un lenguaje a la deriva, sin anclaje, que verá volver con extrañeza cuando esperaba todavía que fuera a encajar con la realidad, con lo Real y el noúmeno. Pero, oh, gravity

Cabrá reconocer entonces como fenómeno prominente el xenopático, esa vivencia de extrañeza que rescatan los del CSIC como vertebradora de la propuesta schneideriana, y que los pucelanos extraen directamente del alienismo francés. La extrañeza de la propia actividad psíquica que, indefectiblemente, no coincide con el mundo. Pero si “el sujeto alucinado se nos presenta sobre todo como un ser que no ha podido o sabido defenderse de la presencia xenopática del lenguaje” (AC) será porque su uso se le escapa y se atora en su dominio; será porque, agorafóbico, sigue ansiando el “logos óntico” en el que se hallaba constreñido, ese mundo del que no se distinguía y en el que la virtud resultaba del mero conocer sin elección.

Científico y esquizofrénico niegan ese espacio, abierto a lo interpretable. Todo en ellos es afán de certeza, intento de fusión del mundo con la idea.

Ya entre los griegos se libró la lucha contra la omniabarcante razón y la estoica prohairesis delata en ellos algún tipo de interioridad. Parece ser que la esquizofrenia ya estaba, la angustia del hombre ante la libertad de elección y conocimiento, ante el descuadre; sólo faltaba la científica cobardía que le diera nombre, y voz (su expresión “por excelencia” y “más reveladora”), pero no un lugar de reunión, de encuentro en la palabra.

***

ÁLVAREZ, J.M., COLINA, F. (2011), Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad. Frenia (XI), 7-26

NOVELLA, E.J., HUERTAS, R. (2010), El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia. Clínica y salud (21; 3), 205-19, doi: 10.5093/cl2010v21n3a1

TAYLOR, Ch. (1989), Sources of the self. The making of the modern identity, Cambridge, MA, Harvard University Press

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El reto hermenéutico de F. Colina por el Foucault de Royaumont

Por Sergi SOLÉ PLANS


Al meu pare

Hôpital Auxilaire D’Armée 30 - Abbaye de Royaumont (Norah Neilson Gray, 1918. Helensburgh public library)

Hôpital Auxilaire D’Armée 30 – Abbaye de Royaumont (Norah Neilson Gray, 1918)

Fernando Colina se apea en su último libro, Melancolía y paranoia (2011), del “reto hermenéutico” que nos propusiera una década atrás en el trabajo “Actualidad hermenéutica de las psicosis” (2002).

En FENOPATOLOGICA analizamos este cambio de rumbo a la luz de la ponencia de Michel Foucault “Nietzsche, Freud, Marx” pronunciada en julio de 1964 en el marco del 8ºColloque de Royaumont.

 

INTERPRETACIÓN

“Desde la primera aparición de la palabra “hermenéutica” en el siglo XVII, el término designa la ciencia o el arte de la interpretación”, nos sitúa Colina. Algo más precavido se muestra Foucault al reconducir la propuesta recibida de los organizadores del coloquio de Royaumont hacia “algunos temas relativos a las técnicas de interpretación en Marx, Nietzsche y Freud”. Avisado de los alcances diversos del término, le sacude las connotaciones filosóficas para ceñirse a la técnica, al método, con que “rastrear el lenguaje”. También Colina se atendrá en 2002 a su carácter propedéutico, a “las condiciones racionales, previas a cualquier consideración propiamente psicopatológica, que la hermenéutica nos puede proponer”, preservándola así de la arena psiquiátrica a que la invita. Aunque se apresura a una lectura del concepto como amplio frente anti-positivista, querrá ofrecer una intelección de la hermenéutica como “ciencia del diálogo y de las preguntas” abierta al problema de la psicosis; y reconocerá su aprioricidad al afirmar que “la perspectiva hermenéutica ha fecundado el conocimiento de la psicopatología del psicótico”.

Aunque no recula tanto como Foucault, quien se retrotrae a la interpretación por semejanza del siglo XVI, se mantiene fiel al XX y no reformula todavía la hermenéutica a partir de la psicosis. Sí pretende una hermenéutica que podemos llamar psicopatológica, que se ofrece a la psiquiatría y pregunta por las condiciones generales bajo las cuales puede tener lugar la comprensión que le es propia; y aunque destaca “la importancia que adquieren los desarrollos patológicos del pensar para el estudio del conocimiento” no se aventura todavía a la inversión que terminará en Melancolía y paranoia leyendo la hermenéutica entera a través de la clínica, a través de esa bisagra conceptual y vector de la paranoia que es la interpretación.

Veamos cómo se ha producido este desplazamiento.

INTERPRETANDUM

Cuando Colina habla en Melancolía y paranoia de interpretación lo hace casi siempre en un sentido de desmesura, ya sea como “saber excesivo y arrogante que elimina cualquier posibilidad de comprensión” o como pensamiento débil que construye un “universo racional restringido”. Aunque en algún lugar le concede una lectura favorable como “apertura generosa del sentido”, no tarda en advertirnos del inherente peligro que la “bloquea si cierra su contenido en una verdad”. Es tal el rechazo que define su propuesta precisamente a la contra, como aquel pensar “que nos permite trascender la interpretación”. Con esta (legítima) restricción de significado opta Colina por presentar la vertiente más deficitaria y anquilosada del término, extraída del gesto último del paranoico que -en su defensa del otro- echa mano de la idea más rígida, del más pesado concepto.

Este carácter inflexible; esta propiedad de detención, fijación y saturación del significado que entiende Colina como “la muerte del saber” perpetrado por la interpretación, lo identifica Foucault muy al contrario con la ausencia del movimiento interpretativo, reconociendo en éste el único modo de transitar la inagotable red de signos que es nuestra existencia. El único modo sin tropezar y hundirnos.

Si para Colina el paranoico fracasa por su apego a la interpretación, para Foucault la experiencia de la locura se da sólo al (creer poder) prescindir de ella. Cuando se pretende saldar de una tacada la desesperación, noquearla al primer asalto, y dar por definitivo el golpe inaugural, simple arañazo (absurdamente definen algunos delirar como apartarse del surco, cuando no es sino permanecer obstinadamente en él, en ese primer rasguño).

El riesgo de caer en el vacío de la significación deviene sólo cuando no se interpreta bastante; cuando se acepta la idea más precipitada, siempre la más pueril y por descontado insuficiente, para dar cuenta del universo hablado que sin descanso nos interroga. Cabría acogerse a la saludable propuesta de Colina: diferir todo intento explicativo para arrellanarse en la contemplación. Pero renunciar a un relato propio es someterse al recibido, pues “nunca cesa de haber por encima de todo lo que habla -nos recuerda Foucault- el gran tejido de las interpretaciones violentas”. Ya alertó Nietzsche del carácter impuesto de la interpretación o, mejor dicho, del ya siempre interpretado del mundo.

Lo que ocurre al paranoico no es que se entregue a la interpretación, sino que lo hace con la primera que pasa, con una que “se remansa en su creencia de que maneja todos los hilos del saber” como escribe Colina; y que dimite con ello de la hermenéutica “obligación de interpretarse ella misma al infinito” que recoge Foucault. En 2002 se lamentaba Colina de que el psicótico se “aleja de la hermenéutica en la medida en que se desentiende de la finitud y contingencia de la interpretación, comportándose en su delirio como si hubiera dicho todo (…) se aferra a un conocimiento inamovible del que no se puede desembarazar mínimamente, ajeno a la deseable corrección incesante de uno mismo”. Pero en 2011, abandonada la apuesta hermenéutica, el cambio que se contempla -más que defiende- es un tímido “diferenciarse dulcemente de sí mismo”, tan dolce

En resumen, si para Colina la salud es una apuesta por demorar, alejar o rehuir la interpretación; para Foucault no se puede sino revolucionarla sin tregua, forzar el giro del pensamiento para evitar la precipitación. Dos reacciones opuestas ante la alarma del turingio: el castellano éxtasis y el incesante movimiento circular del francés.

INTERPRETANS

Al leer en Melancolía y paranoia acerca de un pensar que descarta la necesidad de concluir en una verdad objetiva evocábamos la resistencia hermenéutica, que se niega un fin y entiende -como describe Foucault- que “la interpretación debe interpretarse siempre ella misma y no puede dejar de volver sobre ella misma”. Pero no. Cuando se trata de hallar alternativa a la interpretación paranoica, esa que “dificulta la comunicación de unos con otros debido a la rigidez del sentido y a la desconfianza que incorpora su inmovilidad”, no ve Colina en la hermenéutica sino un dejarse llevar “por el vértigo del sentido”, en verdad propio de ese “tiempo de la interpretación que es circular”, inconcluso e infinito, trazado por Foucault.

No parece Colina terminar de acomodarse a la lectura hermenéutica de Gadamer por la que el “texto poético nunca puede ser agotado transformándolo en conceptos”, aunque acceda en la página siguiente a un pensamiento que “tolera un valor más ingrávido y móvil de las representaciones”. Frente a la avalancha de significados no se deja arrastrar y se refugia en el éxtasis; apuesta por una contemplación que tolera sin agotarse, resignada y boquiabierta, ya sólo “relativamente lírica”; y se distancia de la defensa que en 2002 hiciera del programa del marburgués rebelándose contra la “pasividad en la espera” y enfatizando que “no supone apostar por una mística del silencio o de lo inefable”.

Colina opta por adherirse, entre el pasmo paranoico y el gadameriano mareo, al “uso psicoanalítico” de la interpretación. Si paranoia y hermenéutica son dos modos contrapuestos de ella, cerril la una y veleidosa la otra, pretende mediar en ello con la psicoanalítica. Aunque no atisbamos cómo pudiera hacerlo, lo que resulta claro es que Colina ha renunciado al reto hermenéutico que proponía en 2002, ese por el que se “nos fuerza a intentar desprendernos algo de la excesiva dependencia del psicoanálisis, en especial cuando se torna categórico y proclive a la interpretación terca e intimidatoria”, a saber, cuando se vuelve algo paranoico. Tal vez porque haya mermado el temor por una paranoia de la que en su tesis actual todos somos partícipes; o porque entienda el psicoanálisis como disciplina más transigente de lo que la veía entonces, no parece necesitar ya a la hermenéutica para conjurar los riesgos totalitarios de un modelo psicopatológico en verdad hegemónico (su adversario natural no puede, ciertamente, opugnarlo con su semiología ramplona).

Lo relevante al fin es que con esta nueva aproximación, para consuelo de unos y como acicate nuestro, a la doctrina psicoanalítica, Colina sigue retándonos a pensar, “en su acepción fuerte” y libre de vasallajes, la psicopatología; y que aviva sin duda, como señala José María Álvarez en su reseña, nuestro “entusiasmo por el saber”.

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FOUCAULT, M. (1966), Nietzsche, Freud, Marx. En DELEUZE, G. (dir.), Cahiers de Royaumont, Nietzsche, París, Les éditions de Minuit

COLINA, F. (2002), Actualidad hermenéutica de las psicosis. Frenia (II), 109-19

COLINA, F. (2011), Melancolía y paranoia, Madrid, Editorial Síntesis

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