Habermas, ¿una ética para la psicosis?

Textos complementarios a la comunicación

Una ética para la psicosis. Habermas: del neoaristotelismo a Kant.

que se pronunciará en Barcelona el próximo día 24 de noviembre en el marco del

VII Congreso Internacional de Bioética


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[A] Frente al ideal moderno de un individuo que decide sus finalidades y propósitos con independencia de los contextos de referencia culturales, el comunitarismo concibe la identidad individual como algo que se teje en las relaciones significativas con los otros.

Charles Taylor, en defensa del comunitarismo, DANIEL GAMPER

 

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[B] Se trata de esa experiencia que Freud nombró con el término “autoerotismo”, transformado por Eugen Bleuler en el concepto de Autismus, esto es, esa soledad por excelencia en la que vive el esquizofrénico totalmente al margen del Otro, ensimismado en un goce mortífero que no alcanza a rebasar los límites del cuerpo atomizado, un cuerpo carente de un rasgo que lo unifique. De esta manera, la descomposición del lenguaje es paralela a la tendencia del esquizofrénico a arrebujarse sobre sí mismo y también al incremento de fenómenos xenopáticos en su cuerpo, hechos que ponen de relieve los efectos de la forclusión respecto al lenguaje, al goce y al cuerpo. Del otro lado del muro que lo separa de los otros, el esquizofrénico se nos presenta encarcelado en su solipsismo. Es ahí donde masculla y alimenta su ironía despreciativa, esa imposibilidad de creer en los otros y de vincularse con ellos, y cuanto más los rechaza mayores cotas alcanza su soberbia de habitar en el Uno. Incapaz de integrarse en ningún discurso o lazo social, el esquizofrénico nos muestra el horror de su gozosa experiencia autoerótica en la soledad de su morada autística.

Estudios sobre las psicosis, JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ


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[C] En nuestro trabajo sobre el extrañamiento [Vivir lo extraño, sobre estas líneas] y sus formas en la clínica, definimos la experiencia de extrañamiento como un modo uniforme de experiencia, en el que, a diferencia de la experiencia normal de lo extraño, se pierde el sentido habido de familiaridad y las cosas se dan como términos materiales puros, constituidas en una comunidad de objetos que han perdido su sentido habitual. Hay, por tanto, una pérdida de modalidad del sentido, por la que un sector de mundo previamente accesible a la experiencia inmediata se hace indisponible. En otros términos, se pierde un sector de mundo al alcance efectivo. En el sujeto de esta afectividad deficitaria, la conciencia opera con el déficit para tratar de restablecer condiciones de intelección y modalidades de experiencia, y es ahí donde aparece el fenómeno delirante.

[D] [En el extrañamiento] se pierde el sentido habido de familiaridad y las cosas se dan como términos materiales puros, constituidas en una comunidad de objetos que han perdido su sentido habitual. Hay, por tanto, una pérdida de modalidad del sentido, por la que un sector de mundo previamente accesible a la experiencia inmediata se hace indisponible.

Extrañamiento y delirio, JOSÉ GONZÁLEZ CALVO

 

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[E] La práctica comunicativa cotidiana guarda, por así decirlo, una relación reflexiva consigo misma. Ciertamente, esta “reflexión” ya no es asunto de un sujeto cognoscente que se vuelve sobre sí mismo en actitud objetivante. Esta reflexión prelingüística y solitaria queda sustituida por la estratificación de acción y discurso inscrita en la acción comunicativa. Pues las pretensiones de validez fácticamente entabladas remiten directa o mediatamente a argumentaciones en las que puedan ser sometidas a examen y llegado el caso pueda tomarse resolución acerca de ellas. Esta disputa argumentativa acerca de pretensiones de validez abordadas en actitud hipotética puede describirse como forma de reflexión de la acción comunicativa; pero esta reflexión de la acción comunicativa sobre sí misma puede prescindir de aquella necesidad de objetivación y autoobjetivación, de la que se hacen eco las categorías de las filosofías del sujeto.

El discurso filosófico de la modernidad, JÜRGEN HABERMAS



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[F] Además, y por si fuera escasa nuestra turbación, el enfermo apenas puede ofrecernos una explicación de lo que soporta y de lo que innova, pues no está a su alcance dar razón de sus razones. No puede volver el pensamiento sobre sí mismo. La cosificación de la palabra impide la re-flexión. Los psicóticos pueden localizar sus puntos de fractura y describirlos con mayor o menor acierto, pero no pueden justificarlos porque, en cuanto buscan un motivo, se impone a todo resultado la impresión de perjuicio y manipulación, la fuerza de una causalidad que otorga al otro todo el protagonismo y se sustrae a las leyes equívocas del azar y la casualidad. Desde el momento en que empieza a explicarse, todo queda determinado y sometido al arbitrio negativo de los demás.

Sobre la locura, FERNANDO COLINA


[G] Con la entrada en una argumentación los participantes no pueden menos de suponerse recíprocamente un cumplimiento suficiente de las condiciones de una situación ideal de habla. (…) De modo que en los discursos no podemos prescindir de la suposición de estar moviéndonos en un habla totalmente purificada y, sin embargo, tenemos que arreglárnoslas con un habla ‘impura’. Fácticamente, en modo alguno podemos cumplir siempre (y ni siquiera a menudo) esos inverosímiles presupuestos pragmáticos, de los que, sin embargo, en la práctica comunicativa cotidiana no tenemos más remedio que partir, y, por cierto, en el sentido de una coerción trascendental. De ahí que las formas socioculturales de vida estén bajo las restricciones estructurales de una razón comunicativa siempre desmentida, a la que simultáneamente, empero, no tenemos más remedio que suponer.

El discurso filosófico de la modernidad, JÜRGEN HABERMAS


[H] La tarea propuesta, de perder un poco la cabeza y acostumbrarse a pensar contra corriente para poner rumbo a la psicosis, no debe desconcertarnos. En general, la mirada clínica siempre desafía el sentido común y las opiniones bien asentadas. Desde esta inquietante perspectiva, si alguien nos dice que desea algo nunca nos cerramos a la posibilidad real de que no quiera nada o de que también quiera lo contrario. Así, cuando uno se queja de su tristeza, no hacemos mal en adelantar la impresión de que protesta en vano, pues sentimos que ha encontrado en su melancolía una fortaleza imprevista con la que se complace más de lo esperado; o si dice que quiere prescindir de una fobia, lo ponemos rápidamente en duda en cuanto valoramos el refugio que el temor le presta. Así enjuiciamos la mayoría de los síntomas de la psicopatología, incluso cuando ante un intento de suicidio buscamos enseguida a la víctima secundaria del caso, es decir, aquel contra el que uno se suicida, ese a quien embiste en su intento de dejarle el muerto y castigarle a un duelo imposible. Con ello no ponemos en duda lo que nos dice, ni dudamos de su buena fe, ni dejamos de angustiarnos ante su posibilidad de matarse, sino que complementamos su opinión con otra que proviene de la intervención de lo desconocido y que, aún siendo algo descabellada, no es menos cierta en su justo nivel.

Sobre la locura, FERNANDO COLINA


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