La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: comentario

Este artículo forma parte de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann Glatzel, publicado en la revista Nervenarzt en 1990.


 

SI ESTE TRABAJO resulta significativo de entre todos aquellos que critican la inconsistencia de la psiquiatría, ponen en entredicho su rigor y legitimidad científica, cuestionan los resultados o los procedimientos y proponen alternativas tratando de abrir nuevas vías que invariablemente acaban ofreciendo las mismas limitaciones, es porque señala de forma certera y diferente al centro del asunto y permite enfocar la cuestión de una forma más radical y, creo, más fructífera. Enmarca la experiencia psiquiátrica más allá de las cuestiones metodológicas que pudo haber realizado el positivismo, que se lía dando vueltas a lo mismo sin atreverse a mirar con más ambición y profundidad, y yendo por detrás de ellas, trata de escapar a los designios de una psiquiatría que pretende emular los éxitos de la medicina basada en procedimientos experimentales poniendo de manifiesto la paradoja de que cuanto más objetiva se quiere, más fracasa en dar alcance conceptual y clínico a sus problemas. Que a base de fijar determinantemente su objeto, éste se le deshace entre las manos y deja de tenerlo. De modo que para abrirse a su experiencia no teme abordar cuestiones dejadas fuera de consideración, que eran y son tomadas por improcedentes o contraproducentes para el conocimiento psiquiátrico al uso, es decir, aquel que tiende a considerarlas usando un abordaje meramente positivo. También me parece importante en la manera de fracasar en la resolución del problema planteado, en cuanto que pretendiendo un saber propio para la psiquiatría quiere que éste sea hacedero adoptando una mirada de validez transindividual, que cifra en una posición antropológica capaz de ofrecer unidad experiencial a la práctica psicopatológica. Así, con lo que se gana haciendo de la psicopatología el centro de la actividad intelectiva del psiquiatra, se pierde al depositarla en una modalidad existencial definida, como si con esto se pudiese detener el movimiento del pensar, como si se pudiera salir fuera del todo y hablar de él, como si fuese dable llegar todavía a tiempo para poder acceder al decir inaugural. Y aquí nos devuelve y se equipara con otras propuestas que no alcanzan las pretensiones de partida.

Importa señalar que en la argumentación acerca del método se tocan presupuestos filosóficos que se hacen fructíferos aquí precisamente cuando se vinculan a cuestiones psicopatológicas relevantes. Y si en esto acierta este trabajo, no obstante, también hay que decir que no se llevan hasta el final ni unos ni otras. Y por eso cabe albergar la posibilidad de darles alcance conceptual extremando el argumento. Así, el autor nos presenta una paradoja que se pone de manifiesto en el uso anfibológico de términos como objetividad y experiencia, ambos términos se relacionan a través de una noción de verdad. Y despliega todo esto mostrando cómo se organiza el lenguaje psicopatológico desde la psicología y, atravesando más de cien años de psicopatología alemana, nos muestra cómo se contraponen en la noción esquizofrenia la riqueza de manifestaciones de la locura en toda su variabilidad, en todas sus diferencias, en los complejos fenómenos que involucra, frente a la pobreza de aquel que diagnostica tratando de enunciar solo por criterios operacionales o por medio de descripciones observacionales. Pues bien, creo que no saca las consecuencias que arrastra esa secuencia argumental que implica el conocer en cuanto relacionalidad, incluso en alguien como el autor que ha propuesto una psicopatología interaccional.

La cuestión de la objetividad, por ejemplo, es un asunto estrictamente filosófico que con el tiempo ha ido perdiendo esa vinculación para presentarse como algo comprensible de suyo y, todo lo más, revistiendo una significación de tipo procedimental. Pues bien, abordar la objetividad como tal problema se puede decir que no es habitual en nuestro gremio. Más bien es un lugar común entre nosotros el hacer un uso defectivo de lo que significa subjetividad, precisamente como opuesto a objetividad. Si nosotros fuésemos sólo médicos, y no además psiquiatras, esta acepción, sin ser correcta podría ser aceptable, podríamos ahorrarnos su planteamiento y seguir inasequibles al desaliento legitimando nuestra pretensión de verdad sobre la base de la determinación de la causa eficiente hasta donde sea (histológica, celular, molecularmente, etc.). Porque precisamente la medicina ha llegado a ser lo que es, ostenta su incuestionable éxito, por haberse instalado eficazmente en ese lugar, llevando la indagación etiopatogénica allí y dejando de lado como residuo, como resto, desde luego una parte importante de su tarea, producto de descomponer al sujeto como integridad y haberse quedado sólo con órganos, aparatos y sistemas. Sin embargo, ese efecto de desmantelamiento del sujeto importando a la conceptuación de la medicina como actividad, no llega a comprometer la eficacia de sus resultados tomados en bloque, resultados que incuestionablemente ofrecen un notable rendimiento. Es decir, a la medicina le ha compensado y le compensa con creces haber renunciado al abordaje del hombre enfermo en su integridad en favor de abordar las enfermedades que le acometen por partes, en los órganos, aparatos, sistemas, o en cuanto moléculas, células o tejidos. Pero en psiquiatría aunque hayamos querido ir allí, creamos haber estado siempre viviendo allí, pensemos en estar ya allí, deseemos mudarnos y habitar allí, porque allí se está muy bien, simplemente no ha sido ni es así. No hemos estado allí nunca, ni vamos a poder estar en los términos en que lo hace la medicina. Ya sé que la mayoría de nosotros no piensa así, pero si nos abrimos a la historia de la psiquiatría y ejercemos la profesión con los pacientes, donde se presentan, no en las formas de distanciamiento en que ideológicamente nos instalamos, no hay otra alternativa. Y esto es lo que hace este trabajo, va de esto, va de decir esto, nada más y nada menos. Pero lo dice afirmativamente, para construir a partir de este hecho diferencial, no para repudiar o menospreciar la psiquiatría por no ser objetiva o por no poder serlo. La psiquiatría no admite la descomposición que ha llevado a cabo con éxito la medicina. Nos pongamos como queramos nosotros como psiquiatras no compartimos ni la misma capacidad discriminante ni la misma eficacia reductiva en términos analíticos, ni por tanto terapéuticos. Precisamente por eso en Psiquiatría continuamente hay este tipo de artículos, como es el caso, y por eso me parece pertinente escribir este comentario en este momento, 30 años después de su traducción.

Glatzel nos recuerda oportunamente cómo se ha querido instalar la psiquiatría en la positividad de la psicología, por ejemplo, con Wundt, y cuando hace esto realiza el mismo ejercicio que se pretende al asentar exitosamente la fisiopatología como medicina experimental. Lo que pasa es que esto no resulta por más que se pretenda. Esta pretensión está asumiendo una postura realista, más bien ingenua, que no obstante, se aviene perfectamente con la teoría de la verdad que le permite postular y ejercer una psicopatología empírica. Es decir, está aceptando que los hechos coinciden con las proposiciones que los describen. Además, acorde con esto, se somete toda la variación y diferencia bajo una misma representación a base de oposición, analogía, semejanza o identidad. Así, la definición nominal se establece como una herramienta decisiva a la hora de encauzar los hechos, la experiencia. Con ello se obvia el carácter mediato de la relación cognoscitiva con algo, que lo es reduplicativamente cuando se trata de algo que es alguien. Salta a la vista desde el mismo título la oposición entre empirismo y psicopatología y desde luego esto es algo que de entrada no resulta fácil de entender. Porque la psicopatología debe ser una tarea empírica, se ejerce con y sobre los pacientes. Se advierte al pronto que el uso del término empírico que se hace en el texto contiene algo inconveniente para la tarea psicopatológica, y lo que es más importante, se imputa a los más destacados psicopatólogos la responsabilidad de haber inoculado en el seno mismo de la psicopatología el germen de su propia disolución, precisamente porque lo que este término lleva adherido es nocivo para la práctica psicopatológica, como es generar la vana expectativa de que con sus proposiciones descriptivas acceda a hechos que revelan clara y distintamente la actividad de la mente como expresión inmediata de un estado cerebral. 

A lo largo del texto se asiste al despliegue de esa componenda que viene a ser la construcción de experiencia psicopatológica entendida como una herramienta, es decir, como si fuese algo externo a la cosa misma, como un utillaje que un psiquiatra aplica a un paciente, sobre el supuesto de que se puede acceder a la mente, la psique, o lo que sea. Así se trata de vincular la psicopatología con la psicología, como si fuese la referencia que marca la norma respecto de la cual se aprehende la desviación, del mismo modo que lo es la fisiología para la fisiopatología, y en esta línea se establece el nexo con el positivismo y, en su estela, el psicologismo.  Para ello se necesita hacer de la subjetividad algo susceptible de experimentación observacional y su consiguiente mensuración. Para lo que se crean instancias vicarias o subsidiarias que hacen las veces o que remedan aspectos de ella: como conciencia, como cuerpo, como personalidad, etc. Necesita que se pueda decir en notas necesarias y suficientes, definirla observacionalmente. Con ello no extraña que se identifique con la psicología cuyo proyecto es eso, consiste en eso. Es un ejemplo de lo que el autor entiende por enunciados caracterizados como definiciones nominales. Nada escapa a los designios de un proceder empirista que encuentra el criterio de significación de las proposiciones en su verificabilidad empírica.

Glatzel nos pone ante los ojos la pléyade de psiquiatras alemanes, exclusivamente alemanes, que han conformado el canon psiquiátrico durante décadas. Hoy muy pocos psiquiatras saben quiénes fueron, pero en conjunto representan un esfuerzo intelectual sostenido y solvente, aunque fallido, y en ese esfuerzo ponen de manifiesto lo difícil que es hacerse conceptualmente con la psiquiatría y lo necios que parecen los presuntuosos que dan la cosa por encauzada y/o resuelta. Lo cierto es que ese canon alemán resulta ser muy rico y muy complicado de reducir a una sola línea de avance, más bien todo lo contrario, sobre todo si miramos de cerca la tradición alemana, que es cuantitativamente muy abundante, incluso respecto a la francesa, su inmediata seguidora, y no digamos a las demás. Pero, aunque nos perdamos en los entresijos del campo germano y se vea una multitud de líneas en marcha, sí que se puede hablar de una experiencia relativamente uniforme que se construye desde el poskantismo y que da pie a la formación del conocer científico. En este marco quedan contempladas dos opciones contrapuestas e irresueltas. El positivismo que solo ve un mundo verdadero: el sensible; y el pensamiento abstracto que ve lo verdadero en las ideas y degrada a apariencias lo dado en la experiencia. El empeño de disolver este dualismo ha sido infructuoso. La aportación de Glatzel aquí es vincular ambos aspectos bajo un mismo epígrafe: empirismo, y afrontarlo. Con ello se advierte que tanto la fenomenología, ni en su acepción clásica de Jaspers, ni en la actual que proviene de una asimilación más correcta de Husserl, como otras modalidades de psicopatología más pedestres no escapan al empirismo. Y ello es así porque todas cifraban su tarea en ser una semiología psiquiátrica al modo de la semiología médica tradicional. Parece que si la psiquiatría quiere ampararse bajo el paraguas de la medicina se le exige que se someta a un modo de discriminación semiológica que le permita abordar la causa eficiente con las mismas garantías que la medicina. Si esto es así, y parece que es así, se entiende que la creación de su objeto corra pareja a su disolución, o que la única manera de ser aceptables es el modo en que se controla y domina la realidad como objetividad. Pero esto no vale para la psiquiatría como vemos. Entonces es menester producir una relación semiótica que sea lo más válida posible pero que no siga los dictados de una relación semiótica unívoca, que se adecúe a su cosa, que no la fuerce a comportarse como lo que no es. Si se hace esto, ya no se puede tener la misma expectativa de éxito que supone dirigirse a la causa eficiente, no se nos pueden exigir los mismos resultados en contra de lo que sucede.

En definitiva, lo que nos dice Glatzel es que la psicopatología, en la acepción que domina en la escuela de Heidelberg, que representa y representó para quien no lo sepa el canon de referencia, se convierte en una semiótica psiquiátrica que cede la caracterización de las proposiciones por las que accede a los hechos a manos del empirismo lógico con lo que alimenta, sin saberlo, su disolución. Y lo hace porque desproveyendo el acontecer de cualquier otra competencia conceptual y dejándolo todo a un sistema de verificación meramente observacional no puede dar cuenta de la riqueza que se presenta, por ejemplo, en lo específico de la esquizofrenia que es, precisamente, su inespecificidad. Si se monta la psicopatología con la pretensión de emular y mantener vigente y vinculante el nexo semiológico entre signo y lesión en la estela del modelo médico, que está asentado en el éxito inexcusable que le provee la efectividad terapéutica, es normal que la psicopatología se sienta amenazada de disolución por un empirismo simplista y reductivo que sigue manteniendo esa misma pretensión semiológica, falsa, pero que no exige, por el contrario, pasar por las horcas caudinas de fenomenologías, ni teorías filosóficas, ni otros trabalenguas o galimatías que a la postre no acaban aumentando la capacidad discriminante de aquél.  Porque lo que tenía que haber sabido la psicopatología desde el principio, y ni siquiera la de Heidelberg lo supo, es que ese nexo no existe, ni ha existido nunca, ni va a existir jamás de forma inmediata como sí sucede en el modelo anatomoclínico, donde el signo revela la lesión y se puede suplir e indagar reductivamente hasta la estructura molecular por medio de técnicas exploratorias cada día más sofisticadas, acordes al conocimiento cada vez más exhaustivo de la causa eficiente. 

Pero, sin embargo, sí es importante la filosofía para elaborar los conceptos psicopatológicos que intervienen en la construcción del signo psiquiátrico como trabajo hermenéutico, por frágil y falible que resulte. Porque si hemos de hacer explícita la inmediación del signo es porque es mediación, respectividad recíproca. Esto requiere inyectar reflexividad en la tarea psicopatológica, significa comprender el desarrollo histórico de la psicopatología, ser capaces de abarcar los pasos de ese despliegue de modo que llegue a estar en disposición de ponerse de manifiesto esa respectividad recíproca que parece inmediación. El signo, cualquier signo es mediato, pero el signo psiquiátrico presupone, adicionalmente, al sujeto del caso y al psiquiatra, que tiene en sí mismo la razón en cuanto relación de los nexos que se vinculan en el acto cognoscitivo.

Un psiquiatra de tantos, uno cualquiera, procede, irreflexivamente, como cualquier otro médico, asumiendo que el signo es 1. respectivo, sí, remite a otra cosa, pero enmarcando la red de remisiones en un proyecto previamente conformado que el agente dispone preconfigurado y en el que se busca la causa eficiente dentro de una determinación omnímoda puesta, como creencia en una idea de realidad; y 2., esa determinación procede o descansa en una razón que es causa sui, como materia o como principio (omnitud de realidad). 

Pero un psiquiatra que esté al tanto del carácter mediato del signo, se sabe inmerso en una razón gestada en el hecho de nacer insertos en cualquier caso ya siempre en un todo del que no podemos salir ni, por tanto, podemos enunciar. El que algo aparezca, por tanto, no está predeterminado, no tenemos una teoría del todo, como sí la tiene la ciencia y la teología, donde hay necesidad (la ley) y donde la contingencia se conjura, cancela y predice como algo contrapuesto a ella. Hay que insertar lo que aparece en relación a alguien con independencia de que la correlación no sea completa, p.e. en el archifósil, en lo lejano, en lo próximo. Para ser conocido, no para existir, algo tiene que presentarse a la subjetividad, por tanto dar razón, relación de algo, significa que algo tiene que existir. Esto es simplemente para demarcar el espacio de la experiencia psiquiátrica, que es más falible que el del resto de la medicina porque no quiere, ni puede, ni debe, prescindir del sujeto como integridad, sin fragmentarlo para luego intentar restituirlo. Es menos eficaz y no avanza como lo hace aquél, pero es el que tenemos y al que nos debemos si queremos seguir siendo psiquiatras. 

En definitiva, lo que no puede pasar es que todo este entramado relacional termine en una idea antropológica que venga a resolverse como fundamento, es decir como soporte óntico de algo óntico. Más bien lo que queda a la vista es una red de respectividad que es la propia subjetividad, la razón misma en cuanto relación que es la mediación, pero esto está hablando de un proceso, desde luego inmanente, de darse pie a entrar en la propia narración que es la vida misma como experiencia.

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