El acierto cartesiano

Transcripción de la comunicación que bajo el título El acierto cartesiano, garantía ética en la esquizofrenia fue presentada por Sergi SOLÉ PLANS en el V Congreso Internacional de Bioética celebrado este noviembre en la Facultat de Filosofia de la Universitat de Barcelona


 

Imagen de San Agustín en la Catedral del Espacio

Imagen de San Agustín en la Catedral del Espacio




Liberados de la tenaza cosmogónica
empuñaron con angustia
esa horma empobrecida…
con una fuerza que otros
llamarían gravedad.

S.J. Duval

 
 



LA PSIQUIATRÍA ANDA, desde que nació, a la greña. Se empeña la profesión en la lucha cainita entre observadores de la naturaleza y analistas del espíritu. Entre partidarios de la psique o sustancia pensante y los somatiker de la sustancia pesante. Y los clínicos cansados, muy cansados, del esperpento, de la inmoralidad, pues la primacía corporativista no hace sino desplazar la atención de su legítimo centro, el dolor del sufriente.

¿Estamos condenados a elegir entre el sujeto y el objeto, entre hablar y medicar, entre escáner y diván? ¿Es posible atender la doble faz del hombre cartesiano, compaginar su cuidado sin perder coherencia? Porque hablar tenemos que hablar, y escuchar, quién lo duda, al doliente. Pero medicar también medicamos, y aquí está quien les habla prescribiendo psicofármacos por valor de miles de euros al año.

No creemos en condenas y sí en la posibilidad, desde la ética, de concertar ambos discursos. Tomamos el camino asumiendo dos premisas, ética la primera y clínica la segunda: PRIMERA. Que dar un lugar al sujeto es mejor que no dárselo, o que lo cope el objeto. SEGUNDA. Que la atención a dicho sujeto se da por probada en las psiquiatrías del espíritu y que la carga de la prueba ética, la demostración de hospitalidad, recae sobre la ciencia de fundamento cartesiano.

Parte nuestro análisis de la crítica a la cientificidad de Fernando Colina, maestro del saber delirante y a la sazón jefe de servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid. A criterio de quien les habla nadie como él ha captado y transmitido el vivir psicótico. Sus libros El saber delirante, Melancolia y paranoia o Sobre la locura sorprenden por la profundidad y viveza del retrato de este dolor del alma; así como por la amplitud de un saber que dialoga con toda la tradición occidental, desde Cicerón hasta López Ibor, que ya es decir.

Sostiene Colina la tesis de que la esquizofrenia sólo puede surgir en la Modernidad, cuando el sujeto ha entregado, dice siguiendo a Pascal, media cabeza a la ciencia. Denuncia un moderno naturalismo que habría inventado la enfermedad, y lejos de comprender el dolor se afanaría –siguiendo la distinción de Dilthey– en explicarlo, y –por su étimo esploitier– explotarlo; en darle valor para sacarle partido. No sólo estaría así la ciencia incapacitada para la comprensión del psicótico vivir e inhabilitada por tanto para una beneficencia positiva, sino que en su proceder lo objetualizaría y como tal usaría, traficaría con él (en lo que otros han dado en denunciar como disease mongering), en un ejercicio de manifiesta maleficencia. Este cruel retrato de la profesión nos parece responder a una ciencia tal vez al uso pero desvirtuada, ajena a la esencia de la Modernidad a la que Colina apunta.

La apropiación de la herencia cartesiana por parte de la psicología naturalista y de una neurociencia lastrada por el error de Damasio ha yugulado sus posibilidades de un acercamiento humanista al sufrimiento mental. Desde los elogios de Skinner al Tratado del hombre de René Descartes se ha asimilado al de la Haya de Turena con la primacía del hombre-máquina y el olvido de la subjetividad. Sin embargo, si a algo procedió Descartes con ahínco fue a la radical afirmación de la subjetividad (mientras dudaba por otra parte radicalmente de todo). ¿Qué sucedió para que dicha subjetividad quedara, como apunta Enric Novella, “apartada de este mundo en el mismo momento de su afirmación más inflacionaria”?

¿Por qué aceptamos como hegemónica esta versión cuando, como señala Guillermo Quintás en su introducción al tratado cartesiano, y cito: “la polémica y las lecturas de Descartes quedaban abiertas, porque no es lo mismo concebir la posibilidad de construir artificialmente modelos que imitarían con gran perfección la actividad y propiedades del ser vivo, que afirmar la identidad de máquinas y organismos; de igual modo –añade–, la teoría del hombre-máquina podía ser utilizada para acentuar la especificidad de la res cogitans, la espiritualidad”? El alienismo bien puede entenderse, escribe Novella, “como un proyecto de indagación sistemática en la subjetividad”; y Roy Porter señala cómo “el sentido creciente de un yo o personalidad […] fue vital en la emergencia de lo psiquiátrico”. El yo, el alma de Descartes “por la cual soy lo que soy”.

No nos dejemos enmarañar por la torpe escisión entre cuerpo y mente. Nos lo advierte Fernando Lolas dirigiendo nuestra mirada al pensamiento médico del Renacimiento europeo: “Obsérvese –dice– que el “otro” aspecto que la imaginación social reconocía, aparte del cuerpo, no era el de lo que hoy llamaríamos lo psicológico sino el que se deja representar en lo moral. La polaridad no era soma-psique, era soma-espíritu”. Y no era al fin y al cabo a los galenos sino al poder sacerdotal a quien “interesaba la distinción a fin de que los médicos-médicos no incursionaran en cosas del alma”. Cedido su reino a la religión, en lo terreno no se dio más disección que la anatómica. La ciencia no expulsó a la psique sino que, muy al contrario, emparejada desde Platón con la visión moral, remedó el proceso de interiorización de esta moral acometido por Agustín, su incorporación. La apuesta de Descartes se limita a participar de esa recuperación de la autonomía del sujeto, del ensalzamiento de su prohairesis u opción moral, de “la capacidad humana de dar o retener el consentimiento, o de elegir” a la que ya los estoicos “otorgaron un lugar central”; a la que el pensamiento moderno respetará, entendiendo que «el ser humano –como dice Todorov citando a Rousseau– siempre puede “estar de acuerdo u ofrecer resistencia”»; y que la psiquiatría recogerá a través de Maine de Biran y el “esfuerzo voluntario” que permite “la comprensión moral del hombre como agente libre”.

Mas para ello era en efecto preciso asumir la perspectiva que Charles Taylor denomina desvinculada y nosotros decimos liberada del griego vasallaje cosmogónico, en el que la virtud era estar en conformidad, conforme, con la Naturaleza, sin la posibilidad de discrepar que nos ofrece la palabra. Como se anota en Elogio de la teoría de Gadamer, gracias “a la palabra adquirimos la distancia que nos hace libres para escoger el bien, y la libertad para saber”. En ese tiempo antiguo en que destaca Colina “que los griegos no tenían ningún término para lo que nosotros llamamos lenguaje” estaban fundidos con el mundo, identificados con él, rendidos a la “íntima unidad de palabra y cosa”. La moderna emancipación del lenguaje de la que nuestro psiquiatra da testimonio, su “independencia creciente” y la mayor libertad en la búsqueda de sentido, avivarán una responsabilidad que será vértigo ante la constatación de que “la representación no alcanza a revestir la realidad”. Cuesta mantenerse en la ingravidez, en la duda, soltar el mundo “real”. Don’t let go, no te sueltes, se nos conmina en la película Gravity de Alfonso Cuarón. Don’t detach.


https://www.youtube.com/watch?v=OiTiKOy59o4#t=10

Pero cuando ya hemos descubierto la distancia que nos separa de él, cuando hemos metido el pie en el abismo, caben dos únicas opciones. La de espantar con premura ese angustioso pensamiento, y la de sostener la mirada. Y esto segundo sólo puede darse en dos escenarios: el de la ciencia y la atalaya esquizofrénica. Sólo desde ellos se puede atisbar el atractivo de la nada. Científico y esquizofrénico se dicen a sí mismos lo que en la película George Clooney a Sandra Bullock:

Se está bien aquí. Basta con suspender todos los sistemas, apagar las luces, cerrar los ojos y desconectar de todo el mundo. Aquí nadie puede herirte. Es seguro. ¿Para qué continuar? ¿Qué sentido tiene vivir?

Mas en ese dilema no puede permanecer casi nadie demasiado tiempo, y una neurotizada doctora Stone –doctora piedra– debe ceder a la gravedad y terminar su cuenta:

Cinco. Cuatro. Tres. Basta ya de conducir sin rumbo. Vamos a casa. Y es en ese camino de regreso a la mundana realidad en el que, si nos hemos alejado en demasía, si hemos tardado en decidirnos y nos quedan pocas fuerzas, corremos el riesgo de aferrarnos al primer significante, de ceder a un uso artificial del lenguaje sólo válido para orbitar en el dogma y el delirio. Científico y esquizofrénico, cuando excedidos por la duda se precipitan sin resistencia en el vacío al que han tenido el coraje, o no el remedio, de asomarse, decimos que se ponen positivos. Entonces el paracaídas del verbo no se abre, sólo pesa. Pasan de recelar de todo a creer sin mella. Domina el afán de certeza, la confusión del mundo con la idea, el artificio.

 

Diógenes (Waterhouse, 1882, detalle)

Diógenes (Waterhouse, 1882, detalle)



El espacio interior, ese tonel o Soyuz en el que nos debatimos entre la inmensidad y el recogimiento, en el que nos reconocemos la flaqueza frente a un mundo inaprehensible, no fue en absoluto inaugurado por la modernidad. Gadamer nos recuerda cómo “la luz de la lámpara de lo privado en la vida empezase a brillar en la Antigüedad”; y ve el de Marburgo en el estoico “retirarse de la vida pública” un temprano gesto de autoobservación y reconocimiento de la duda.



Así pues, concluyo, la Modernidad no enfermará al sujeto sino que posibilitará el discurso de una división, no psico-somática sino moral, que de antiguo viene sufriendo medio mutis. La explicitará y le dará nombre, pues en efecto no fue otra sino la ciencia quien, como reconocen sus mismos detractores, le dio voz. Y no sólo la de la alucinación psíquica como síntoma de primer orden. La esquizofrenia ya estaba ahí, angustia del hombre ante la libertad de elección y conocimiento. Pero nadie osaba meter el dedo en esa úlcera del saber hasta que Descartes, maestro de llagas, hurgó en la brecha –por temor cerrada– que podía hacernos pesada… mente… libres.

***

TAYLOR, Ch. (1989), Sources of the self. The making of the modern identity, Cambridge, MA, Harvard University Press
NOVELLA, E. (2009), De la historia de la psiquiatría a la historia de la subjetividad, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia (LXI; 2), 261-80
COLINA, F. (2011), Melancolía y paranoia, Madrid, Editorial Síntesis

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3 pensamientos en “El acierto cartesiano

  1. […] ético que se atribuye al discurso científico iniciado con Galileo y Descartes. Defendimos aquí que, lejos de esta concepción, el discurso científico de la moderna subjetividad posibilita (tal […]

  2. […] Sergi SOLÉ PLANS, psiquiatre i editor de Fenopatologica […]

  3. […] Sergi SOLÉ PLANS, psiquiatre i editor de Fenopatologica […]

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