Frónesis, una conversación civilizada

 

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En la acepción humanista de procedencia latina, el sensus communis alude a esa suerte de conocimiento práctico (en parte equivalente a la phrónesis de los griegos) que nos permite concebir objetos, situaciones o la conducta de otros desde un horizonte compartido de sentido o, dicho en los términos empleados por Blankenburg, desde una “evidencia natural” o prerreflexiva.

Enric J. Novella y R. Huertas

 




¿POR DÓNDE EMPIEZA el ejercicio de la psiquiatría? ¿Por el saber general? ¿Por el individuo concreto? ¿Debe entenderse desde la validez o desde el sentido? ¿Es ciencia a secas o del espíritu? ¿Es una ciencia humana?

María G. Navarro replantea el conocido dilema en el trabajo Crítica a la psiquiatría clínica desde una hermenéutica bioética (2007, ya reseñado en Bioética de lo incomprensible) a partir de la distinción griega entre saber teórico (episteme) y capacidad productora (techne):

“La ciencia de la psiquiatría no puede ser episteme habida cuenta de que no se ocupa de las dimensiones universales y necesarias del ser, sino del comportamiento y psiquismo humanos. En cuanto techné, el propósito de toda psiquiatría está frustrado de antemano, puesto que el hombre no puede disponer de sí mismo o de los otros como si éste fuese un objeto”.

En efecto, en tanto disciplina clínica la psiquiatría no puede ceñirse a lo especulativo y, por otro lado, tampoco se ajusta a una techne entendida por Gadamer como “saber que representa una determinada habilidad, segura de sí misma en relación con una producción”. El psiquiatra no produce una obra, no es un artista ni el resultado de su ejercicio una creación. No halla, pues, la psiquiatría, su lugar ni en las ciencias ni en las artes (epistemai y technai), como escribió Gadamer (AdH):

“El arte ejercido en la medicina es un arte muy peculiar, que no coincide en todos sus aspectos con lo que los griegos llamaban techne y lo que nosotros denominamos unas veces, arte, y otras, ciencia”.

¿De qué se trata entonces?

La moderna psiquiatría, i.e., aquella que se fundamenta en la “captación matemático-cuantitativa de las leyes del acontecer natural” (AdH), no hallará mucha dificultad en justificar la aplicación práctica de procedimientos extraídos del conocimiento teórico que los grandes avances científicos le ofrecen. Esta brusca traslación de lo teórico a lo práctico que define el “concepto de técnica vinculado con el pensamiento científico actual” (AdH) olvida aquello que sí contempló “la idea griega de ciencia, el problema de la relación entre ciencia y práctica” (ÜVG). La moderna aplicación técnica propugna “la eliminación de lo natural mediante una construcción racionalmente dominada” (AdH) y “es capaz de suplantar lo natural por lo artificial” (AdH). Se alegrará alguno pensando en la posibilidad de implantación de marcapasos o incluso de un corazón mecánico, y en efecto parece ventajoso reemplazar un órgano disfuncional por una máquina prodigiosa. No rechazamos por supuesto la aportación de la técnica pero cabe recordar que lo que el médico debe perseguir es el “restablecimiento de la salud” (AdH), y “[e]star sano no es estar curado”.

Eso lo puede conseguir el técnico, y no es poco. Pero “el esfuerzo médico procura que la naturaleza se imponga por sí misma” (AdH), teniendo en cuenta que su propia intervención constituye “ella misma un factor de perturbación”. Feliz perturbación que late vigorosa, se dirá y suscribiremos; pero faltará ahora que la vida que anima recupere el equilibrio, la serenidad, pues como afirma Navarro la técnica por sí sola “no puede garantizar ni el restablecimiento de la salud, ni el aprendizaje sobre cualesquiera maneras de entender el mundo o la realidad social y/o la interpersonal” tras el trance de la enfermedad. Podrá la psiquiatría creer tenerlo sobradamente resuelto pero tal vez no sea casual ni siempre tendenciosa la violenta asimilación que reproduce Navarro: “la técnica —psicofármacos, inmovilización, reclusión, internamiento, aislamiento, etc”… Los psiquiatras los usamos en efecto, y quien esto escribe receta a diario y en no pocas ocasiones ha ordenado el resto de medidas mencionadas. Pero la técnica, esa técnica moderna que consiste en aplicación de procedimientos, no es la razón última en la que descansa su conciencia. Pues en el fondo asumimos, con John Caputo, “that all such violence must be seen as violence, that every paradigm is a fiction, a contingency”. Reconocemos la violencia conceptual que ello supone.

No es saber, no es producir, no es aplicación de un saber. ¿De qué se trata, repetimos, entonces? Gadamer nos responde:

“Entre las ciencias naturales, la medicina es la única que nunca se podrá interpretar como una técnica, puesto que siempre experimenta su propia habilidad sólo como una recuperación del orden natural. Por eso representa, dentro de las ciencias modernas, una síntesis peculiar del conocimiento teórico y del saber práctico, una síntesis que, de ninguna manera, puede interpretarse como una aplicación de la ciencia a la práctica. Ella configura una especie propia y particular de ciencia práctica, cuyo concepto se ha perdido en el pensamiento moderno” (AdH).

Por eso, y no sólo por diletantismo, apelamos a los griegos. Hay que volver a ellos.

Recuperamos así con alborozo el concepto de praxis, pero con ojo, advierte Gadamer: “En Aristóteles, el concepto de praxis se crea no frente a la ‘theoria’, sino frente al ‘espíritu artístico’ del producir” (BzW). Tenemos así una praxis que no es producción como la techne, pero tampoco técnica gobernada por la episteme, y “es que ‘praxis’ no significa actuar según determinadas reglas o aplicar conocimientos, sino que se refiere a la situacionalidad más original del ser humano en su entorno natural y social” (BzW). Rastreamos aquí la hermenéutica de la facticidad a la que invitará Heidegger en su pretensión postmetafísica, evocamos el instante kierkegaardiano frente al absoluto de Hegel, topamos con la “heteromorphous nature of the paralogical situation, [en la que] one must cope on a local level without recourse to metanarratives” (Gallagher). La vida entendida desde su irrepetible autenticidad, no desde la especulación abstracta y reproducible. El saber que guía esta práctica, la racionalidad conductora de la praxis humana, se denomina frónesis.

Invita la definición que de ella damos, la de un saber dirigido a una existencia irrepetible, a sospechar lo que Navarro: que la frónesis no se pueda enseñar (como sí ocurre con la techné), que no pueda “explicarse”. Esta es la postura de Jean-François Lyotard, para quien la frónesis ofrece prescripciones surgidas de una inventiva descolgada de todo saber previo, fiada sólo a la inteligencia particular. No es sin embargo esta la enseñanza de Aristóteles, quien entiende que el objeto de esta prudencia o frónesis “llega a ser familiar por la experiencia” (1142a15). Si como escribe Gallagher “[b]eyond the first weeks of life, we are never thrown into an absolutely unfamiliar situation”, muy pronto nos encontramos comprendiendo sin entender, experimentando el retejer de una familiaridad que viene dada, a la que nos vamos acostumbrando, en la que nos vamos conformando en un proceso más allá del saber, previo a la reflexión, y que “depends upon education or on hexis, a habit of virtue, an ethos”. Este algo más, y tal vez por ello gusta a Caputo (quien le censura un lento aprendizaje) denominarla meta-frónesis, recibe también por él el nombre de civismo, evocando tal vez ―apunta Gallagher a Rorty― “the practical wisdom necessary to participate in a conversation”. La frónesis consiste así en el civismo, en la educación, en la predisposición a la conversación, al trato.

En esta redefinición salta a la vista que la frónesis no es, como decíamos antes, ni conocimiento transmisible ni una técnica que se pueda enseñar, aunque sí un saber estar previo que se puede aprender, aprehender, comprehender. Rige una praxis que no es ni saber, ni producción, ni aplicación de uno en la otra como sugería la viciada concepción de la modernidad denunciada por Gadamer: “a semejanza de lo que ha sucedido con el concepto tan familiar de sentido común, también él ha perdido una dimensión esencial en el pensamiento moderno”. Pues no se trata de “una libre aplicación de nuestras dotes mentales”, de una mera “capacidad formal del uso de la razón”. El sensus communis se define, sobre todo, por “el sentido social, el sentido ciudadano” (ÜVG), por un civismo responsable. Se aleja entonces esa práctica de “la pasión que todo lo domina del querer saber” (LdT) y del “conformismo ciego” para devenir “responsabilidad racional” (LdT), exigencia ética ante la situación vivida por el hombre.

Desde la ontologización de la praxis aritotélica que Volpi señala en Heidegger concebimos que el hombre es tal “sólo a través de lo que hace y como se comporta” (WuM), cuando se halla en situación, cuando está-en-el-mundo, cuando ejerce la prudencia o frónesis, pues sólo ella ―dice el de Messkirsch― “esclarece el trato con el mundo” y “es la única disposición ―escribe Navas― relativa a lo que puede ser de otra manera”. Sólo ella permite el trato frente al mero tratamiento.

ero no es cuestión de acción, situación ni trato, se argüirá. No inquiríamos sobre el estar con el enfermo sino el saber qué le ocurre, y a eso debe responder la ciencia con ayuda de la técnica. Mas resulta evidente que en psiquiatría resulta imposible acceder al qué sin estar con, a diferencia de lo que pueda ocurrir al hematólogo que diagnostique una aplasia medular a partir de un hemograma y una biopsia o al neurólogo que identifique en la resonancia magnética un neurinoma (y aunque para ello, en buena praxis médica, deberá haber visto, entrevistado, explorado y en definitiva estado con el enfermo, a riesgo de errar en la interpretación de las supuestamente tan objetivas pruebas). Buscábamos en la psiquiatría un tipo de saber y lo hallamos, pero según la distinción aristotélica no teórico (episteme) sino moral (frónesis), ciencia sí pero humana. Moral no sólo en tanto que pueda verse sometido a reflexión ética sino en tanto que atiende al sujeto en acción, a su modo de estar-en-el-mundo, a su conducta. Pone Gadamer (WuM, II, 10, 2) de manifiesto la estrecha relación entre el “saber moral y el problema hermenéutico de las modernas ciencias del espíritu”, permitiendo alumbrar propuestas como la de una hermenéutica bioética de María G. Navarro por un lado, y por otro la de un saber psiquiátrico que no se da “al margen del ser” o “separado del ser”. Un saber que está fundamentado en la situación, en la puesta en común, en el trato. En el horizonte compartido de sentido, en la evidencia natural de Blankenburg. En el hecho señalado por Gadamer de que “mucho antes de que nosotros nos comprendamos a nosotros mismos en la reflexión, nos estamos comprendiendo ya de una manera autoevidente en la familia, la sociedad y el estado en que vivimos”.

La sensatez que se desprende de este modo de ser, de estar, resulta así, más que sentido común, sentido en común, único modo de comprensión que posibilita un incremento de sentido.

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GADAMER, H.-G. (1960), Wahrheit und Methode: Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik, Tübingen, Mohr

GADAMER, H.-G. (1965), Apologie der Heilkunst. En FINDEISEN, D.G.R. (ed.), Festschrift für Paul Vogler, Leipzig, Johann Ambrosius Barth

GADAMER, H.-G. (1980), Lob der Theorie. En Reden und Gedenkworte des Orden pour le Mérite für Wissenschaften und Künste, Heidelberg, Lambert Schneider

GADAMER, H.-G. (1985), Bürger zweier Welten. En MICHALSKY, K. (comp.), Der Mensch in den modernen Wissenschaften: Castelgandolfo-Gespräche 1983, Stuttgart, Klett-Cotta

GADAMER, H.-G. (1993), Über die Verborgenheit der Gesundheit, Frankfurt am Main, Suhrkamp

GALLAGHER, S. (1993), The Place of Phronesis in Postmodern Hermeneutics, Philosophy Today (37; 3), 298-305

VOLPI, F. (2000), Phenomenology as Possibility: The “Phenomenological” Appropriation of the History of Philosophy in the Young Heidegger, Research in Phenomenology (30; 1), 120-45 doi: 10.1163/156916400746641

G. NAVARRO, M. (2007), Crítica a la psiquiatría clínica desde una hermenéutica bioética, Arbor (CLXXXIII, 726), 581-97 doi:10.3989/arbor.2007.i726.128

NAVAS, N. (2012), Phrónesis y Hermenéutica, Apuntes Filosóficos (21; 40), 67-86

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