Esquizofrenia en el seno de la modernidad

08210030

La Habitación Roja, 2003

He leído en portada
que han encontrado al hombre que decidió
darle la espalda a su mundo,
construirse uno mejor.

Creyó que debería
quedarse en casa, apagar la televisión,
cerrar ventanas y puertas,
buscar en su interior. (…)

Y el hombre del espacio interior
se convirtió en el héroe esperado. (…)

¿Has escuchado la radio?
No nos queda ni una canción,
todo es vacío y hueco,
ya no hay emoción.

El hombre del espacio interior, LHR


VIENE RESULTANDO ACOSTUMBRADA la comprensión de la esquizofrenia como síntoma de modernidad. Dos artículos abordaban recientemente la cuestión: Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad (2011) de los pucelanos José María Álvarez y Fernando Colina y El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia (2010) de los investigadores del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC Enric J. Novella y Rafael Huertas. Ofrecen los primeros un planteamiento que “se nutre de una historia de la subjetividad y sitúa el origen histórico de la esquizofrenia en la época moderna” y defienden los segundos “la constitución de la esquizofrenia como un trastorno característicamente moderno de la subjetividad”.

Gira nuestra lectura en torno a tres consideraciones:

MODERNIDAD: la esquizofrenia se presenta como característica (i.e., no exclusiva) de la modernidad, y en ella puede darse su origen histórico, es decir, el de su narración o exposición; no es tan moderna la división que aflige al sujeto, sí lo es la representación de ese escindir en el pensamiento dominante de la época que posibilita su relato.

CIENCIA: dicha división del sujeto no responde tanto a las necesidades (galileo-cartesianas) de la ciencia como a las exigencias (estoico-agustinianas) de la libertad (para escoger el bien y el saber)

LENGUAJE: la moderna liberación del lenguaje favorecerá dos impostaciones, la del lenguaje artificial de la ciencia positivista y la del delirio esquizofrénico; frente a ellas cabrá atender a un lenguaje como lugar de encuentro, sin sumisión ni certeza.

LA MODERNIDAD

Parten los argumentos de ambos trabajos de una asunción común para la defensa de sus tesis: la división constitutiva del sujeto moderno. Apelan Novella y Huertas a Taylor y McKeon para trazar la escisión que da lugar a “ese espacio interior o subjetivo característico del individuo moderno” y sostener que “la formación de esta interioridad ha sido activamente promovida por la marcada escisión entre esfera pública y privada que ha acompañado el despliegue de la Modernidad”. Por su parte, en el psicoanálisis que ampara a Álvarez y Colina el sujeto se halla en efecto constitutivamente dividido, desde la metapsicología freudiana al modelo borromeo de Lacan pasando por la posición esquizo-paranoide en Klein. El sujeto moderno es, para todos ellos, un sujeto dividido. Pero no por ello necesariamente enfermo.

La enfermedad parece resultar no tanto de la división del sujeto (como sostuviera Bleuler) como del fracaso en el trabajo reconstituyente al que se ve impelido. Aunque los pucelanos asumen una “definición del sujeto vinculado consustancialmente con la locura” y sentencian que “al sujeto le define, antes que nada, la alienación”, matizan un tanto su propuesta al considerar la “transformación subjetiva que sobreviene con la modernidad” como el “contexto (…) donde germina la discordancia esquizofrénica” (destacados nuestros, también en el resto del párrafo). Y con el mismo símil sostienen los del CSIC que la cultura moderna lleva “en su núcleo el germen y el fundamento de su propia alienación”. Asumido el “potencial de alienación que comportan las estructuras de la subjetividad moderna” (NH), este germen moderno no causará enfermedad (será patógeno) sino en el (fallido) discurso anudador o reconstructivo del sujeto ya diviso.

El espacio interior inaugurado por la modernidad no parece así tanto implicar enfermedad como posibilitar su “constitución como “objeto cultural”” (NH), como discurso. En la modernidad cabrá situar -escriben Álvarez y Colina- su “origen histórico”, y la asunción del “proyecto reflexivo del yo” (Giddens) que le es propio la convertirá, en palabras de los del CSIC, en una “condición culturalmente posible”. Esto es: la modernidad no enfermará al sujeto sino que posibilitará el discurso de una división que, defendemos, viene de antiguo. La explicitará y le dará el nombre y forma que ahora conocemos. No en balde destacan nuestros autores la inexistencia de relatos compatibles con la enfermedad anteriores al siglo XIX, pues, como sentencian con rotundidad los pucelanos: “la esquizofrenia no es una enfermedad de la naturaleza sino de la cultura y de la historia”. No es una enfermedad, es la narración histórica de una vivencia antigua del hombre, el retrato de la brecha -por temor cerrada- que podía hacerlo libre.

LA CIENCIA

Esta herida interior operada por la modernidad, esta pérdida de la coincidencia del yo consigo mismo que atribuyen Álvarez y Colina a la revolución cartesiana, la vemos pronto desenmascarar al que será su verdadero antagonista: la ciencia. Afirman que la esquizofrenia “(s)ólo se puede encontrar desde el momento en que los modernos entregaron media cabeza a la ciencia para quedar desde entonces divididos, escindidos”. Y no sólo consideran la esquizofrenia como consecuencia de la ciencia sino como su mismo síntoma e, identificándola con su tiempo, llegan a afirmar que el “esquizofrénico es centinela de la modernidad”.

Acotan más Novella y Huertas al recoger de Sass y Stanghellini la equiparación entre experiencia esquizofrénica, “conciencia moderna y su ciencia positivista”. La escisión vendrá dada en todo caso por una ciencia entendida desde la restringida perspectiva del conocimiento positivo que procede a un uso artificial, alienado, del lenguaje. El modelo galileano de Descartes no supone per se la rendición a la ciencia que Pascal reprocha a los modernos, en todo caso un “giro en la teoría científica” que no entendemos como entrega sino antes bien como conquista. Epistémica, pero fundamentalmente ética, en un viaje compartido desde Platón, en quien ya hallamos una “estrecha relación entre la explicación científica y la visión moral” (Taylor).

La ciencia representacional sigue el camino de interiorización de las fuentes morales acometida por Agustín en respuesta a la dependencia platónica del orden cosmológico. El nacimiento del sujeto moderno es pues en primer lugar un requisito ético, y la apuesta instrumental de Descartes participa del reconocimiento de la autonomía del sujeto, del ensalzamiento de su prohairesis u opción moral (en el étimo griego se ve ya la antigua concepción). Para ello era en efecto preciso asumir una perspectiva que Taylor denomina desvinculada, desencarnada traduce Stanghellini, y liberada decimos nosotros frente a la griega y ciega salvaguarda de los fenómenos (su sosein ta phainomena), su entrega (esta sí) a las cosas, su puro dejar entrar en presencia de lo que se muestra, sin el filtro de la representación y del lenguaje. Pues, como leemos en nota a la traducción de Lob der Theorie de Gadamer, gracias “a la palabra adquirimos la distancia que nos hace libres para escoger el bien, y la libertad para saber”. Lo explicita Taylor al sostener que “(e)l desafío en nombre de la libertad es específicamente moderno”, y a ese mismo ámbito moral circunscribe Foucault en su historia de la locura el decimonónico surgir de esta: “La folie du XIXe siècle, inlassablement, racontera les péripéties de la liberté”. Tomar conciencia de la libre posibilidad de un control instrumental del mundo, trasladar las ideas del orden óntico al intrapsíquico, nos permite adueñarnos de nosotros mismos, nos devuelve “las fuentes de la fortaleza moral”, y nos convierte en agentes de nuestro propio devenir, ya no dependientes del encuentro con el mundo de las ideas sino constructores de nuestro propio mundo interior.

EL LENGUAJE INTERIOR

Liberados de la tenaza cosmogónica empuñaron con angustia esa horma empobrecida…

En ese tiempo antiguo en “que los griegos no tenían ningún término para lo que nosotros llamamos lenguaje” (AC) se hallaban (sin ciencia y sin dolor) sometidos al cosmos, identificados con él, rendidos a la “íntima unidad entre la palabra y la cosa” (AC). La moderna emancipación del lenguaje, su “independencia creciente” (AC) y la consiguiente libertad de uso en la búsqueda de un sentido que ya no viene dado, avivarán una responsabilidad que será vértigo ante el descubrimiento de que “la representación no alcanza a revestir la realidad”. Frente al abismo que nos separa del mundo la ciencia positiva intentará aferrarse al significante, optará por un uso artificial del lenguaje que pretenderá saisir o agarrar un mundo que la excede. En su desesperación botará un lenguaje a la deriva, sin anclaje, que verá volver con extrañeza cuando esperaba todavía que fuera a encajar con la realidad, con lo Real y el noúmeno. Pero, oh, gravity

Cabrá reconocer entonces como fenómeno prominente el xenopático, esa vivencia de extrañeza que rescatan los del CSIC como vertebradora de la propuesta schneideriana, y que los pucelanos extraen directamente del alienismo francés. La extrañeza de la propia actividad psíquica que, indefectiblemente, no coincide con el mundo. Pero si “el sujeto alucinado se nos presenta sobre todo como un ser que no ha podido o sabido defenderse de la presencia xenopática del lenguaje” (AC) será porque su uso se le escapa y se atora en su dominio; será porque, agorafóbico, sigue ansiando el “logos óntico” en el que se hallaba constreñido, ese mundo del que no se distinguía y en el que la virtud resultaba del mero conocer sin elección.

Científico y esquizofrénico niegan ese espacio, abierto a lo interpretable. Todo en ellos es afán de certeza, intento de fusión del mundo con la idea.

Ya entre los griegos se libró la lucha contra la omniabarcante razón y la estoica prohairesis delata en ellos algún tipo de interioridad. Parece ser que la esquizofrenia ya estaba, la angustia del hombre ante la libertad de elección y conocimiento, ante el descuadre; sólo faltaba la científica cobardía que le diera nombre, y voz (su expresión “por excelencia” y “más reveladora”), pero no un lugar de reunión, de encuentro en la palabra.

***

ÁLVAREZ, J.M., COLINA, F. (2011), Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad. Frenia (XI), 7-26

NOVELLA, E.J., HUERTAS, R. (2010), El Síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la Conciencia Moderna: Una Aproximación a la Historia de la Esquizofrenia. Clínica y salud (21; 3), 205-19, doi: 10.5093/cl2010v21n3a1

TAYLOR, Ch. (1989), Sources of the self. The making of the modern identity, Cambridge, MA, Harvard University Press

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

2 pensamientos en “Esquizofrenia en el seno de la modernidad

  1. […] A LA crisis de la lingüisticidad (ya comentada en otra parte), José María Álvarez y Fernando Colina señalan en Las voces y su historia: sobre el nacimiento […]

  2. […] distinta de nuestra época “despersonalizada” (Gomá) y patologizante (Colina, léase Esquizofrenia en el seno de la modernidad)? ¿Cómo pueden verla unos libertina y desalmada los […]

Los comentarios están cerrados.