Sentido y experiencia en psicopatología

Por Pablo RAMOS GOROSTIZA y José M. GONZÁLEZ CALVO

Presentado en el Congreso de Neuropsiquiatría Americana de Santiago de Chile de 1997, inédito hasta la fecha, publicamos ahora este trabajo con el beneplácito de sus autores en el marco del homenaje a Pablo Ramos Gorostiza


Field

I. Introducción

EL CONOCIMIENTO PSIQUIÁTRICO se fundamenta en el encuentro con el hombre enfermo. Su acontecer recíproco conforma todo nuestro proceder interpretativo, actualiza nuestro conocimiento y define el núcleo de nuestra experiencia. La relevancia del encuentro en psiquiatría es tal, que en él hallamos todas nuestras posibilidades de certeza.

La situación del encuentro psiquiátrico, como cualquier otra situación en la vida cotidiana responde a una estructura doble: por un lado, está limitada y constituída por unos elementos predeterminados o impuestos desde su mismo comienzo y, por otro lado, por otros elementos abiertos1. Los primeros corresponden a una preestructura fijada, entre otras, por la experiencia del mundo de la vida y ordenada en ámbitos finitos de sentido. Los segundos son los que hacen que la situación requiera de una determinación, aquellos que convocan a una explicitación de la misma. En la transición de unos elementos a otros vamos determinando la situación del encuentro y sometiendo su apertura al dominio de nuestro discurso. El diagnóstico supondrá la determinación final, pues con él cumpliremos las expectativas de nuestro proceso argumentativo y resolveremos la problematicidad de la situación.

En la conversión que tiene lugar del momento del encuentro con el enfermo al momento del diagnóstico, no sólo nos desplazamos del plano pragmático, sino que nos situamos en un ámbito de sentido alejado de cualquier posibilidad de comprensión. La inserción de las experiencias concretas de nuestros enfermos en otros conjuntos situacionales tipificados supone una sustitución, si no una pérdida, de contextos de sentido que tiene sus implicaciones en la intelección de los problemas y en la respuesta a los mismos. Así, lo que en un orden de realidad tiene el sentido que le da nuestra experiencia mundana, puede que en otro lo pierda al ser imposible la reducción de un ámbito a otro bajo una fórmula de conversión. Por éstas entendemos aquellas formas objetivas ideales que van conformando la realidad científica, desactivando el carácter enigmático del mundo y alcanzando la exactitud que nos es negada por el conocimiento sensible, por el conocimiento “subjetivo”. A partir de esas formas pueden determinarse otras con la constancia y exactitud requerida, lo que significa efectivamente la posibilidad de establecer límites ideales, de reproducir todas sus representaciones posibles, y de condicionar unívocamente su sentido. Este proceso generativo sirve finalmente para la construcción de un sistema apriorístico desde el que el psiquiatra domina, anticipa y determina cualquier acontecer de la realidad, creyendo superar, al mismo tiempo, la paradójica concepción que ofrece su consideración subjetiva de las cosas.

Es indudable que desde una perspectiva histórica pueden estudiarse los límites y las posibilidades del encuentro en relación con las condiciones impuestas por el discurso científico. Siguiendo un análisis histórico podría quedar expuesto en negativo el sentido en torno al cual se han ido articulando las operaciones por las que aprehendemos aquello que definimos como patológico. La exposición diacrónica de estos modelos de reducción puede destacar las limitaciones e insuficiencias del proceder clínico-diagnóstico para el encuentro psiquiátrico, así como el carácter especulativo de sus supuestos. Sin embargo, pensamos que corresponde a la psicopatología el encuadre de estos problemas, no sólo por la participación en ellos de elementos ahistóricos sino por los propios recursos de análisis que ésta ofrece.

La reflexión que proponemos a continuación tiene el objetivo de tratar los conceptos de sentido y de experiencia en unas condiciones de viabilidad sistemática y metodológica, al margen del proceso de idealización y de las condiciones de verificación que el método científico impone a la psiquiatría. Vamos a intentar mostrar cómo el saber psiquiátrico ha podido ir generando ámbitos distintos de sentido, sustrayéndose de la apelación y del estudio necesarios de la experiencia precientífica. Será necesario considerar, en primer lugar, con respecto a qué pueden alcanzar los esquemas de verificación en psiquiatría alguna conformidad y en qué medida ésta diverge del concepto de sentido. A continuación expondremos los proyectos que la psicopatología ha trazado con anterioridad para la referencia de su conocimiento a la experiencia del mundo de la vida y por consiguiente las posibilidades de análisis que aún permanecen abiertas.

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II. La formación de esquemas de verificación en psicopatología

Siguiendo un punto de vista fregeano, la psicopatología habitual ha participado hasta el momento de una distinción en sus contenidos significativos entre el sentido y la referencia2,3. Considerando por una parte la referencia como el objeto designado que está frente al sujeto y por otra parte el sentido como una especie de contenido de conciencia objetivo, ha independizado a este último, tratándolo como una entidad ideal más allá de la experiencia perceptiva inmediata que aprehende el modo de darse lo designado. La relación entre el pensamiento y lo verdadero sería la misma que hay entre el sentido y la referencia. El sentido se hace depender del resultado de los actos de verificación por semejanza, analogía o identidad, mientras que la referencia se hace depender de una identificación unívoca con el objeto. La consecuencia que comporta este planteamiento es, entre otras, la aparición de sentidos exentos de toda implicación con un mundo vivido.

Vamos a desarrollar este argumento con el siguiente ejemplo. La psicopatología define el embotamiento afectivo a partir de su consideración de la afectividad como una entidad ideal, diferente de la volitiva y de la cognitiva. A tal entidad ideal le son asignados modos de expresión patológicos sólo cuando en ellos se reconoce la señal de intervención de un ente morboso, es decir, sólo cuando sus variaciones cumplen una función como signo indicativo. En este caso la referencia es la entidad morbosa “esquizofrenia”, que en nuestro ejemplo de versión científico-natural se ha adueñado del enfermo, mientras que el sentido es el llamado embotamiento afectivo. Siguiendo el planteamiento fregeano4, vemos que el valor veritativo de este juicio está siempre en la referencia, de tal manera que si los distintos objetos caen bajo el mismo concepto o la misma extensión conceptual, independientemente del sentido de los enunciados, se cumple la ley lógica fundamental prevaleciendo su verdad. Pero sucede que la identidad entre ambos, esquizofrenia y embotamiento afectivo, no es una identidad intelectiva sino meramente descriptiva, por la que no podemos llegar al entendimiento de lo que acontece5. Lo que designa el embotamiento no es la esquizofrenia sino una experiencia que tiene lugar en la interacción, en el encuentro y que desde sus orígenes es tan cognitiva como afectiva o volitiva. Al hacer esto se ha subvertido la aprehensión y el despliegue intelectivo del otro, al que hemos designado como embotado y ahora su verificación pende exclusivamente de su consenso semántico previo o, dicho de otro modo, de que caiga en la misma extensión conceptual.

Para obviar esta dificultad tendremos que asumir la tesis de la preeminencia del significado sobre la referencia6. Esto quiere decir que para que algo sea verdadero, primero tiene que tener sentido en un horizonte de experiencia definido. Este sentido, sobre el que los hablantes previamente han de estar de acuerdo antepredicativamente, implica un mundo cuya significatividad hace posible la experiencia intramundana. Este concepto de sentido nos remite necesariamente a la cotidianidad como fundamento de la realidad del hombre, del mundo circundante, común y comunicativo, como presupuesto del hombre en una actitud de sentido común, como marco en el que se da lo incuestionable de la experiencia. La experiencia del mundo cotidiano se puede caracterizar esencialmente por:

  • el modo evidente, arreflexivo, con el que se da en la actitud natural
  • su ordenación primaria en dominios objetivos concretos
  • su implicación de una presencia corporal de otros hombres, de posibilidades de acción recíproca con ellos en la evidencia de que comparten el mismo mundo
  • su estructura constante (la idealización del “y así sucesivamente”) y su validez fundamental (mi experiencia es válida hasta que no se demuestre lo contrario)
  • su condición de marco de referencia históricamente determinado

El mundo de la vida es, por tanto, un ámbito de presuposiciones que permanece cerrado a la duda mientras me mantengo en una actitud natural. Su carácter primariamente evidente, determinante de este mundo en nuestra actitud natural7, posibilita y fundamente toda acción práctica, toda conducta rutinaria o habitual. Las experiencias se sedimentan en una continuidad de confianza, de validez, de familiaridad hasta que nos sale al encuentro lo problemático. En toda experiencia actual cabe la posibilidad de la incertidumbre, pues la certeza que funda el mundo de la vida no es un sistema cerrado, sino abierto hacia un horizonte de indeterminación determinable. Por todo ello, este mundo en tanto que significatividad es el que permite abrir el sentido cabe el que nos encontramos ya viviendo con el otro. Es un todo compacto cuya originariedad debe ser respetada, pues es a partir de él como accedemos a la verdad, al otro. Así pues, concebimos el sentido como el resultado de un proceso de explicitación de vivencias pasadas, desde un esquema de referencia actualmente válido. La comprensión será la interpretación de este sentido, principio fundamental de la actitud natural en lo que respecta a mis semejantes y núcleo de la actividad psicopatológica.

En la experiencia originaria del estar con el otro ya desde un mundo compartido, en un mismo ámbito de sentido, de experiencia compatible, apreciamos la significación de su actitud general, de su expresividad, de su estado de acorde con el mundo, de su corporalidad. Es en esta experiencia en la que transita el encuentro cuando se inicia la entrevista. pues bien, cuando antes o después respondamos a la exigencia del juicio diagnóstico con la intención de haber aprehendido al paciente, nos veremos empujados a abandonar el mundo de la experiencia pre-predicativa hacia otro ámbito de sentido autónomo, el constituido científicamente por los objetos ideales. Nos situaremos en un discurso autónomo cuya validez o valor veritativo dependerá del cumplimiento de las leyes de identidad del significado. La situación del encuentro irá quedando atorada mientras, en vano, pretendemos alcanzar nuestro conocimiento del otro a partir de la adición de aspectos parciales que restituyan la primera aprehensión habida, que nos mantengan en ese ámbito originario garante de una verdad real.

Desde ese primer instante mencionado la psicopatología al uso tiene agotadas sus posibilidades comprensivas y queda sometida como mero instrumento diagnóstico a la verificación de los significados previamente acordados. Esta afirmación puede demostrarse si atendemos a la progresiva transformación de los diversos modos de entrevista en la aplicación de formularios diagnósticos. La constitución del sentido en la psicopatología, presidida por el empirismo, lleva a la pérdida de valor de aquellos fenómenos que resaltan o se desvelan en la experiencia inmediata. Simultáneamente establece una perspectiva para el psiquiatra desde la que el curso de la experiencia está desprovisto de posibilidades de reflexión. Del encuentro con el paciente pasamos a un estéril esquema de decisiones algorítmicas.

La tarea de la psicopatología es, por el contrario, la de urbanizar esa experiencia primaria en la que el otro se da, hacerla practicable y susceptible de un cierto modo de verificación y comunicación. En esa dirección se han realizado otros proyectos de análisis psicopatológico que vamos a tratar de valorar a continuación.

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III. Las búsquedas del sentido desde la experiencia originaria

En el apartado anterior hemos mostrado el desarrollo de una psicopatología que concibe el sentido como un modo de darse lo designado y la experiencia como una coincidencia de sentidos apriorísticos. Hemos visto cómo su método analítico descansa en una teoría abstracta del sentido, que precisa para su cumplimiento de la creencia en una serie de objetividades como “sujeto cognoscente” y “mente” y de dualidades como “cognición/afecto” y “mente/cuerpo”. Hemos mantenido que, siguiendo este camino, la psicopatología perdía la comprensibilidad del encuentro y abocaba a un discurso estéril. pues bien, en este punto hemos situado la necesidad de remitirse a otros fundamentos. Desde éstos podría evitarse el error de concebir al hombre prescindiendo del mundo que le precede y que hace posible la existencia de su subjetividad, pues fuera de él se hace paradójica y vana su pretensión de obtener un sentido válido sobre algo en el mundo, sobre sí mismo o sobre los demás, ”…la existencia humana es reducida a un mero sujeto, esto es a un sujeto truncado sin mundo…”8. Ello requiere establecer el punto de partida en una unidad no escindida y originaria. Esta unidad no es otra que la de la experiencia del mundo de la vida, a través de la cual se accede al carácter ejecutivo de la conciencia, a la constitución del mundo como predación y al lugar original de toda dación de sentido y verificación de ser. En este horizonte encontramos la vía de acceso al acontecer real del sujeto actuante.

La reconsideración de los conceptos de sentido y experiencia, como ya avanzamos en la introducción, ha acaparado la atención de algunas escuelas de la psiquiatría continental, estimuladas por el pensamiento filosófico (el neokantismo, la filosofías de la vida, la fenomenología y la filosofía de la existencia) y por la necesidad de superar hermenéuticas objetivas y reductivas insuficientes como la psicopatología de Heidelberg o el psicoanálisis.

La psicopatología de Heidelberg, en la tradición de Jaspers a Schneider, permanece vinculada al neokantismo. Este pensamiento sitúa en el juicio toda posibilidad de acceso al objeto (Gegenstand) y a su valor. Sólo a través de él podemos conocer lo que se da y alcanzar su valor de verdad 9. El fenómeno se revela en sus diferentes modos de aparición o formas y el conocimiento está dirigido a discernir su núcleo esencial o verdad. En consecuencia, la cuestión de la verdad se muestra exclusivamente dependiente de la síntesis judicativa y no del material que se aprehende primordialmente. A partir de esta concepción del sentido caracterizada por la distinción entre forma y contenido fueron establecidas las categorías psicopatológicas primordiales (proceso, desarrollo). El sentido se encuentra fuera de aquello que se nos da, del material, de la historia vital interior10, pues no se le puede hacer depender de las formas en que se presenta el fenómeno11,12. El forzado pragmatismo del pensamiento de Heidelberg dirige finalmente todo su análisis psicopatológico hacia la certeza de un universo invariante y esencial de entidades nosológicas, permaneciendo ajeno a una hermenéutica de la facticidad en la que el fenómeno es lo que se muestra, al margen de cualquier disquisición entre contenido y forma.

El psicoanálisis, en cuanto hermenéutica reductiva, elabora de otra manera el problema de la materia frente a la forma. Presupone la existencia de un contenido latente, irracional, inaccesible en su inmediatez, que es el deseo y que en el fondo es pura energía. El sentido nunca es vivido por el sujeto de manera consciente, nunca es poseído por él sino que debe hacerse evidente mediante un ejercicio de interpretación13. De forma semejante a la postulada por el neokantismo, el psicoanálisis participa de la misma fractura de la totalidad, vinculando la verdad con un juicio que restablece la conformidad con lo que acontece. El sujeto del psicoanálisis está desvinculado de su realidad inmediata y atrapado por su actividad deseante que pugna por expresarse, por alcanzar la representación, incluso aunque el deseo se exprese ocasionalmente en afectos que no llegan a representación. El lenguaje del sentido en el psicoanálisis está trabado a un lenguaje energético que se cumple sólo cuando explica el telos inmanente a esa energía. Por eso su semántica del deseo, que nos pretende hablar del sentido de la vida del sujeto, de su génesis, etc. precisa de la mediación del juicio para descifrar un texto que no permite finalmente urbanizar una realidad esencialmente excedente y que no es primariamente energía.

Retomando ahora nuestra línea argumentativa y apelando a la fenomenología, vamos a introducir un concepto de sentido por el que se entenderán mejor nuestras diferencias con las escuelas anteriores y nuestro próximo comentario al análisis existencial. Para la fenomenología el sentido es generado por una actividad de síntesis pasiva en la que no hay una participación del yo y, por tanto, de una actividad judicativa. El sujeto vive inserto en ámbitos de sentido predados que comparten un estilo vivencial unitario y que constituyen un mundo, el mundo de la vida, en el que tiene lugar su experiencia. Las estructuras básicas de este mundo no son sino la trama de sentido que vivimos como evidente en nuestra actitud natural. Este sentido se ha dado ya siempre, está vertido en el cumplimiento de la intención, de la previa inserción e implicación del sujeto con el mundo, lo que se conoce como significatividad.

El análisis existencial de Binswanger tematiza de una manera explícita la mundanidad, es decir, la significatividad en donde se desenvuelve la experiencia cotidiana del hombre. Esto se lleva a cabo desde el descubrimiento de una estructura apriorística ofrecida por la analítica existenciaria de Heidegger. En esto se diferencia de otros conceptos, como pueden ser los de vida o “élan vital”, que no permiten reconocer niguna auténtica estructura posibilitante de una elaboración de la experiencia mundana, espontánea del hombre. El acceso a la experiencia del otro debe ser entendido desde la posibilidad de concebir el mundo como horizonte; no como un hecho objetivo, sino como una estructura de la conciencia de experiencia14. Lo que pretende el análisis existencial es una teoría acerca de las formas posibles y fácticas de variación en el existir del hombre. Sin embargo, su meta no ha sido alcanzada15 debido en gran parte a la doble experiencia: la que mantiene por un lado la psicopatología descriptiva y la que mantiene por el otro el análisis existencial. Como veremos posteriormente la confluencia de ambas sólo será incoada en el giro fenomenológico de los años 60 y desarrollada en las décadas siguientes por Blankenburg. Los requerimientos de este programa son ingentes, ya que obligan a considerar al hombre desde un horizonte esencialmente abierto. Este hecho, que supone un punto de partida irrebasable, ha conducido a que los intentos realizados para la factura de un lenguaje psicopatológico que dé respuesta a las demandas concretas de la práctica clínica se hayan visto sistemáticamente desestimados.

En este giro del concepto de sentido hemos pasado de un sujeto ponente, objetivado como aparato de operaciones que encuentra la certeza como el producto de una univocidad de significado, a una estructura de experiencia, donde el sentido se da en el Entre16, en la inmediatez arreflexiva, espontánea de la cotidianidad, en la conformidad de proyectos individuales de mundo. En este transcurso, la psicopatología aprende del concepto de sentido una perspectiva distinta sobre lo patológico. Lo patológico es ahora una dimensión diferente de aquella resultante de una desviación de la norma. Sin embargo, las demandas inherentes a la prosecución del pensamiento de Heidegger conducen al mero asistir a la manifestación del ser y abandonan a un segundo lugar el estudio analítico de la actividad intelectiva en su secuencia interna. Por ello, se tiende a comprender las particularidades de la conducta como intransferibles, aunque sean concebidas como proyectos de mundo. Esto, que puede suministrar importantes recursos psicoterapéuticos, resulta insuficiente a la hora de formular un conocimiento transmisible y reproducible.

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IV. Urbanización de la experiencia originaria

El giro dado hacia Husserl y en concreto hacia su última exploración de la constitución y la transcendencia como fundamento del mundo de la vida, asumido por el último Binswanger y explotado por Blankenburg de una manera decidida (especialmente con respecto a la esquizofrenia oligosintomática17) puede suponer un punto de partida más constructivo para proseguir el análisis estructural de la experiencia originaria o precientífica, al hilo de los problemas planteados en la clínica psiquiátrica. Como señala Herzog18, la ya polemizada vuelta a Husserl supone para Binswanger la sustitución de los proyectos de mundo (Weltentwürfe) por los momentos egológicos de constitución y transcendencia. Es decir, la aprehensión del mundo como resultado de su constitución en la subjetividad trascendental.

Para facilitar la comprensión de estos conceptos sería preciso realizar aquí una incursión que seguramente excedería los límites para un artículo. Sin embargo, dada su relevancia para la lectura de este trabajo proponemos a continuación un esbozo de sus significados. Constitución se refiere al acto de síntesis de un objeto, por el que a partir de una multiplicidad de modos de aparición se manifiesta como una misma unidad. Además implica que, más allá de los diferentes modos de dación del objeto, éste se funda en un sentido de ser, en un estilo general original sin la constante participación activa del yo y por tanto sin una incesante actividad judicativa. Si entendemos el mundo como el producto de esta actividad constitutiva, entonces será fácil ver cómo ese estilo de ser constituido nos precede y nos trasciende. Así mismo, podremos comprender la relación del sujeto con el mundo como la constitución trascendental del sentido que el mundo tiene para él y la experiencia como la aprehensión de los datos según ese estilo de ser o, dicho de otro modo, como la efectuación de esquemas interpretativos de la realidad, pues “sólo conocemos dentro de un marco estructural, dentro de un «estilo de ser», dentro de un «sentido de ser» que ha tenido que ser «constituido»“19. Estos esquemas tendrían su origen tanto a partir de necesidades de adaptación biológica como de prácticas sociales. Con ello se hará posible un acercamiento a la experiencia transcendental objetiva desde la experiencia ontológico-natural; se habría conseguido conformar las estructuras transcendentales objetivas que fundamentan dichos proyectos de mundo.

El concepto de constitución permite un mayor rendimiento analítico-descriptivo en la medida en que, al ser más homogeneizable con otras formas del saber, favorece el estudio interdisciplinario. En ese sentido puede señalarse que las líneas de investigación de la síntesis pasiva del sentido y de la intersubjetividad aún prometen resultados clarificadores para algunos fenómenos como el autismo y el extrañamiento.

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V. Resumen

Si retrocedemos a la situación del encuentro con la que iniciamos la presente reflexión podemos ver cómo se ha alcanzado una perspectiva distinta sobre el problema. El encuentro puede entenderse ahora como la intersección entre aquello que hace frente, lo transcendente, y aquello que es egológicamente constituído, lo inmanente. El sentido se encuentra en esa intersección, suspendido en ese intermedio entre lo objetivo y lo subjetivo, inserto en la experiencia natural a la que dota de evidencia. Siguiendo el proceder metodológico que la fenomenología trascendental nos ofrece, la experiencia puede ser descubierta ahora como la constitución de un estilo, tipo, o sentido de ser. Nuestro acceso a la realidad está determinado por esa constitución de esquemas de implicación, como una serie de interacciones somáticas y extrasomáticas desde la misma materialidad. Mediante la prosecución de este conocimiento, que se dirige a la interpretación del sentido, a la clarificación de la experiencia del mundo y a la búsqueda de la estructura esencial de la subjetividad, la psicopatología podrá prestar aún su servicio a la comprensión de los problemas psiquiátricos.

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1. Schutz A, Luckman T. Las estructuras del mundo de la vida. Buenos Aires: Amorrortu, 1977.

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5. Laín Entralgo P. La historia clínica. Historia y teoría del relato patográfico. 3ª ed. Madrid: Triacastela, 1998: 613-615

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9. García Gainza J. Heidegger y la cuestión del valor. Pamplona: New Book Ediciones, 1997: 63 y ss.

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19. San Martín J. La estructura del método fenomenológico. Madrid: U.N.E.D, 1986: 265


Ilustración: Поле [Campo], Isaac Ilyich Levitan, 1895

 

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