¿Hablas o describes? Tras Wittgenstein y Habermas

 

“Cuando uno habla de tener dolor o de estar asustado no trata de describirlo, trata de ser atendido o de ser consolado”.

 

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Santa Bárbara en el castillo de Montesquiu

PUESTOS A ELEGIR un título largo, este podía haber sido uno excelente. Eligieron otro los autores del texto que reseñamos, Ferran Molins y Jose López. Más técnico, algo más alejado de la intención, de su capacidad propositiva, y más centrado en la pormenorizada tarea crítica que sustenta el argumento:
La simplificación neopositivista del lenguaje de la psicopatología desde una perspectiva post-wittgensteiniana.



Ahí es nada. Cojan aire, merecerá la pena.

La tesis fundamental entendemos que se desarrolla del siguiente modo. Mostrada la imposibilidad o descrédito de un lenguaje observacional puro se impone la aceptación de un “sistema global de creencias” mixto para la articulación de un discurso sobre el mundo. Aceptar esta red de remisiones nos lleva a descreer del discurso único, de un marco teórico cerrado, omniexplicativo, más o menos anclado en una ontología o concepción del ser. Se denuncia en concreto la ontología materialista dominante, tomada como irrefutable sostén de un lenguaje meramente representacional publicitado en los conocidos manuales de gnósticos y estadísticos.

El “eliminativismo materialista”, que reduce el lenguaje psicológico al de la fisiología del cerebro, parte de la asunción de un funcionamiento biológico ideal -e idealmente truncado en la patología- que no habría más que describir. Pero incluso concediendo que ese sustrato -ese algo ateóricamente descriptible- tuviera la entidad supuesta, su persecución a través de las distintas purgas conceptuales de las psicopatologías descriptivas tenía que resultar infructuosa, precisamente por la premisa de la que partíamos: la imposibilidad de un lenguaje observacional puro. Eso es al menos lo que han planteado las críticas coherentistas -tal como exponen los autores- al rechazar la idea de “que la observación esté libre de conceptualización teórica. Duhem constató que todo informe observacional supone una interpretación de los datos de los sentidos”. Frente a ellos se hallarían los fundamentistas, quienes, eminentemente desde el empirismo sensualista, defienden la posibilidad de una “observación directa” y su consiguiente indiscutible descripción.
 


thedressPara ilustrar de forma algo más ligera las dificultades de esta posición fundamentista recordamos la polémica que bajo el epígrafe o hashtag #thedress agitó meses atrás las redes sociales. La discusión sobre el color de un vestido, que unos veían azul y negro y otros blanco y dorado, puso de manifiesto la dificultad de acuerdo universal sobre un dato tan patente como el tinte de unas telas. No lo entienden así todos aquellos que comparten imágenes junto a la etiqueta #nofilter o #sinfiltro, pretendiendo que su captura visual reproduce la realidad fielmente. #thedress era #nofilter. #sinfiltro explicitado.


 

Este ceremonioso trato con el mundo vienen a violentarlo los reduccionismos ontologizantes al presentar un ser que pide ser correspondido. Y esas gastaba, no crean, el primer Wittgenstein, el del Tractatus, con su concepción de un lenguaje lógicamente estructurado cuya función básicamente descriptiva del “estado de las cosas” se orientaba a la correspondencia con la realidad. Más tarde, en las Investigaciones filosóficas, rechazará la esencia única del lenguaje para entenderlo más bien como juegos lingüísticos sin reglas fijas (de haberlas sería el juego una estructura lógica más). Se entiende que esta postura resulte incompatible con unas pretensiones ontológicas totalizantes. Si asumimos que “todo es biológico” no tendremos mucho margen para tratar lo que exceda esta dimensión, no hay juego. Tampoco si creemos que “todo es social”. Decidida la esencia de la cosa no quedaría más que esforzarse en describirla. Pero este ejercicio de denotación, que antes lo abarcaba todo, nos advierte Wittgenstein que es ahora “un juego lingüístico más”. Aunque no es desdeñable, como no lo debe ser la investigación neurobiológica o social en psiquiatría, tampoco es suficiente, pues el lenguaje que media la relación de investigador e investigado, de médico y paciente, de persona a persona, cumple otras muchas funciones aparte de informar sobre qué, quién o cómo es el otro. Citan a M. Frank:

Existe, por ejemplo, el dar órdenes, el postular hipótesis, el inventar historias, el hacer teatro, el cantar rondas, el adivinar enigmas, el contar chistes, el traducir un idioma a otro, el pedir, el agradecer, maldecir, saludar, rezar, etc.

El lenguaje psicopatológico no puede descuidar estos usos que empapan el encuentro y, si cabe, lo hacen posible. Antes dijimos que no hay descripción pura, ahora que no hay solo descripción. La semántica da paso a una pragmática en la que Jürgen Habermas encumbrará la función comunicativa. Parecen seguir Molins y López esta tarea habermasiana que trata, en palabras de Ramos y Rejón, de “encontrar una alternativa plausible y racional (…) al proceso cosificador que el uso rampante de la razón instrumental impone a las sociedades occidentales modernas”. Impugnan por activa y por pasiva, por ingenua, la pretensión de hallar “un conjunto de términos manejables relativos a entidades corporales” y la “correspondencia de tal etiqueta diagnóstica con algún tipo de referente natural”. Alejan la tarea psicopatológica del empeño en “señalar hacia algún tipo de entidad natural”. Apuestan por una psicopatología, citando de nuevo a Frank, “cuyo significado no puede consistir en la adecuación a un hecho (transemiológico), sino en la forma de su utilización”. La fuente de legitimidad de la práctica psicopatológica, no se cansan de repetir, debe hallarse en “la práctica psiquiátrica”. Solo en ella adquieren sentido sus términos, validez sus distinciones y legitimidad su acción.

Pero ¿cuál es esa práctica? No puede ser otra que la del encuentro psiquiátrico, la del médico con el doliente. Un encuentro que no será ya simplemente diagnóstico, no será un neutral “decir algo acerca de algo en el mundo”, como señalan Ramos y Rejón, sino “implicación de la presencia del otro”. Dicha postura da por clausurada la filosofía de la conciencia y se centra en “el entramado intersubjetivo del mundo de la vida”. El encuentro no es observación de una mente sellada; es un intercambio, un acompañamiento, un cuidado.

Debemos, con todo, andarnos alerta y procurar que en este huir de “las garras de la razón instrumental”, en esta finta al descriptivismo asfixiante, el giro pragmático no termine en quiebro y caiga de un trascendental a otro, ocurriendo lo que advierten Ramos y Rejón en Habermas: “ahora lo transcendental no es la conciencia sino la pragmática formal”, y volvemos a estar sin aire. Cómo resolver el asunto, cómo proceder a la “recolección de sentido” de ese encuentro sin fijación ni menoscabo de lo que acontece, es asunto que Ramos y Rejón vienen tratando por extenso. Su propuesta de una psicopatología reconstructiva la han suscrito Molins y López en otro lugar (2013). Nosotros repetimos, letanía protectora, su advertencia:

A la psicopatología le está vedado seguir la deriva teorética de Habermas. Debe permanecer pegada a lo concreto que surge del encuentro específico con un paciente específico; de otra manera (…) terminaríamos proponiendo determinaciones unívocas entre ‘síntomas’ y ‘anomalías pragmático-formales’ que frustrarían su vocación hermenéutica.

No caigamos, Santa Bárbara bendita, de nuevo en el pozo.

***

RAMOS GOROSTIZA, P., REJÓN ALTABLE, C. (2002), El esquema de lo concreto, Madrid, Triacastela

MOLINS GÁLVEZ, F., LÓPEZ SANTÍN, J.M. (2015), La simplificación neopositivista del lenguaje de la psicopatología desde una perspectiva post-wittgensteiniana, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 35 (125), 135-45

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