Planeta, caballo, manzana: los excesos del naturalismo psiquiátrico

Diálogo con Álvaro MÚZQUIZ JIMÉNEZ


 

“Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental”.

 

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

Carretera de Colmenar Viejo, km. 13,800

NO FUE SINO una caricatura, cuestionado objeto de expresión en estos tiempos. La de Schopenhauer tomada por Trotta en sus recientes ediciones del filósofo. No en otro lugar sino en la pantalla de un teléfono móvil que todavía no era inteligente. En pleno gesto de-formador, ese que troca al estudiante de medicina en psiquiatra residente. En la carretera de Colmenar Viejo, auspiciados por el doctor Rodríguez Lafora, en el quilómetro trece ochocientos. Ahí y entonces empezó esta conversación con Álvaro Múzquiz a ahormarse para ahumarse luego, a desnaturalizarse, a condenarse a una reconstrucción inacabable de la que aquí transcribimos un capítulo a propósito de su trabajo Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2013.

Defiende en su trabajo que la identificación del síntoma mental no es posible a partir de categorías universales sino únicamente atendiendo la individualidad histórica de éste. Pero la singularidad nos recuerda esa arena de Bergson de la que se podrá coger un puñado mas no retratarlo, pues al abrir la mano se deshace. ¿Qué herramientas podemos rescatar de las que la psiquiatría nos ha venido ofreciendo hasta la fecha para entender el sufrimiento?

Ante todo, muchas gracias por ofrecerme la oportunidad de responder a estas preguntas y volver a repasar y repensar estos asuntos.

A pesar de que es algo a lo que no le he prestado la atención que merece, de forma precaria y provisional diré que la psiquiatría lo que ha aportado es una manera de lidiar con ese sufrimiento, unas herramientas prácticas para manejarse y tratarlo (en el doble sentido del encuentro con él y de la intención de aliviarlo). Pero no creo que esto sea generalizable a cualquier sufrimiento. La aportación esencial recaería casi exclusivamente sobre la población identificada como alienados, sobre la locura. Es en el intento de tratarla médicamente cuando dio lugar a otro abordaje y a un nuevo esfuerzo por hacer inteligible esa porción de la realidad.

No creo que la psiquiatría haya aportado nada decisivo sobre otra clase de sufrimientos con los que en un principio no ha tratado directamente o que han sido incluso mejor abordados desde otros lugares como la filosofía o la literatura, aunque en el último siglo estas disciplinas se hayan contaminado en exceso de una jerga psicopatologizante en forma de parodia.

Si estas debilidades del lenguaje suponen un peligro nos alerta por otro lado de lo que denomina en términos de Karl Marx “fetichismo del síntoma”. Diluye en su propuesta la ontología dura de “los procesos biológicos cerebrales y la ciencia” con la solución de “lo producido en el conocimiento”. No prescinde sin embargo de dicha ontología, la considera incluso “decisiva” y llega a afirmar que la “realidad anterior a los sujetos […] es política”. ¿Ocupa la política el lugar de la metafísica en su propuesta?

Voy a dar cierto rodeo aclaratorio previo.

Creo que en cierta crítica a la psiquiatría y sus objetos se ha abusado de la idea de que deshacer una idea positivista del síntoma suponía en sí mismo deshacer todo el armazón psiquiátrico-psicopatológico. Es decir, esta crítica a la psicopatología partiría de las mismas premisas ontológicas que aquellas posturas que estaría criticando: una primacía ontológica de los procesos biológicos y de las clases naturales, negando un estatuto ontológico a lo que pudiera entenderse sólo desde la realidad social. La idea directriz (de la crítica) podría resumirse así: “si se demuestra que la psicopatología no es la descripción positiva de una realidad natural quedará demostrado que la psicopatología y la psiquiatría no son más que un puro invento”.

Mi postura es la opuesta a este modo de proceder. Si se quiere realizar un análisis sobre la psiquiatría y sus objetos hay que tener en cuenta que los objetos que aparecen al darse determinadas relaciones sociales son muy reales y que no son ningún invento. Y no sólo me refiero en términos de sufrimiento o de realidad subjetiva de los individuos que padecen sus consecuencias, sino en relación a su aparición objetiva y a las características que poseen. Señalar esa realidad no implica desechar como fantasmagórico todo lo que allí ocurre, la fantasmagoría es suponer una realidad natural donde lo que hay es una realidad política. Por eso me parece interesante recuperar a Marx, y su concepto de fetichismo que es extensible a muchos otros objetos. Y me parece fundamental de hecho recuperar su pensamiento frente a algunas perspectivas posmodernas de las que también se ha abusado en la teoría de nuestra profesión.

Esto no significa que toda la realidad esté determinada políticamente. Pero considero la psiquiatría un caso específico que sí está configurado conforme al esbozo que acabo de proponer. Por lo tanto, si se entiende la metafísica como las condiciones de posibilidad para la aparición de los objetos de que estamos tratando, la respuesta a la pregunta formulada sería afirmativa. Es determinada relación política la que está puesta en juego en cada síntoma mental, en su señalamiento, en su nombramiento, en su forma última, en definitiva, en su individuación. Entiendo que si se pretende realizar una ontología de los síntomas mentales hay que fijar la mirada en la política como tarea fundamental.

Este proceso de configuración del signo psicopatológico lo concibe —siguiendo a Rejón— como ratio difficilis por la ausencia de universales y causas que lo legitimen. En su lugar reclama un saber práctico, habitus tejido por Pierre Bourdieu e incorporado por Thomas Fuchs, que parece al fin desechar como jirones descriptivos. ¿No convencen las costuras?

Son muy interesantes las propuestas de Bourdieu y Fuchs. Las dos son grandes aportaciones. Si las desecho no es por equivocadas sino por incompletas.

La teoría de Fuchs es distinta desde el punto de vista de la neurociencia. Aplicando ciertos conceptos tomados de la fenomenología conceptualiza los procesos cerebrales como indisociables de la corporalidad y una relación ecológica. De ahí el título de uno de sus libros, “el cerebro como órgano relacional”. Esto nos dice mucho sobre la importancia de la práctica en nuestro aprendizaje como clínicos.

Al mismo tiempo Bourdieu elabora una crítica de la teoría de la acción racional y una teoría de la práctica de gran profundidad que puede explicar parte de los procesos en que nos vemos envueltos en este oficio.

Fuchs nos enseñaría cómo “aprende” el cerebro, mientras que Bourdieu, a través del concepto de habitus, aborda cómo se incorporan determinados esquemas de percepción, pensamiento y acción. Las dos posturas comparten la idea de que existimos como individuos ya terminados sobre los que se adosa esta realidad de segundo orden. El asunto es que, si somos consecuentes con lo que he intentado exponer antes, el sustrato ontológico-político del síntoma mental sólo puede ser entendido como preindividual y su aparición como una individuación, no como una incorporación externa superpuesta.

Avisado ante este posible modo invasivo de la psicopatología teme que una práctica que dice querer comprender el malestar lo esté de hecho generando. ¿Qué peso —si nos permite este mercadeo— cree que tienen o deberían tener construcción e interpretación en psicopatología? ¿Cuánto de etiquetado y cuánto de desvelamiento? ¿Cuánto de “categoría” y cuánto de “componente biológico”, por decirlo con términos del texto?

En principio una situación en que existiera una total transparencia, sin condicionantes tales como pueden ser de control y clasificación, un absoluto desvelamiento, sin necesidad de interpretaciones ni configuraciones podría ser idílica; incluso de categorías que remitieran irremediablemente a componentes biológicos unívocamente. No tengo en principio nada en contra de que esto fuera así, lo aceptaría sin oponer resistencia. El problema es que, al contrario de lo que en muchas ocasiones se piensa, esto no es un asunto que se encuentre en manos de una obstinación, de una decisión ética acerca de la dignidad o de la atención a la subjetividad contra el firme progreso de la ciencia, sino de que aquello con lo que tratamos está constituido de otra manera. Es decir, que es imposible una psicopatología sin interpretación, construcción, etiquetado. Y estos elementos se encuentran presentes en todo acto de individuación del síntoma sin excepción. Debido a la heterogeneidad sintomática habría que ir quizá caso por caso, como dice Berrios, para medir cuánto hay de cada elemento en cada uno, pero una psicopatología de la transparencia no sería ya psicopatología.

En el intento de conciliar esta disyuntiva rescata la propuesta de Ian Hacking quien, frente a clases naturales que nombran algo ya existente, como planeta o caballo, propone la caracterizada por la creación simultánea del objeto y su concepto, caso de un guante. “La personalidad [múltiple], dirá Hacking, se parece más a un guante que a un caballo”, escribe. ¿Cree que el padecimiento atendido por los dispositivos psiquiátricos aparece como tal sólo cuando se lo nombra?

Creo que existe un padecimiento que aparece antes de ser nombrado en un establecimiento psiquiátrico. De todas formas cualquier padecimiento es ya nombrado por el que lo sufre y el entorno, sea este el que sea. Y esto tiene unas consecuencias. La fricción con las prácticas psiquiátricas le otorgará otras nuevas características que conformarán ese padecimiento de una manera ya distinta. Y en este caso sí que aparece solo cuando ya se lo nombra. Los síndromes que describimos no existen tal cual en la naturaleza, lo que vemos siempre se da en el campo semántico de la intervención psiquiátrica.

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MÚZQUIZ, Á. (2013), Configuración de la psicopatología y práctica psiquiátrica, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (XXXIII), 575-92

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