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Habermas, ¿una ética para la psicosis?

Textos complementarios a la comunicación

Una ética para la psicosis. Habermas: del neoaristotelismo a Kant.

que se pronunciará en Barcelona el próximo día 24 de noviembre en el marco del

VII Congreso Internacional de Bioética


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[A] Frente al ideal moderno de un individuo que decide sus finalidades y propósitos con independencia de los contextos de referencia culturales, el comunitarismo concibe la identidad individual como algo que se teje en las relaciones significativas con los otros.

Charles Taylor, en defensa del comunitarismo, DANIEL GAMPER

 

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El delirio, ni excéntrico ni ejemplar

La mayéutica socrática frente al aristotelismo de Gomá Lanzón

Texto marco de la comunicación Delirio y ética de la excentricidad pronunciada por Sergi Solé Plans el 26 de noviembre en el VI Congreso Internacional de Bioética de la Universitat de Barcelona


Trabalhemos ao menos -nós, os novos- por perturbar as almas, por desorientar os espíritos. Cultivemos, em nós próprios, a desintegraçao mental como uma flor de preço.

F. Pessoa, 1915

Antes el problema era que el yo estaba alienado, ahora más bien que no lo está lo bastante.

J. Gomá Lanzón, 2009

 

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Lykeion, Atenas (2014)

 

LA DEFINICIÓN DEL delirio como error es una de las más desafortunadas de la psicopatología. Lo reconoce Jaspers, lo demuestra Spitzer, lo asume el cognitivismo sutil de Rhodes y Gipps (2008), y se dedica a ratificarlo la revista World Psychiatry en su número del pasado mes de junio.
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Los hombres de Novella

– Es usted un desalmado, un cartesiano que droga a los hombres tal que máquinas sin afectos.
– Señor, prescribo en verdad remedios y en bien estimo la obra del francés. Tengo con todo que un hombre de ciencia puede serlo también de compasión.
– Eso, muy señor mío, sería cosa de ver.

SJ Duval, Mojiganga de los remedios

 

Lugar de meditación en la casa Cordelles (s.XVI-XVII)

Lugar de meditación en la casa Cordelles (s.XVI-XVII)

LEEMOS CON USUAL provecho el trabajo de Enric Novella Cinco variaciones y una coda sobre la historia cultural de la psiquiatría (2014), breviario de su monografía La ciencia del alma. Locura y modernidad en la España del siglo XIX (2013). Se presenta en esta ocasión el valenciano con el médico catalán Joan Giné i Partagàs, pionero de la psiquiatría española, higienista, organicista, firme partidario del non-restraint y valedor de la “conquista del mundo psicológico [como] elemento verdaderamente constitutivo y singular del alienismo”. Giné se revela figura de hondo pensamiento y matizado perfil, cosas de un organicismo ya olvidado. Novella retrata esa época, el contexto, los hombres que cimentaron la naciente medicina mental. Evocamos aquí dos de sus protagonistas, los hombres psychologicus y cerebralis.

HOMO PSYCHOLOGICUS O SUSTANCIA PENSANTE

Nos recordaba Enric Novella en otro lugar (2009) cómo el alienismo positivista bien puede, siguiendo la cita de Giné, entenderse “como un proyecto de indagación sistemática en la subjetividad”. Que las pesquisas hayan tomado un cariz normativo y totalitario o humanista y emancipador, según dispares lecturas de Michel Foucault o Gladys Swain, es asunto que dejamos aquí abierto. Lo innegable es que los padres de la psiquiatría atendieron la alteridad, escucharon a ese otro que la sociedad decimonónica vino a descubrir en el exótico salvaje y en la locura asilar. Pero ese otro sólo podía reconocerse como tal, distinto y ontológicamente libre, si no era tomado como mero objeto de diversión o asombro; sólo podía ser reconocido como sujeto “[r]ompiendo con la tradición, erosionando las viejas ataduras estamentales o gremiales y forzando al individuo a conducir su propia existencia”. Reconocer al otro iba a suponer un costoso trabajo personal. El nuevo orden había alumbrado una conciencia que, como bien apunta Gomá Lanzón, “ya no se deja asimilar tan fácilmente como antes a una función cósmica o (en términos actuales -escribe-) social; por el contrario, ahora su ser se afirma en abierta diferenciación con el mundo”. Conquistados el desamparo, la extrañeza, la inhospitalidad, la pérdida de ese “aire común que cabe esperar de cuanto pertenece a un mismo cosmos” (Gomá Lanzón); arrojado el sujeto a ser “subjetividad obligada a construirse” (Novella); pertrechado de novelas de educación, diarios y confesiones, intenta domeñar esa “individualidad desbordante” cincelada en el cadalso.

¿Acaso no es este sujeto liberal el mismo predicado por Foucault, sintetizado por Schmid y presentado por Novella (2007) como “sujeto ético que se constituye mediante la conducción de sí mismo como individuo concreto”? ¿No es este nuevo ciudadano el vivo ejemplo de una subjetividad que “se constituye esencialmente en la esfera de la acción o la razón práctica”? ¿No es esta actitud de cuidado de sí la misma de esa Antigüedad que otros ven tan distinta de nuestra época “despersonalizada” (Gomá) y patologizante (Colina, léase Esquizofrenia en el seno de la modernidad)? ¿Cómo pueden verla unos libertina y desalmada los otros?

HOMO CEREBRALIS O SUSTANCIA PESANTE

La despersonalización es en efecto, para Gomá, el pérfido reverso del subjetivismo propio -¡alerta!- de la época moderna, fruto de una supuesta “asociación que la modernidad estableció desde el principio entre subjetividad y excentricidad de vida”; esto es, en la osadía de querer decidir el propio camino. Curiosamente la crítica usual a la modernidad científica lo que le reprocha es precisamente lo contrario: haber atado al sujeto a un determinismo biológico de peculiar raigambre cartesiana tras liberarlo en un gesto poco menos que cínico según algunos, Foucault entre ellos de las cadenas que impusiera el gran encierro del Rey Sol. Mas resulta que la ciencia moderna, siguiendo la tradición hipocrática y galénica así como la distinción médico-sacerdotal del Renacimiento europeo, venía respetando con exquisito escrúpulo los dominios del alma: “no es asunto de los médicos conocer lo que es la mente”, sostenía Boerhaave ya en el XVIII como muestra Novella. La modernidad prerrevolucionaria ejercía un no-saber/no-poder que rehuía toda idea de dominio.

No parece así que fuera el paradigma cartesiano del hombre máquina el que propició un estudio fisiológico del psiquismo sino la noción, más ilustrada que moderna, del hombre sensible. Fue el reconocimiento de la libertad del otro, del homo psychologicus, el respeto de la diferencia como tal, lo que condujo a “las élites ilustradas a cuestionar la naturalidad de las distinciones sociales, a relativizar la condición propia y a interrogarse por la naturaleza común a todos los hombres”. Ese fue el mordisco en la manzana, el homo cerebralis como tentación del hombre libre, y moderno. Antes bastaba con ceñirse a lo mortal y, lo más, flirtear con los demones.

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GOMÁ LANZÓN, J. (2014), Tetralogía de la ejemplaridad, Madrid, Editorial Taurus

NOVELLA, E. (2014), Cinco variaciones y una coda sobre la historia cultural de la psiquiatría, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. (34; 121), 97-114

NOVELLA, E. (2009), De la historia de la psiquiatría a la historia de la subjetividadAsclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia (LXI; 2), 261-80

NOVELLA, E. (2007), Foucault, la psicoanàlisi i el subjecte, Quaderns de filosofia i ciència (37), 29-38

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Frónesis, una conversación civilizada

 

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En la acepción humanista de procedencia latina, el sensus communis alude a esa suerte de conocimiento práctico (en parte equivalente a la phrónesis de los griegos) que nos permite concebir objetos, situaciones o la conducta de otros desde un horizonte compartido de sentido o, dicho en los términos empleados por Blankenburg, desde una “evidencia natural” o prerreflexiva.

Enric J. Novella y R. Huertas

 

¿POR DÓNDE EMPIEZA el ejercicio de la psiquiatría? ¿Por el saber general? ¿Por el individuo concreto? ¿Debe entenderse desde la validez o desde el sentido? ¿Es ciencia a secas o del espíritu? ¿Es una ciencia humana?
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Bioética de lo incomprensible

XXV Aniversario de la conferencia Hermenéutica y psiquiatría de Hans-Georg GADAMER


 

Folk epistemology en Pilon's street

Folk epistemology en Pilon’s street

El arte de interpretar, llamado hermenéutica, tiene que ver con lo incomprensible y con la comprensión de lo que hay de desconcertante en la economía mental y espiritual del hombre.

H.-G. Gadamer



María G. Navarro, filósofa del CSIC y autora del blog folk epistemology, publicó en verano de 2007 en la revista ARBOR un trabajo por el que a la fuerza nos teníamos que sentir interpelados: Crítica a la psiquiatría clínica desde una hermenéutica bioética. Analizamos aquí el concepto de incomprensibilidad en él ofrecido y sus implicaciones para los requerimientos éticos de la psiquiatría clínica.


SE PREGUNTA MARÍA G. Navarro si el discurso psiquiátrico puede ser entendido “en los términos de una hermenéutica que se ignora, pese a su latencia, en el seno de una ciencia experimental”. Releemos. Despacio. Esto es o así entendemos: si bajo el discurso superficial de una medicina basada en pruebas que censura siguiendo a José Lázaro (Entre pruebas y narraciones), late como posibilidad en psiquiatría la comprensión narrativa del sufrimiento. Se trata de saber si la medicina es capaz de, más allá de las “objetivaciones masivas” que según Gadamer dominan al psiquiatra, enfrentar el hecho de que tal como él afirma, Navarro transcribe y nosotros suscribimos: ”la inquietante oscuridad que rodea las enfermedades mentales no deja de ser incomprensible, aunque el médico disponga de los medios necesarios para dominar la enfermedad, como, por ejemplo, los psicofármacos”.

La psiquiatría, definida según Navarro por su carácter manipulativo (pp. 585 y 594) se habría contentado con “dominar” la enfermedad relegando, obstaculizando incluso, la comprensión del sujeto. Pero prosigue Gadamer, aunque Navarro ya no lo reproduce, con las siguientes palabras: “En la sociedad que debería existir entre médico y enfermo subsiste, en muchos de estos casos, un abismo insuperable. En apariencia, no hay hermenéutica que ayude a franquearlo. Y, sin embargo, la camaradería entre estos dos seres humanos debería reclamar sus derechos. El médico -y quizá también el paciente- debe esforzarse por lograrla”. A pesar de la incomprensibilidad que “rodea” la enfermedad, no considera pues Gadamer que la psiquiatría haya claudicado en su vocación de acompañar al sufriente. Lo mismo defendía Karl Jaspers quien, si bien consideraba “que la enfermedad no reside en lo susceptible de comprensión, sino en lo incomprensible”, nos impelía a acercarnos al hombre que (la) padece: “Donde los síntomas parecen tener que ver con nexos de sentido comprensibles, es transitado el camino de la comprensión para ayudar humanamente a través de una comprensión lo más profunda posible”. Apelan ambos a la humanidad, a la camaradería, mas refulge pronto un matiz: si para el psiquiatra la enfermedad “reside” en lo incomprensible, si le es -digamos- esencial, para el filósofo la oscuridad sólo “rodea” el sufrimiento, le es circunstancial y sería, por tanto, disipable. Esta es la postura defendida por la filósofa del CSIC al sostener que la enfermedad no es un “estado esencial de hombre alguno” sino resultado de acciones, en este caso del artificio psiquiátrico: “esa oscuridad es efecto del lenguaje psiquiátrico (que) cubre, en efecto, de una inquietante oscuridad lo que, según el punto de vista que aquí se sostiene, deberían comprenderse como respuestas (de múltiples y variadas modulaciones) ante acontecimientos de una resonancia emocional trágica o terrible”. Pero si la envolvente negrura es obra de la psiquiatría cabrá entonces, como escribíamos, aclarar esas respuestas desarticulando las estratagemas del científico someter. Rescatando a la psiquiatría del paradigma positivista en el que andaría perdida, alejada “de sí misma, de su verdadero rostro”, ella misma alienada, y devolviéndola al de la narratividad que se le supone propio debería ser posible restituir la comprensibilidad al sufrimiento. Pero ¿es en verdad la psiquiatría artífice de tal embrutecer? ¿Es eso lo que sugiere Gadamer?

La conferencia de la que se extrae el citado concepto de incomprensibilidad, Hermenéutica y psiquiatría, fue pronunciada en el Congreso de Psiquiatría de San Francisco de 1989. Si atendemos al desarrollo del argumento allí expuesto creemos se aclararán las responsabilidades. Comienza la digresión con la referencia platónica por la que pensar es “escuchar las respuestas que nos damos a nosotros mismos o que nos son dadas, cuando elevamos lo que es incomprensible a la calidad de una pregunta”. Lo incomprensible es, por tanto, el objeto del pensar, en general. Partiendo de esta premisa y de forma únicamente derivada ocurrirá, se nos dice, que “el psiquiatra reconocerá inmediatamente la proximidad de estos puntos incomprensibles respecto de aquellos que él encuentra en las enfermedades espirituales y mentales de las que debe ocuparse”. No generará confusión ni enturbiará el discurso, sino que “reconocerá en” su práctica clínica aquello que es propio de un pensar precisamente hermenéutico. No consideraba Gadamer que la psiquiatría se hubiera abandonado en “el seno de la ciencia experimental”, sino que le reconocía muy al contrario el esfuerzo por mantenerse “en el delgado límite que media entre el terreno del conocimiento propio de las ciencias naturales y su penetración racional en el acontecer natural, por un lado, y la confrontación con los enigmas mentales y espirituales, por el otro”.

No creemos que en los veinticinco años que nos separan de la conferencia californiana de Gadamer la psiquiatría haya cejado en su empeño por suturar la que Navarro denomina “dilemática disección entre hechos y valores en las ciencias experimentales”. Lo viene haciendo de muy atrás (Hönigswald, 1929) y por muchos, entre ellos el aludido Valdés, pero de forma notoria Bill Fulford mediante su insistente reintroducción en psiquiatría de los valores no epistémicos; invitándonos -más allá de las pruebas- a una práctica basada en valores (Values Based Practice). Y si efectivamente entre esos valores la psiquiatría “puede ser analizada desde el punto de vista de su presunta moralidad”, creemos que en lo que atañe al concepto de incomprensibilidad responde con solvencia a los requerimientos que desde la hermenéutica bioética Navarro aquí le plantea.

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G. NAVARRO, M. (2007), Crítica a la psiquiatría clínica desde una hermenéutica bioética, Arbor (CLXXXIII, 726), 581-97 doi:10.3989/arbor.2007.i726.128

GADAMER, H.-G. (1993), Über die Verborgenheit der Gesundheit, Frankfurt am Main, Suhrkamp

JASPERS, K. (1983), Wahrheit und Bewährung, München, Piper

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