Ion Vianu: disidencia política y paranoia comunista

 

VasiliuMini

 

I ON VIANU (BUCAREST, 1934) es psiquiatra. Hubo de exiliarse de Rumanía en 1977 por su activa oposición a los ingresos psiquiátricos con finalidad política que la dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu llevaba a cabo. Amnistía Internacional da cuenta de estas prácticas en su documento de 1995 titulado La psiquiatría desde el punto de vista de los derechos humanos:

«En Rumanía, los informes indican que se llevaba a cabo el ingreso forzoso de individuos en instituciones psiquiátricas sin motivo, especialmente en los años setenta. Por ejemplo, en 1980, Amnistía Internacional informó (The political abuse of psychiatry in Romania) sobre los casos de Mihai Moise, Eugen Onescu y otras personas que fueron detenidas por razones políticas en 1979 y 1980».

Vianu denunció en Amintiri despre psihiatria politică esta perversión del discurso psiquiátrico que pretendía encubrir la represión política:

«…cada día aparecían nuevas personas, activistas convertidos de la noche a la mañana en psiquiatras, toda una fauna que no tenía nada que ver con la gente de cultura algo caduca y refinada que había constituido, al menos en parte, la vieja generación de médicos del alma».

En Suiza entró en contacto con la Asociación suiza contra la utilización política de la psiquiatría (inicialmente vinculada a Amnistía Internacional y luego independizada de esta). La denuncia se centraba entonces en los abusos cometidos por la Unión Soviética, donde a partir de Stalin parecía haberse consolidado este tipo de argumentación represiva; y la continuó a su vuelta a Rumanía tras la caída del régimen, en 1990, junto a la Asociación de psiquiatras libres de Rumanía. Ya en 1972 había tenido conocimiento de este tipo de internamientos a raíz del caso del disidente soviético Vladimir Bukovski. Hablando de ello con un colega, de quien pone de relieve que no era menos contrario que él mismo a las prácticas autoritarias, este le habría respondido: “Querido amigo, creo, honestamente, que un hombre que se opone a un régimen tan poderoso como el soviético no puede ser sino un enfermo mental”.

Dice Vianu que no le convenció el argumento mas parece que tampoco desechó del todo la posible relación entre enfermedad y disidencia. Tal vez por ello más de tres décadas después escribió la novela Vasilíu, foi volante (publicada en 2006) en la que un hospital psiquiátrico sirve, en palabras de Norman Manea, de “metáfora de la Rumanía de aquellos tiempos cruentos” anteriores a la caída del régimen, a finales de 1989. En ella los pacientes ingresados en el hospital planean asesinar a su director, el doctor Vasilíu, aunque:

«Nadie, ni siquiera los conspiradores, estaban al tanto del porqué del proyecto de la rebelión. Si la Securitate les hubiese preguntado: «Oíd, vosotros ¿por qué os subleváis?», nadie habría encontrado la respuesta».

Los motivos de la lucha (resistencia, disidencia o rebelión) se arremolinan hacia el abismo. ¿Contra quién se organiza el motín? ¿Contra Vasilíu? ¿Contra Stalin, de quien se dice que el doctor tiene una fotografía escondida en el cajón de su escritorio? ¿Ceaușescu? ¿Los totalitarismos todos, combatidos ya por el abuelo paterno del autor, Alexandru? La identidad del opresor es cambiante, pero nítida, y se acerca espantosamente a toda vida particular:

«Nos fuimos acostumbrando a obedecer y a amar a unos pendencieros con ojos de violencia, extraviados, emborrachados por su propia autoridad. No saben cómo ejercitarla, temen que inutilizada se podría perder. Estos son los padres».

De los padres del Estado opresor a la dictadura paterna, del descargo colectivo al padecimiento individual: “La novela es no sólo una extraordinaria metáfora de una sociedad enferma sino también una reflexión sobre nuestras nociones en torno a la locura”, escribe Matei Călinescu. La convergencia entre política y psicopatología va tomando cuerpo, aunque cuesta. Nos resistimos. ¿Cómo puede ser que quien ha dedicado gran parte de su vida a denunciar la identificación de disidentes políticos y enfermos mentales acabe estableciendo un paralelismo tan explícito y estrecho entre ambos fenómenos? Nos relata Vianu en el texto autobiográfico Disidență și exil, aquí sin ficción, el siguiente encuentro:

«En una ocasión llegó a la clínica un viejo paciente, paisano de Oltenia, que se pudría hacía muchos años en una “colonia” de provincias; lo traían a Bucarest por un tiempo limitado a causa de no sé qué dolencia física que precisaba de cuidados especiales; tuve así ocasión de charlar con él. Su delirio, reconozco que no puedo pronunciar esta palabra más que con la boca pequeña, consistía en atribuir todos los males de este mundo a una vasta organización criminal que no llamaba de otro modo que “chusma basura”; aunque en ese contexto resultaba muy claro que no era otra que el Partido Comunista. No cabe duda de que las aventuras y penurias  de aquellos que entraban en contacto con ella, así como sus propias transformaciones, presentaban un aspecto inverosímil e incluso fantástico; pero yo sentía que estas fantasmagorías contenían algo de verdad, una verdad esencial y más profunda que la simple realidad fáctica».

Tal vez el mecanismo defensivo del disidente sea en el fondo muy parecido al del psicótico, y sea cierto aquello de que quien se opone a un régimen tiránico no puede sino acabar enfermando. ¿Acaso no podríamos describir la psicosis como infatigable resistencia a un poder extraviado?

En la novela Vasilíu, hojas sueltas George Strutulescu (apodado Chusmabasura) insiste, como el paisano de Oltenia, en que a la entidad objeto de su delirante resistencia “no hay que confundirla con el Partido o con los Órganos de la Securitate“, es la Chusma Basura; impelidos tal vez ambos por la misma necesidad que opera en Ionut Atanasov, fornido joven atrapado en la inescindible ambivalencia materna:

«Pasa algo monstruoso con Ionut. Algo que no se debe ni al padre entrado en años, célebre y demasiado ausente, bruscamente desaparecido, ni tampoco a la ajada niñita con medias de seda trepando por los muslos con un crujir irritante, como granos de arena entre los dientes. Habrá que imaginar algo ajeno a él, enorme e indiscreto, que se coló en su cerebro, acurrucándose allí e impidiéndole abrirse al mundo».

Es difícil llamar a las cosas por su nombre. Hay que “imaginar algo ajeno” dictamina Vasilíu, de modo que en la factura delirante esta “fuerza opresora insoportable —señala Colina en Sobre el poder— se atribuye inmediatamente a alguien del exterior”. Pero nos resulta extrañamente familiar ese algo —enorme e indiscreto, que atenaza y aísla— cuando leemos en la novela las afirmaciones recogidas en el expediente psiquiátrico de Heruv Hritco:

«No hay sombras, ni siquiera las sombras de las lámparas. Hay una luz cegadora por doquier. No existen rincones sombríos. No hay donde esconderse. No hay distancias. Cada una de las paredes de cristal que separan las numerosas habitaciones son lupas o telescopios. Se ven igual de bien las cosas lejanas que las cercanas. Al no poder soportar un mundo sin secretos, a la gente les crecieron cutículas en los ojos que les impiden verlo en su trasparencia desesperada. Estas cutículas nos crean a nosotros mismos muros y distancias. Felizmente».

El cegador delirio. La total exposición a la influencia ajena. «No hay donde esconderse. No hay distancias». Evocamos la advertencia de Fernando Colina: “El cuidado que exigen las distancias nos recuerda que si no las medimos bien, el psicótico puede responder de inmediato con la interpretación y el delirio” (Sobre la distancia). «Cada una de las paredes de cristal que separan las numerosas habitaciones son lupas o telescopios», escribe Vianu. Colina responde: “El esquizofrénico es un prestidigitador de abscisas y ordenadas, capaz de ser un puercoespín y al mismo tiempo una lapa”. Todo está tan cerca y es tan lejano, tan inasible y opresivo a la vez. Los informadores están dentro de casa y entonces… Nos crecen las cutículas, para protegernos, «felizmente», de la «transparencia desesperada» que caracteriza a la invasión del universo paranoico. Este mundo de la conspiración totalitaria viene a describirlo Herta Müller como desnudez: “En las dictaduras todo está muy desnudo, uno ve todo lo que no debe ver o aquello que en otras sociedades no está a la vista con tanta nitidez”. ¿Ha dicho dictaduras? Creí haber leído psicosis. Escuchas por todas partes, confidentes, micrófonos, teléfonos pinchados, cables que recorren el cuerpo bajo la piel y la moqueta. Voces por doquier, desconfianza, chips implantados, ondas invisibles. Por supuesto no siempre hay micrófonos, ni chips, ni coches apostados. Basta sospecharlo, el clima, siempre al acecho aquellos “pendencieros con ojos de violencia, extraviados, emborrachados por su propia autoridad”.

Tal vez sea el parecido, si no la identidad, entre ambas vivencias de persecución, de asedio taimado (“tus padres te quieren, el Estado te necesita para la causa”), lo que termine legitimando en la sociedad el discurso psiquiátrico para la represión política. “Así las cosas —de nuevo Colina Sobre el poder—, se entiende que toda relación con un psicótico deba entenderse bajo la forma de un enfrentamiento”. Marta Petreu, al hablar de los totalitarismos de ambos signos sufridos por Rumanía a lo largo del siglo XX dice que “minaron las barreras morales del mundo político y de la sociedad”. La sociedad termina cediendo a esos perversos mecanismos. ¿Por qué? Por hartazgo, por impotencia, podemos pensar. O porque reconoce en ellos un mecanismo natural de resistencia. Porque sabe que quien se opone a una fuerza desbocada termina sin posible salvedad desarrollando una estrategia paranoica. No sorprende, porque no es ilógico, que el Estado califique de paranoicos a los que se oponen a él. Tiene “razón”, en cierto modo. Como el delirante.

Ese reconocimiento facilita la tácita asunción de la estrategia psiquiatrizadora, del mismo modo que el alcoholismo puede ser entendido por Vianu como mecanismo de control del Estado (Adevărul.ro) a la par que recurso personal de huida. Mismo destilado de la familiaridad que José González Calvo (2016) nos ha enseñado a detectar con buen olfato. En una estructura familiar o estatal en que impera la retórica hueca, el discurso vacío, inconsistente; en la que nadie dice nada (con un sentido estable) y por ello mismo parece que el mundo entero lo sabe todo; en la que no hay otra regularidad que la farsa y es imposible la sedimentación de un hábito (entre piedras no cuaja); en la que no es impensable la irrupción a medianoche de la Securitate o una explosión emocional que venga a desmentir frías promesas de cariño. Donde todo ello ocurre o —lo que viene a ser lo mismo— puede ocurrir, se ha adueñado ya de nuestro mundo el desconcierto, la extrañeza, la desconfianza, y familiaridad queda ya solo la de aquella inabarcable Rossiya-Matushka.

La necesidad de control y la consiguiente apelación desesperada a la locura —nombre último antes del abismo— tienta a todos por igual. No solo el Estado tilda de loco al disidente, sino que el ciudadano, ante la crueldad del caudillo, no puede evitar la pregunta: ¿será un loco? Sucedió con Hitler, acaba de suceder con Trump, y así mismo se lo planteó Noël Bernard a Ion Vianu, tras un paseo por los Campos Elíseos de París:

«Doctor, dígame: ¿qué enfermedad mental sufre Ceaușescu?»

Reconoce Vianu lo difícil que le resulta sustraerse a esta cuestión, y si al fin lo hace parece ser más por las consecuencias que asumirlo acarrearía que por la imposibilidad o falta de lógica del planteamiento. También Herta Müller cede ante el símil: “Las dictaduras son un sistema enfermo”. El significante siempre a mano.

De modo curiosamente paradójico es una concepción social de la psiquiatría, y no el cosificador reduccionismo biológico, la que permite hilvanar locura y represión, psiquiatría y política. No se lo reprochamos, muy al contrario: solo el discurso que asume esta complejidad será capaz de aproximar respuestas y, en la medida de lo posible, prevenirnos ante nuevas desesperanzas y sus (in)sensatas tentaciones.

Tal vez fuera esta condición de un saber sobre poderes y no tanto de fuerzas lo que faltó —por fortuna— a la psiquiatría del primer franquismo y mitigó su impacto. En un tiempo en el que las teorías de la herencia dominaban el saber médico y psiquiátrico (más allá de adscripciones ideológicas, como muestra la celebración de las I Jornadas Eugénicas Españolas en 1933 durante la Segunda República), este vio limitadas sus posibilidades de aplicación a un empeño higienista y moralizador. Su objetivo era erradicar de la sociedad el llamado —por el ideólogo Vallejo Nágera— “fanatismo marxista”, el “gen rojo”, y para ello se aplicó a una eugenesia social positiva que dejaba al sujeto en segundo plano (véase para un detallado análisis al respecto Dualde, 2004; Campos y Novella, 2017). Tal vez así pueda explicarse lo siguiente, ocurrido en el hospital psiquiátrico sevillano de Miraflores:

«Juan Sánchez Vallejo pudo comprobar no sólo que muchos internos carecían de ficha, ‘como si no existieran’, sino que había un ‘nada despreciable porcentaje nunca inferior al 10 por ciento’ de fichas con la casilla del diagnóstico en blanco (Publico.es)».

Se encerraba también al disidente pero su condición no era tanto de enfermo como de inmoral, estigma feroz para un nacionalcatolicismo que si bien podía compadecer caritativamente al loco no podía sino castigar al pecador. No hallamos este proceder menos dramático que el extendido por los países de influencia socialista soviética, solo apuntamos que tal vez sea oportuno esforzarse en distinguir los diferentes mecanismos de opresión para hacerles frente con mayor acierto. Amnistía Internacional advierte que: «No siempre es fácil de trazar la línea que separa a la psiquiatría política de la práctica psiquiátrica abusiva no política». Entenderlo nos podrá ayudar a combatir, más allá del aspaviento, estas crueles y vejatorias prácticas.

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AMNISTÍA INTERNACIONAL (1995). La psiquiatría desde el punto de vista de los derechos humanos (Índice AI: ACT 75/03/95/s)

CAMPOS, R., NOVELLA, E. (2017), La higiene mental durante el primer franquismo. De la higiene racial a la prevención de la enfermedad mental (1939-1960). Dynamis (37;1), 65-87

CĂLINESCU, M., VIANU, I. (2016), Amintiri în dialog. Memorii , Bucarest, Humanitas

COLINA, F. (2013), Sobre la locura, Madrid-Valencia, Cuatro

GONZÁLEZ CALVO, J. (2016), Extrañamiento y delirio, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXVI;130), 443-62

DUALDE, F. (2004), La profilaxis de la enfermedad mental en la psiquiatría franquista: esquizofrenia, eugenesia y consejo matrimonial. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXIV;92), 130-61

PETREU, M. (2016), Generația ‘27 între Holocaust și Gulag, Iași, Polirom

VIANU, I. (trad. ZLOTESCU SIMATRU, I., 2010), Vasilíu, hojas sueltas, Valencia, Aletheia

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