La mutante encarnación del daimon

Sinopsis y reseña de Vísceras, humores, alientos. Alma premoderna y subjetividad moderna de Carlos REJÓN ALTABLE

Por Oriol MOLINA ANDREU


Bulaki - Tres aspectos del absoluto

Tres aspectos del absoluto, Bulaki, 1823

 

CpARLOS REJÓN NOS brinda una revisión extraordinaria, cuyo horizonte abarca dos milenios de pensamiento médico y filosófico, acerca de las distintas formas en las que se articuló el proceso de (des)apropiación de nuestro cuerpo, lenguaje y mundo. A la vez, el autor nos recuerda la fragilidad en que la psiquiatría contemporánea habita si no piensa de nuevo este proceso ya que, de acuerdo con la tesis de Gladys Swain y Marcel Gauchet, de no hacerlo seguiremos instalados en el marco conceptual del alienismo, con sus contradicciones.

Un marco que asume, por un lado, la explicación positiva de la enfermedad en base a la razón instrumental; por otro, la ubicación de la (des)apropiación en la forma-sujeto moderna (aislada por fronteras impermeables del cuerpo y la realidad “exterior”) y, por último, la consideración simultánea de la (des)apropiación como rasgo ontológico de la vida humana y como putativo resorte del enfermar. Una articulación intrínsecamente problemática porque si

«la estructura ontológica des/apropiante (…) ocupa el mismo espacio que el de la enfermedad mental, entonces la psiquiatría enfrenta un problema sin solución».

La mirada crítica de Carlos Rejón no se detiene en las aporías inherentes al vínculo entre concepción positiva de la enfermedad y estructura ontológica de la subjetividad moderna; sino que rastrea las relaciones entre la vida y su vivirse, vivirse como apropiación, cumplida o frustrada, de cada vida individual; relaciones obligadas por la estructura ontológica propia del humano, ya en el mundo antiguo: «el diferir uno de uno mismo». Por ello, dispensa una particular atención a los distintos cuidados de sí que los pensamientos premodernos contemplaban, cada uno con su particular forma de entender cómo debe ser cumplidamente vivida la vida. Desde la fragmentación anímica del visceralismo antiguo, que alcanzó a coexistir con la doctrina cristiana acerca de un alma y una voluntad unitarias, a un humoralismo que se enriqueció progresivamente hasta eclosionar, en el Renacimiento, en un saber omnicomprensivo acerca las relaciones entre uno mismo, su cuerpo y el cosmos hasta, finalmente, la imposible tarea de concebir materialmente el aliento vital, propósito que compartieron, curiosamente, Aristóteles y Descartes. El esfuerzo de revisarlo y presentarlo en tan reducido espacio es encomiable, de manera que el trabajo de Rejón pasa a ser una referencia inexcusable para el lector, corto de tiempo y conocimientos, que quiera hacerse una idea cabal acerca de cómo se pensaba la propia indisponibilidad antes de que irrumpiera la psiquiatría. Sintetizamos aquí la ya sintética exposición del autor, confiando avivar así el deseo de adentrarse en el original.   

En el primer momento, la relación entre la vida y su vivirse fue corporalizada. Lo daimónico, lo divino que actúa en uno sin que uno pueda disponer de ello, se ubicó en phrenes. La terna de principios anímicos que el antiguo pensamiento griego distinguía (psyché, thymós y nóos) se visceralizó. La exposición perfila tanto los diversos modelos de ubicación corporal como, particularmente, qué cuidado de sí proponían, cómo debía vivirse (apropiarse) la vida ante el inevitable desacuerdo entre vísceras animadas por distintas instancias. Desde el imperativo galénico que el racional y cerebral hegemonikón se apropiara de la lucha, en la que no cabía alcanzar jamás la unidad, hasta la posición de Aristóteles, quien sí concebía posible la unidad. El neoplatonismo y el pensamiento cristiano introdujeron la voluntad como instancia mediadora para alcanzar dicha unidad y con esto se dió un salto significativo entre concebir el vivirse como algo de suyo dividido y sólo parcialmente disponible a concebir al in-dividuo como potencialmente realizable aunque habitual y pecaminosamente fallido (dividido) a resultas de una voluntad imperfecta. La visceralización del alma imposibilitó una medicina del alma como tal: la locura fue vista como enfermedad del cuerpo que afectaba al alma y los desordenes exclusivos del alma se constituyeron en pasiones, competencia de la filosofía.

«Las prácticas del cuidado de uno mismo y las aconsejadas para tratar o prevenir los padecimientos del cuerpo anduvieron por caminos aparte».

Los humores, que las distintas vísceras engendraban y equilibraban, paulatinamente llegaron a expresar lo diviso e indisponible no sólo respecto a un microcosmos de fisiología interior, sino también en continuidad con los elementos constituyentes del macrocosmos exterior («la influencia astral, los actos de uno y el pichón o el cabrito asado de la dieta»). Con ello, vivirse no sólo exigía el cuidado de la vida individual sinó, en el mismo plano, el atender a las relaciones con lo universal, concepción que encontró su culminación en la singular doctrina renacentista de la melancolía, en la que se «solaparon el cuidado moral de uno mismo y la intervención sobre la propia fisiología», porque la mezcla humoral no constituía solo una fisiología fantástica del cuerpo sinó también del carácter, un cambio de paradigma respecto al mundo antiguo. A diferencia del visceralismo, el humoralismo renacentista aunó, como aspectos de un mismo proceso, la individuación y el cuidado de sí, el vivirse con la enfermedad del alma. Este último punto, el vínculo entre (des)apropiarse lo indisponible y enfermar, lo compartió más tarde la naciente psiquiatría; cosa que no hace sino resaltar aún más lo inalcanzable de tal empresa. Sin la fantástica fisiología renacentista, enterrada por la moderna anatomía y fisiología; el alienismo concibió la subjetividad en términos modernos, emplazándola en una realidad interior separada por un abismo (el écart de H. Ey) de una realidad exterior en cuyos carácteres positivos debía inscribirse la patología. De ahí, la eternamente frustrada esperanza de que las ciencias positivas resuelvan un situación congénitamente irresoluble.  

Pero el cuerpo vivo no se componía exclusivamente de sólidas vísceras y líquidos humores, sino que estaba animado por un movimiento vital que vísceras y humores engendraban y mantenían a través de un elemento sutil: el pneuma o hálito vital. Este aliento cumplía dos tareas: «vivificar y mediar entre sustancias dispares». El aliento vital se concibió variadamente en el mundo premoderno, según se ocuparan de él médicos, teólogos o filósofos. Como ya se mencionó, el pensamiento teológico vinculó la mediación con la voluntad, de forma que en la medicina cristiana había una relación entre pneuma corporal y alma unitaria, el punto donde la vida era vivida, punto que podía ser borrado cuando una pasión dominante enajenaba al sujeto. El pensamiento estrictamente médico lo pensó atendiendo principalmente a su función fisiológica de mediación, como una materia sutil, un «esqueleto fisiológico de la pasión», articulación que en último término se revelaba contradictoria puesto que se trataba de «materia que vivifica materia». Si las vísceras y los humores mostraron la escisión de la vida, el aliento plasmó, a la vez, la unidad de la vida y la experiencia del diferir de sí, la experiencia de vivirse, que tenía lugar gracias a la «sustancia o vapor que vincula alma pensante y alma animal o [en la Modernidad incipiente] cuerpo mecánico y alma pensante». En un excursus, el autor nos muestra mediante el ejemplo de la histeria, del cuerpo que se rebela a la apropiación, la evolución de estas ideas, cuyos últimos reductos aún coleaban en la líbido freudiana.

Lentamente se impuso una nueva metáfora: el cuerpo fue mecanizado y exteriorizado. La exteriorización alcanzó hasta las pasiones, devenidas en el s. XIX sensaciones y emociones. Aquí, ya en el interior de la experiencia mental, se erigió la frontera inexpugnable entre el cuerpo objetivo y el sujeto, un sujeto sin experiencia directa (sí indirectamente a través de la ciencia positiva) de la vida, alienado de su propio fundamento indisponible; pero con todos los rasgos unitarios modernos:

«instancia de síntesis, fondo de provisión de sentido y totalidad [desde la que darse a sí mismo] (…) garantía de veracidad de sus representaciones y eticidad de su conducta».

Este marco, el de la subjetividad moderna, es el que el primer alienismo lega a la psiquiatría contemporánea, condenándola a una contradicción irresoluble: el vínculo entre alienación (del sujeto moderno) y enfermedad. Hay una contradicción esencial entre «una alienación que sólo se deja decir en términos ontológicos como descarrío del diferir el sujeto de sí y un pensamiento clínico sometido a criterios médico-psicológicos de validez».

El autor nos invita a que su esfuerzo historiográfico nos de que pensar psicopatológicamente: «dar figura a esta estructura ontológica y pensar cómo se manifiesta en formas clínicas».  Así, no encontramos mejor manera de terminar esta reseña y agradecer el trabajo de Rejón, que añadir una pequeña reflexión a propósito de los diversos “sentidos” que la (des)apropiación tiene en la psicopatología contemporánea. Cuando la psicopatología se desprende de los criterios positivos (médico-psicológicos) de validez, no le queda sino pensar el descarrío de la apropiación del fundamento indisponible (cuerpo, mundo y lenguaje) en relación a lo que sean verdadera y/o realmente ese fundamento y el sujeto apropiante, sin recurrir al auxilio de las ciencias positivas para su definición. Es decir, aclarar en qué paradigma ontológico o metafísico la psicopatología piensa el fundamento indisponible y el sujeto apropiante. Si ni el antiguo paradigma del “en sí” (la perfecta homoíosis entre realidad y mente) ni el moderno “en mí” (la reconstrucción de la realidad objetiva a partir de la experiencia indubitable de la vida del espíritu) son válidos, y, aún y así, seguimos aspirando a alcanzar alguna verdad, parece insoslayable pensar lo (des)apropiable desde la tesis fenomenológica: la puesta entre paréntesis tanto de la realidad de las cosas exteriores (reducción eidética) como de la realidad de la propia conciencia (reducción trascendental), quedándonos tan sólo con la experiencia del darme cuenta en cuanto darse cuenta, el acto de intuición previo al juicio o a la razón. Ahora bien, no es ésta por supuesto la única opción; se puede renunciar a la verdad y a la realidad en sentido fuerte y ver en la (des)apropiación una forma pragmática de relación fundada radicalmente en la adaptación y la supervivencia. Así, lo (des)apropiable puede pensarse pragmáticamente, al rústico modo de un DSM (en el que no hay, por ejemplo, diferencia entre no apropiarse el sentido de pérdida de un ser querido y no apropiarse melancólicamente la corporalidad) o de un modo más ilustrado, como hace Zachar en A Metaphysics of Psychopathology (2014), defendiendo un nominalismo instrumental para los términos “real” y “verdadero” en su aplicación a comunidad imperfecta de síntomas psicopatológicos. Con mayor enjundia, Pablo Ramos y el propio Carlos Rejón en su imprescindible El esquema de lo concreto. Una introducción a la psicopatología (2002); apelan a la intuición fundamental de Habermas, aquella que dice que es en la relación intersubjetiva sobre un mundo de la vida compartido donde se constituye la razón hasta alcanzar lo “real” o “verdadero” en la situación ideal de habla. Estas condiciones no puede apropiárselas el enfermo, de modo que el esfuerzo psicopatológico se centra en una reconstrucción hermenéutico-crítica de lo desapropiado. Manteniéndonos en la tesis fenomenológica, no se da un acuerdo acerca de cómo describir la (des)apropiación, algo al fin y al cabo comprensible puesto la intuición primordial de lo “real” o “verdadero” a apropiar debe ser descrita mediante palabras, que nunca son completamente adecuadas. Así, encontramos diversas propuestas, bien inspiradas en Husserl (en nuestro medio, hay que destacar Vivir Lo Extraño. Un estudio psicopatológico sobre el déficit de familiaridad (2013) de José González-Calvo) o bien en Heidegger (respecto al que pendería la duda de si resulta más adecuado entender la apropiación en la línea de la autenticidad [Eigentlichkeit], como hace Kouba en The Phenomenon of Mental Disorder: Perspectives of Heidegger’s Thought in Psychopathology (2014); o bien en la línea de que hombre y ser son simultáneamente apropiados [eignen] en el evento [Ereignis]). Nos parece esencial señalar que, en este punto, todas estas propuestas, ya estén más influidas por el giro pragmático y lingüístico de la filosofía contemporánea o por la fenomenología, asumen implícitamente el punto de vista de Husserl, quién pensó que, puesto que la intuición no atiende a la realidad contingente de la cosa o del yo, ésta sólo puede apuntar al sentido esencial del acto consciente. Así se aclara el planteamiento original: la (des)apropiación y lo (des)apropiable tienen diversos significados puesto que “verdad” y “realidad” ya sólo pueden pensarse desde el sentido. De ahí que la psicopatología contemporánea, en sus múltiples variedades, sea irrenunciablemente hermenéutica (como todo lector de Fenopatologica ya sabe); incluso a su pesar, como es el caso del DSM. Dado este acuerdo subterráneo de las distintas psicopatologías, es interesante señalar lo (parcialmente) divergente de una psicopatología originada en nuestro medio, los Fundamentos Antropológicos de la Psicopatología (2006) de Héctor Pelegrina. Su nota divergente proviene de su apoyo en la concepción antropológica de Xavier Zubiri. El filósofo vasco, discípulo de Ortega y de Heidegger, pretendió (tal vez extemporáneamente, pues su obra es coétanea al deconstructivismo y a la hermenéutica) una reconstrucción sistemática de la metafísica más allá (o más acá, puesto que lo hace descendiendo al último nivel de nuestra intelección del mundo, bajo el fenómeno, lo que él denomina noergia) de la fenomenología, de la que precisamente Zubiri fuera pionero en el ámbito hispanohablante en los años veinte del pasado siglo. La inteligencia humana se caracterizaría por una nota exclusiva (que la aleja de todo símil positivista con la inteligencia animal o artificial), la aprehensión primordial de cualquier cosa con formalidad de realidad (o reidad), lo que no equivale a una vuelta al realismo ingenuo. Así, el sentido sigue siendo para Pelegrina lo (des)apropiable, el ámbito de la psicopatología; si bien debe ser pensado a partir de la reidad, y no a la inversa, como sucede en los otros enfoques psicopatológicos.

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RAMOS, P., REJÓN, C. (2002), El esquema de lo concreto. Una introducción a la psicopatología, Madrid, Triacastela

PELEGRINA, H. (2006), Fundamentos Antropológicos de la Psicopatología, Madrid, Polifemo

GONZÁLEZ CALVO, J. (2012), Vivir Lo Extraño. Un estudio psicopatológico sobre el déficit de familiaridad, Tarragona, URV

KOUBA, P. (2014), The Phenomenon of Mental Disorder: Perspectives of Heideggers Thought in Psychopathology, Springer

ZACHAR, P. (2014), A Metaphysics of Psychopathology, Cambridge, Massachusetts, MIT Press

REJÓN, C. (2016), Vísceras, humores, alientos. Alma premoderna y subjetividad modernaRevista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (36;130), 479-97

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