Confidencias y desconfianzas entre psiquiatría y filosofía

Por Oriol MOLINA


 

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EXISTE INTERÉS RECÍPROCO entre filosofía y psiquiatría. Por ello, también cobran importancia sus desencuentros, particularmente llamativos si psiquiatra y filósofo resultan ser la misma persona. Las radicales faltas de articulación entre el pensamiento psicopatológico y filosófico de Karl Jaspers merecen ser examinadas. Me centraré aquí en su modo de articular el concepto de delirio, puesto que éste inspira la definición de delirio que se encuentra en los manuales de diagnóstico o que suele manejarse en la práctica psiquiátrica orientada biomédicamente. Esa desconfianza resulta tanto más sospechosa cuando no está reñida, al contrario, con un insistente exordio por parte de esa misma psiquiatría a favor del humanismo filosófico. Cito al propio Jaspers (1997) a este propósito:

«Un estudio exhaustivo de la filosofía no es de ningún valor positivo para el psicopatólogo, más allá de la importancia de la metodología. (…) Nos puede proteger de plantear las preguntas equivocadas, ahorrándonos discusiones irrelevantes en las que tan sólo desplegamos nuestros prejuicios. En un segundo orden de cosas, el estudio de la filosofía produce una contribución positiva a la calidad humana del psicopatólogo y con ello le ayuda a clarificar sus propias motivaciones».

He escogido el tema del delirio porque, como tantas veces se ha repetido y Henri Ey sentenció definitivamente, se trata del problema central de la psicopatología. Idea de la que Jaspers también participa.

Es preciso recordar que por psicopatología se entiende algo distinto a psiquiatría. La psicopatología nace del fracaso del primer siglo de psiquiatría (1). Ésta, a pesar de haber realizado descripciones exhaustivas de la conducta del enfermo, no tomó conciencia ni trascendió los supuestos científico-naturales con los que manejaba el lenguaje del que se servía, con un uso casi siempre positivista de términos tales como representación, percepción, juicio, creencia, sujeto, objetivo, realidad, etc. La explícita toma de conciencia de esta situación, el subsiguiente desarrollo de nuevos lenguajes o la revisión crítica de los anteriores modos de concebir los fenómenos psiquiátricos es lo que debe entenderse por psicopatología, algo inextricablemente unido a la constatación de la especificidad de la experiencia psiquiátrica frente a otro tipo de experiencias cercanas, pero no idénticas, como puedan ser la científico-natural, la filosófica o la humanista. A pesar de las múltiples críticas (pertinentes en su mayoría) que ha recibido, la psicopatología general de Karl Jaspers, publicada en 1913, perdura como modelo de psicopatología. Enumero sus principales líneas conceptuales: en primer lugar, el rechazo a la reducción del comportamiento mórbido a patología cerebral; algo que, en aquel contexto histórico, se inscribe en la “disputa sobre el método” (Methodenstreit) y la adscripción, en opinión de Jaspers, de buena parte de lo psicopatológico (la psicología del significado o Verstehende Psychologie) a la esfera de las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften) mediante los conceptos diltheyianos de comprensión (Verstehen) y vivencia (Erlebnis). En segundo lugar, invoca a la primeriza fenomenología (la de Investigaciones Lógicas) en tanto método para penetrar en la experiencia subjetiva del enfermo (Jaspers, 1977). No es compatible el sentido que Jaspers da a la fenomenología con el idealismo trascendental que Husserl defendía en aquel mismo momento. En tercer y último lugar, su proyecto psicopatológico se acuña en un molde neokantiano, a pesar que Jaspers nunca lo señala explícitamente (Walker, 1993-1994).

Por neokantiano entiendo lo que indica Marías: «los neokantianos son positivistas que dejan de serlo, que vienen del positivismo (…)»; aquellos que leen la primera crítica kantiana en clave positivista, de forma que rechazan la posibilidad de un conocimiento metafísico al mismo tiempo que encauzan la tendencia natural (Naturanlage) a la metafísica exclusivamente en los márgenes de la razón práctica. Por ello, en lo concerniente a las ciencias, la filosofía se limita a teoría del conocimiento. Precisamente a esto se refiere Jaspers cuando sostiene que el estudio de la filosofía sólo faculta al psicopatólogo para la crítica de los métodos en que se fundan los datos de su ciencia.

Es en este contexto que Jaspers articula su psicopatología del delirio. Nuestro DSM lo define como una creencia errónea que habitualmente implica una mala interpretación de percepciones o experiencias. Para Jaspers, el delirio se manifiesta ‘vagamente’ (sic) en juicios que exhiben los siguientes rasgos ‘externos’ (sic): son falsos, de contenido imposible, son sostenidos con absoluta certeza subjetiva de forma que no son influidos ni por experiencias contrarias ni rebatidos mediante argumentos. A pesar de que Jaspers se limita a afirmar que el delirio sólo se manifiesta en juicios, no que el delirio se agote en los juicios; los autores del DSM, de la CIE y buena parte de los psiquiatras así lo consideran. Para ellos, los delirios son juicios de creencia sobre el mundo y el yo sostenidos como juicios de existencia. Cabe apuntar que considerar así al delirio acaba por conducirnos a la paradoja que el alienista Leuret tan bien ilustró:

«No me ha sido posible, pese a mi esfuerzo, distinguir por su sola naturaleza una idea loca de una idea razonable. He buscado en Charenton, en Bicêtre, en la Salpêtriere, la idea que parecía más loca; luego, cuando la he comparado a un buen número de ellas que encontramos en el mundo, me he quedado sorprendido y casi avergonzado de no ver la diferencia.»

Jaspers (1997) también advierte de lo mismo: «Decir sencillamente que el delirio es una idea equivocada sostenida firmemente por el paciente y que no puede ser corregida sólo responde de forma superficial e incorrecta el problema». Y en el mismo sentido añade: «La facultad crítica no está obliterada sino puesta al servicio del delirio. (…) Una actitud altamente crítica es tan rara en los paranoicos como en la gente sana (…)».

Por ello, Jaspers se esfuerza por profundizar en la naturaleza del delirio en una breve pero importante digresión titulada Intuición de realidad—comentario lógico y psicológico dentro de la sección Delirio e intuición de realidad de su Psicopatología General. Ahora bien, es necesario interpretar esa digresión a la luz de la biografía de Jaspers y de la trayectoria editorial de su obra. A pesar de que Jaspers elaboró su psicopatología cinco lustros antes de publicar sus principales obras filosóficas (2), la revisó profundamente y la reescribió parcialmente en su 4ª edición, durante el verano de 1942. A diferencia de la edición original de 1913, en ese momento se encontraba ya en plena madurez filosófica como existencialista. Se ocupó en esta tarea puesto que había sido apartado de su plaza en la universidad por estar casado con una judía (Kirkbright, 2004). De tal revisión es fruto la susodicha digresión sobre la naturaleza del delirio. Jaspers expone que las vivencias de realidad (en las que consiste el delirio, y no tan sólo en juicio o idea) suponen tres niveles consecutivos de intuición de realidad, a saber: primero, la realidad como sensibilidad concreta a diferencia de lo meramente imaginado. Segundo, que la realidad percibida descansa sobre una previa intuición del Ser y, en tercer y último lugar, que toda realidad se experimenta en su fundamento como resistencia a nuestros empeños en la existencia. En otras palabras, se refiere al acceso empírico a lo real, a la intuición de esencias como base de cualquier conocimiento de la realidad y a la experiencia fundamental de existir realmente. Concluye señalando que, en su opinión, la naturaleza del delirio radica en una intuición debilitada tanto de las esencias como de la propia existencia. En esta escueta y dogmática conclusión pienso que se encuentran cifrados tanto el problema de la naturaleza del delirio como la grave cuestión de si es posible una psicopatología científica, en términos positivistas.

Jaspers siempre sostuvo que la psicopatología era científica. Por otro lado y a pesar de considerar el delirio como la cuestión central de la psicopatología, no consiguió articular o señalar las relaciones del delirio como juicio y del delirio como vivencia. El problema no termina ahí: Jaspers tampoco se pronuncia acerca de cuál de los dos niveles de intuición de realidad se encuentra fundamentalmente debilitado en el delirar: ¿se trata de la intuición de esencias o de la experiencia existencial?, ¿están ambos alterados simultáneamente o la intuición de esencias se altera a partir de la distorsión de la experiencia existencial, como así parece sugerirlo la estratificación secuencial de la descripción?, ¿entre un nivel y otro hay relaciones de causalidad extrínseca formulables en los términos “conceptuales y sistemáticos” que exige la ciencia o una relación de funcionalidad intrínseca que es constitutivamente indeterminable?

Por ello, parece que Jaspers no consigue que su psicopatología científica armonice con sus intuiciones existenciales. Tal vez éste sea el motivo por el que su legado consista, tan sólo, en un inventario de los rasgos del juicio delirante, incluso en contra de su propia advertencia. Tal vez el problema pueda radicar tanto en su neokantismo como en su personal existencialismo. Las críticas negativas que Jaspers dedica, en la 4ª edición, a la aproximación existencial a la psicopatología de Ludwig Binswanger, concebida a partir de la ontología existencial de Ser y Tiempo, no sólo revelan su disgusto por la ontología heideggeriana sino también su desaprobación ante los esfuerzos por dar forma racional al vínculo entre psicopatología y existencia. Jaspers (1997) afirma:

«Pero si él [el psiquiatra] se vuelve hacia los esfuerzos de la moderna filosofía existencial y los emplea como medios para adquirir conocimientos psicopatológicos, haciendo de ellos un elemento positivo de la psicopatología, está incurriendo en un error científico».

«Esos autores que aplican esta ontología a su psicopatología me parece que, aunque estén en constante contacto con las esencias filosóficas, no hacen sino tratarlas como si fueran algo objetivo, conocido y descubierto. Al proceder así, se pierde de vista a la filosofía y no se obtiene conocimiento real».

«Las interpretaciones metafísicas del enfermar no son materia de una psicopatología científica».

Jaspers ha sido emplazado, junto a Marcel, en un existencialismo más afín al de Kierkegaard que a la ontología existencial de Heidegger o Sartre, aunque el suyo no sea un existencialismo cristiano (Jolivet, 1962). El término que define con más exactitud su filosofía es el de “Iluminación de la Existencia” (Existenzerhellung). Jaspers (1990) rechaza el método y las ambiciones de Heidegger, a quien acusa de construir una filosofía sobre la existencia, de convertir a la existencia en objeto del pensamiento. Para el Jaspers filósofo hay absoluta oposición entre la esencia (Sosein) y la existencia (Dasein), de forma que le resulta inaceptable el aforismo heideggeriano: «La “esencia” del Dasein consiste en su existencia». Jaspers inscribe su pensamiento, como Marcel, en una búsqueda filosófica asentada en la existencia y marca distancias con las doctrinas que pretenden conferir prioridad conceptual a la existencia frente a la esencia (Blázquez, 1995). Por ello, el análisis existencial no puede conducir a ninguna verdad universalizable ni comunicable.

Ahora bien, como ya vimos, Jaspers abre su tratado de psicopatología afirmando: «La ciencia exige un pensamiento conceptual y sistemático que pueda ser comunicado a otros. Sólo en la medida que la psicopatología lo consiga puede reclamar ser considerada una ciencia». Entonces, podemos preguntarnos: ¿cómo pretende Jaspers que formulemos científica, pero también verazmente, el delirio si éste tiene como fundamento una intuición disminuida de la propia existencia y la existencia, a su turno, carece de estructura y es pura posición?, ¿cómo puede ser viable la psicopatología científica del fenómeno más esencial de la locura si éste enraíza en la existencia?, ¿acaso será imposible traducir al logos proposicional la intuición muda de una existencia alienada que se nos da en el encuentro con la persona del paciente?

De todos modos, no creo que la aporía irresoluble provenga, exclusivamente, de la oposición entre un positivismo neokantiano y existencialismo. Soy de la opinión que nos hallamos ante el interrogante sobre la posibilidad de fundamentar la psicopatología como ciencia en una era que se ha definido como postmetafísica. Por postmetafísica entiendo que, tras la “crisis de la razón”, no puede seguir considerándose que el saber filosófico versa sobre lo trascendente en tanto inmutable, necesario y eterno. Ahora bien, como indica Habermas, también es preciso no asimilar la era postmetafísica «con el desenmascaramiento de todo pseudoproblema metafísico que el positivismo cree haber alcanzado, delatando su intención de elevar a absoluto el planteamiento de las ciencias experimentales de la naturaleza». El pensamiento postmetafísico «vuelve la mirada (…) hacia la espesura del mundo de la vida, se libera del logocentrismo. Descubre una razón que opera ya en la práctica comunicativa misma». Siempre partimos de nuestra lengua y de nuestra propia forma de vida al intuir lo supuestamente objetivo. En este contexto, la psicopatología, con intereses médicos y filosóficos entrecruzados, tiene dos alternativas.

Puede, por un lado, abrazar a la única “metafísica” vigente en el ámbito médico, el positivismo, y con ello, tanto soslayar una parte fundamental de sí misma como desconfiar de la filosofía estricta y limitarse a predicar el humanismo como medida paliativa de los excesos que en la práctica psiquiátrica conlleva el positivismo. Pero también puede, por otro lado, tratar de encontrar para la empiricidad psiquiátrica otra forma de ser objeto.

En nuestro entorno, disponemos del muy apreciable esfuerzo de Ramos y Rejón para alinear la psicopatología con el compromiso de Habermas con el trascendentalismo kantiano. Por ello, en la noción kantiana de esquema encuentran el esqueleto vertebrador de la actividad psicopatológica. Kant resuelve la sempiterna cuestión del vínculo entre sentir e inteligir, cuestión que se encuentra en la misma base del problema acerca de la intuición de la realidad, recurriendo al esquema. Ahora, la vinculación del esquema con la imaginación en Kant deviene problemática para la psicopatología desde el momento en que la imaginación tiene funciones muy distintas en la primera y en la tercera crítica. Ramos y Rejón aclaran que se refieren al uso reflexionante del esquema, el propio de los juicios estéticos y teleológicos. Para ellos, lo reflexionante bien aplicado impide pensar la experiencia concreta del enfermo determinándola a priori, tarea harto delicada puesto que consideran, al igual que Jaspers, que la psicopatología existencial de Binswanger fracasó por aplicar las categorías existenciales de Heidegger de un modo demasiado determinante.

¿Entonces, si tan fácil es caer en la aplicación determinante del pensamiento existencial, cómo no recaer en el fatalismo de Jaspers y verse tentado a recurrir a alguna forma atenuada de positivismo, como pueda ser su neokantismo?, ¿cómo puede alcanzarse el equilibrio apropiado entre negatividad y positividad del esquema para evitar encasillar la existencia y, simultáneamente, posibilitar que la psicopatología como actividad sea racionalmente comunicable aunque en su base palpite una inefable comunicación existencial?, ¿qué caracteriza el uso apropiado del esquema reflexionante en psicopatología?

Confieso que no sé responder satisfactoriamente a estas preguntas. Ahora bien, sí creo que el problema expuesto señala la necesidad de renunciar a una psicopatología científica, al menos en el sentido de Jaspers. Si la psicopatología debe evitar la actitud determinante, sólo puede ser hermenéutica y abrirse a la filosofía en toda su amplitud. Además de insistir en ahormar la psicopatología a la ciencia, Jaspers absolutizó la Existencia y no pudo, en consecuencia, articularla con la realidad sentida empíricamente ni objetivada como conocimiento. Más adecuada para la psicopatología puede resultar la sugerencia de Habermas de poner en valor la teoría de la subjetividad de G. H. Mead porque hace suyos motivos de Kierkegaard en el seno de un proceso de socialización lingüísticamente mediado. Termino señalando que en la filosofía madura de Xavier Zubiri (3), centrada en la intelección de realidad, se encuentran importantes claves para el desarrollo de la psicopatología (4). Además de vincular la existencia psicopatológica con la lingüisticidad o la corporalidad (5), creo que el delirio nos obliga a seguir intentando responder la cuestión por la relación entre existencia en la realidad y el conocimiento en la realidad y de la realidad.

***

Blázquez, F. (1995). Marcel (1889-1973). Madrid: Ediciones del Orto

Ey, H. (1998) Estudios sobre los delirios. Madrid: Editorial Triacastela

Habermas, J. (1990). El pensamiento postmetafísico. Madrid: Taurus

Heidegger, M. (2009). Ser y Tiempo (2 ed.). Madrid: Trotta

Jaspers, K. (1977). La corriente de investigación fenomenológica en psicopatología (1912). En Escritos psicopatológicos (pp. 395-412). Madrid: Editorial Gredos

Jaspers, K. (1990). Notas sobre Martin Heidegger. Madrid: Mondadori

Jaspers, K. (1997). General Psychopathology (Vols 1&2). Baltimore: The Johns Hopkins University Press

Jolivet, R. (1962). Las doctrinas existencialistas. Desde Kierkegaard a J-P. Sartre (3ª edición). Madrid: Editorial Gredos

Kirkbright, S. (2004). Karl Jaspers: A Biography. Navigations in Truth. New Haven: Yale University Press

Leuret, F. (1834): Fragments psychologiques sur la folie. Paris: Crochard. Citado en Colina, F. (2007) El saber delirante. Madrid: Síntesis

Marías, J. (2016). Historia de la filosofía. Madrid: Alianza

Solé Plans, S. (2016). Apuestas de razón. Residencia en Kant y Hegel. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 36(130), 499-513

Ramos, P. y Rejón, C. (2002) El esquema de lo concreto. Una introducción a la psicopatología. Madrid: Editorial Triacastela

Walker, C. (1993-1994). Karl Jaspers as a Kantian psychopathologist (I, II & III). History of Psychiatry (iv-v)

 


NOTAS

(1) Emminghaus emplea la voz “psicopatología” por 1ª vez en 1887. La obras de Pinel datan de 1798 (Nosografía) y 1801 (Tratado).

(2) Entre 1909-15 fue asistente en la clínica psiquiátrica de Heidelberg, y escribió sus trabajos psicopatológicos. En 1932 publicó Filosofía (3 volúmenes), en 1935 Razón y Existencia (Vernunft und Existenz) y en 1936 Nietzsche. Una introducción a la comprensión de su actividad filosófica.

(3) Sobre la inteligencia sentiente y la aprehensión de realidad ver Zubiri, X. (2011). Inteligencia Sentiente. Tomo I: Inteligencia y realidad. Madrid: Alianza; Zubiri, X. (2008). Inteligencia y logos. Madrid: Alianza; Zubiri, X. (2008). Inteligencia y razón. Madrid: Alianza. La exposición más completa de la antropología acorde con el pensamiento maduro de Zubiri se encuentra en la primera parte (La realidad humana pp 27-115) de Zubiri, X. (2013). El Hombre y Dios. Madrid: Alianza.

(4) Héctor Pelegrina ha elaborado una psicopatología general y regional en clave zubiriana: Pelegrina, H. (2006). Fundamentos Antropológicos de la Psicopatología. Madrid: Polifemo y Pelegrina, H. (2017). Psicopatología regional. Estructuras dimensionales de la Psicopatología. Buenos Aires: Polemos.

(5) A diferencia de Jaspers, Marcel ha insistido en que «La encarnación: dato central de la metafísica, situación de un ser que aparece como ligado a un cuerpo.» (Être et Avoir, pp 11-12, citado en Blázquez, F. (1995). p. 28). Marcel influye fuertemente en el “ser del mundo” de Merleau-Ponty, uno de los máximos artífices del planteamiento del conocimiento como contacto, como co-producción entre yo y el mundo no determinada o construida por mí. Este conocimiento encarnado es uno de los varios argumentos que esgrimen Ch. Taylor y H. Dreyfuss para recuperar el realismo filosófico en Dreyfus, H., & Taylor, C. (2016). Recuperar el realismo. Madrid: Ediciones Rialp.

 


Ilustración: Perro semihundido, Francisco de Goya, 1819-1823

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