Reino de sombras: tiniebla, historicidad y destello

Lacomi și flămânzi îmi strigă ochii,
veșnic nesătui ei strigă
după ochii tăi – scăpărătorii –
cari de luminoși ce-ți sunt, copilo,
nu văd niciodată umbre.

L. BLAGA

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«Desde hace algunos años se han hecho públicas en internet breves grabaciones en vídeo de algunos niños pequeños en los primeros instantes del descubrimiento de su propia sombra. Las imágenes muestran en su mayoría a los niños asustados pidiendo auxilio a sus madres, mientras intentan desembarazarse de esa mancha oscura, que se mueve sobre el suelo adherida a sus pies. (…) Pronto esa angustia se habrá disipado y la sombra pertenecerá para siempre, en condiciones de normalidad, al perímetro de nuestro mundo familiar».


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ON ESTE EJEMPLO de temprana asimilación de lo extraño y por ende temido, la sombra como tiniebla, abre José González Calvo su trabajo Extrañamiento y delirio (RAEN, 2016) para proceder sin dilación al análisis de lo que pueda resultar de una deficitaria o incompleta ejecución de este proceso apropiativo. Cuando lo extraño no ceja.

Si en Vivir lo extraño. Un estudio psicopatológico sobre el déficit de familiaridad (URV, 2012), imponente presentación de sus investigaciones fenomenológicas sobre el asunto, dirigía su atención a la experiencia de extrañamiento como fundamento común de la despersonalización, la esquizofrenia y los llamados trastornos del yo; cede aquí —como ya anunciara en su Epílogo— el protagonismo al delirio, positivo reverso de la negativa extrañeza.

Toma así el síndrome de Capgras como pedagógico pretexto para denunciar el abismo de incomprensión que subyace a los conocidos como misidentification syndromes; ya de suyo delatados en la usual traducción castellana como síndromes de falsa identificación delirante. Partimos del hecho —señalado por González Calvo— de que «en las sucesivas reconsideraciones taxonómicas del síndrome lo que se ha ido perfilando como común denominador incuestionable ha sido el déficit en la identificación de personas y objetos familiares». Pero este proceso fallido no puede leerse como las torpes gnosi(a)s de Lissauer: «La consideración rigurosa del síndrome de Capgras nos muestra, sin embargo, que en él no se cuestiona la autenticidad del otro o de lo otro porque se haya perdido la capacidad para su reconocimiento, sino más bien porque en su reconocimiento el otro o lo otro se presenta sin su carácter único y familiar». Un supuesto debilitamiento de la inteligencia no dará razón suficiente del fenómeno, como tampoco su precipitado remedo delirante bastará para que demos con el quid. No es una falsa identificación, por defecto de luces o exceso de celo, es una extraña identificación. Y eso desde sus primeras descripciones: «Ya en la publicación original de Capgras y Reboul-Lachaux (1923) se establece una asociación entre la ilusión de dobles y la pérdida del “sentimiento de familiaridad que normalmente acompaña al proceso de reconocimiento”».

El reconocimiento intacto, la familiaridad ausente. No es asunto este que podamos soslayar insistiendo, como lo han hecho la psicopatología tradicional y el psicoanálisis, en la función cumplida por el producto delirante. A González Calvo no se le escapa: «la falsa identificación delirante de la realidad se entiende como una fórmula de solución mórbida de la desrealización», pero tampoco lo colma. Esta función en nada aclara la naturaleza extraña, primigenia, la realidad descompuesta de la que partimos y que, de no ser arrostrada, terminará siempre —advierte el autor— por devolvernos a precipitadas «fórmulas mecanicistas» que generan la ilusión de dominar «esa fracción significativa de conocimientos que resulta indisponible, opaca y refractaria a la explicitación efectiva». Desde la afectación cortical del reduccionismo biológico hasta la conversión del inconsciente psicoanalítico en automatismo mental clerambaultiano por obra y gracia de Lacan, sin dejar de repasar a Freud del derecho y del revés como Castilla del Pino, quien nos devuelve a la metáfora inicial:

“El biologismo en Freud está presente hasta el momento de su muerte, heredero de un positivismo decimonónico que le incapacita históricamente para la superación epistemológica definitiva desde el nivel organísmico al nivel psicológico, en donde ha de situarse el objeto del psicoanálisis (y, en general, de la psicología y de la psiquiatría). Freud apunta una y otra vez esta superación, para desapuntarla en otras ocasiones, celoso siempre del rango científico del «modelo naturalista». Los que prefieren hacer la lectura lacaniana de Freud a leer a Freud mantendrán la imagen sacra de un Freud no biologista, que no fue bien interpretado por sus ortodoxos de la Asociación Internacional. Pero el que así sea por muchos de estos últimos no invalida la grandeza y servidumbre del pensamiento de Freud, a saber, la del que innova y revoluciona y la del que, al propio tiempo, está incapacitado para emerger de la contradicción que le depara su propia condición histórica y social. Leer a Freud, en suma, exige, ante todo, su enclave histórico, por cuanto nadie es capaz de saltar sobre la propia sombra que le proyecta su pertenencia a un tiempo concreto” (1981).

De nuevo la dificultad para hacernos con nuestra sombra, con nuestro tiempo. Necesitamos otra ecuación (que será de signo negativo) para aclarar qué se juega en este campo de rarezas sin error, no de oscuridad sino de sombras. Y aquí es donde González Calvo procede con extrema solvencia a revisar la familiaridad y su reverso, el extrañamiento; a sembrar dudas y arrojar sombras donde los positivismos apelan al buen tuntún, deslumbran con la neurona, o pretenden epatar con el tópico y las tópicas. El concepto que cimentará la reconstrucción de la familiaridad será el del hábito como paciente sedimentación de sentido, en especial de su esquivo excedente: ese “resto” —dirá Minkowski— siempre tan vivo y tan rico que se cuela entre la malla de la simple enumeración. Lo que Schutz y Luckmann denominarán “residuos de opacidad”. Son estas las verdaderas «formaciones originarias» que nos sustentan, más parecidas a estratos geológicos que a planos geométricos, más intuitivas —de nuevo Minkowski— que discursivas, inmediatez «no precisamente judicativa» (Vivir lo extraño, p. 62). Difusas experiencias que preceden siempre al hombre que en ellas tropieza —aunque diga que las abraza— cuando es arrojado al mundo. Para decirlo con palabras que González Calvo toma de Binswanger, aunque parezcan de Ortega: «que no es el hombre el que tiene la impresión, sino la impresión la que tiene al hombre». Y esta impresión, esta conmoción, solo la podrá ir uno asimilando por su rutinaria iteración: “Si se repite, y también esto lo registro solo a medias, puedo aún prever de modo nebuloso que se repetirá otra vez”, escriben Schutz/Luckmann. Solo el tiempo, la experiencia ganada con él, nos procurarán soltura para orientarnos, para captar el «sentido latente y común» que nos envuelve, en medio del cual las ingeniosas ocurrencias no serán más que el quitapón –la máscara– de «este necesario anclaje en una experiencia natural donde reina la habitualidad». Este ir sedimentando o aposentándose el flujo vital en el que hemos —delito mayor del hombre— venido a dar con nuestros sesos termina por consolidar estratos que serán, andado el tiempo y vuelta la vista atrás (que ahora es delante), nuestros horizontes, nuestro paisaje habitual. Nuestro suelo.

Avanzamos así de la determinación cognitiva al «paradigma afectivo» (affektive Tendenz) como marco de comprensión para la constitución de sentido. Sin perder de vista la siguiente distinción fundamental —apuntada ya en Vivir lo extraño— que nos libre de sentimentalismos: habrá que entender la afección en su acepción asociativa, distinta de las emociones y el deseo para los que la fenomenología husserliana que inspira el trabajo preferirá el término Gemüt. La afectividad se acercará así, más que a la pasión, a la pasividad: la de la sedimentación y la síntesis. Esta actitud receptiva, abierta, espera y predispone a una regularidad en la experiencia: que ésta fluya respondiendo a expectativas, sin sobresaltos. Cuando esto no ocurre, cuando lo habitual es —salta la austeriana paradoja— el imprevisto (“Tal vez nada haya más previsible que lo imprevisible” afirma Marco Stanley Fogg en El Palacio de la Luna), cuando lo acostumbrado es que se dé una u otra «irrupción fortuita en la continuidad experiencial», cuando estalla la familiaridad y se suspende el sentido, es entonces cuando el sujeto recurre al delirio como «invocación de fragmentos narrativos o proposiciones lógicamente coherentes, pero que no generan o recuperan efectos de fluencia, pues no estan basados en una regularidad empírica». Cumple su función, colorea el afecto, mas no conjura la extrañeza. Es solo un destello. La realidad percibida, nítidamente percibida por un instante, toma aire de trampantojo y carnaval, baile de máscaras: «la pérdida de la perspectiva familiar, la percepción sin sentido, reduce ésta a una recepción de cualidades formales que componen a otro antes familiar como un ser que ha perdido su significatividad para mí. Este otro impersonal, falsamente idéntico o falso doble, se presenta como una máscara, una forma interpuesta que interfiere con el reconocimiento como relación recíproca». Esto es lo que ocurre —aunque en secuencia opuesta: no pasan del extrañamiento al delirio, antes bien por el capricho divino se extrañan— a los protagonistas de la obra de Plauto, Anfitrión y su esclavo Sosia: «Incapaces de identificarse a sí mismos como los auténticos seres queridos que habitaron la casa propia, compartieron el mismo lecho y contrajeron las mismas costumbres, los personajes sufren de una desesperación máxima».

—Sí, parece él, mi amigo, mi familiar, pero no confío, le temo, me espanta. No puede ser entonces él, tiene que ser otro, idéntico porque lo veo pero otro. Pues, ¿cómo podría temer a los míos, a los que me eran próximos, y familiares?

Así se convence el delirio, sin que nada cambie, como advierte Mercurio a los espectadores del Anfitrión: “Esta misma obra, si queréis, la convertiré de tragedia en comedia, sin cambiar un solo verso”. Esta misma vida, idéntica, decido que es sin embargo otra porque la siento extraña, y para que no me resulte trágica la convertiré en mi fantasía, en mi delirio. Nublado el sentido, espantado por las sombras del afecto, caigo y suplico: hágase la luz.

Con ansia y hambre aúllan mis ojos,
insaciables siempre, invocan
a esos tuyos –los brillantes–
que de tanta luz, de los míos niña,
nunca ven sombras.

***

GONZÁLEZ CALVO, J. (2016), Extrañamiento y delirio, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXVI;130), 443-62

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