La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: traducción

Este artículo forma parte de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción* y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann Glatzel, publicado en la revista Nervenarzt en 1990.


RESUMEN: El discurso de una psicopatología empírica es expresión de una mala compresión basada en un conocimiento insuficiente de la ciencia psicopatológica y su historia. La reducción de la psicopatología a un punto de partida científico-real –precisamente esto es lo que quiere decir la formación verbal psicopatología empírica– comienza con K. Jaspers y encuentra en K. Schneider su expresión más pregnante. Mientras la psicopatología entienda su tarea como la de poner los fenómenos psicopatológicos a disposición de una psiquiatría comprometida en tanto que praxis médica en forma de una terminología conseguida según definiciones nominales, mientras sea así, la psicopatología será una ciencia de determinación objetiva. AI estar sometida a las reglas del empirismo lógico que sigue un lenguaje observacional y vinculada a la correspondiente doctrina psicológica dominante como sistema de referencia, ya no puede satisfacer sus pretensiones originarias: contribuir a la comprensión del trastorno mental, de su esencia y de su significación, a través de esfuerzos discursivos y reflexivos.


Die Abschaffung der Psychopathologie im Namen des Empirismus

J. GLATZEL

 

LAS FRASES CON las que Karl Jaspers en 1953 introducía su serie de conferencias sobre los fundamentos de la filosofía podrían estar tomadas también de la introducción a la Psicopatología General. Lo dicho allí sobre la filosofía puede valer indistintamente para la psicopatología. Cito:

“Lo que sea la filosofía y cuál sea su valor es discutido. Se espera de ella conclusiones extraordinarias o de la misma manera se la abandona como pensamiento carente por completo de contenido. Se la ve con timidez como el esfuerzo grandioso de hombres extraordinarios, o se la desprecia como a la meditación superflua de un visionario. Se la sostiene como cosa que conviene a cualquiera y por ello debe ser comprensible y sencilla en el fondo, o se la tiene por tan difícil que es desesperante ocuparse de ella. Lo que se toma bajo el nombre de filosofía suministra, de hecho, un ejemplo de lo que son juicios contradictorios”.

Se me aseguró por un representante de la alta escuela de psiquiatría alemana que la lectura de textos de Jaspers y otros autores de la escuela de Heidelberg es prescindible para la actividad científica del psiquiatra; en todo caso podría ser una ventaja para el historiador de la medicina. Se puede agradecer a los conocimientos de una psiquiatría biológica practicada con gran éxito por todas partes el que la investigación psicopatológica haya llegado a ser una actividad sin objeto.

Es obvio que para entrar en discusión con esta postura sea preciso comenzar con la determinación del objeto de la psicopatología. Efectivamente, se encuentran en la literatura un gran número de intentos de definición —se podrían nombrar a autores como G. Storring (22), K. Jaspers (13), K. Schneider (21), H.J. Weitbrecht (23), Huber (11), Glatzel (5,6)— sin que ninguno de ellos haya alcanzado la aprobación unánime de todos los cultivadores de esta ciencia. Esta circunstancia, sin embargo, según creo, no puede sorprender a los psicopatólogos. Por lo demás, la psicopatología comparte estas dificultades con la filosofía.

Es posible, no obstante, señalar algunas posiciones fundamentales y postulados que constituyen el entendimiento psicopatológico tradicional, en especial aquellas que afirman encontrar el origen de la crisis actual de la psicopatología en la época de su más alto florecimiento.

Los textos psicopatológicos significativos del siglo XX fueron escritos por psiquiatras, esto es, médicos cuyo trabajo diario servía a la atención y, ocasionalmente también, a la curación de enfermedades del espíritu y del ánimo. Fue K. Schneider (21) el que llamó a la psicopatología una vez “vía regia del diagnóstico psiquiátrico”. La formación médica previa de estos autores y el auge de las ciencias naturales durante la mitad y el final del siglo XIX condujeron forzosamente a dar a la psiquiatría el rango de una ciencia autónoma cuya estructura fue sostenida bajo los mismos principios que valían para la cirugía o la medicina interna. Quería ella concebirse como aquella rama de la terapéutica médica que contenía en sí la vida psíquica alterada. Así pues, necesitaba de un sistema de referencia, esto es, una psicoortología a partir de la cual el hablar de un trastorno psíquico podría tener sentido. A partir de aquí es cómo “la” psicología queda incluida como sistema de referencia. Psicología y psicopatología se contraponían una a otra como fisiología y fisiopatología. Jaspers lo ha expresado claramente: “El estudio de la psicología es para el psicopatólogo al principio tan necesario como un estudio de fisiología para el patólogo somático” (1965, p.3). Con Jaspers (13) comienzan las graves consecuencias de la vinculación unilateral de la psicopatología a la psicología, a la que apelan todos los que le siguen al practicar y concebir la psicopatología como patopsicología. Ha permanecido inadvertido el hecho que fue Jaspers, por lo menos en la primera parte de la Psicopatología General, aunque también en sus últimas obras, el que se esforzó por relativizar una y otra vez esta manifiesta reducción de la comprensión de la psicopatología. Expresamente lo había anunciado al determinar el por él así llamado hecho psicopatológico en relación a la correspondiente doctrina psicológica, lo que él  mismo denominó “psicología oficial”. En vez de esta psicología exigía el regreso a un saber psicológico fundamental —en su Filosofía discutió la sociología y la psicología bajo el concepto superior de “ciencias universales empíricas” (1973, p.2 y ss.)— y en este sentido escribió: “El psiquiatra necesita una psicología de horizonte más amplio, que le permita abarcar el milenario pensamiento psicológico y también abrirse a nuevos caminos de actuación” (1965, p.3).

Las generaciones posteriores obviaron  las objeciones por las que el filósofo Jaspers hacía frente a la obra del joven psicopatólogo, o no supieron usar su último concepto de psicología. Empezaron a proyectar una psicopatología en la que el fenómeno psicopatológico fue descrito como variante cuantitativa o cualitativa de una forma de aparición de vida psíquica normal. El nuevo punto de partida que, bien en el ámbito de la psicopatología de Heidelberg, bien en discusión con ella se desarrolló, significaba simplemente un añadido al orden tradicional, en todo caso su prudente corrección no traía aparejado un cambio de paradigma.

Sobre la psicopatología de Heidelberg después de Kraepelin escribió Kisker:

“Se ve como la escuela de Willmanns se distancia de los aciertos nosológicos de Kraepelin y busca la consolidación de una sindrómica molar, [….]. Se ve también como Kurt Schneider continua en el mismo tema micropsicopatológico con un estilo metodológico cada vez más expuesto al riesgo de la ruptura, pero posteriormente no mantiene la continuidad, Kurt Schneider hizo lo mismo, si se quiere, una Kraepelin-Reprise, v. Baeyer continuó a Willmanns, y Janzarik en una vuelta a la fina obra constructiva de Kurt Schneider, donde siempre albergaba su fragilidad, instalando la redondez dinámica” (1979, p. 124) (14).

En mi opinión, la restricción a la comprensión de lo que es y lo que puede ser la psicopatología se muestra de forma especialmente clara a la vista de los problemas que o no pueden ser satisfactoriamente resueltos o no pueden serlo en absoluto. Así nosotros somos no sólo incapaces, como siempre, de traer al concepto las cualidades emocionales del delirio, la esquizofrenia, melancolía, etc., sino que también los habituales términos como morboso (krankhafte) y anormal se sustraen a una determinación vinculada al contenido. El fundamento de todo esto yace claramente en la circunstancia de que no se puede describir de ninguna manera todo fenómeno psicopatológico como una variante distinta en relación a un sistema de referencia psicológico. Sin embargo, psicopatología y psiquiatría han aprendido a vivir con estos problemas abiertos, que no debieran ser necesariamente motivo para repensar y menos para poner en cuestión los principios tradicionales.

Pero una psicopatología cuyas fronteras fueran fijadas por la correspondiente psicología que se utilizase como sistema de referencia constituyente para los fenómenos psicopatológicos llegaría a ser una ciencia de determinación objetiva. Por ello es una ciencia que se somete a las reglas que Wundt en 1864 (26) formuló en el prefacio a sus “Lecciones sobre el alma humana y animal” de forma tan presuntuosa como optimista:

“Mostraré en las investigaciones que siguen que el experimento es para la psicología el principal medio de ayuda, el cual nos conduce desde los hechos de conciencia a aquellos procesos que en el oscuro trasfondo de la psique preparan la vida consciente. La autoobservación nos suministra, como toda observación en general sólo el fenómeno compuesto. En el experimento desnudamos los fenómenos de toda circunstancia ambiental a la que se encuentran unidos en la naturaleza. A través del experimento se produce el fenómeno artificialmente desde las condiciones que disponemos de antemano. Modificamos estas condiciones y variamos en forma mensurable también el fenómeno. Es así que el experimento nos conduce siempre y en todo caso a las leyes naturales porque somos capaces de ver simultáneamente en el experimento las causas y los efectos”.

Estas afirmaciones pueden valer como el credo de toda psicopatología empírica, cuyos representantes se conciben a sí mismos, tal como yo opino, con justicia, como honrosos administradores del legado del gran Heidelberg. Su lenguaje es, no obstante, menos instruido que el de Wundt y sus padres Helmholtz y Fechner que hablaban y pensaban en el espíritu del empirismo lógico.

Para aseverar “la doctrina fundamental del empirismo moderno”, ha señalado Hempel (9) la afirmación de “que todo conocimiento no analítico (esto es, todo conocimiento que no es del tipo lógico matemático) está fundamentado en la experiencia”, y Russell (20) escribió: “El empirismo puede ser definido como la afirmación de que todo conocimiento sintético está basado en la experiencia”. Los psicopatólogos empíricos que después de décadas de falta de compromiso especulativo y alejamiento de la realidad metafísica deben cimentar sobre un sólido fundamento la doctrina de la anormalidad y la desviación (Abwegigkeit) psíquica en el nombre de Carnap (3) y Popper (16) pueden apelar para este propósito a Jaspers, el cual dijo de la psicopatología que su “objeto… es el acontecer realmente consciente” (1965, p.2).

Una ciencia empírica determinada objetivamente necesita un lenguaje que le permita hablar sobre su objeto de forma que sea capaz de obtener un consenso inmediato, esto es, independiente de supuestos teóricos arbitrarios. Tal lenguaje, en cuanto condición exigida por Heimann (6) como “forma de consideración generalizada” (1979, p. 10), debe ser objetivo en el sentido de un “acuerdo verificable de los conceptos utilizados entre distintos observadores sobre un mismo fenómeno” (Heimann 1979, p.10). Esta exigencia cumple lo señalado por Carnap para un lenguaje observacional, con ayuda del cual la psicopatología logrará una determinación nominal-definitoria de todo fenómeno considerado por ella. Ya que en la definición nominal el término nuevo introducido se equipara con cualquier otro, es decir, con expresiones corrientes, resulta así que una definición nominal jamás puede ser falsa. Esto satisface el principio del operacionalismo que se remonta a Bridgman —dentro de los límites señalados por Carnap (3)— sobre la construcción de un lenguaje observacional adaptado al objeto de la psicopatología empírica. Pues una definición operacional que equipara la cosa mentada en un concepto con la forma y manera de su aprehensión, renunciando a la descripción válida que le es propia, cumple con la condición de ser capaz de lograr un consenso inmediato. Por esto, la elección de los nombres, es decir, características dejadas al arbitrio de cualquiera, es la forma mediante la cual cualquier definición operacional puede llegar a ser elegida. Este vínculo de la psicopatología empírica con un sistema de referencia psicológico comporta, sin embargo, la garantía de que tales características, es decir nombres, pueden ser reconocidas por cualquiera, porque, con respecto al sistema de referencia psicológico, poseen aspectos normales, es decir, pretenden describir la vida mental sana.

Efectivamente, resulta así que la llamada psicopatología empírica forzada desde la comprensión de la psicopatología de Heidelberg puede ser concebida enteramente como su desarrollo consecuente al mismo tiempo que como su conclusión. Kurt Schneider (21) puede afirmar por esto, al echar una mirada atrás sobre su obra, que la cosecha de la psicopatología estaba ya recogida y M. Müller (16) tenía razón cuando escribió en 1963: “La psicopatología […] ha sido llevada a una cierta conclusión, sin que la investigación desde entonces haya producido esencialmente un nuevo punto de vista”.

Así pues, la psicopatología unida a los nombres de Jaspers, Gruhle, Homburger, K. Schneider, Mayer-Gross es una psicopatología empírica, sin perjuicio del hecho que haya sido forzada a comprometerse expresamente a las reglas del empirismo lógico por el poderoso renacimiento del pensamiento médico-científiconatural en la psiquiatría. K. Schneider (21) puede haber reflexionado a propósito del delirio melancólico sobre “la angustia originaria del hombre”, y al tratar con el término numinoso “esquizofrenia”, aquel “oráculo délfico de la psiquiatría” como dijo una vez Kolle (15) (1955), pudo haber preguntado de paso igualmente si la mente puede enloquecer a partir de sí misma. Pero de toda su obra ha permanecido sin embargo sólo esto: una doctrina del comportamiento anormal (abnormen) —verbal y no verbal— en cuanto se representa esto en fenómenos inmediatamente perceptibles, de tal forma expuesta que su descripción se logra por medio de un lenguaje observacional y que formula sus expresiones en proposiciones protocolizadas. Y pienso también que los nuevos puntos de partida en el círculo de la escuela de Heidelberg (una visión general se encuentra en Janzarik 1979 [12]) se inscriben en esta tradición, sólo que en vez de la escuela wundtiana pudiera servir en su lugar otra escuela de psicología estructural, psicología de la forma, psicología topológica, como un sistema de referencia constituyente del hecho psicopatológico.

Esta psicopatología empírica podría y puede mostrarse imperturbable ante argumentos como los propuestos por Kockelmanns frente a la psicología empírica. Una psicología estrictamente empírica no es capaz, escribe, de reconocer la significación de la acción humana, ya que la acción humana no está regulada por leyes uniformes, sino que es esencialmente intencional, motivada, libre, es temporal e histórica y, además, la investigación empírica del fenómeno humano es sólo posible y llena de sentido cuando se completa a través de un análisis descriptivo y hermenéutico. Estas objeciones pueden dejar tranquila a la psicopatología empírica. Pues la psicopatología empírica que se pone al servicio de la investigación biológica se restringe a preguntas tales como “qué permite proposiciones protocolizadas sobre la vida psíquica alterada y pueden incluirse en un contexto ordenado” (Heimann 1979, p. 17) (6). Esta no quiere más, tampoco puede dar más.

Heimann ha llamado a la psicopatología empírica en su manual del año 1979 “una ciencia de la experiencia”. En esta fijación, según creo, se muestra aquella mala compresión de la que resulta la exigencia forzosa de abolir la psicopatología en nombre del empirismo. La experiencia, tal como la entienden Heimann (6) y otros, apunta hacia algo que no ha sido postulado por el Yo, algo en el sentido de lo más puro. La base de la experiencia funciona como algo puro dado. La manifestación de la experiencia se realiza a través de la transferencia desde Yo-expresión a  Es-expresión. El hecho psicopatológico “experienciado” objetivamente en este sentido, esto es, que se determina de forma intersubjetivamente verificable, es entonces la tarea de la psicopatología empírica. Tarea de la psiquiatría es mostrar la regularidad y legalidad de las vinculaciones en que entran algunos o muchos de estos hechos, unos con otros, para encontrar formas de acción terapéuticas y para tratar procesos patofisiológicos descubiertos como epifenómenos por medio de otras estrategias investigadoras. El psiquiatra necesita de una ciencia auxiliar tanto como terapeuta cuanto como investigador básico, necesita exigir de ella tal servicio auxiliar, incluso tiene derecho a ello. La disciplina que, sin embargo, le permite esto pierde de forma natural su pretensión de autonomía, puesto que el concepto de ciencia auxiliar implica una identidad que, a ella, efectivamente, no corresponde. La restricción de una psicopatología empírica a una posición definitorio-nominal y a explicaciones conceptuales operacionales conduce a concebir la psicopatología empírica como patofisiología. Su relación a la psicología no iguala, como quería Jaspers, a la que existe entre fisiología y patofisiología.

Una psicopatología que se sirve del concepto de experiencia restringido de un empirismo lógico se anula a sí misma. Esta no es ni una ciencia fundamental autónoma ni una disciplina auxiliar de la psiquiatría, como psiquiatría teórica se encuentra al lado de una psiquiatría científica y terapéutica. Si se quiere superar el miedo ante nuevas formaciones conceptuales, la psicopatología empírica encaja plenamente como una semiótica psiquiátrica que define la teoría de los signos y las expresiones, es decir, vinculaciones sígnicas y expresivas que sirven como medio para el entendimiento del hombre trastornado (gestörter).

De la abolición de la psicopatología, de su restricción en nombre del empirismo a una semiótica psiquiátrica, se toma conciencia desde la psiquiatría de hoy con una indiferencia desidiosa y, hasta tal punto ha avanzado ya este proceso, que se advierte en el significativo desconocimiento de la literatura psicopatológica, la alegría ingenua de descubridor en muchos autores que logran, gracias a sus buenos conocimientos de lengua inglesa, encontrar descritos en revistas especializadas norteamericanas observaciones que ya eran corrientes para Dreyfus y Berze al comienzo de nuestro siglo.

Naturalmente no se trata sólo de lamentar el fin de la psicopatología como una ciencia independiente, sobre todo porque nos aseguran los psiquiatras biológicos que los significativos éxitos de sus trabajos, esperables en pocos años, serían inimaginables sin la consecuente reducción de la doctrina de Heidelberg a la hoy actual psicopatología empírica.

Pero este desarrollo, por un lado, concierne también a la psiquiatría pues toca evidentemente su objeto (Gegenstand) aunque no lo admita y lo considere como un aparente problema metafísico en el sentido de Carnap. Y por otro lado la psicopatología no puede definirse en absoluto por el uso fructífero que la psiquiatría hace de sus conocimientos.

Cuando Rümke (19) habló de la “vivencia precoz” y de lo que aquel síntoma llega a ser para una esquizofrenia a través de lo que el adjetivo esquizofrénico caracteriza de este padecimiento; cuando Müller-Suur (17) vio lo típico del ser esquizofrénico en una “indeterminación determinada”; cuando Conrad exigió del psiquiatra que diagnostica “ser conocedor” y Blankenburg (1) vio lo decisivo de muchos esquizofrénicos pobres de síntomas en “la pérdida de la evidencia natural”; y cuando finalmente Zucker no logró engañar al esquizofrénico que alucinaba por medio de “voces” supuestamente similares. Si estas y una multiplicidad de averiguaciones parecidas pertenecen a un saber evidente, entonces esto puede significar que por lo menos una serie de importantes aspectos de la anormalidad psíquica no pueden ser dichos en un lenguaje observacional objetivo. Esta experiencia la hace todo psiquiatra clínico activo que reconozca en su oponente también al simulador cuando éste sabe representar la serie de síntomas o faltas de primer y segundo rango.

Pienso que se puede calificar sencillamente como fraudulenta la certeza del diagnosticador psiquiátrico ante un esquizofrénico o un melancólico basada en la mostración de una serie de fenómenos psicopatológicos explicitados operacionalmente o definidos nominalmente. A él no le puede bastar para el diagnóstico la recopilación de características exigidas o nombres, es así como en el trabajo práctico se va perdiendo toda posibilidad de fascinación ante la realidad del trastorno psíquico. Pues cuando continúa preguntando busca comprender las relaciones producidas entre biografía, situación vital y cambio percibido, sobrepasando los límites de la psiquiatría empírica. Ahora se trata de expresiones sobre la esencia de esta anormalidad específica, sobre su significación y posición antropológica.

Son cuestiones sobre la esencia del hecho psicopatológico las que importan a los intereses de la psicopatología, y es así como la psicopatología conseguirá su verdadera definición mientras que la psiquiatría y la psicopatología empírica se restringen estrictamente a las definiciones nominales. El fenómeno psicopatológico debe ser explicado y traído a la intuición de forma que lo referido objetivamente no quede desprendido, es decir, definido de forma verificable intersubjetivamente, sino que se determine preguntando por su valor dentro de la vivencia. La pregunta por el sentido individual de los fenómenos psicopatológicos observados sobrepasa el caso sencillo concreto hacia constantes antropológicas de validez transindividual que llegan a ser manifiestas en el trastorno. Por ello puede ser necesaria una modificación del ángulo de visión, puede llegar a ser cambiado el punto de partida metódico hasta que el resultado sea correcto o bien evidente. Y la psicopatología designa a este proceso de andaduras varias y nunca concluidas como experienciar; siguiendo este camino la psicopatología logra expresar la experiencia. Sólo en este sentido es la psicopatología ciencia de la experiencia —a diferencia de la psicopatología empírica científico real—, ciencia de la experiencia tal como fue comprendida por Fries, v. Humboldt y Dilthey. Ellos apelaban a aquel conocimiento al que Kant expresamente llamó la “experiencia interior”, que en Brentano se presentaba como “percepción interior” y Lambert y Lipps hablaban de ella como un “recordar el propio pensamiento”, es decir el “experimento interno”

Para la psicopatología vale —a diferencia de la psiquiatría y la semiótica psiquiátrica— lo que Hermann (10) dijo en una famosa controversia sobre la psicología. Describir las ciencias, pensaba, bajo la apelación a su objeto, es inútil. Deben considerarse más bien como un contexto para la solución de problemas, es decir, como una variedad de paradigmas científicos.

“Si se quiere detectar exactamente lo que tienen en común todos los problemas referidos a nuestros paradigmas, las acciones para la resolución de problemas y también las teorías, métodos, conductas y acumulación de conocimientos empíricos, se ve que la posibilidad de encontrar una invariante es tan pequeña como la de encontrarla si se investiga sobre la significación de expresiones como: ‘conducta’, ‘vivencia’, ‘hombre’, ‘naturaleza’, etc. Es por esto que el significado de estas expresiones se determina en el contexto de una teoría explícita. Se trata de que, en todos los problemas, teorías, métodos y demás, se centre nuestra atención en lo que determina nuestro paradigma-psicología, que es el simple “parecido de familia” en el sentido de Wittgenstein (25). Lo identificable común del paradigma no está en una invariante, sino en las particularidades semejantes que tienen los problemas, las teorías y los métodos [….], semejanzas que se cruzan y trascienden de unos a otros” (Hermann, p. 41 y ss.)

Entendida así la psicopatología, como una suma de paradigmas científicos, se ve que no tiene nada que ver ni con el conocimiento objetivo ni con una experiencia que se dirija al ser dado de algo no pretendido por el Yo. Esta asume la ciencia —como se dice en El círculo de la forma de v. Weizsäcker (24)— “como un modo íntegro de tratar sujetos con objetos” (1950).

El intento de una explicación operacional y de una determinación definitorio-nominal de la expresión “paranoide” puede y llegará a ser dejado a la psiquiatría teórica. Mientras lo operacional y lo definitorio-nominal se mueve en las habituales cifras-ideas o abreviaturas, que desgajadas de cualquier continuum vivencial concreto llegan a ser palabras-cáscara, o se reifican, o incluso cambian o confunden lo que es el concepto con lo que es el hecho real. La psicopatología empíricocientífica puede enseñar a ver el mecanismo de defensa del ser-paranoide como una constante antropológica, puede ser para ella también un índice para ver la significación de la sexualidad en conexión con la maduración del individuo en relación a una percepción adecuada de la realidad tanto de la propia persona como del mundo compartido (Mitwelt). Desde otra perspectiva el ser-paranoide hace referencia a una deficiencia en la permanencia en los órdenes de la existencia de Zutt (27) y como expresión de la pérdida de la reciprocidad y mutualidad apunta hacia el fenómeno del encuentro como otra constante antropológica.

La psicopatología bajo el dictado del empirismo lógico se restringe a una psiquiatría teórica, a una semiótica psiquiátrica. Se anula a sí misma en la renuncia voluntaria a la pretensión de ser una ciencia antropológica.

***

Bibliografía

  1. Blankenburg (1971) Der Verlust der natürlichen Selbstverständlichkeit. Ein Beitrag zur Psychopathologie symptomarmen; Schizophrenien. Enke, Stuttgart
  2. Bridgman PW (1927) The logic of modern physics. Glencoe, New York
  3. Carnap R (1928) Der logische Aufbau der Welt. Springer, Berlin
  4. Conrad K (1958) Die beginnende Schizophrenie. Thieme, Stuttgart
  5. Glatzel J (1978) Allgemeine Psychopathologie. Enke, Stuttgart
  6. Glatzel J (1981) Spezielle Psychopathologie. Enke, Stuttgart
  7. Glatzel J (1989) Melancholie und Wahnsinn. Wissenschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt
  8. Heimann H (1979) Psychopathologie. In: Kisker K P, Meyer JE, Müller H, Stroemgren E (Hrsg) Psychiatrie der Gegenwart Bd 1, 2. Aufl. Springer, Berlin Heidelberg New York
  9. Hempel CG, Oppenheim P (1936) Der Typusbegriff in Lichte der neuen Logik. Nijhoff, Leiden
  10. Herrmann T (1976) Braucht die Psychologie eine Gegenstandsbestimmung? In: Eberlein G, Pieper R (Hrsg) Psychologie Wissenschaft ohne Gegenstand? Campus, Frankfurt
  11. Huber G (1974) Psychiatrie. Schattauer, Stuttgart
  12. Janzarik W (Hrsg) (1979) Psychopathologie als Grundlagenwissenschaft. Enke, Stuttgart
  13. Jaspers K (1965) Allgemeine Psychopathologie. Springer, Berlin Göttingen Heidelberg
  14. Kisker KP (1979) Die Heidelberger Psychopathologie in der Kritik. In: Janzarik W (Hrsg) Psychopathologie als Grundlagenwissenschaft. Enke, Stuttgart
  15. Kolle K (1957) Der Wahnkranke im Lichte alte und neuer Psychopathologie. Thieme, Stuttgart
  16. Müller M (1963) Einleitung. In: Gruhle HW, Jung R, Mayer-Gross W, Müller M (Hrsg) Psychiatrie der Gegenwart, Bd I/2 Springer, Berlin Göttingen Heidelberg
  17. Müller-Suur H (1955) Der psychopathologische Aspekt der Schizophrenieproblems. Arch Psychiatr Neurol 193: 147—153
  18. Popper KR (1973) Logik der Forschung, 5. Aufl. Mohr, Tübingen
  19. Rümke HC (1967) Eine blühende Psychiatrie in Gefahr. Springer, Berlin Heidelberg New York
  20. Russell B (1923) Einführung in die mathematische Philosophie. Lehmann, München
  21. Schneider K (1967) Klinische Psychopathologie, 8. Auf. Thieme, Stuttgart
  22. Störring G (1900) Vorlesung über Psychopathologie. Engelmann, Leipzig
  23. Weitbrecht HJ, Glatzel J (1979) Psychiatrie im Grundriß, 4 Aufl. Springer, Berlin Heidelberg New York
  24. Weizsäcker V v (1973) Der Gestaltkreis. Suhrkamp, Frankfurt
  25. Wittgenstein L (1922) Tractatus logico-philosophicus. Mohr, Tübingen
  26. Wundt W (1863) Vorlesungen über die Menschen- und Tier seele. Universität München
  27. Zutt, J (1963) Auf dem Wege zu einer anthropologische Psychiatrie. Springer, Berlin Göttingen Heidelberg 

* La presente traducción fue amablemente autorizada para su publicación en España por el profesor Glatzel en carta de nueve de enero de 1991 al doctor Ramos. El traductor agradece a Paúl de la Cruz la revisión estilística llevada a cabo en su momento.

Etiquetado , ,

3 pensamientos en “La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo: traducción

  1. […] de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann […]

  2. […] de una serie de tres trabajos a cargo de Pablo RAMOS GOROSTIZA, conformada por la presentación, traducción y comentario del artículo La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo de Johann […]

  3. […] J. (1990), La abolición de la psicopatología en nombre del empirismo (trad. RAMOS, P.), Fenopatoløgica, 28 de mayo de […]

Los comentarios están cerrados.