Roudinesco, por el lado oscuro

Reseña de Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos (Anagrama, 2009)
de Élisabeth ROUDINESCO

por Ferran MOLINS GÁLVEZ


Roudinesco - NLO 2

 

Élisabeth Roudinesco es una académica francesa, historiadora y psicoanalista. Ha desarrollado su labor investigadora y docente en la Universidad de París VII – Denis Diderot desde 1991 así como un seminario de historia del psicoanálisis en la École normale supérieure de París. Es asimismo presidenta de la Société Internationale d’Histoire de la Psychiatrie et de la Psychanalyse.

 



LA AUTORA CONSTATA la intrigante atracción que suscitan históricos criminales perversos tales como: Gilles de Rais (Barba Azul), George Chapman (Jack el Destripador), Erzebeth Bathory (la Condesa sangrienta), Peter Kürten (el Vampiro de Düsseldorf). El libro está atravesado por una pregunta que resulta explicitada ya en su introducción: “¿Donde empieza la perversión y quiénes son los perversos?”. Se plantea así como objetivo llevar a cabo un análisis de la noción de perversión y la deriva de su sentido a lo largo de la historia así como una crítica a las teorías y las prácticas elaboradas a partir del siglo XIX para pensarla. Cabe señalar que el recorrido que realiza pone de relieve tanto las metamorfosis del concepto como cuestiones relativas a una antropología filosófica: la pregunta por la esencia del ser humano, el límite entre lo animal-lo humano, la unidad del sujeto. Para la autora, y aquí parece mostrar su vinculación a la escuela francesa de psicoanálisis de Lacan, parece que la cuestión de lo que denomina como lado oscuro, la perversión, esta ligada a la posibilidad en el ser humano de un goce ilimitado, una dimensión humana universal, que denomina goce del mal y que a lo largo de la historia ha ido tomando diversas figuras, diversas máscaras que en ocasiones han estado amparadas institucionalmente. Algo que no estaría presente en el animal, donde los instintos son siempre limitados, saciables.

Siguiendo un estilo que recuerda a autores como Nietszche en su Genealogía de la moral o las investigaciones “arqueológicas” desarrolladas por Foucault, Roudinesco muestra las transformaciones del sentido, el lugar y el valor social que determinadas prácticas han sufrido desde la Edad Media hasta la sociedad contemporánea, pasando por lo que considera la más aberrante institucionalización de la perversión en el nazismo. Los cinco capítulos de los que consta el libro tratan cronológicamente la época medieval, el siglo XVIII en torno a la figura del Marqués de Sade, el siglo XIX de la medicina mental y su aproximación cientificista a las perversiones sexuales, el siglo XX con el nazismo y finalmente el destino de la cuestión en la contemporaneidad.

 

Les buveurs de sang, Joseph-Ferdinand Gueldry (1898)

Les buveurs de sang, Joseph-Ferdinand Gueldry (1898)

El primer capítulo retrotrae la cuestión de la perversión al de “hybris”. Este concepto de la Antigua Grecia -que puede traducirse como desmesura, exceso, injuria- supone un orden divino. La transgresión humana de este orden era castigada. En la Edad Media se mantiene esta concepción del orden divino, pero con el cristianismo la salvación del hombre reside en la aceptación de un sufrimiento incondicional. Esto abrirá la vía para una serie de prácticas groseras que hacen del maltrato, el tormento y la destrucción carnal, la expresión del heroísmo más perfecto. En la figura de los mártires, los místicos y los flagelantes la mortificación de la carne se verá como un acto de purificación que permita el paso de lo abyecto a lo sublime, como un camino de transición hacia una mayor cercanía a Dios. A finales del siglo XIV estas prácticas se considerarán bárbaras, oponiendo a la idolatría del castigo del cuerpo, un cristianismo de la palabra, basado en el amor y la confesión. Así por ejemplo, la flagelación deja de considerarse una vía de transformación de un cuerpo odiado a un cuerpo divino, y pasa a contemplarse como un vicio ligado al trasvestismo y la inversión sexual. El capítulo termina con el análisis de la figura de Gilles de Rais, asesino y sodomita de niños criado junto a un abuelo depravado. Este personaje inaugura, según la autora, la pregunta sobre si la perversión en el ser humano es algo innato o bien está relacionado con la educación y la cultura. Así en la Ilustración aparecerá la pregunta de si con el progreso y la civilización se puede hacer desaparecer este aspecto oscuro de la humanidad.

El libro prosigue en torno a la figura del marqués de Sade. Oveja negra de la Ilustración, sombra del progreso, Sade aparece como un personaje que muestra las paradojas de llevar al extremo la reivindicación de valores ilustrados como la libertad, la insumisión al orden y los valores del Antiguo Régimen y de la religión cristiana. En dicha transgresión aspiraba a la instauración de una sociedad perversa en que la “normalidad” se basara en la ley del crimen, el incesto y la sodomía. Inclasificable príncipe de los perversos, sobrevivirá a tres regímenes políticos, desde la monarquía hasta el Imperio pasando por la Revolución francesa. Maldito por todos estos regímenes, alternará entre el manicomio y la cárcel, síntoma de la incapacidad para catalogarlo. Sade aparece así como individualidad, singularidad, como lo que no encaja, lo que no se reconoce en ninguna regla. Y eso llevará a que la psiquiatría naciente lo considere el paradigma de la definición de perversión: “Así pues, sin duda porque Sade no estaba loco, ni era un criminal, ni resultaba admisible para la sociedad, lo consideraron un ‘caso’ de un nuevo tipo, es decir, un perverso –un loco moral, medio loco, loco lúcido– según la nueva terminología psiquiátrica” (p.80).

La ascensión de los valores de la sociedad burguesa y su doble moral es el trasfondo sobre el que se erige una nueva ciencia de la norma, a lo largo del siglo XIX: “el discurso positivista de la medicina mental propone a la burguesía triunfante la moral con la que no ha dejado de soñar: una moral relativa a la seguridad pública modelada por la ciencia y ya no por la religión” (p. 88). Es en esta época en la que aparece el primer uso médico del término perversión, y deviene el nombre genérico para referirse a todas las anomalías sexuales: ya no se hablará de perversión sino de perversiones en plural y desprovistas de su furor pornográfico, se rebautizan al capricho de una terminología sofisticada y erudita derivada del griego: zoofilia, necrofilia, pedofilia…Una lista que por definición es ilimitada tal y como recogen diccionarios especializados de la época. Asimismo aparece en 1869 el término “homosexualidad” sustituyendo progresivamente las antiguas denominaciones (sodomía, inversión, uranismo, pederastia, safismo, lesbianismo). El objetivo será dar al sexo y al crimen sexual un fundamento antropológico y establecer una separación radical entre una sexualidad denominada “normal” de la que obtienen provecho la salud, la procreación, y la restricción del placer; y una sexualidad llamada “perversa”, que se vincula con la esterilidad, la muerte, la inutilidad, la enfermedad y el goce. Será un periodo donde aparecerán multiples teorías en relación al origen de las perversiones sexuales y donde se repetirá el debate ilustrado sobre si el mal procede de la cultura o la naturaleza. El darwinismo alimentará el imaginario colectivo, las angustias y pesadillas de la nueva sociedad industrial y burguesa, en cuanto que desdibuja los límites entre lo animal y lo humano. El perverso ya no será designado como el que desafía a Dios o el orden natural sino aquel cuyo instinto traduce la presencia en el hombre de una bestialidad originaria. Es la época de obras literarias como Drácula de Bram Stoker o el Hombre Elefante de John Merrick, donde aparecen seres que desafían las categorías clásicas de lo humano y lo animal, y proporcionará uno de los temas recurrentes de la literatura gótica que no se dejará de explotar hasta la contemporaneidad. Se instaurará así en nombre de la Ilustración la idea de que los Estados Modernos tienen el deber de gobernar el conjunto de las prácticas sexuales separando la norma de la patología, del mismo modo que la religión se aplicó en el pasado a distinguir el vicio de la virtud. Será pues, el nacimiento de la biopolítica, un programa desarrollado por una burguesía triunfante preocupada por imponer a la sociedad una determinada moral. Si Darwin desdibujará los límites entre lo animal y lo humano, la figura de Freud aparecerá para cuestionar la separación positivista entre los “normales” y los “enfermos”. Freud considerará la disposición perversa como un universal antropológico. Para Freud todo humano está habitado por el crimen, el sexo, la transgresión, la locura, la negatividad, la pasión, el extravío y la inversión. La disposición perversa se concebirá como estructura psíquica, como un paso obligado hacia la “normalidad” en el desarrollo del individuo. Freud, como hijo tardío de la Ilustración y uno de los padres de la posmodernidad, considerará que el único límite para el despliegue abyecto de la perversión sólo puede proceder de una sublimación encarnada por los valores del amor, la educación, la Ley y la civilización. Balzac, Flaubert y Victor Hugo retratarán las formas de la perversión en el universo de la positividad triunfante y anticiparán las figuras del nazismo. Recelosos de la moral positivista y burguesa que ambicionaba domesticar las pasiones humanas, mostrarán las metamorfosis del lado oscuro del ser humano en los personajes de sus obras literarias. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, se producirá lo que la autora considera como la metamorfosis más abyecta de la perversión que llevará a una institucionalización de la misma en el nazismo. La ciencia de la norma, positivista, ajena a los planteamientos antropológicos de Freud, llevará el gérmen de una ciencia criminal, en tanto alimentará la fantasía de la posibilidad de una regeneración del hombre y la eliminación de su lado oscuro, mediante el uso de la ciencia y la razón. En nombre de esta ciencia que ha de traer un hombre nuevo regenerado, se inaugurará en Alemania un proyecto estatal inicialmente eugenésico y posteriormente eutanásico y genocida1.

Tras la Segunda Guerra Mundial, vencido el nazismo, se producirán diversos fenómenos que anuncian nuevas metamorfosis de la perversión. Por un lado aparecerá una tendencia a difuminar los límites entre lo animal y lo humano. Desde esta perspectiva posdarwiniana ya no se tratará de hacer descender al hombre del mono sino de hacer que el mono acceda al estatus y los derechos del hombre. Los movimientos antiespecistas, de defensa de los animales, constituirán una vanguardia que pretende eliminar toda discrimación a los animales. Peter Singer, uno de los referentes de este movimiento, llegará a afirmar que los zoófilos deberían ser tratados como los homosexuales de hoy, permitiendo y legalizando las relaciones entre humanos y animales. Otro de los fenómenos que destacan es la desaparición en psiquiatría del término perversión: “la psiquiatría pretende abolir la idea misma de una posible existencia de la perversión prohibiéndose pronunciar su nombre” (p.206). Dos fechas parecen marcar este paso: en 1974 ante la presión de los movimientos de liberación gays y lesbios, la American Psychiatric Association (APA) decidió por referéndum tachar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales; en 1987 sin la menor discusión teórica el término ”perversión” desapareció de la terminología psiquiátrica mundial para ser sustituido por “parafilias”. La autora acusa de puritano al discurso psiquiátrico actual y señala que el término parafilia no incluye los actos considerados por la ley como crímenes y delitos: violación, crimen sexual, delincuencia, proxenetismo, terrorismo, adicciones ni hipertrofias del narcisismo relacionadas con la autodestrucción. Ante la desaparición del término “perversión” del lenguaje psicopatológico, cabe destacar que inversamente se propaga su uso en el lenguaje coloquial para referirse a: 1) los reaccionarios que se oponen a nuevas leyes como las del matrimonio homosexual, 2) el capitalismo postindustrial que pervierte el sentido del trabajo y la economía, 3) los políticos y sus artimañas para alcanzar y mantener el poder a base de engaños y jugadas retorcidas, y 4) el pedófilo como personaje que mancilla la figura idolatrada de la contemporaneidad, es decir, el infante.

Una mirada al lugar que ocupan en la actualidad las perversiones en el manual DSM-5 muestra su disolución en las categorías aparentemente asépticas relativas a los trastornos relacionados con sustancias, la disforia de género, los trastornos de la conducta, disruptivos y del control de los impulsos, los trastornos parafilicos así como en las definiciones de algunos trastornos de la personalidad y trastornos del neurodesarrollo. Pero la psiquiatría – y esta es una de las principales tesis de Roudinesco – enmudece o suelta la última etiqueta de moda ante la aparición de casos que superan las clasificaciones actuales. Tal es el caso del reciente suceso que implica al copiloto Andreas Lubitz, del “caníbal de Roteburgo” o del caso Brevik. En ellos se plantea el problema Mad or Bad. En una época que se enorgullece de tener explicaciones para todo, queda siempre la impresión de que por más explicaciones que se den en términos científicos, permanece la opacidad, que en palabras de Paul Ricoeur, envuelve el mal. O como sostiene la propia Roudinesco “…jamás dejará de amenazar […] a todos los representantes de la biocracia en su vana pretensión de domesticarlo”.


1. No deja de ser preocupante y hasta cierto punto siniestro, que en la actualidad se haya recuperado con tan poco sentido crítico la perspectiva positivista en la salud mental. Una perspectiva que como la autora trata de mostrar puede llevar a las atrocidades del nazismo. La distinción normal-patológico que promovía la ciencia de la norma positivista parece haberse metamorfoseado eso sí, por la de funcional-disfuncional, pero recayendo toda la responsabilidad en el individuo. Sin cuestionarse que la disfuncionalidad puede venir porque el individuo se sienta incapaz de encajar en un sistema social ”perverso”. Entre criminales, el honrado es disfuncional.

Por otro lado, la aparición del nuevo DSM-5 parece promover justamente lo contrario, difuminar los límites entre lo normal y lo patológico mediante la introducción de modelos dimensionales y espectros de todo tipo. Esto curiosamente alberga similitudes con la propuesta de Freud. Pero si con Freud parecía que todo el mundo debía pasar por un psicoanálisis, ahora parece que se incentiva a que todo el mundo acabe tomando algún tipo de psicofármaco.

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