La mano tendida del animal lógico

Por Carlos REJÓN ALTABLE


Nota previa

El texto que sigue se ha escrito con dos propósitos, menos compatibles de lo que uno quisiera. Rendir homenaje al trabajo de Pablo Ramos como él se merece y como se hacen estas cosas entre adultos que piensan, es decir, cuestionándolo en parte. El segundo objetivo, que surgió en los correos cruzados con el editor, es presentar algo de este trabajo a los que tengan interés en conocerlo. No extrañará a nadie que el artículo creciera más de lo previsto, hasta el punto de tener que adaptar su presentación.

El trabajo original se ofrece en el siguiente enlace para su descarga e impresión en papel: Original de La mano tendida del animal lógico.  El lector menos familiarizado con los trabajos últimos de Pablo podrá leer la selección de sus partes más expositivas ofrecida aquí en formato electrónico.

Agradece el autor de antemano a quien quiera acercarse al texto completo (y único original). El editor no puede sino recomendárselo a ustedes encarecidamente.


La mano tendida del animal lógico

(extracto)

 

IMG_1902Un paseo que recuerda otro paseo

“El asunto aquí es si puede naturalizarse la subjetividad, y ninguno de éstos lo responde”. Terminaba una conferencia de Thomas Fuchs en el INCPP de noviembre de 2017, en Madrid, y habíamos salido a la búsqueda de un café de media mañana. Andábamos por allí Jaime Adán y Álvaro Ramos, más un servidor. En el estilo del aforismo habrán conocido ustedes a Pablo Ramos. Casi se me cayó el café. Es un modo suyo de hablar que le conozco de tiempo y que aún me asusta. Pablo piensa a su aire en alguno de los asuntos de la charla y sin más preparación ni circunstancia te asesta un resumen/crítica elevado a la tercera potencia (es decir, pasado ya por los momentos previos de comprensión y contraargumento) que te deja callado, con la impresión de ser incapaz de hablar con él, profundamente torpe, un fraude, un residente eterno, un esbirro.

Al menos un rato.

Las conferencias habían tenido lugar en la facultad de medicina de la Universidad Complutense. Nos habíamos saltado las últimas charlas y la tarde estaba tibia, así que decidimos subir caminando hasta Moncloa. En el vestíbulo enorme de la facultad de medicina se puede ver una maqueta del plan de obras primero de la Ciudad Universitaria, y de los destrozos del frente de Madrid. Creo que es Muñoz Molina el que se dolía alguna vez de cómo arrasábamos en España con lo más civilizado y racional nuestro, al hilo de una novela suya que se desarrolla por aquí. Con esa carga melancólica sumada a la decepción de las jornadas, más bien mediocres, empezamos a cruzar los jardines y desmontes de la Complutense.

No hace mucho Serrano de Haro publicó un libro en Trotta en el que se valía de la reconstrucción imaginaria de un paseo por Madrid en el que Zubiri, parece, le explicó a José Gaos “la fenomenología” para redactar una introducción a Husserl que atendiera más al fenómeno del aparecer que a la recepción intuicionista y objetivante que le endilga a Zubiri. Pasearse en silencio con Pablo por Madrid, con esta referencia en el recuerdo y el asunto de la naturalización pendiente era casi una orden del universo para reabrir la conversación apenas iniciada en el descanso.

“Pablo, esto que decías de la naturalización de la subjetividad, depende mucho del concepto de naturaleza que estemos suponiendo ¿no te parece?”

Una frase que era más bien una apertura española que otra cosa. Los movimientos siguientes los hemos jugado tantas veces que no hay casi que pensarlos. Hace ya muchos años que Pablo me descubrió un libro de Félix Duque, la Filosofía de la técnica de la naturaleza, que liquidó para siempre cualquier pensamiento mío ingenuo acerca de una naturaleza autoevidente. No hay tal. Naturaleza es el nombre que un grupo social creador de técnica le da al Mundo sobre el cual ejerce su actividad de determinación. Eso previo sobre lo cual trabaja. Las características de la naturaleza como fondo de provisión idéntico a sí, nutricio y salvaje son un efecto de la creación técnica de mundo. Y la técnica, por su parte, no es principalmente un conjunto de instrumentos y prácticas, sino aquello común presente en estos instrumentos, en estas prácticas y también en los saberes y decires de la época.

Así, la pregunta de media mañana de Pablo podía reformularse como: “Dado el concepto de naturaleza actualmente operante en el pensamiento psiquiátrico, plantado firme en la modernidad temprana ¿puede naturalizarse la subjetividad?” Y aun con más detalle : “Dado un concepto de naturaleza como el operante en el pensamiento psiquiátrico, firme en la modernidad temprana, que supone concebir la naturaleza como mecanismo; su relación con la subjetividad como reducción a mecanismo y la reformulación de los rasgos propios de la subjetividad según las propiedades del mecanismo ¿puede naturalizarse la subjetividad? ¿Puede concebirse como un ente intramundano sujeto a leyes obtenidas a partir de inferencias abductivas, inductivas y deductivas que permitan predecir su comportamiento?”

Uf. No, claro. Si la naturalización supone el volcado completo de la subjetividad en neuronas, redes y relaciones entre redes, no. Si es inevitable elegir entre pensarla según se manifiesta, preservarla en su modo de ser y asumir que mantiene relaciones expresivas misteriosas con el organismo en el que habita o bien tomarla como una subjetividad epifenoménica, más bien prescindible, entonces no queda sino mantenerse en la tensión entre dos ontologías irreductibles, la de aquello que aparece, mundo, ente intramundano, ente ideal y la de la subjetividad a la que el mundo o lo ente se manifiesta.

Enter Schelling.

Subíamos por una arboleda raquítica, entre jardín y descampado, que aun así dulcificaba el estruendo del acceso a la carretera de la Coruña. No acabo de entender cómo estos parques mantienen un suelo de tierra apisonada que lo llena todo de polvo. La Casa de Campo es igual, el Parque de Roma lo mismo. Están llenos de papeles, de latas vacías. El polvo lo afea y lo entristece todo. Parecen aun más sucios que los barrios a los que quieren verdear, quizás porque uno contrasta sin querer la basura con los setos y los pinos menudos. La concepción nebulosa de la naturaleza como un fondo vegetal, animal y mineral, verde y promisorio, no se compadece mucho con sus delegados en Madrid.

“Quizás nos haría falta un concepto de naturaleza como el de Schelling”.

Pablo me miró de reojo. Este movimiento no se lo esperaba. Si han seguido sus textos últimos, es posible que hayan advertido la veta hegeliana que explota la crítica de la Modernidad y el desfondamiento de la subjetividad sustancial que son sus temas recurrentes, con las conclusiones más bien pesimistas para el negocio psiquiátrico y postpsiquiátrico que se extraen de estos ensayos. Un orden razonable para el decurso interno de la obra de Pablo puede darse como la aplicación a la psiquiatría de una radicalización ontológica del pensamiento fenomenológico que supere la ubicua psicologización contemporánea de la fenomenología, por un lado, y su confusión con idealismo objetivante o subjetivante, por otro. Y eso desde temprano, a través de Heidegger primero y, de manera más original y propia mediante la lectura de los grandes idealistas alemanes, Hegel sobre todo. Schelling lo tuvo ocupado en los años que vinieron tras El esquema de lo concreto, si no me engaña la memoria. Pero nunca habíamos hablado de Schelling, ni de Fichte, si vamos a ello. Ambos eran vicios secretos, lecturas necesarias para aprehender el meollo hegeliano.

Que no esperara el movimiento no quiere decir que se le escaparan las jugadas siguientes. Si hay, en esta tradición idealista, un pensamiento decididamente ajeno a una naturaleza mecánica, es el de Schelling. Claro que el de Schelling es un pensamiento en última instancia fracasado, incapaz de alzarse hasta sus propias aspiraciones.

O no.

Llegábamos a Moncloa y sabía yo que este asunto de Schelling se iba quedar crudo. Mejor, en realidad. Venía con nosotros, escuchando, supongo y pensando a saber qué un residente de psiquiatría, Álvaro Ramos (sin parentesco). Ya había sido algo grosero con él, apropiándome de la charla como si no estuviera, como para pedir encima que nos sentáramos ante unos cafés. Necesitaba rumiar a solas un rato, además. Valga como desagravio para Álvaro el desarrollo de una charla que tuve unos días después con otro residente, Julián Gómez Peñalver, algo más mayor, acerca de un texto de Pablo, El problema psicopatológico y la fenomenología. Lo vivo y lo muerto en la psiquiatría fenomenológica, que puede darle un trasfondo a esta conversación y ayudar a entender la coherencia de la deriva del pensamiento de Pablo hacia Hegel. Y con suerte, por qué mis disquisiciones embrionarias sobre Schelling no eran tan peregrinas como debieron parecer.

El texto parte de la existencia de un problema constitutivo en la psiquiatría, el de la inadecuación entre herramientas y tareas. Si la herramienta básica es la semiología médica, la tarea lo aboca a este escándalo del universo que se llama subjetividad. En tanto la subjetividad no se deja decir por una semiología que desconoce su modo de ser, la psiquiatría del XIX se cierra con un fracaso y la del siglo XX se abre con el extrañísimo propósito de volver esa subjetividad franqueable mediante su asedio y toma a través de la fenomenología.

Ahora, bien, esta fenomenología de la que algunos psiquiatras querían valerse no buscó, durante años de trabajo extenuante, sino alejarse de una subjetividad concebida como una cosa íntima y cerrada al mundo. El desarrollo de la fenomenología filosófica despliega ontológicamente un principio suyo irrenunciable que es el de la correlación intencional entre fenómeno manifestándose y subjetividad a la que el fenómeno se manifiesta. Mundo y subjetividad se pertenecen mutuamente, o según el texto, “la paradoja más importante es la de la subjetividad por la que ésta requiere de un mundo pero para que se dé representación del mundo se requiere de la subjetividad; se requieren recíprocamente.”

Esa pertenencia mutua no se resuelve en una indistinción de lo que se aparece, como si fuera igual una pera que un prójimo que un concepto. Al contrario, se refracta en modos propios para el aparecer del mundo y de las cosas del mundo; de los otros en el mundo o de uno mismo a sí mismo como ámbito de manifestación del mundo. Pero en todos ellos se intuye la existencia de una serie de estratos, donde abundan “elementos ocultos, pasivos y transcendentales que no representan nada pero sin los cuales no es posible la construcción del contexto en que es posible el sentido para el paciente y para el psiquiatra.” Poco que ver con la exposición de aquello invisible por privado que se entendió como aporte posible de una psiquiatría fenomenológica.

En este curso propio, la fenomenología filosófica no ha hecho sino excederse a sí misma. Superar su anclaje primero en la percepción como modo originario de acceder a las cosas y en la conciencia como región privilegiada de estudio. Ha descubierto ámbitos pasivos, impersonales, predados, resistentes a la apropiación cognoscente pero actuantes. Silvestres e incultos pero de los cuales somos responsables. Y en este exceder sus principios la fenomenología se ha encontrado con una subjetividad escindida de origen, que llega tarde a sí, a su propia pasividad, a su apertura siempre ya cumplida.

Este ámbito habrá de pensarse empleando las herramientas comunes con secunda intentio. Pablo cita a Croce: “El pensamiento especulativo consiste en que éste fije la oposición y que en ella se fije a sí mismo; y no como ocurre en el caso del pensamiento representativo en que éste se deja dominar por la oposición, y deja que ésta resuelva sus propias determinaciones solamente en otras o en la nada”. Y concluye: «Este recordatorio de Croce en su libro sobre Hegel nos marca la pauta de lo que la fenomenología puede aportar de vivo a la psiquiatría y lo que aporta de muerto si no afronta la contradicción que la constituye. En tanto que la contradicción interna de la psicopatología se mantenga abierta y persista en el preguntar por la opacidad esencial que se instaura en el signo psiquiátrico, la tarea de la psiquiatría requerirá de una herramienta capaz de producir inteligibilidad sin caer en la tentación de ser un conocimiento positivo».

Por esto Hegel.

Pablo asimila la reconducción de la actitud natural al ámbito trascendental con el paso del saber a la verdad en la experiencia de la conciencia. En otros términos, la verdad no está en las determinaciones puestas sino el proceso de ponerlas y superarlas. La verdad es el movimiento inagotable del Concepto, que pone como polaridades suyas representado y representante y les pide a los dos parejo movimiento. La subjetividad no puede positivizarse. Es un movimiento, una efectuación de lo Absoluto. Y es Hegel quien se ha abismado en esto Absoluto, hasta vaciarlo de sí mismo, limpiarlo de la hojarasca de una lírica pobre y atreverse a pensarlo como proceso en el que estamos siempre ya. Así, la fenomenología nos deja pensar a redrotiempo este Absoluto de Hegel en el que la correlación intencional queda a su vez expuesta en su necesidad ontológica.

Uf.

En el metro, de camino a casa, en la línea 4 que ha enhebrado mi vida de adulto, recordaba la suerte que he tenido de pasear bastante por Madrid con Pablo. Lo he acompañado desde el hospital hasta su calle por María de Molina, contento de que me fuera señalando las casas de Gutiérrez Soto, tanto las más interesantes por su tipología como aquellas de un “academicismo estéril” pero pensadas “para vivir bien”. O hemos caminado hasta la Residencia de Estudiantes para malcomer el menú. La fenomenología se aviene bien con estos paseos. Al fin y al cabo encuentra la conciencia desparramada, despedazada en el mundo que se le ofrece y donde se va reconociendo a cada paso. Pero este asunto de Schelling me había traído a la cabeza escenas de interior. Del tiempo en que escribimos juntos El esquema de lo concreto. En el cuarto de estudio del Dr. Ramos supe de la pertinencia de Hegel para entender cabalmente la psiquiatría, así que ningún sitio mejor para volver a la naturalización posible de la subjetividad, aunque hoy nadie me dé réplica ni yo pregunte a nadie más a que mis libros y a mi impotencia. Al fin y al cabo, si uno sale a buscar el Absoluto a cuerpo limpio corre el riesgo de ser devorado por un abismo sin fondo, o peor, de alucinar la familiaridad de eso para protegerse del terror pánico de enfrentarlo.

*

Ritos de paso con un wittgensteiniano improbable

Un cuarto de trabajo es como una cueva o el interior de un cráneo. Un lugar propicio para el acontecimiento ritual del pensamiento.

Una conversación, una lectura pueden poseerte. Durante horas uno ve, comprende, conoce. Pero ese conocimiento es prestado. Muchas veces el pensamiento anduvo a su aire por dentro de mi cráneo mientras charlaba con Pablo en su despacho, para después desvanecerse y no dejar sino un recuerdo empobrecido, que debía fijar con mucho esfuerzo de escritura.

Es difícil merecer esta claridad tan intensa. Hay que prepararla siempre, aunque llega cuando quiere. Hay que recordar que nos dejará sólo la ceniza de lo que ardía. Y hay que remediar la ceguera que tanta luz trae. Ceguera para las contradicciones, las insuficiencias, los rincones en sombra de todo pensamiento.

Así es con Schelling también. La intuición de la continuidad/diferencia entre los grados de organización de la materia puede hacer olvidar la extrañeza radical del último paso, de la conciencia, la primera persona. Un novum tal que para una larguísima tradición de pensadores ha justificado una escisión radical entre lo consciente y todo lo demás. Ésta es la maldición particular que marca toda una tradición inmanentista, que Pablo ha llamado spinozistas schellingianos y deleuzianos, si no recuerdo mal. Donde unos deben explicarse la continuidad los otros bregan con la diferencia.

Tantas veces salí del cuarto de Pablo como de los ensayos de Schelling. Confuso, sabiendo que había comprendido algo de asuntos como el del Absoluto, pero que era dueño solamente del recuerdo de haber visto. Cruzar José Abascal de vuelta a casa suponía el retorno gradual a las cosas del día, como el que vuelve a su casa después de una iniciación, cambiado por de dentro y cargado con la tarea de bregar con la compra y los cacharros y además mantenerse a la altura de lo visto en la cueva, en el libro, en el cráneo.

Este paseo solitario de vuelta era el final de un rito que comenzaba al cruzar la Castellana después de bajar por Hermanos Bécquer, rumbo a su casa Quizás alguno de los lectores haya compartido la experiencia de cruzar una avenida con Pablo. A penas vislumbra un hueco entre los coches flexiona las rodillas, abre ligeramente los brazos y da un acelerón sin que la marcha pierda dignidad. Sólo se hace carrera en caso de grave peligro de atropello. Sígale el que pueda. En cierto modo es el análogo físico de su tarea intelectual. “El que quiera que me siga, no me escapo, te espero, pero muestra algo de coraje en este asunto, atrévete a cruzar”.

Me atrevo.

El problema de la naturalización de la subjetividad no es un pasatiempo ontológico. Concierne al afianzamiento de la psiquiatría como forma específica de experiencia. Y nos empuja hasta una contradicción ética, que se puede resumir así: “La psiquiatría se ha establecido como un saber (fallido) de la subjetividad. Ha sustancializado una apertura, una mediación. Ahora bien, si la subjetividad es apertura, entre, transición, entonces no puede decirse. Luego la psiquiatría es imposible. Colguemos la bata (los que la lleven)”

Esta llamada a la disolución está presente en muchos escritos últimos de Pablo y desde luego no duda en expresarla en privado con una contundencia mayor que en sus ensayos, créanme. Pero no es un asunto tardío, es una imposibilidad posible que anda por la misma tesis doctoral que celebramos aquí. Ahora bien, tanto la tesis como un par de piezas fundamentales anteriores a El esquema de lo concreto (Método trascendental y método fenomenológico y Trama mundana y experiencia abierta) apenas pueden encontrarse, si no entregamos copia los pocos afortunados que disponemos de una. Así que voy a plantear esta imposibilidad del decir que lastra, me temo, su pensamiento a partir de algunos trabajos más recientes, y a partir de ellos, volveré a los más antiguos

Positividad y psiquiatría en especial. Este ensayo cae lejos de la elegancia y claridad asombrosas del publicado en esta misma casa no hace mucho (Grandeza y fatalidad en psiquiatría), o del ir y venir de la tradición clínica a su desmantelamiento a través de una compresión cabal de lo moderno de muchos otros (Modernidad, psiquiatría y delirio). La prosa quedó retorcida, confusa a veces, contradictoria. A cambio, asistimos al puro esfuerzo de pensarse a sí misma hasta el final.

Pablo cuenta cómo La Modernidad ha desentrañado la subjetividad, la ha reducido a una forma que asegura las condiciones de toda experiencia posible reconduciéndolas un Yo inexperienciable que asegura la unidad y coherencia de las representaciones. Y que, a partir de Kant, toma las condiciones de experiencia posible como las condiciones de los objetos de experiencia posible. La metafísica se liquida como conocimiento, se abre el largo proceso de pensamiento postmetafísico en el que estamos, donde ha habido de todo pero, para Pablo, sobre todo la conceptuación de la subjetividad como algo vacío, un movimiento, un pasar al mundo y volver del mundo, un tiempo que es nada. Y de nada no se puede decir nada… positivo. Ha de irse uno hasta lo profundo hegeliano, al espectral trabajo de lo negativo, a la nada que no puede volverse conocimiento positivo (¡¿cómo!?) y que siempre está ya en otro lugar…que no es ningún sitio positivo aunque sí cualquier sitio concreto, en su fondo, poniendo y quitando determinaciones.

Por otro lado, como en un bamboleo reactivo, esta misma Modernidad ha sustancializado la subjetividad ponente dándole forma de objeto del cual decir algo, pero sin que perdiera su cualidad (oculta) de sostén de lo dicho. Ese sostén que “conoce todo y no es conocido por nada” de El mundo como voluntad y representación es transformado en la cosa cognoscible/cognoscente, psicologizada y cerebrizada propia de la psiquiatría hasta hoy.

Tenemos entonces una sustancia que se funda a sí misma como objeto; que para ello extrae de sí la fuente de toda legalidad y que se olvida, para poder ser a la vez sujeto y objeto, de que al fondo de sí hay un movimiento que deshace las determinaciones que se pusieron para poder pensarla. El fundamento deshace lo fundamentado. Una posibilidad vacía que da posibles al decir sin poder ser dicha es exactamente la forma lógica de la proposición, para el Wittgenstein del Tractatus. Algo que se muestra pero de lo que no se puede decir nada sensato. Un fundar lo dicho en lo vacío simbolizado así [p̃, ξ̃, N(ξ̃)].

Ah, los grandes animales lógicos. El camino de Pablo no es la lógica formal, sino la Ciencia de la Lógica, que le deja entender esta posibilidad vacía en tanto movimiento, no como un paréntesis vacío a rellenar por signos. Y que resuena con algunas páginas de la tesis donde ya se definió lo humano como posibilidad. De modo que el lenguaje de la psiquiatría y el objeto de la psiquiatría se aguantan al final en lo mismo de la misma nada, el mero denuedo del Concepto que es de la cosa y de la palabra de la cosa.

No traigo a Wittgenstein a humo de pajas. Esta coincidencia en lo mismo priva a Pablo de los frágiles reposos que el Tractatus dejaba a los convencidos: callarse la metafísica por un lado y confiar en la ciencia por el otro. Aquí tocamos el corazón mismo de la angustia intelectual de Pablo. La experiencia psiquiátrica niega que se pueda establecer un saber cierto mediante la fijación descriptiva de los referentes de su semiología. La incapacidad discriminativa, la inestabilidad referencial, la sucesión de nosotaxias y la abundancia de conocimiento acerca de no sabemos qué no son contingentes. Son el efecto del movimiento interno de la subjetividad. Son la subjetividad en acto burlándose de la necesidad de firmeza, univocidad y omnimoda determinatio de las ciencias positivas. La mera posibilidad del decir está minando las pretensiones de lo científicamente dicho.

Y de ella no cabe decir nada que complemente lo efectivamente dicho y lo mejore. No cabe decir nada porque no es nada más que movimiento. No puede convertirse en un conocimiento superior. Luego la psiquiatría es imposible. Luego hay que callarse. Pero tampoco puede callarse uno, porque hay pacientes que cuidar.

Hubo para Pablo salidas posibles de este atasco. En la época de la Experiencia psiquiátrica pensaba que podía escaparse de esta metafísica vergonzante mediante dos recursos conceptuales. El mundo de la vida, que se estructura según una cierta normatividad contingente pero no arbitraria en la que todos nos hallamos, a partir de la cual se pueden reconstruir menoscabos, formas idiosincráticas o trastornos.

Y la conceptuación de la subjetividad como apertura, que implica incluir la libertad (el movimiento interno a la forma sujeto, diríamos hoy) como criterio para concebir las formas frustradas de habérselas con esto normativo. Así, en Trama mundana y experiencia abierta se mostraban dos menoscabos diferentes de esta libertad del sujeto: la psicosis y los trastornos de personalidad. Treinta años después, no parece quedar esperanza.

El horizonte conceptual de la tesis era ya, entonces, la transformación hermenéutica de la fenomenología, por decirlo con el título de un libro de Ramón Rodríguez que nos ocupó en un seminario dirigido por Pablo al Dr. José Soria, José González y Paz Villalba (ambos residentes del Hospital de la Princesa por entonces), y a mí mismo (en un limbo muy grato entre la carrera y la residencia) durante el año 1997, me parece. Es decir, diez años después del pie de imprenta de la tesis de Pablo. Diez. Una década antes Pablo ya se había transformado él solito. No extrañará a nadie, entonces, la desesperación que acomete a Pablo por temporadas cuando se le identifica con una contumacia insólita como “psiquiatra fenomenológico”. Más o menos como decirle: “no hemos leído nada de lo que has escrito desde 1987”. La normatividad del mundo de la vida, la subjetividad como posibilidad y la lingüisticidad de la experiencia abocaban a una psiquiatría “hermenéutica” que nunca ha llegado a cuajar pero que nunca ha dejado de aparecer. De hecho, el par “reflexión y reconstrucción” que proponíamos en el último capítulo de El esquema de lo concreto puede muy bien concebirse como una variación ajustada a la tarea psiquiátrica de algunos principios hermenéuticos. Y en los trabajos últimos escritos con Jaime Adán Manes reaparece con el nombre de “objetividad hermenéutica”, un hallazgo brillante, mucho menos paradójico de lo que una lectura apresurada podría sugerir.

Sin duda, parte de la renuencia de Pablo a explotar sistemáticamente los hallazgos defendidos en su tesis, que le habían facilitado ya una tipología original de los estilos generales del enfermar psiquiátrico, obedece a la inclinación de cualquier concepto reconstructivo a transformarse en una especie de “causa hermenéutica” (y esto sí es una fea contradicción) que organice la patología psiquiátrica de manera similar a los trastornos del ánimo o de la personalidad (cuya naturaleza, efectivamente, reconstructiva, se deja ver ahora con claridad, dicho sea de paso). Ganábamos poco si la normatividad del mundo de la vida se transformaba en una instancia causal. La psicopatología debía purificarse de toda esta adherencia pseudocausal, pseudosustancial y eso hicimos en El esquema de lo concreto, donde renunciamos al compromiso epistémico de la praxis psicopatológica con la semiología descriptiva. El repertorio semiológico tradicional debía tomarse como puerta de entrada, anclaje, chispa inicial de un proceso esquematizante que de suyo era vacío. Tanto que en mi propia versión ascética de este asunto toda la semiología transparentaba unas magras entrañas lógicas (hegelianas): que haya determinación que distinga y que haya supresión de la determinación que recupere lo concreto.

El resto, silencio.

O no. Hay una ingeniosa manera de espantar este fantasma con el dedo en los labios que se aparece de tanto en tanto entre los escritos de Pablo. Consiste en darse cuenta de que la cópula de la proposición asertiva (x es p) tiene una dimensión que no aparece en ninguna notación del tipo f(x) = y o aRb . “Es” implica una comunidad de hablantes como condición lógica inexcusable para que algo sea algo. Y si hay hablantes hay acuerdo. Y con el acuerdo aparecen metáforas, analogías, modos todos ellos válidos de uso del lenguaje en tanto asentados en la comunidad de hablantes que está incluida abreviada en la forma lógica de la proposición. Esta comunidad de hablantes emplea conceptos reconstructivos como “personalidad” y metáforas como “delirio”. Pablo tanteó esta salida en algún momento, aunque le acabó por resultar insatisfactoria. Primero, por la insuficiente radicalidad lógica de esta pragmática trascendental. Por la amenaza de reificación causal que aparece siempre, sin duda debido a las condiciones especiales de la práctica psiquiátrica, clínica, forense, investigadora. Pero también por un enemigo secreto, que acecha todas estas construcciones leves, tan elegantes, tan frágiles.

La naturaleza.

*

Dentelladas del animal lógico

Para aquellos que no vivieron la época (yo tampoco) el erial psiquiátrico de los años ochenta es difícil de imaginar. Una pobreza tal que saludó en la esquizofrenia positiva y negativa o I y II o en la depresión como vía final común sus propuestas señeras. I y II. Positivo y negativo. Créanselo. Una época en la que el texto de Parnas y Bovet Autism and Schizophrenia revisited se fotocopiaba y leía entre unos pocos como el único texto en inglés que enlazaba, al menos en la intención, con Minkowski o con Blankenburg. Este secarral alejó a muchos de cualquier interés por la fisiología, la biología y toda naturaleza que no viniera asada.

Estos fueron los años en que Pablo cursó medicina en la U.A.M y acudió como oyente a la facultad de filosofía de la Complutense Los años en que redactó la tesis, cuya lista de agradecimientos incluye el servicio de préstamo internacional del Instituto Alemán que le proporcionó material inaccesible en “el lamentable desierto bibliotecario nacional”. Los años en que se formó como residente y asistió a las charlas soñolientas de lo que se tenía por tradición fenomenológica en España. Y en estos dos o tres lustros de trabajo solitario se forjó una personalidad de rara coherencia, que ha atraído a médicos de varias generaciones. Alguien capaz de enseñarte el oficio y el pensamiento que debe sostener el oficio. Alguien con quien leer Ser y Tiempo en una guardia, como contaba José González, con profundo agradecimiento, y de hacerte entender que Ser y Tiempo no le da lustre a nadie, que no es lo “cultural de la cultura”, sino portador de algo que está en la cosa, por robarle la expresión. No quiero reducir el convencido antinaturalismo de Pablo a este contexto formativo, pero no me cabe duda que sensibilizó su oído a la música hegeliana que apunté más arriba, esa del espíritu que se arranca a sí mismo de la naturaleza para apropiársela después.

Naturalismo, materialismo, positivismo. En muchos escritos de Pablo hay un colapso de los campos semánticos de estos tres términos, fundado en la historia de la psiquiatría, sin duda, pero responsable también de un atasco, una imposibilidad que aboca a vérselas con mutaciones cada vez más sutiles de una sustancia espiritual activa y libre que da forma a una estofa opaca, inerte, pasiva .

Porque no son lo mismo, claro. Naturalismo dice más bien de aquel pensamiento que niega la existencia, o la pertinencia para explicarse las cosas mundanas, de una sustancia ajena a la naturaleza, sea cual sea. No se entiende sino a partir de un estado de cosas que da sentada esta oposición, aunque sea para negarla; y de una determinada concepción de lo natural y de lo espiritual que se oponen. Qué se piense como espiritual hay que aclararlo cada vez, pero libertad y entendimiento son ejemplos clásicos.

Materialismo dice que, para un determinado campo epistémico, solo son de aplicación las propiedades del elemento o elementos básicos (fuego, quarks) y sus relaciones, que por lo general se piensan hoy como carentes de intención y significado, es decir, mecánicas en un sentido lato (no es igual el mecanismo de relojes que el de algoritmos, pero mecanismos son) Si el campo epistémico incluye entidades o propiedades aparentemente intencionales, axiológicas, significativas deben reducirse a sus otras propiedades mecánicas.

Y positivismo, para terminar, nombra un a priori del conocimiento (y es un a priori, una proposición gramatical, una creencia) por la cual lo dicho agota el decir, la representación la cosa, la omnimoda determinatio la naturaleza, esencia, estructura de lo ente y con ella la de la realidad toda.

En cierto modo, el positivismo es la filosofía espontánea del físico y sólo se vuelve conflictiva en eso que se llama ciencias humanas y en sus híbridos con las ciencias naturales. En el caso que nos ocupa, el de la psiquiatría, el positivismo asegura este andamiaje: La naturaleza es concebida como un conjunto de elementos materiales básicos y de relaciones entre ellos, cuyas propiedades son mecánicas y están exhaustivamente descritas por las leyes de la física. A pesar de reconocer niveles crecientes de complejidad (química, biología, fisiología) niegan la aparición de propiedades no reducibles, es decir, deben en algún momento ser capaces de dar cuenta de cualquier fenómeno intencional, axiológico, significativo, en tanto no hay lugar en el Universo para dos conjuntos de leyes paralelos o contrastantes.

La naturaleza no tiene mucho que ver con todo esto.

La coyunda de naturalismo, materialismo, positivismo es una contingencia histórica que debe disolverse.

Porque en la pureza apenas anterior a desaparecer en luz la naturaleza no es nada sino designación del origen: physis. Y enseguida, un conjunto de fuerzas que son ya lógica: posición, negación, síntesis en acto, la misma lógica que puede ser formalizada en la Ciencia de la Lógica.

Porque si no es del mundo, de dónde viene esta lógica. Si no es del mundo, cómo enterrarla en la carne del mundo. De dónde toma su poder la palabra, la forma, el esquema, si no es el del mundo imponiéndosela al mundo, del plenum puro material siempre ya traspasado de vacío, de negación, de contradicción. ¿O debe de veras pensarse como una proyección, una red que cae sobre una blanda, informe, indiferente masa común natural? Esta es la intuición de Wittgenstein en sus Notas sobre lógica también, que figuración, reflejo, proyección son nombres del mundo pensando el mundo. No reduciendo el mundo a lógica formal. Asombrándose de la mismidad lógica.

Esto no debería escaparse a un hegeliano. Pero Hegel mismo se apartó de esta tarea, que tanto convenía a sus fuerzas sobrehumanas. Tal vez porque le andaban muy cerca las oscuridades y la indiferencia romántica, la amenaza de un panteísmo disfrazado de panlogismo flojo. En el curso de 1803/1804 Hegel piensa todavía la naturaleza como “imagen” de la inteligencia, pero se apartará enseguida de esta mismidad en la imagen y acentuará las diferencias entre naturaleza y espíritu. La forma de ser de la naturaleza es la coexistencia espacial, partes extra partes y su oscuridad, su opacidad, se opone a la historicidad del espíritu y a su identidad estructural puramente relacional, tomada de la conciencia. El espíritu es movimiento que pone una estructura relacional pura, advertida en sus efectuaciones objetivas y en sus formas subjetivas, irradiación, conocimiento que se opone a la opacidad de la tierra, al sueño de la naturaleza. Para 1805/1806 conciencia, yo, libertad han desplazado a la unidad primigenia de naturaleza y espíritu, Hegel ha desarrollado la filosofía del espíritu a partir de la estructura relacional de la conciencia y ha madurado esta otra concepción de la naturaleza como aquello de lo que el espíritu se arranca y que domina mediante el trabajo, el concepto y el trabajo del concepto.

Y este es el recorrido de Pablo, también, la articulación de su antinaturalismo. La causa, quizás, de esta rumiación de la Modernidad que le ocupa desde hace años. El sujeto se ha disuelto, pero el mundo es siempre todavía mecanismo, opacidad, ley.

Salvo que no.

El comienzo es el Absoluto, siempre ya efectuándose, siempre ya perdido para el pensamiento, que debe alzarse hasta él, decirlo con justeza, con la mayor posible, qué otra tarea puede tener el pensamiento.

Y Absoluto es cancelación de las oposiciones, identidad de la identidad y la diferencia. No puede agarrarse con proposiciones apofánticas, porque cualquier proposición de éstas separa sin remedio sujeto y predicado, ésta es la pura condición del decir. Para el Absoluto se precisa una torsión, la intuición intelectual, el silogismo especulativo, un salto que lo atrape en su infinito hacerse finito.

Si lo puesto es naturaleza y conciencia, materia y espíritu, nadie podrá confundir el Absoluto con ellas, sino atreverse a pensar aquello en que ambas se reúnan en lo mismo, donde puedan cancelar sus diferencias, por abstractas, manteniéndolas, por haber sido puestas en el movimiento apenas decible de esto Absoluto: el fondo de Dios, distinto de Dios cuando Schelling dejó atrás la filosofía de la naturaleza; el mero despliegue de la Idea, para Hegel. Y aquí la crítica hegeliana es impecable: ¿qué falta nos hace un fondo indeterminado, esa tibieza esa oscuridad que todo lo ha parido, también el mal y que nunca se agota? Ninguna. Se precisa una dureza lógica. Que la sustancia sea sujeto y el sujeto lógica.

Esta concepción del Absoluto como lógica implica su presencia efectiva en el mundo. Pero en el mundo, la opacidad aguarda. Al cumplirse en el pensar el paso del puro movimiento de la lógica a las figuras donde el movimiento habita se deben escoger aquellos momentos que se oponen: naturaleza, espíritu. Y los rasgos en virtud de los cuales se oponen: libertad y ley; actividad, y pasividad; sueño y vigilia. Ese paso es lugar propicio para las mezclas lógico-metafísicas, los conceptos híbridos, las obviedades del sano sentido común de la época. Qué sea la materia, por ejemplo, el alma, el mecanismo. En ese paso acechan las metáforas inadvertidas, las analogías sonámbulas. Ahí se pierde uno siempre, por ahí hay que volver a pasar siempre.

Porque hoy contemplamos el sujeto disuelto en el mundo. No hace falta ya pensar espíritu donde queremos decir cuerpo y nos extraña, donde queremos decir naturaleza y nos rechina. La subjetividad humana no es sino avatar, forma que toma este sujeto que ahora es el mundo, vaciedad que articula un modo singular del mundo. No queda elección sino reclamarse del mundo, reclamar un modo específico de ser naturaleza capaz de pensar al mismo tiempo continuidad y corte, común natural y natural propio, animalidad y arrojamiento, arrojamiento animal a un cuerpo que es naturaleza capaz de doblez, de pensamiento, de escandalosa distancia de sí. No sabemos cómo, hay que pensarlo.

*

Y paseo de vuelta

Hace poco estuvimos comiendo en la Residencia, con Álvaro y Julián, y en algún ratito a solas Pablo me contó que había decidido centrar estos años en la Lógica, en tanto sólo Hegel dejaba pensar hasta el fondo esta herida en el ser que es la subjetividad, y eso a través de una comprensión cabal del Absoluto como proceso.

El comedor de la Residencia es un lugar sobrio y de poco ruido, con ventanales a la colina que dejan pasar una luz amable, manteles blancos, mala comida, peor vino, paneles de madera clara en las paredes y lámparas que recuerdan los diseños de Adolf Loos. El paseo de vuelta por Serrano deja ver institutos científicos, asociaciones de estudios clásicos, casas lujosas y poco comercio, al menos hasta el cruce con la embajada americana. Benet vivió un poco más arriba, en una bocacalle con chalecitos. Cada noviembre hay una carrera que acaba entre los edificios del CSIC. Los huertecillos del instituto Ramiro de Maeztu dan casi con la Residencia. Madrid parece habitable allí, y apenas fatiga desandar cuesta abajo el trayecto que anduvieron Gaos y Zubiri, chafardear un poco y que yo le conceda algunas cosas a Pablo y le niegue otras.

Schelling fracasa al pensar el Absoluto. Tanto el denuedo del concepto como el silogismo especulativo son conceptos más acabados que el fondo de Dios y la intuición intelectual. Espero con envidia y asombro anticipado el trabajo de Pablo a partir de Hegel. Pero la naturalización de la subjetividad no depende del Absoluto, o no por completo. No hay ninguna necesidad de naturalizar la subjetividad. La subjetividad es ya de siempre naturaleza porque la naturaleza es siempre ya poder infinito de organización que se finitiza en formas que excede. No hay identidad diferenciada en lo mismo, ni redención de la materia, sino procesos y formas y saltos de formas que no pueden reducirse a sus elementos y que habitan alrededor de una ausencia que las configura. Subjetividad es el perpetuo hacerse de la unidad contingente y transitoria entre elementos dispares resuelta en el humano en una ipseidad vivida. Una síntesis constante de heterogeneidades que se ofrecen pasivas, que han aparecido como hábitos, como lenguaje, como indisponibilidad de las vísceras y consistencia de la carne y que son naturaleza aconteciendo como primera persona, porque esa primera persona es el nombre de la estructura misma en que estos elementos distintos producen siempre. Aunque eso mismo no sea sustancia, ni proceso, ni imagen, ni alucinación siquiera. Apenas algo más que una nada, mera manifestación de la carne muda.

Eso sí, la casi nada de la primera persona es un escándalo, y alucinada o ausente es un novum a tratar como potencia de la naturaleza, porque aparece como un retraso y un movimiento y un hacerse cargo de la carne del mundo, poblada de individuos que llamamos vísceras, hábitos, vínculos. Somos individuos de individuos y esos individuos que nos habitan viven según modos y fines y exigencias propias.

Este yo que refulge en esta síntesis fugaz de lo heterogéneo es y no es del mundo. Es condición para que se manifieste mundo, es su borde. Pero no es una cosa. Es una dehiscencia, tal vez, por donde se pliega y en donde acontece como novum ambiguo. No porque no sea natural, sino porque lo es a su aire. Porque es mundo conociéndose a sí mismo.

Queda por ver también como hacer valioso todo este asunto para la psiquiatría. Una tarea enorme y a emprender con urgencia. Tal vez dando nombre a toda esa carne de individuos, asumiendo la in/coincidencia y la tensión, comprendiendo que la síntesis dice solo yo pero lo dice siempre igual con letras distintas, y que eso importa. Que ese resumen puede ofrecer (para la reconstrucción, en lo subsignificante) la textura concreta de este síntoma de este paciente.

En fin, querido Pablo, tal vez la subjetividad no pueda naturalizarse porque es siempre ya naturaleza de la que no cabe hablar en lengua de máquina, naturaleza que pide ser dicha con palabra propia. Otra cosa es que alcancemos la altura de esa verdad, de ese fulgor del mundo que somos, de la ausencia que vino del exceso que nos habita.

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Algunos textos consultados.

Duque F. La era de la crítica. Tres Cantos: Akal, 1998.
Deacon T. Naturaleza incompleta. Barcelona: Tusquets, 2013.
Hegel GWF. Diferencia entre los sistemas de Fichte y Schelling. Madrid: Alianza, 1989.
Hegel GWF. Filosofía real (JenaerSystementwürfe: 3). México D.F: F.C.E, 1984.
Hegel GWF. Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio. Madrid: Alianza, 1997.
Hofstadter D. I am a strange loop. New York: Basic Books, 2007.
Leyte A. Las épocas de Schelling. Tres Cantos: Akal, 1998.
Leyte A. El paso imposible. Madrid: Plaza y Valdés, 2013.
Schelling FJW. Del yo como principio de la filosofía. Madrid: Trotta, 2004.
Schelling FJW. Experiencia e historia. Textos de juventud. Madrid: Tecnos, 1990. (Panorama general de la literatura filosófica más reciente: 55-135.)
Schelling FJW. Escritos sobre filosofía de la naturaleza. Madrid: Alianza, 1996


Ilustración: Intensidad, cualidad, extensión (Schelling I). Carlos Rejón, julio de 2018

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