El delirio, ni excéntrico ni ejemplar

La mayéutica socrática frente al aristotelismo de Gomá Lanzón

Texto marco de la comunicación Delirio y ética de la excentricidad pronunciada por Sergi Solé Plans el 26 de noviembre en el VI Congreso Internacional de Bioética de la Universitat de Barcelona


Trabalhemos ao menos -nós, os novos- por perturbar as almas, por desorientar os espíritos. Cultivemos, em nós próprios, a desintegraçao mental como uma flor de preço.

F. Pessoa, 1915

Antes el problema era que el yo estaba alienado, ahora más bien que no lo está lo bastante.

J. Gomá Lanzón, 2009

 

DSC00007

Lykeion, Atenas (2014)

 

LA DEFINICIÓN DEL delirio como error es una de las más desafortunadas de la psicopatología. Lo reconoce Jaspers, lo demuestra Spitzer, lo asume el cognitivismo sutil de Rhodes y Gipps (2008), y se dedica a ratificarlo la revista World Psychiatry en su número del pasado mes de junio.

 

 

El delirio no se define por el error aunque así lo haya venido haciendo hasta la fecha el positivismo científico, condicionado por una estrecha concepción de lo que sea la verdad, más veritativa que afectiva según la distinción que apunta Josep Maria Esquirol. Delira “el que sale del surco”, gusta repetir la ciencia de la descripción y el enunciado. Y el que sale del surco será tomado por excéntrico.

La filosofía replica en la voz de un premediático Francesc Torralba (Poética de la libertad: lectura de Kierkegaard):

«Existir significa, para Kierkegaard, estar fuera de sí mismo. Existencia y excentricidad tiene una raigambre común. El hombre no sólo vive en el mundo, sino que existe. Y existe porque, como dirá después H. Plessner, es un ser radicalmente excéntrico. El hombre es existente porque ek-siste, es decir, está fuera de sí mismo (sig selbet) y del mundo que le rodea, pero de algún modo también forma parte de la naturaleza en tanto que depende de ella, vive y se mueve en ella y por ella».

El hombre dice, no el delirante; el ser humano – es excéntrico.

***

Delirar no es apartarse del surco, del centro, sino todo lo contrario.

Delira el que permanece en la hendidura, en esa oquedad inaugural que Fernando Colina describe como “soledad esencial y constituyente”.

Delira el que no puede remontar el surco para, desde el surco vecino, enriquecer su perspectiva. El que no puede salir de sí.

Delira el que, despojado de afectos, se rodea de certezas y se entrampa en su centro.

***

Pensamiento centrado por definición, es el delirio. Ese es su mal, y no el de un discurrir extraviado que haya que hacer “entrar en razón”. De ella anda sobrado el delirante, como mostró Minkowski, y lo que precisa no es entrar sino salir, abrirse al horizonte, ganar amplitud para dotarse de sentido. Lo último que le conviene es otra verdad frente a su verdad, positivismo sobre positivismo, el de la psicosis frente al de la ciencia, erre que erre.

Y en esas andábamos, alzando la vista del surco al horizonte, cuando vemos regresar el dictado del error y el reparto de certezas. Las personas, los ciudadanos, especialmente los enfermos y –por supuesto– los locos, necesitan –se nos dice– un pastor, un guía, sin el que andan descarriados.

En su Tetralogía de la ejemplaridad el filósofo bilbaíno Javier Gomá Lanzón se rebela contra la invitación de John Stuart Mill a cultivar cada uno su excentricidad. Prefiere la “acomodación al arquetipo de ciudadano que la polis implícitamente propone a todos como una oferta de sentido, individual y social”. ¿Podemos leer esta propuesta como una invitación a combatir el delirio como tal excentricidad, como desvarío inaceptable que requiere su reestructuración cognitiva, su reducción a discurso normalizado? El ámbito al que Gomá alude no es el de la psicopatología, por supuesto, pero si ya el ciudadano es para él, siguiendo a Tocqueville, débil por democrático y precisa de compaña ¿qué no requerirá la vulnerabilidad del enfermo, máxime del mental? ¿Cómo no suponerle al delirante la necesidad de guía y pastoreo si ya “la mayoría de los ciudadanos constituyen hoy –escribe– individualidades interrumpidas en su desarrollo moral”? Así, conmina Gomá a “incitaciones convincentes y realistas a la virtud pública, presentadas al ciudadano en una bandeja de usos” para ser consumidos ante el temor de que la transgresión alcance cotas excesivas:

La excentricidad que añoraba Mill, en suma, se ha masificado, y esto comporta graves consecuencias para la polis democrática. Porque una república se puede sustentar albergando en su seno una pequeña porción de excéntricos antisociales que, cual niños malcriados y consentidos, reclaman para sí los privilegios del genio, se pretenden más allá del bien y del mal, y acarician ensoñaciones poéticamente exaltadoras del yo.

La sociedad puede tolerar la disidencia simpre que sea confinada e identificada como tal. Gomá no se refiere, insistimos, al delirante, pero el distanciamiento de la sociedad aludido, la romántica afinidad entre genialidad y locura, y la centralidad de un yo vertebrador del mundo en el delirio acercan demasiado el retrato que él hace del ciudadano al de una cierta concepción de la psicosis. Sean o no asimilables ambas figuras la respuesta que demos en uno y otro caso nos parece que no puede ser dispar. La de Gomá es clara, ¿y la nuestra? ¿Qué proponemos? ¿Exaltar el desorden y el capricho? ¿Volver a Kingsley Hall? Decimos que no conviene a la psicosis más dogma y certeza porque eso es lo que le sobra y pesa. Mas, ¿significa eso abandonarla en su oscuro pozo de razón? Ciertamente, no. Algo falla en esa autonomía, aunque no parece que por exceso. Analicemos –por fin– donde ve Gomá el problema y nosotros el remedio.

Gomá reprocha a las filosofías de corte existencialista, en especial diálogo con Kierkegaard pero también con Heidegger, haber exaltado la individualidad. Resulta curioso porque, precisamente de ese Romanticismo en el que Gomá ve nacer “los graves conflictos de socialización de la subjetividad” se distancia también Kierkegaard, quien ve en efecto problemático ese sujeto romántico hijo del idealismo fichteano “frente al cual ninguna realidad es la adecuada [, ese yo colocado] más allá de la moral y de la eticidad”, como escribe en Sobre el concepto de ironía. Pero a diferencia de Gomá no responde Kierkegaard a este individuo –tan centrado en sí– con una exigencia aristotélica de asunción de las costumbres, con el requerimiento de “acomodación al arquetipo de ciudadano”; sino mediante la socrática apertura a la duda, la invitación a cuestionar(se), por la mayéutica.

Frente a un Aristóteles que en su Ética a Nicómaco conmina a “alegrarse y dolerse como es debido”, y para quien las costumbres –nos dice Gomá– se deben “inculcar en el ánimo mediante la repetición y el hábito”; frente a ello aboga Kierkegaard por la enseñanza de Sócrates, dedicada a “hacer que cada uno pensara en sus deberes”.

Nos cuenta Hegel en sus Lecciones sobre la historia de la filosofía que “aquello que Aristóteles echa de menos en la definición socrática de la virtud es el aspecto de la realidad subjetiva, […] es decir, la pasión y las costumbres”. El albedrío, que no será la libertad. La libertad, sola cura del enfermo y única dignidad posible del ciudadano, está en otro lugar. “Tal es el principio de la libertad subjetiva –escribe Kierkegaard rescatando a Sócrates:– que uno guíe la conciencia por sí mismo”. Y de Sócrates dice Hegel: “Puso la eticidad a la altura del entendimiento; pero eso no significa otra cosa que hacer consciente el hecho de que las costumbres, las leyes de la eticidad, vacilan en su determinatividad y en su inmediatez”. Por ello hay que repensarlas una vez tras otra, por uno mismo. Hay que reconstruirlas sin cesar. Hay que hacer con el delirio lo que Sócrates, quien “hizo vacilar lo que de otro modo era algo firme para la representación”. Creemos que es eso, y no veleidad de poeta, a lo que nos invita Pessoa cuando escribe aquello de trabajar para “perturbar as almas, por desorientar os espíritos”. No hay otra salida, pues lo que ocurrió al alienista Leuret en el París de principios del XIX, quien dice que tras comparar la idea que le pareció más loca con “un buen número de las que circulan por el mundo, me quedé sorprendido y casi avergonzado de no ver diferencias entre ellas”, lo mismo vio Hegel que sucedía a Sócrates: “cuando lo que se estima firme es comparado con otras cosas que para la representación son igualmente firmes y verdaderas (…) todo lo firme comienza a vacilar, deja de valer como algo firme”. Y así empieza la educación, y es posible la terapia.

Apostamos por distinguir entre “el preguntar para obtener una respuesta y el preguntar para poner al descubierto”; entre la pregunta destinada a que el delirante responda “como es debido”, o como es costumbre, y aquella que se esfuerza en despejar el horizonte de una realidad que la psicosis, como nos dice Colina, había tenido que “recubrir [para] volverla soportable”. Para el delirante no hay otra salida. Insistir en la “oferta convincente y realista” de nuestra verdad, empeñarnos en el positivismo (ya sea de ciencia, derecho o costumbre), amontonar verdad sobre la verdad que ya pesa al delirante no hace más que devolverlo al surco, al hoyo, a su espantoso centro.

***

KIERKEGAARD, S. (2006), Sobre el concepto de ironía en constante referencia a Sócrates, Madrid, Trotta

COLINA, F. (2013), Sobre la locura, Madrid-Valladolid, Cuatro ediciones

GOMÁ LANZÓN, J. (2014), Tetralogía de la ejemplaridad, Madrid, Taurus


 

P.S.: Javier Gomá Lanzón tuvo la gentileza de leer –motu proprio– el texto y ofrecernos algunas impresiones que aquí trasladamos. En primer lugar sugiere que para una comprensión de lo que pudiera ser el delirio dentro de su sistema de pensamiento cabe dirigirse al volumen Aquiles en el gineceo y en especial al estudio del estadio estético en el camino de la vida, destacando que Ejemplaridad pública –de donde en efecto extraemos gran parte de las citas, aunque en lectura paralela con el Aquiles– no se planteaba eso. En segundo lugar nos recuerda que Aristóteles habla de las costumbres mentales o psicológicas, pero apenas de las costumbres sociales, que son las que a él interesan y trata de recuperar. Lo expone con claridad en la página 201 del tercer volumen de la Tetralogía:

“Nótese, en primer lugar, que Aristóteles parece tener siempre en consideración los hábitos psicológicos, en el seno de la conciencia individual, por ver de adquirir autónomamente mediante la repetición una virtud personal y con la expectativa de que una pluralidad de individualidades virtuosas conformen una totalidad ingenuamente virtuosa, pero desconociendo la dimensión colectiva de la costumbre y su función como fuente de moralidad social: no que un yo repita muchas veces sus propias conductas sino que uno repita las de otro, se extiendan en la comunidad y se generalicen como costumbres sociales. Dice que los legisladores deben procurar que los ciudadanos adquieran hábitos virtuosos pero olvida indicar el modo como éstos nacen, que está relacionado con la previa existencia de costumbres comunitarias que sancionan modelos, patrones y pautas sociales y que el yo acepta y sigue con naturalidad”.

Sirvan estos comentarios para una lectura más crítica, y por ende provechosa, del texto.

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,