¿Una sola bioética? Crónica

Crónica del VII Congreso Internacional de Bioética organizado en Barcelona por los grupos de investigación del Instituto Docente de Sant Pere Claver y Aporia (de la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona). [Aquí el reportaje fotográfico].

 

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ABRIÓ EL EMÉRITO Germán Berrios. Pronunció su conferencia instalado en la misma perspectiva externa del síntoma que desde los años ochenta viene publicando a peso y que encontró en los noventa un terreno abonado para su definitivo despegue: la década del cerebro. Ayudó entonces con solvencia a aclarar la empanada fenomenológica con la que ciertas escuelas biologicistas intentaban dar lustre a unos hallazgos luminosos mas fugaces y delatores de una comprensión harto pobre del sufrimiento mental. Tras un cuarto de siglo de colaboraciones con Ivana Marková, en quien se intuye un pensamiento mucho más fecundo (esperamos poder leer pronto su nuevo libro The Dialogical Mind: Common Sense and Ethics); a pesar de su cercanía y magisterio no parece haber asimilado Berrios la necesidad de otra mirada para desovillar en lo posible el entramado mental que nos ocupa. Sigue instalado en una lógica deductiva basada en el ruido, la señal y un sisífico recalibrado. Aboga por avanzar desde un paradigma de lo categorial, legal, total, estático, individual e irreversible hacia otro de lo dimensional, psicológico, parcial, oscilante, regional, consensual y —respiramos— reversible. Pero su discurso descriptivo y finisecular no da para ello. En algunos trabajos recientes con Ivana Marková se recoge el carácter teleológico y ostensivo de la experiencia, conceptos que retomarían otras ponencias del congreso, mas no parece Berrios haberse empapado de ello, ni importarle en demasía.

 

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Tras la pausa sorprendió el reciente ganador del Premio Nacional de Ensayo, el hipnótico Josep Maria Esquirol, proyectando a Sófocles contra la línea de interpretación freudiana del Edipo. Partió de la premisa de que el complejo formulado con tal nombre no puede ser considerado la experiencia nuclear de la neurosis. Lo fundamental en ella serían experiencias diversas, plurales, entre las que sobresaldría el desamparo. Si bien Freud identificó este desamparo no fue con ello original y, en cualquier caso, erró —en opinión de Esquirol— al limitar a la etapa infantil esta experiencia que a lo largo de la vida muta mas persiste: “El juego infantil viene a ser reemplazado luego por la filosofía y la religión”, sostuvo el filósofo. Apostó —tema de su conferencia en la anterior edición del congreso— por la auténtica mirada médica frente a la mirada patologizadora de Freud, así como por una teleología del sentido frente a la arqueología psicoanalítica del alma. Sancionó el exceso interpretativo de la escuela analítica y alertó sobre un conocimiento obturado por exceso de clarividencia. Abogó por la sabiduría del detenerse, de la discreción, por la sabia ignorancia. “Tras cruzar el umbral la mejor filosofía ya no va a detenerse”, anunció. Y no, no se detuvo. Dio todavía un empellón para sacar a Freud de quicio.

Esquirol, sin tal vez parecerlo, había alcanzado gran profundidad y pareció sonarle muy lejana la réplica en la que el doctor de Ángel convocaba a Harold Bloom y repescaba a Shakespeare con dudosa intención y escasa puntería. La detonación en superfície apenas se sintió como una leve vibración en el líquido encefálico tras las meninges del filósofo.

En la dispar mesa filosófica posterior destacó la comunicación de Marc Illa Mestre Intimidad: más que respeto, de la que esperamos poderles dar cuenta pronto.

 

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Salvi Turró sobre “Las pasiones del alma” de Descartes

 

Empezó el segundo día con la conferencia Descartes: una moral de la generosidad del profesor Salvi Turró. Excelente conocedor de la modernidad nos indicó cómo leer al último Descartes y poder así comprender en su verdadero alcance la obra del francés. Con tanto anticartesiano suelto por estos mundos de lo mental, con tantos que —atizados por Foucault— recitan como pollo sin cabeza el mantra del sujeto dividido, hubo de acudir la autoridad para recordarnos que no fue un desalmado el padre de los modernos, que su racionalismo fue ante todo crítico y que su disposición vital propendió sin vacilar a la generosidad. Ni aislado intelecto ni desolada extensión, dedicó Turró su conferencia a un tercer ámbito (apuntado ya en la sexta meditación metafísica) inmune a la duda metódica: aquel en que somos afectados. Que siento un dolor no es dudable. Podemos engañarnos “en lo tocante a las percepciones que atañen a objetos fuera de nosotros, o bien en aquellas referidas a partes de nuestro cuerpo, pero no podemos errar del mismo modo en lo tocante a las pasiones, pues tanta es su cercanía y penetración en el alma que es imposible que esta las sienta sin que sean verdaderamente tal como las siente” (Descartes, Les passions de l’âme, §26). Esta comprensión íntima de la vivencia da lugar al reconocimiento en toda persona tanto de sus posibilidades frente a la pasión como del “contento de sí” por esta fortaleza que lo llevará siempre a “excusar antes que culpar” y a “nunca despreciar a nadie” (Ibíd., §154), haciendo de la generosidad la virtud suprema (Ibíd., §153) y, más allá de la pura cogitación, de la intersubjetividad la base de su conocimiento “ostensivo”.

 

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A continuación presentó Begoña Román el documento Diagnóstico en salud mental: una aproximación ética elaborado por el seminario interdisciplinar Filosofía y Salud Mental. Se presentaba envuelto en una “comprensión holística” (§2) y bio-psico-social (a pesar de la nota 1, pp.12-3); y sustentado en el empoderamiento (p.41), la diversidad funcional y los procesos interactivos. Contraviniendo lo que habíamos creído entender por interactividad, diversidad y empoderamiento, fue contundente Román en la censura de un supuesto “exceso de autonomismo” en la práctica clínica vigente (biocéntrica y principialista, según §8, p.52) y propuso alzarse “contra el modelo individualista liberal”. El documento enfatiza en efecto la responsabilidad profesional y refuerza la necesidad, puntual pero ya abierta en relación al tratamiento, de “justificar éticamente actuaciones mal llamadas paternalistas” (§7, p. 45). En el caso del diagnóstico, asunto central del documento y “punto de partida del ‘acto psiquiátrico'” (§3, p.21), la delegación ya no es ocasional sino categórica: “el diagnóstico es innegociable”, sentenció y leemos (§5, p. 36; también §7, p.45), y será compartido con el interesado solo en la medida en que la comunidad científica lo considere oportuno: “la dosis de verdad la debe marcar el paciente y la prudencia del profesional sobre la capacidad de aquél de entenderlo y de reconciliarse con él” (§5, p. 36). De modo muy distinto entienden Marková y Berrios el asunto:

“Most importantly, mental symptoms seem to be inherently unstable objects. Whether volunteered or elicited, they are constructs in the sense that even if they originate from a neurobiological source, their form and meaning is dependent upon individual subject and clinician interpretations as well as a negotiation between the subject and the clinician” (2009, p.348, primer destacado del original, segundo nuestro).

El síntoma, y por ende el diagnóstico, dependen de la negociación entre médico y enfermo. Nada que ver con una propuesta elaborada sobre artefactos que poco dan de sí, como el bio-psico-social o el de diversidad funcional según han dejado claro, respectivamente, Fernando Colina y la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

 

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P.S.: Un estudiante de la facultad se llevó una buena reprimenda por coger una mandarina del bufé para congresistas. También el compañero Illa. Menudas libertades se toman algunos, hay que ver…

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