G.W.F. Hegel. Agregado de la locura. Fragmentos.

Edición de Ludwig BOUMANN (1845)


Traducción de fragmentos seleccionados del agregado (Zusatz) a cargo de Boumann al §408 de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio (1830) de Hegel, dedicado a la locura.

Cítese como:

BOUMANN, L., editor (2016). G.W.F. Hegel. Agregado de la locura. Fragmentos. Fenopatologica


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[A]

ESTA CONCEPCIÓN DE la locura en cuanto forma o grado necesario en el desarrollo del alma no debe ser entendida como si quisiéramos decir que toda alma debe pasar por este estado de extrema laceración. Una idea tal sería tan absurda como decir que es destino inevitable de todo hombre la comisión de un delito solo porque en la filosofía del Derecho se considera el crimen como una manifestación necesaria de la voluntad humana. La violación de la ley y la locura son extremos que el espíritu humano en general debe franquear en el curso de su desarrollo pero que no se manifiestan sin embargo en todo hombre como tales extremos, sino que se expresan solo bajo las figuras de la fatuidad, del desatino, de la necedad y de faltas sin condición criminal. Esto basta para autorizarnos a considerar la locura como un grado esencial del desarrollo del alma.

[B]

En la locura [el alma] se adhiere más bien a las identidades subjetivas de sujeto y objeto que a la unidad objetiva de ambas, y solo en cuanto que bobada y disparate, esfera distinta de la que aquí consideramos, conserva todavía la razón y alcanza una unidad objetiva de los mundos subjetivo y objetivo. En efecto, en la locura propiamente dicha se desarrollan, con vistas a formar cada una una totalidad distinta, v.g. una personalidad, los dos modos de ser del espíritu finito, a saber: por un lado la conciencia acabada, racional, con su mundo objetivo; por otro la sensibilidad interna que es para ella misma su propio objeto. La conciencia objetiva de los locos se manifiesta de distintas maneras. Ellos saben, por ejemplo, que están en una casa de orates; reconocen a sus cuidadores; saben, respecto a sus compañeros, que también están locos; bromean entre ellos de sus disparates; se les encomiendan todo tipo de tareas, e incluso a veces se los nombra guardianes. Pero, al mismo tiempo, sueñan despiertos y porfían en una representación particular sin posible comunión con la conciencia objetiva.

[C]

El loco no supera [la contradicción entre el apoyo del alma y la conciencia cabal], no lleva a unidad este doblez en el que ha caído. Por tanto, aunque virtualmente sea uno y mismo sujeto, el loco no se ve como un sujeto acorde consigo mismo, como un sujeto íntegro, sino como un sujeto dividido en dos personalidades.

Si bien es preciso explicar mediante otras consideraciones, y de modo más concreto, el sentido de esta laceración, de este estado en el que el espíritu permanece en su propia negación. Este elemento negativo tiene en la locura un significado más concreto que en otros estadios del alma considerados con anterioridad. Y debemos también entender este embebecimiento del espíritu en un sentido más concreto que la individualidad del alma dada en las esferas precedentes.

Por encima de todo cabe distinguir la negación propia de la locura de las negaciones del alma de otro tipo.

[D]

En la locura el momento negativo constituye, como hemos dicho más arriba, una determinación que afecta tanto la conciencia espiritual como la conciencia intelectiva en su recíproca relación. Esta relación de oposición en el embebecimiento del espíritu debe también ser descrita de modo más preciso para que no sea confundida con la correspondencia que se da entre la necedad y el simple desatino y la conciencia juiciosa y objetiva.

[E]

Puedo caer en el error tanto en lo que a mí mismo atañe como respecto al mundo externo. Los hombre insensatos sostienen representaciones subjetivas sin realidad, deseos imposibles que sin embargo esperan cumplir en el futuro. Estos hombres se ciñen a fines e intereses del todo marginales, no se atienen sino a principios singulares, y entran así en discordia con el mundo real. Sin embargo, esta fatuidad y este desatino no son todavía la locura en tanto estos hombres sepan que sus insensateces y despropósitos no tienen aún existencia objetiva. El desatino y la necedad se convierten en locura cuando el hombre toma sus representaciones solo subjetivas por objetivas y se mantiene firme en su creencia frente a una objetividad real con la que entran en contradicción. El loco está tan convencido de la integridad de sus simples quimeras como del mundo objetivo, y solo en las representaciones subjetivas —por ejemplo, en la fantasía de ser un hombre que de hecho no es— halla la certeza de sí mismo. Por ello, al dirigirnos a un loco, empezamos siempre por ofrecerle una perspectiva de conjunto así como por recordarle su realidad concreta. Si a pesar de esto —y en la medida en que tenga conciencia del correlato objetivo de aquello que se le mienta— no deja de perseverar en su falsa representación, no quedará duda de su locura.

Se sigue de lo antedicho que la representación engendrada por la locura puede ser considerada una abstracción vacía y una mera posibilidad que el loco toma por algo concreto y real ya que, como hemos visto, no es sino de la realidad concreta del loco de donde se extrae esta representación. Cuando, por ejemplo, yo me tomo por rey estando tan lejos de serlo, esta representación que no concuerda con el conjunto de mi realidad y que, por tanto, es alocada, no tiene otro fundamento ni otro contenido que una posibilidad indeterminada, a saber, la posibilidad para cualquier hombre de ser rey, de lo que yo concluyo que, siendo yo hombre, soy por ello rey.

[F]

Solo al hombre es dado concebirse en este estado de completa abstracción de sí. Ello hace que tenga, por decirlo así, el privilegio de la bobada y el disparate. Pero la enfermedad no se desarrolla en la ponderada y concreta conciencia de sí, sino en cuanto esta decae y se convierte en el yo desvanecido, pasivo y abstracto del que acabamos de hablar. En esta decadencia, el yo concreto pierde su poder sobre el sistema entero de sus determinaciones, pierde la facultad de asignar a cada acontecimiento del alma su justo lugar, así como de permanecer por entero presente a sí mismo en cada una de sus representaciones. Entregado a sus peculiaridades, cautivado únicamente por sus representaciones subjetivas, termina por liberarse, escapar del centro de su realidad al tiempo que aún conserva conciencia de ella, como en dos centros, uno en el resto de su conciencia sensata, el otro en su alocada representación.

[G]

Esta cuestión, [a saber, cómo puede ser que el espíritu adolezca de locura], presupone la conciencia desarrollada y objetiva que el alma, desde la perspectiva aquí considerada, no ha alcanzado todavía. Por tanto, es más bien la cuestión inversa la que debe plantearse, a saber, cómo el alma recluida en su vida interior y en un estado de inmediata identidad con su mundo individual puede, desde este estado en el que no se da más que una diferencia puramente formal y vacía entre el ser subjetivo y el ser objetivo, alcanzar la diferencia real entre estas dos vertientes y, con ello, la conciencia verdaderamente objetiva, juiciosa y reflexiva. La respuesta a esta cuestión se halla en los cuatro últimos parágrafos de la primera parte de la ciencia del espíritu subjetivo.

[H]

En lo tocante a los distintos modos de enloquecer, son distinguidos de ordinario más bien a partir de sus manifestaciones que de la determinabilidad interna de esta enfermedad, lo cual no resulta suficiente para la investigación filosófica.

[I]

La locura propiamente dicha se da cuando el embeleso del espíritu natural recibe un contenido determinado y este deviene una representación fija, con lo que el espíritu, que no es todavía dueño de sí, se halla absorto en este contenido, así como en la imbecilidad se halla abismado en su indeterminabilidad. Dónde comienza la locura propiamente dicha resulta difícil saberlo con precisión.

[J]

Se da la locura en el sentido estricto de la palabra cuando el espíritu se fija en una representación particular puramente subjetiva tomándola como si fuera objetiva. Este estado del alma responde a menudo a que el hombre, descontento de la realidad, se encierra en su ser subjetivo. La exaltación de la vanidad y la arrogancia son sobre todo la causa de este recogimiento del alma. El espíritu que así anida en la interioridad pierde fácilmente la intelección de la realidad y termina por no saberse orientar fuera de sus representaciones subjetivas. Este comportamiento puede con facilidad responder a la locura completa. Pues, si hay aún vitalidad en esta eremítica conciencia, esta es pronto conducida a forjarse un contenido puramente subjetivo, a considerar este contenido subjetivo como teniendo un valor objetivo, y a fijarlo como tal. Así, mientras en la imbecilidad y el chochear, como hemos visto, pierde la facultad de detenerse en un objeto determinado, hallamos, al contrario, esta facultad en el loco, lo que prueba que hay aún conciencia en él y que, en consecuencia, el alma se distingue todavía del contenido consolidado en ella. Por tanto, si por un lado, la conciencia del loco se halla impregnada en este contenido, por otro, ella trasciende, en virtud de su naturaleza general, el contenido particular de su desatinada representación. Esto hace que junto al desarreglo en lo tocante a un punto, los locos posean una conciencia normal y racional, una percepción justa de las cosas, y la capacidad de actuar de un modo razonable. Esto, junto a la descreída reserva del loco, puede hacer que en ocasiones algunos locos no sean reconocidos a tiempo como tales y especialmente que se presenten dudas sobre si el restablecimiento de la locura se ha alcanzado y con ello si la liberación del enfermo puede tener lugar.

[K]

En todo hombre se dan fieros arrebatos. Pero el hombre civilizado, o al menos dotado de sensatez, es capaz de amansarlos. En el desvarío, sin embargo, una representación particular se enseñorea del espíritu juicioso y así, desmandadas las peculiaridades del sujeto, tanto en sus inclinaciones naturales como en el gusto desarrollado por la reflexión, se sacude el yugo de la firme voluntad general de la que la ley social emana y, en consecuencia, las oscuras y terrenas fuerzas del corazón ven expedito su camino.

[L]

Lo esencial es el tratamiento psíquico. Si bien este no ha obtenido resultados contra la imbecilidad, sirve a menudo con eficacia en la locura propiamente dicha y el desvarío, estados del alma en los que se halla todavía vitalidad en la conciencia, y en los que junto a la representación particular en la que permanece sumida la locura se dan otras representaciones en que subsiste la conciencia racional, y de las que un hábil médico del alma es capaz de sacar fuerzas de flaqueza. Haber descubierto este resto de razón en los locos y lunáticos como conteniendo el principio de su curación y haber fundado en él su tratamiento es un mérito sobre todo de Pinel, cuyos escritos sobre esta disputada cuestión deben ser considerados como lo mejor que existe.

[M]

Hay que afanarse en llevar hacia otros pensamientos al loco y mucho más en hacerle olvidar su andar a grillos. Se obtiene esta licuación de su representación fija obligándolo a ocupar el espíritu y todavía más el cuerpo, pues por el trabajo es liberado de su subjetividad enferma e impelido a caminar hacia la realidad.

 

Traducción de S. Solé Plans

Transilvania, verano de 2016

 

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