El aposento de la transparencia

Por Carlos REJÓN ALTABLE


 

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En el marco del programa de verano de la Universidad de Zaragoza se celebrará los próximos días 25 y 26 de julio el curso Introducción a la filosofía de la psiquiatría, dirigido por Enric Novella Gaya. No podrá asistir al interesante evento FENOPATOLOGICA pero tenemos la suerte de contar con este adelanto que amablemente nos ofrece Carlos Rejón Altable, quien pronunciará la conferencia Positividad psiquiátrica y formas de experiencia el viernes 25 a las cuatro y media de la tarde.

 

 

EL APOSENTO DE LA TRANSPARENCIA

I

DURANTE EL TERCIO final del siglo XVIII la subjetividad europea se volvió materia legítima de estudio para la moderna medicina del alma. Aún hoy enfrentamos los efectos políticos, sociales, científicos de esta metamorfosis perturbadora. La mutación del sujeto en asunto del conocimiento positivo llegó a rastras y a tirones de un carromato en el que viajaban las viejas facultades del alma, que iban ya travistiéndose en funciones psíquicas y aguardaban fascinadas la fecha de su cerebración. La facultad rectora o sensitiva, el raciocinio, la memoria y la voluntad iban a tratarse en adelante como rendimientos susceptibles de medida de un órgano o aparato a la vez cerebral y psíquico. La discusión contemporánea acerca de la singularidad o continuidad de las experiencias psicóticas con respecto de la experiencia corriente crece sobre el humus del concepto epistémico de función psíquica, y sin él se agosta y muere. Pero hablar, pensar, padecer o moverse, percibir o acordarse no son funciones, son poderes del cuerpo.

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He aquí los poderes del cuerpo: percibir y conocer y padecer lo percibido, un percibir/padecer/conocer primero; desear; moverse; ordenar el espacio alrededor; hablar y dejarse hablar por la significatividad del mundo; vivirse en el tiempo y vivirse en la polaridad suprimida del mundo y uno; pensar; distinguir lo mío de lo ajeno y lo ajeno en mí. Todos ellos discurren sobre un campo de síntesis pasivo, desatendido, preintencional, prefenoménico incluso desde el que arman relaciones intencionales conscientes; relaciones tematizadas de intencionalidad; conocimiento discursivo y racional de estas relaciones. La facultad es una metáfora cognitiva de estos poderes, la función su reducción positiva.

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Cabanis o Crichton repiten en los prefacios del libro de Pinel la tarea que cumplieron para que la psiquiatría misma se presentara como un conocimiento positivo de los padeceres del alma/sujeto: la naturalización del sentimiento. Desde mediados del s. XVIII los sentimientos habían fundado la moral, la apetencia del hombre por la divinidad y la cualificación de la vida como digna de vivirse. Así la obra de Shaftesbury, Hutcheson, Rousseau o Richardson. Ahora debía procederse a su inclusión dentro del discurso higienista, político, psicológico, médico-antropológico propio del siglo XIX. Y ello a expensas de una poda en el vocabulario tradicional que decía de pasiones y afectos, de un descuido de su carácter ambivalente y mediador y de un ansia devoradora por verlos cerebrizados.

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Los estudios de Kant acerca del sentimiento de lo sublime despeñaron el sentimiento por el abismo de la subjetividad herida, allá del borde externo de su conceptuación como vivencia psíquica. En las Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime Kant se afana en distinguir lo bello de lo sublime y enumera los objetos que mueven uno y otro en el espíritu y aparta las naciones, sexo y temperamento más apropiados para acoger un sentimiento u otro. Veinticinco años más tarde el énfasis se ha desplazado al juicio. La cualidad del sentimiento de lo sublime es la de un dolor y un placer, inespecífica, irrelevante para la caracterización de lo sublime y la posibilidad de juzgarlo. Porque no es el placer lo revelado en el juicio estético. Si allí hubiéramos de parar no serían de aplicación más que los conocimientos de la psicología empírica acerca de penas y alegrías, placeres y desplaceres iguales todos salvo en grado. Pero en lo sublime se juega otra cosa. En la contemplación sin necesidad ni interés ni riesgo de un objeto desmesurado de la Naturaleza se mueve un dolor especial, el de la imaginación que fracasa en ofrecer a la razón una representación sensible de las ideas. Y un placer, el que la razón halla al descubrir cómo así se aparta de lo pasivo y limitado de ser el sujeto ser natural corriente, atado a la sensibilidad en su conocimiento del mundo y se llega hasta la facultad suprasensible de juzgar por principios. Sublime es aquello (sensible) que articula en el sujeto pasividad finita y razón infinita. La imaginación no se puede representar una totalidad infinita, pero puede la razón pensarla y así se despiertan en la conciencia del sujeto estas ideas de la razón, por la inadecuación e impotencia misma en la representación estética.

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Lo sublime nace de esta inadecuación, de esta falta de ajuste entre las facultades del sujeto. La Naturaleza contemplada pone de manifiesto una verdad de la subjetividad doliente, este desacuerdo y ansia de coincidir consigo misma. Aquello que parece, pues, un predicado referido a un objeto que se califica como sublime es revelación de la humanidad en el sujeto, humanidad puesta en claro en el mismo desajuste entre lo sensible determinado y lo suprasensible incondicionado.

Pero queda, en el mismo dolor del desacuerdo, un resto de placer. El placer del arrastre de la razón sobre la sensibilidad hacia el reino de la ley moral, el suyo propio. Y así, donde uno se pierde como fragmento impotente de Naturaleza, puede uno sonreír al hallarse irreductible y superior a la mera naturaleza.

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Poco queda de una fundamentación por el sentimiento. La cualidad no es más que placer o desplacer. No hay lugar para un sentimiento más sutil y delicado. Lo sublime es un desplacer/placer levantado por la naturaleza misma desacordada de la subjetividad, por su vacío interno, por su nada. Lo sublime liquida el proyecto de naturalizar el sentimiento.

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Lo sublime es revelación sensible de la tensión trascendental entre finitud e infinito que se mueve en nosotros a través de la contemplación del espectáculo de la Naturaleza desmesurada, esquema fracasado de lo infinito estricto que sólo la razón pura piensa. Tránsito por una línea de máxima tensión donde la subjetividad relumbra en su nada esencial, en su funcionalidad lógica pura de escandir la infinitud para que pueda conocerse a sí misma recogida en forma finita. La nada interna a la subjetividad que coincide en una densidad infinita de nada con la nada de la forma lógica primera del mundo. Pero el tráfico entre interiores e infinitudes cayó en las afueras de la psiquiatría naciente, como forma menor semideísta de un oscuro impulso de la Naturaleza para la psiquiatría romántico-espiritualista alemana. La psiquiatría triunfante de la época funcionalizó pasiones, naturalizó sentimientos implantados de algún modo en el viviente hasta el pasmo de hallar una función de lo real con Janet o de la conciencia inmediata de yo a través de la cenestesia. La nada interna a la subjetividad volverá cambiada en discordancia interna de las funciones psíquicas para nombrar la esquizofrenia.

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La fractura interna a la subjetividad es un saber callado que nos acompaña desde Platón: alma concupiscible, irascible, razonante; hombre exterior e interiore homine; res cogitans, extensa y pasión, alma de los brutos en el humano y alma humana en el humano; razón, sentimiento y voluntad; körper y leib. Pero no siempre alcanza el siglo a reconocer la nada interna.

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La mente para los Vedas: un pájaro que come y un pájaro que mira comer.

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Un ejemplo de saber menor de la nada interna del sujeto: Griesinger afirma la tripartición de la patología psiquiátrica según funciones psíquicas (conocimiento, sentimiento, voluntad); naturaliza las funciones y naturaliza su patología al vincularlas causal y epistémicamente al cerebro; cumple la imposibilidad de concebir la subjetividad en estas condiciones. La nada se articula y se pierde sin llegar a decirse, sin que se haya pensado otra cosa allá de los padecimientos de las funciones naturales de la mente/cerebro.

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Los poderes del cuerpo se ordenan según una lógica que pervive bajo su conversión lograda apenas en lugar de un razonable conocimiento positivo. A ella se vuelve cuando el repertorio epistémico del día se da por agotado. Las facultades del alma son viejísimas metáforas cognitivas que dan para occidente palabra común a estos poderes del cuerpo vivo. Poderes en el doble sentido castellano de haberes que uno tiene y de potencias que de continuo se actualizan. Los poderes son algo concreto que por su concreción misma pueden lo que aún no son. Los poderes facultan, y las facultades del alma recogen la ambivalencia de actualidad y potencia del poder del cuerpo. Facultad es metáfora. Y la función psíquica no es sino la reducción epistémica y formalizada de tal metáfora según el ejemplo de las funciones de los otros órganos vivos.

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Los poderes del cuerpo deletrean el arrojamiento animal del viviente humano.

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La continuidad postulada de los síntomas psicóticos y la experiencia común se admira o se niega desde el mirador construido sobre el concepto positivo de función. La continuidad descriptiva (no la continuidad de riesgo para una enfermedad, síndrome o síntoma) supone primero una función que pueda arruinarse, intensificarse o aun variar a lo largo de un continuo descriptivo descompuesto en dimensiones ortogonales que alinee lo normal, lo intenso sano, lo subumbral, lo anormal y aun no clínico y lo enfermo sin más. Tanto se necesita la función que hasta fenómenos psíquicos como el ánimo o el pensamiento, que apenas pueden avenirse con ella más allá de anotar con escala si la pena es mucha o poca, han consentido en gobernarse según esta norma. Los mismos trabajos que buscan una cierta discontinuidad entre la experiencia psicótica y la común emplean sin sentir el concepto función. En fórmula: F + P donde F es función y la P patológica será un grado en el continuo para unos o una variación cualitativa para otros. Pero la fórmula rige para todos.

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Las facultades del alma son metáforas de potencia inagotable que vuelven cambiadas tras cada corte epistémico. Pensadas como conceptos, serán conceptos de larga duración sobre los que disponer las discontinuidades de la historia europea del trato con la enfermedad mental. Tornadas en funciones en el paso a la Modernidad entregan a la psiquiatría su reducción epistémica fundamental sobre los poderes del cuerpo. La positivización de la subjetividad se cumple como colección articulada de funciones psíquicas siempre ya a punto de ser cerebrizadas.

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La semiología psiquiátrica toma los afectos, delirios, alucinaciones como signos de alteraciones cerebrales expresadas en disfunciones psíquicas, a veces como disfunciones psíquicas sin más. La semiótica de esta semiología psiquiátrica se quiere análoga de la semiología de la medicina interna o la cirugía. Por un lado, el signo anuncia una lesión/disfunción a través de relaciones de significación de plurivocidad controlada. Anuncia lo oculto/interno en lo visible. Por otro, la fijación de los referentes empíricos de las categorías sintomáticas se considera cumplida gracias a las definiciones descriptivas que siguen la fórmula F+P.

Pero si las funciones no son tales, sino el nombre menor de los poderes del cuerpo, los síntomas no pueden ser variaciones de grado o cualidad, sino modos de estos poderes del cuerpo. Y la estructura interna del síntoma no es la del concepto que describe lo magro de una función sino un esquema que franquea y proyecta estos modos nuevos de experiencia sobre el molde que prestan lo nombres compartidos de estos poderes. La alucinación no es una imagen psíquica, ni una percepción, ni un pensamiento desconocido como propio, sino el punto en el que imagen, percepto y pensamiento divergen. El delirio esquizofrénico no es juicio ni percepción ni relato sino el cruce de todos atrapados por la estructura de la presencia. La melancolía una tristeza y un vacío y una angustia. Todas estas experiencias precisan y exceden los nombres colectivos de los poderes corrientes del cuerpo, pero estos poderes fundan la instancia real donde la articulación continuidad/discontinuidad es pensable. Sobre este suelo tendido los síntomas esquematizan modos psicóticos a través de modos comunes de darse los poderes del cuerpo. En cada síntoma relumbra la tensión entre poderes del cuerpo y facultades como metáfora suya. En cada síntoma se conoce un punto de cruce de los varios poderes del cuerpo: la articulación interna en la nada de la subjetividad.

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La descripción kantiana del esquema como instancia de tránsito de lo sensible a lo inteligible incluye dos momentos: la reunión de lo disperso en unidad preconceptual y el puro tránsito hacia el concepto. Las definiciones descriptivas de los síntomas psiquiátricos operan este verterse de un modo de experiencia en otro, el novedoso y privado en el común. En tanto el viviente y sus poderes son finitos, las posibilidades de enfermar también lo son. No extraña pues encontrar tantos síntomas que parecen casi percepciones, casi tristezas, casi juicios o casi fantasías. Pero queda la otra vertiente de la actividad esquematizadora, la reunión de lo disperso en unidad. Esta actividad esquematizadora es frágil en tanto se vierte sobre cada experiencia singular, acarrea materia dispersa ajena a la definición descriptiva y por lo común se colapsa por la fuerza acumulada en estos esquemas-definiciones, como si lo único a reunir de la alucinación fueran los pocos rasgos que le aseguran un carácter semiperceptivo. El precio que se paga por la economía de esfuerzo de un esquema à porter es el colapso y olvido de la actividad esquematizadora (y de su doble vertiente de puente y reunión) cambiada en una pocas figuras huecas sobre las que se hace encajar a golpes el exceso de la realidad.

II

Qué poca sustancia en la definición descriptiva de un deliro o un obsesión. Si nos sujetamos a ellas no alcanza ni para separar delirio de error. Ni para entender cómo distinguir una obsesión que de tan grave y asentada parece un delirio de un delirio que se arrancó siendo delirio. Los síntomas/esquemas contienen la mínima información necesaria para repartir modos de experiencia sobre funciones, para ser aprendidos, enseñados y manejados con sencillez y asegurar un mínimo acuerdo entre profesionales. Cuando esos esquemas se toman por representaciones perfectas de disfunciones que a su vez representan estas lesiones se disipa la tensión entre el síntoma concreto y la actividad esquematizante y acabamos dando identidades donde había parecidos y diferencias. La intelección del síntoma concreto cumplido emplea los esquemas coagulados en definiciones como entradas al proceso de reconstrucción de la experiencia. Esa reconstrucción es siempre del síntoma concreto. Y si es del síntoma concreto habrá que buscar la materia semántica que la definición/esquema olvida en los procesos de individuación del síntoma. El doble proceso de esquematización/reconstrucción culmina en un juicio singular, el juicio clínico.

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En tanto los proceso de individuación, reconstrucción y juicio tocan a cada síntoma concreto no pueden incorporarse a las definiciones descriptivas, que pueden pasar entonces por la única información relevante. Ahí el secreto de su reificación.

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Tanta realidad se aparta que las alucinaciones auditivas verbales ya han quedado divididas en cuatro subgrupos, a los pocos años nada más de ser tratadas como unidad sustancial desvinculada de los síndromes donde aparecen. Se dispersa una unidad que se ha revelado tan supuesta como la de la esquizofrenia de la que se desgajaran. Un ejemplo del ciclo positivación-resto-exclusión-repositivación.

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Los poderes del cuerpo son arrojamiento animal. Como lo son la neotenia, la necesidad de abrigo, cuidado y alimento, el deseo, el lenguaje. Pero este arrojamiento tiene un borde recorrido por la línea virtual de la distancia del propio arrojamiento. El pliegue virtual del arrojamiento sobre sí o la distancia del arrojamiento de sí. Ese pliegue debe llamarse libertad. Se conoce cuando se ejerce en el cuidado de sí, por ejemplo. En su alisamiento, merma o colapso está el ámbito propio de la enfermedad mental y el de la psiquiatría como forma de conocimiento.

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Huarte de San Juan concede esta forma menor de libertad: cuidar del propio arrojamiento mediante la atención a la dieta, el aire, el ejercicio. Más allá, el cuerpo dispone a su aire. El desvío en ese fragilísimo cuidado es frenesí, melancolía, manía.

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La distancia virtual del arrojamiento es la grieta interna y la nada esencial de la subjetividad. En ella se ordena lo propio, lo ajeno en mí y lo distinto de mí que son los modos esenciales de vivirse y vivir del humano. La experiencia de lo animal en uno, de lo divino en uno supone el fundamento de la propia objetivación, la aprehensión del cuerpo propio como lo ajeno en mí, como tercio incluso entre el mundo y yo. Supone la efectuación inadvertida del pliegue del arrojamiento, quizás el primero.

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El cuerpo que cada cual es puede pensarse, verse, sentirse, moverse. La articulación interna de estos modos de darse es una línea de fuerza, móvil y vacía. La cercanía infinita resuelta en nada.

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El espacio de la locura no alcanza más allá de esa línea virtual de distancia del arrojamiento animal, de esa virtualidad que es pliegue del arrojamiento mismo. El arrojamiento animal configura una primera topografía del anonadamiento de esa libertad virtual del viviente. Las pasiones como formas de atrapamiento, la fuerza de lo ajeno en mí ganándome en las obsesiones y fobias, la estructura misma de la presencia como atrapamiento posible, ya sea por empalidecimiento de la ipseidad como autopresencia o por merma de la autotrascendencia en el tiempo del yo y de la trascendencia en el tiempo del horizonte interno a las cosas y eventos. Aun donde las formas del arrojamiento quedan sujetas a conocimiento positivo el pliegue virtual que distancia al animal humano de su arrojamiento animal se resiste.

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Hay un recto/verso del síntoma que debe mantenerse a la vista. El síntoma es primero efectuación en el individuo de la nada interna de la subjetividad. Pero el síntoma es, con todo, manifestación que se contempla o se construye por aquel que observa o pregunta. La aprehensión del síntoma efectuado precisa un cierto método. Hay una dureza en el síntoma que debe recogerse con respeto. Hay una forma de resistencia en la contemplación.

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Para cada síntoma hay una relación entre lo presente y lo impresente. Lo impresente es la efectuación empírica y concreta de lo impresentable, un lugar vacío que sostiene el síntoma y que se ocupa, en cada caso, con predicados distintos que dicen de los modos de individuación. La individuación del síntoma es tensión entre lo presentable y lo impresentable. La psicopatología es saber de la relación entre lo presente y lo impresente del síntoma.

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La semiología psiquiátrica es una lógica de predicados. La tensión entre presente y lo impresente exige pensarse como una lógica de relaciones. Esa lógica despliega en conceptos hacederos la figura del aplanamiento o colapso del pliegue en el arrojamiento. La entraña lógica del pliegue supone distancia del arrojamiento. Su despliegue, relación individuante entre presencia e impresencia efectuada en el síntoma. La psicopatología es una lógica de relaciones que surge en la nada interna de la subjetividad, en el pliegue virtual que se arruga o distiende. De ahí su reducción imposible. No puede decirse en predicados positivos porque supone una relación. Todo atributo pliega una relación que compete sólo al síntoma concreto.

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Lo impresentable como lugar vacío es una efectuación de la distancia virtual interna del arrojamiento como impresentable absoluto y nada del sujeto. Y el síntoma guarda en su médula la articulación de la nada interna del sujeto. En estas formas extraviadas de sí persiste la necesaria nada humana.

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El síntoma es una zona/nada de máxima tensión. Manifestación efectuada que muestra el atrapamiento, el desmedro parcial que sufre el pliegue del arrojamiento. Manifestación contemplada que pide se aprehenda la tensión impredicable entre presencia e impresente. Doble figura en acto del movimiento de la nada.

III

Llega la intimidad al animal humano por el reflujo de la distancia tomada sobre el arrojamiento propio. Es efecto de un modo de mirar, es resto que debemos al decir. El lenguaje crea lo indecible por el solo decir. La intimidad es nada. La nada de la virtualidad transmuta la exterioridad pura del arrojamiento en exterioridad interior indisponible por un mero pliegue que en su positividad es nada. La humanidad habita esa nada. El aposento de la transparencia.


Un pensamiento en “El aposento de la transparencia

  1. […] que el propio Rejón usa en otro trabajo publicado en estas mismas páginas con el título de El aposento de la transparencia, para evitar problemas filosóficos muy trillados del concepto de […]

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