Costuras de la modernidad

Reseña de El discurso psicopatológico de la modernidad. Ensayos de historia de la psiquiatría de Enric NOVELLA (Catarata, 2018)

Jean Édouard Vuillard - The Dressmaking Studio II

 

Que yo sea médico y usted un enfermo del espíritu, en eso no hay inmoralidad ni lógica, sino una simple casualidad.

A. EFIMICH

 

EL MILENARISMO FINISECULAR disparó todas las alarmas en la concepción de lo mental. Mientras unos proclamaban la “década del cerebro” otros apuraban la elegía de un sujeto herido de modernidad. Enric Novella lo certificaba en 2007: «Entre los múltiples diagnósticos a los que nos tiene acostumbrados la crítica cultural y filosófica de nuestros días, quizá ninguno goce de mayor circulación que el que nos habla de la crisis del sujeto» (Construcción y fragmentación del sujeto psicopatológico).

Estos nuestros días habían arrancado con la última década del siglo. Diversas y autorizadas voces alertaron a lo largo de los noventa sobre la contemporánea y explosiva mezcla de tres conceptos: Self, Modernity & Identity, tratados por extenso en una serie de trabajos de —entre otros muchos pero de forma destacada— Charles Taylor, Nikolas Rose, Anthony Giddens o Kenneth J. Gergen. Bien conocidos todos por Enric Novella constituyen, a nuestro entender, el núcleo de la propuesta ofrecida en el libro que ahora reseñamos, El discurso psicopatológico de la modernidad. Ensayos de historia de la psiquiatría, maravillosamente editado por Catarata este 2018.

El peso de la crítica cultural de la subjetividad se hará sentir en las “heridas del sujeto” tratadas en la segunda parte de la obra. Melancolía, esquizofrenia y estados fronterizos serán comprendidos en ella desde una perspectiva que trasciende lo intrapsíquico para abarcar la modernidad entera, a cuya lectura psicopatológica se dedica la primera parte. Porque la crítica epocal no se sustenta en Novella sobre la nada, no responde a la rebeldía tan generalizada hoy en la que la impugnación de los grandes relatos termina por descubrirse como uno más, tal vez el último y más cínico, de los refugios de la identidad perdida. Un laborioso estudio de la modernidad y sus flaquezas precede aquí a la censura de sus riesgos. Hondo conocedor de los fundamentos constitutivos de la época y sus diversas lecturas psicopatológicas, son múltiples los estratos y pasillos a los que Novella nos va franqueando la entrada: el reto de la alteridad en la joven sociedad democrática, la precariedad de un individuo que en ella tenderá al repliegue, la medicalización de un alma desgajada en psique o las mutaciones de una normatividad que, a la par que introducirá la racionalidad médica en las técnicas de gobierno, expondrá a la crítica cultural el padecimiento subjetivo.

En este sinfónico movimiento vemos surgir una psiquiatría que gana su objeto con la “anexión médica de las pasiones” (p.37). Si entendemos éstas no como puros afectos sino como el entero ámbito de la espiritualidad reservado hasta entonces al dominio religioso, no nos sorprenderá el poder que en la secularizada sociedad postrevolucionaria adquiere con presteza la medicina (con el fisiólogo Cabanis al frente) en la dirección moral de los ciudadanos. Esta pronta fijación de la psiquiatría en la naturaleza segunda del dolor, esto es, en su dimensión cultural, fue lo que permitió —con el inestimable apoyo del conservadurismo burgués— su firme legitimación como disciplina científica. Aunque, aprestada en la confección de nuevos hábitos, dejó ciertamente impensado (descuidadas las costuras que podían escocer) a quien los vestiría (y cuando se acordó de él, vio solo el cuerpo llagado). Esta cómoda posición de director de modas y conciencias, esta asunción de la tarea pastoral en el tránsito teo-tecnocrático, fue el roto por el que la posmodernidad empezó a arrancar jirones. Veamos qué carrera siguió la crítica.

El personaje histórico que encarna la denuncia de los excesos medicalizadores de «un sistema que generaliza en exceso la locura» es aquí Alexandre Brierre de Boismont, quien ya en 1856 alertaba de cómo «el gran error de algunos médicos alienistas es ver locos por todas partes» (citas en pp. 76 y 78). Dos serán los hitos de la psicopatología en los que se detendrá el análisis: las alucinaciones y el suicidio. La cruzada por no «extender más allá de lo conveniente los confines de la locura» (p.70) se enfrenta en el primer caso a interpretaciones psicológicas morbosas como las defendidas por Louis Francisque Lélut en Sócrates o Pascal. Ante tal despropósito patologizador trata Brierre de recuperar terreno —si cabe la metáfora— para la espiritualidad frente a lo psíquico y defiende que «lo que puede ser cierto para el carácter y el humor es totalmente falso en relación con el alma» (cit. p.68). Del mismo modo niega en lo tocante al suicidio que este sea necesariamente, contra el credo fisiológico de hoy y de siempre, “un acto de locura”. Bien puede el ennui conducir al deseo de terminar la propia vida como gesto de «una individualidad legítimamente atormentada», sostiene (p.76). El descontento de Brierre con la ciencia no es sin embargo mero resultado de “la insuficiencia de la observación externa” o del “ingenuo inductivismo baconiano” característicos de los primeros alienistas (cuestión tratada en el capítulo segundo: La clínica de la subjetividad). Mucho más tendría que ver su negativa a considerar enfermo todo extravío perceptivo o desfallecimiento vital con las reservas ante una medicina cuyo «discurso psicopatológico no debía desplazar en ningún caso la preeminencia de las creencias y los dogmas cristianos en torno a la divinidad, la espiritualidad del alma o el libre albedrío» (p.82). Una temor similar pone Chéjov en boca de Andrei Efimich en 1892: «si la humanidad realmente pudiera aliviar sus penas por medio de píldoras y gotas medicinales, no tardaría en desechar la religión en la cual había encontrado, no solamente protección contra toda clase de miserias, sino la misma felicidad» (Палата № 6). Y no era ciertamente gratuita la caución pues la psiquiatría, si bien se ofrecía como remedio, no podía negar que compartía el mismo rebelde, «ambivalente y equívoco destino del individuo moderno y sus aspiraciones de autonomía, singularidad y emancipación» (p. 92), fuentes estas de la tristeza que —leemos— ahogaba al nuevo ciudadano solitario y descreído. No era inocente su papel, aunque tampoco en rigor culpable. El alejamiento de Dios y la pretensión de crear un mundo propio se venía gestando desde tiempo atrás en el individuo idolatrado. Milenario, se nos dice, es el legado de la melancolía (pp. 25 y 99). Y si la Ilustración había favorecido el paso del genio melancólico al vulgo deprimido, la psiquiatría apenas hubo de parcializar un tanto la locura y abrir hueco a la afectividad para dar al “mal del siglo” su acomodo nosográfico. Más que inventar la depresión diríamos nosotros que el alienismo se ofreció como horma epocal a una tristeza entendida como “experiencia constitutiva” (p.105) de una modernidad ensimismada. Y si puede sostenerse que la depresión no sea sino la enfermedad de un Occidente viciado por la introspección de una “autoconciencia mórbida” (p.105), no parece ser otra la conciencia objetivante y reflexiva con la que la esquizofrenia se dice que mantiene una “relación constitutiva” (p.123). El mal moderno de la conciencia, único, podríamos decir, atravesado por los ejes de Colina: el melancólico y el paranoico.

Algo parece desplazarse el foco cuando se trata de iluminar otra de las grandes regiones de la psicopatología: los trastornos fronterizos. Aunque se entienda su génesis en continuidad con las mentadas peripecias de una identidad emancipada que debe construirse sin el apuntalamiento de la tradición —desanclada (Giddens) de sus marcos de referencia (Taylor) y desprovista de “reservas de sentido” (Berger y Luckmann)— su problema no es exactamente el mismo. Hija tardía de la modernidad, la identidad difusa característica de los estados límite respondería —siguiendo una posmoderna lectura de Bauman— no ya a las tensiones propias de la conciencia escindida sino al abandono de lo que Taylor denomina la «vieja aspiración romántica de superar la fragmentación» (Fuentes del yo). En los estados fronterizos ya nadie pretende zurcir el corte en el sujeto. Hasta entonces la moderna arrogancia sí había intentado coser la herida, aunque fuera al precio de la triste constatación de su impotencia o de la delirante negación del desperfecto. En el límite la herida está literalmente abierta, sin que ya nada ni nadie pueda ofrecerle remedio o componenda.

Lo que con todo se mantiene, de la modernidad a la posmodernidad, de los rotos de la conciencia al descosido de la identidad, es la consideración de la enfermedad «como el correlato psicopatológico de un fenómeno que va mucho más allá de lo estrictamente intrapsíquico» (p.129). Sus males se entienden urdidos en la Historia y es por ello que la crítica cultural que Novella despliega con gran rigor, asombrosa erudición y envidiable estilo narrativo, resulta imprescindible. Pero si ya la comprensión del sujeto exigía, caso de querer trascender su desmembración sintomática y reducción organicista, alguna idea de totalidad con la que establecer una relación dialéctica que lo cohesionara; si ya el ser humano se definía con Magris como “hormigueo de fragmentos” y se asumía que «tiende a reaccionar como una totalidad organizada ante su campo fenoménico o experiencial» (2007); mayor razón habrá para pedir cuentas de totalidad al conjunto de totalidades —la redundancia es clave— que es la sociedad (más allá del mero agregado de individuos, de totalidades simples, si cabe decirlo así y es eso posible). Del mismo modo que el proceso es paralelo lo son también sus riesgos, y si la consideración del sujeto podía escorar para Novella hacia el antropologismo, el sociologismo —advertimos nosotros— se expone al almidonado de ciertos patrones de habitualidad. Prueba de esta tendencia petrificante es la dificultad para delimitar la enfermedad entre los individuos de dichas sociedades “heridas”. ¿Quién estaría en ellas enfermo? ¿Todos, como quería Lélut? ¿Nadie, como propugna Van Os? Y enfermo —detengámonos porque esto importa— significa merecedor de especial atención, de prestaciones de ayuda (sanitarias o sociales, también económicas), de un distinto trato ciudadano (el doliente sufre y ello lo convierte en alguien vulnerable, y se le da así prioridad en una cola, se le cede el asiento o el paso ante una urgencia, se le libra de carga laboral según el caso, se le ofrece una dieta especial si lo precisa, se procura no alborotar cuando se halla en cama o descompuesto). No es una cuestión metafísica. Si el sujeto enfermo se responde que es la sociedad, nada o poco tiene que decir la psicopatología (y las metafísicas del sujeto con las que viene bregando) y sí y mucho, en cambio, le quedará por explicar a la sociología hasta llegar a la consulta: a qué “existencia sismográfica” (Lipovetsky, cf. p. 140) se ofrecerá tratamiento (¿a ninguna en particular, a todas en su conjunto?), a cuál una nueva cita, a quién se concederá una baja o recomendará ingreso (¿a nadie?); y cómo se identifica y trata en el sufriente concreto el correlato entre la impulsividad autolesiva y la sociedad cortoplacista, entre la identidad difusa y la subjetividad contemporánea, cómo se aborda la “relación constitutiva” (p.123) entre el sujeto reflexivo y la experiencia esquizofrénica. No pueden quedar estas cuestiones sin responder al ser las consecuencias (en prestaciones o estigma) tan graves. Y no bastará, es este nuestro parecer, la analogía para trasladar el diagnóstico social al individuo. En primer lugar por la indiscriminabilidad mencionada; en segundo porque, si entendemos la sociedad como algo más que un agregado de individuos, si es un conjunto articulado por alguna idea que lo cohesione, no podremos comprender a sus miembros como simple división, como masa troceada: el diagnóstico no puede, por tanto, trasladarse sin más, deberá ser “desarticulado”. Y si no es la sociedad, si el sujeto enfermable es el individuo, volvemos a lo de siempre: habrá que aclarar cuáles sean las instancias de totalidad (individuales y supraindividuales, intrapsíquicas y sociales, eso no se niega) que permitan acercar su comprensión y esbozar su sufrimiento (aquí hallamos las antropologías y la metafísica de la subjetividad). Podemos suscribir en este sentido la plena necesidad de una historia cultural de la psicopatología, de las cambiantes lecturas epocales (a través de totalidades evanescentes) del sufrimiento psíquico. A aceptar una historia psicopatológica de la modernidad, que invita a pensar que una determinada configuración histórica pueda considerarse constitutiva de auténtica morbilidad, no llegamos.

Pero en caso de aceptar con Novella esta permeabilidad entre sociedad y sujeto, tal como se desprende de la propuesta de extrapolación del diagnóstico social al individuo, bastará indagar de una puntada cuáles han venido siendo las ofertas de sentido para este conjunto doliente. Taylor y Brierre apuntan a Dios. Los fisiólogos, de Cabanis a Nemeroff, al mundo palpable, natural, o —si se nos permite así decirlo— a Darwin. Pero si no han de ser Dios ni la carne, si no el verbo teologal ni la masa sustantiva los bastidores de la inteligibilidad psicopatológica (si la psicología no ha de ser reducible a estos ámbitos, teológico y fisiológico), ¿dónde hallar un armazón? Volvamos al principio, al título mismo del trabajo, que a nosotros nos ha evocado irremediablemente El discurso filosófico de la modernidad de Jürgen Habermas. En él recoge Habermas de Taylor la pesadumbre por el yo desencarnado y ambos, distanciándose del pesimismo de Adorno, buscan salidas a este sujeto instrumental. Donde Taylor pide una recuperación personal del sentido trascendente, Habermas propone su reconstrucción a través del intercambio con los “relevantes otros” (por supuesto no acepta Taylor este giro, en el que no ve sino una falsa descentralización y una nueva vuelta de tuerca del proyecto reflexivo de la modernidad). Reivindica Taylor a Dios mientras Habermas invita a un nuevo espacio dialógico. Resuenan las opciones descartadas por Efimich. Si todo esto no ha de ser caos azaroso nos quedan la moral, y la lógica. Los hábitos del vivir y sus costuras.

Si la modernidad nos enferma, si nos asfixia su corsé, podemos desnudarla ante la ciencia, esconderla bajo un mito o aflojar el ceñidor. Carne, Dios o la opción lógica.

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NOVELLA, E. (2018), El discurso psicopatológico de la modernidad. Ensayos de historia de la psiquiatría, Madrid, Catarata

NOVELLA, E. (2007), Construcción y fragmentación del sujeto psicopatológico, Archivos de Psiquiatría, 70(1), 9-24


Ilustración: El taller de costura II, J. Édouard Vuillard, 1892

 

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