La mala fama

En el Hilton

En el Hilton, discusión final





Asistimos en Barcelona al 22º Simposio Internacional sobre Actualizaciones y Controversias en Psiquiatría y, oh sorpresa, vemos colarse la hermenéutica. El reto de este año apuntaba ya desde el título a la semiótica pero no imaginamos nunca que terminara desbridándose el síntoma para liberar sustancia. Lean, lean.



INAUGURÓ EL BAILE Germán Berrios con un minué descriptivo para arrancarse luego en un dialógico vals. Ya no le basta con disipar los ruidos del ambiente para que suene libre el canto biológico. Aunque se resiste y vuelve por momentos a aquello de que “it is the task of psychopathology to recalibrate itself”, plantea ahora incluso que “el configurador cultural modifica la señal biológica”. Apuesta por una psicopatología que provea a la psiquiatría de un “dialogical and therapeutical context for clinician and patient in Gadamer’s sense”. En el de Gadamer, ¡textual! Sigue y sostiene que “psychopathology is not a passive descriptive language as Wittgenstein’s early propositions”, y eso tras proyectar una fotografía de la tumba del vienés fallecido en Cambridge, donde el profesor tiene su feudo, con una miniatura de escalera en ofrenda y homenaje a la conocida metáfora en 6.54 de lo desechable del Tractatus. No hay quien lo pare. Afirma que “cada síntoma es resultado de una negociación entre clínico y enfermo” y que “el clínico no es un secretario del enfermo, [sino que] está constantemente movilizando posibilidades”. ¡No habrá leído a los existencialistas, profesor!

Si abogaba el peruano por una psicopatología como “result of dialogical negotiation”, el checo Petr Bob -que le siguió con una deslavazada conferencia sobre la disociación- no pudo menos que empezar reconociendo que “conscious perception is related to interpretation”. Nada nuevo pero sí sorprendente en alguien que reivindica a un Freud de 1895 para sostener que “intrapsychic conflict is possible to be understood as a process related to disturbed neural unity”. Berrios había advertido antes que “no tenemos teorías de formación de síntomas (salvo la fallida del psicoanálisis), sólo correlaciones. Y una correlación no es suficiente”, pero si aceptamos la analogía como negociable no todo estará perdido, y con esa disposición quisimos ver al praguense en su arriesgado ejercicio de paralelas.

A continuación el neerlandés Damiaan Denys -en su intento de “deconstruir” el trastorno obsesivo-compulsivo- no hizo más que publicitar unas tesis ya expuestas en 2011 en Philosophy, Ethics, and Humanities in Medicine bajo el título Obsessionality & compulsivity: a phenomenology of obsessive-compulsive disorder. Divagó por tópicos y lugares comunes (“Intentionality is a philosophical assumption that I think is nice”), se solazó en un apunte platónico, constató que “there is no external reality that is true” y se le vio más ufano que compungido al afirmar que la gente “want to be certain and they deal with an existential problem”. Tal vez pudiera resumirse su propuesta como sigue: “Obsessionality is a dysfunction of intentionality, compulsivity is a dysfunction of agency”. Tuvo la amabilidad de regalarnos con una máxima de Condillac: “The perfection of a science is shown in the perfection of its language” (“une science bien faite est une langue bien faite”). Gracias, Damiaan.

Apuntaron directamente al síntoma André Aleman y Chuck Sanislow. El primero en lo que se refería a tratar por extenso y por igual el fenómeno alucinatorio, que a su parecer “shares phenomenology and mechanisms across diagnostic categories”; el segundo con su propuesta de diseccionar los síntomas de la matriz RDoC y aislarlos fuera de las “DSM disorder boxes”. Al igual que Berrios invitaba a transitar del sustrato biológico (por nadie negado pero insuficiente) al acontecimiento clínico: “Working forward from disrupted mechanisms to clinical problems (…) We want to focus on mental symptoms (…) maintain focus on palpable psychopathology”. En el dolor mental mentado. Y por si alguien se muestra receloso temiendo una mera vuelta al síntoma como elemento de semiología estrictamente médica ahí estuvo José Luis Carrasco, torero en el último tercio (“Inglés, español o catalán, yo lo hablo todo” respondió al ser interpelado), para desfacer el entuerto: “Creo que se está confundiendo semiología con psicopatología”, e invitaba a “una semiología más profunda, preguntando más, a la psicopatología, aunque tenga mala fama”. No es esta una definición de la psicopatología que vaya a colmarnos, sin duda, pero no esperábamos tanta disposición en las ponencias a encaramar la escalera semiológica sin aferrarse. Tal vez pedíamos poco, pero salimos contentos.

P.S.:

La ponencia de Diego A. Pizzagalli sobre la anhedonia resultó de gran interés en un registro mucho más neurobiológico que psicopatológico, por lo que no nos detenemos en ella.

El londinense David Nutt nos desveló que “Default Mode Network is responsible for the sense of self” para que podamos saber donde dirigirnos en caso de perder la identidad (en un descuido).

Maria Portella, del hospital de Sant Pau de Barcelona, se mostró tan stendhaliana como el holandés al presentar un estudio “muy sencillo pero [que] de sencillo que es es muy bonito”.

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