Dum volvitur orbis

sorenKSIETE AÑOS ATRÁS, hundida el alma en un invierno frío y doloroso, en un febrero trágico, aparecía Fenopatoløgica. Surgía de las metálicas aguas del canal de Gante, de las gélidas del puerto de Copenhague y por entre rezagadas nieblas del Pisuerga. Nacía, entre beatas y mercaderes, huérfana de padre. De padres. Por pérdida carnal, renuncia espiritual y asesinato pedagógico. El impacto decreciente, diferido y sordo de este parto parricida no ha dejado de teñir el gris de sus páginas.

No ignoró nunca su amanuense que la masa vociferante y descreída, entregada —en palabras del más grande prosista del veinte— a la metralla política, el mondongo sexual y la charcutería interior, la ningunearía; y supo siempre que se vería silenciada en la matraca molecular de las poltronas institucionales e industrializadas. Sabíase huérfana y sin compaña. Y a pesar de ello, apostó. Creyó, con ingenuidad de animal apasionado o con desespero de bestia abandonada, que esos pocos que se sabían pocos (todos se creen pocos, también ella y los suyos), y desamparados, iban a ofrecerse calor en conversaciones que no fueran panfletos, en diálogos que huyeran de la propaganda, en conversaciones y diálogos, vaya, a secas, en lenguajes de ida y vuelta, íntimos pero abiertos, como quien junto a un muro (destechado) busca platónico refugio ante la polvareda y la cellisca.

Pero ¡ay!, la curia. La renuncia benedictina la devolvía al beguinario a la par que la arrojaba a una mendicación tanto más humillante cuanto más grata. La caridad de los pocos, de los únicos, fue embutiendo pródiga una garganta de entraña retorcida, desacostumbrada, incapaz de digerir, de movimiento cada vez más cercano al contoneo peripatético que al avance peristáltico. Se iba haciendo un nudo. Gordo y resentido. Frígido. Su estertor llevaba a las almas sensibles a apiadarse y, con la mejor intención, rebuscar en su zurrón de letras para extraer algunas (siempre las mejores) y con ellas aliviar al endriago que incordiaba.

Pero el ingrato pedía (a su pesar) más, y terminó matando de nuevo, de saciedad y de disgusto, al padre que le quedaba. Él, ella, que se creía solamente trágica heroína o armado caballero en la palabra, ejecutó hacia atrás la maniobra de Abraham, alzó el metal, hendió la carne y derramó tinta dark azure.

Huérfano, doblemente asesino y —por fin— desertor. La carreta, Giangiacomo, ya inservible, no podía sino volver al dantesco seno de la editora más guapa —¡Oh, Umberto!— de toda la feria de Frankfurt y dar (esta vez literal) clausura a su advertencia: “Uno se mete a editor como se mete a monja”. O a eremita. Sin victoria.

Entra así Fenopatoløgica en estado de cenobial suspensión, en epojé, y cede. Cede la iniciativa. Su editor no propondrá en este tiempo nuevas colaboraciones, no redactará crónicas ni escribirá reseñas, no invitará a diálogos, no compondrá portadas ni difundirá contenido por las redes sociales. Sí permanecerá abierto a la recepción (para su edición, maquetación y publicación) de textos originales o reseñas de entre 1320 y 1902 palabras (el límite es estricto) que sean remitidos por autores que ya hayan publicado en Fenopatoløgica o que sean avalados por alguno de ellos. También se mantendrán accesibles los originales publicados durante estos siete años, como muestra de respeto y sentido agradecimiento a sus autores.

Transcurrido un tiempo todavía no determinado se decidirá el cierre o transformación de esta bicha hermenéutica, medio gata medio burra cargada de letras, según sea el aliento insuflado en sus virtuales cavidades.

Entramos pues en suspensión —tres, dos, uno— mientras el mundo gira. Cero.

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