Fenomenología danubiana (por los canalones de Magris)

Sergi SOLÉ PLANS


Sucevita

Iglesia del Monasterio de Suceviţa, România

 

LA RELACIÓN – ™ EL CÍRCULO – LOCALIZACIONISMO – HALBKULTUR -˜ RELIGATIO

De repente, vimos una inscripción: “Museo del Danubio”. Esta palabra, Museo, aparecía como algo realmente extraño en medio del encanto de la naturaleza.

Claudio Magris[1]


CLAUDIO MAGRIS RECORRE el Danubio en su libro homónimo de 1986. Desde la entonces República Federal Alemana hasta las costas rumanas del Mar Negro discurre bellas tentativas metafísicas que nos proponemos estudiar. El análisis será detenido ya que la literatura, que a menudo es un viaje de lo conocido a lo desconocido, y al mismo tiempo de lo desconocido a lo conocido, termina en ese ir y venir por marear a veces, y confundir como veremos.

LA RELACIÓN

Más allá de la disputa topográfica entre las ciudades de Furtwangen y Donaueschingen por el origen del río, nos traslada Magris “la atrevida hipótesis sostenida por Amedeo (…) según la cual el Danubio nace de un grifo”. Aunque Magris se esfuerza en desechar esta desdorosa posibilidad y remolonea en el prado encharcado que nutre su cuenca, no puede dejar de preguntarse: “Así pues, ¿el agua que brota del terreno del doctor Öhrlein es el origen del Danubio o, por el contrario, sólo se sabe (se piensa, se cree, se pretende) que es el origen del Danubio? Amedeo, evidentemente, ha querido llegar a las cosas mismas, a su manifestación originaria en la conciencia. Ha partido, pues, de Furtwangen, decidido a describir las fuentes del Danubio tal como se ofrecen a la observación, a captar su forma pura, su esencia, después de haber anulado y puesto entre paréntesis cualquier teoría preconcebida”. Aunque no la menciona aquí resulta palmaria la alusión a la fenomenología y al exhorto husserliano “a las cosas mismas”. A la fenomenología como canalón que nos conduce desde el prado encharcado hasta el grifo que lo riega.

EL CÍRCULO

De entrada, la fenomenología a la que parece apelar con “la observación” es aquella por la que resulta ser “la superficie del mundo más real que las gelatinosas cavidades interiores”. Converge esta concepción con la del psiquiatra holandés Henricus Cornelius Rümke, para quien “la superfície es lo que más peculiarmente pertenece a la persona; es su firma individual. Si me preguntaran -escribe Rümke en 1954-: ¿qué es un ser humano, en verdad? Respondería: su lisa superficie”. Considera que “la esencia se revela en la apariencia” y que “las apariencias no mienten” del mismo modo que Magris afirma que la “fenomenología lleva razón, la simple aparición de las cosas es buena y verdadera”. Pero no parece querer detenerse ahí, y pretende “captar su forma pura, su esencia”, preguntándose con Amedeo “cuál es la auténtica continuación del río, hacia arriba”, más allá de lo superficial y aparente, intentando levantar la vista de la tierra empantanada. En este querer ir más lejos, del origen especulado al real, descarta la freática introspección y prefiere buscar fuera: “Para apartar la mirada del propio pozo profundo no hay nada mejor que dirigirla al análisis de la identidad ajena, interesarse por la realidad y por la naturaleza de las cosas”. Mas esa realidad y naturaleza se muestran pronto hogareñas, y siguiendo su propia definición sólo se manifiestan ya de vuelta en la conciencia. Conciencia de la que parece imposible escapar, trazando lejano el horizonte que sirve de frontera entre el origen del Danubio y lo que de él se sabe, se piensa, se cree o se pretende. Conciencia, tan largo canalón que sólo refluye. Con obligado billete de vuelta, la literatura que lo recorre se revela viaje de doble sentido, conocimiento circular, espejo cóncavo posado “sobre el mundo como un hemisferio apoyado en otro, dos espejos que se reflejan recíprocamente como en el barbero y se envían mutuamente la inaprehensibilidad de la vida o nuestra incapacidad para aprehenderla”. Rendido, cansado del ir para volver, termina por aunar la inquisición: “¿De qué manera aparecen los fenómenos en el horizonte del mundo y de la mente?”.

LOCALIZACIONISMO

Tras el fallido intento de Amedeo, atrapado en la filosofía de la conciencia, Magris recurre al psicólogo de la percepción, profesor triestino como él, Paolo Bozzi, y su distinción entre las propiedades visibles de los objetos (color fluvial, azul de Voroneţ) y aquellas experiencias que sólo existen en el pensamiento (como un verano en el Jarama), que supone menos accesibles a otro observador. Repite en ese tosco desbrozar los ensayos varios que a través del modelo perceptivo pretenden despachar un conocimiento encallado en la conciencia. Sólo más adelante, ya sobre el delta, reconocerá la “imperfección perceptiva”, el “non sento gnente” del tío de su amigo Gigi, o la hipoacusia que “no consigue aprehender el murmullo de la vida”. La incapacidad humana, reservada por Rousseau a “aquellos hombres malnacidos, sordos a la dulce voz de la naturaleza”. Concederá que “la culpa no es del Danubio”, de la cosa misma o en sí, sino de quien “siente la necesidad de agarrarse a esa patraña, tal vez para desmentirla con desdén, o bien de divagar sobre el hipotético goteo del grifo para eludir el canto del río”. A pesar -o a través- de todas las páginas que le dedica, pretende él poder prescindir de la patraña, de la hipótesis, de la localización exacta de grifo y canalón que dan nacimiento al río, y verse libre para pasear indolente por la fangosa extensión que “parece” darle cuna. “Poco propenso a la exactitud, el literato prefiere divagar”, escribe, e impugna “las presunciones de la exactitud científica” de ese localizacionismo fontanero. En otro lugar, despreocupado, deja caer: “El origen, inalcanzable y siempre inseguro, significa poco”.

HALBKULTUR

No parece con todo serenado. Se muestra rabioso ante esa verdad bumerán que no es capaz de despegar de su conciencia, que vuelve siempre, y siempre con el pico vacío. Se siente ahogar en el neopreno cultural que le aísla de la naturaleza sin tampoco permitirle nadar por su cauce, hasta el origen. Su amigo Gigi censura la hipótesis del grifo como algo que “sólo puede ocurrírsele a un hijo de nuestro siglo, a alguien que no sepa con certeza si sigue existiendo la naturaleza, si es todavía la enigmática señora del universo o si ha sido ya desautorizada por lo artificial”. El secular Magris teme con su grifería ser partícipe del “triunfo absoluto de lo innatural y la derrota o la desaparición de la antigua Madre, falsificada por la moda, por la producción artificial, por lo ficticio”. Recoge las “angustiosas protestas” contra la ruptura y esterilización del amnios materno que claman los ecologistas contrarios a la central hidroeléctrica de Hainburg-Nagymaros. Acusa a todo aquel que no sabe “mirar de frente los átomos y el vacío” y que “se dirige a cachivaches intelectuales de bajo precio pero de sofisticadas pretensiones y desea ser reconfortado por lo sobrenatural de barracón de feria”. Él no quiere ser reconfortado, puede -se dice a sí mismo- tolerar un río sin grifo y sin origen, un río cuya fuente se pierde y escapa a la mirada: “no había ningún temor ni ninguna pérdida en ese desaparecer y ver desaparecer”.

Mas pronto desespera, el vacío de cerca es doloroso. Invoca la posmodernidad de Fausto para afirmar que “los grifos ya son más vivos y tangibles que los ríos” y acude al Museo de la Aldea cerca de Bucarest para aventurar que “Hoy, en las aldeas verdaderas sólo existen probablemente cosas falsas; quien quiera encontrar la naturaleza, que vaya al Museo”. Arremete contra Heidegger, contra su afán de autenticidad ligado a la tierra y contra su recelo de la técnica y el artificio. Pero tampoco está convencido. Sabe de la insuficiencia de esos cachivaches que denomina cultura media (Halbkultur), del incómodo neopreno permeado. Demasiado escapa a la razón tecnificada, a él mismo repugna la distopia del museo y nada son grifo y canalón sino Danubio, partes de él por plúmbeos que nos pongamos. Y es que al fin y al cabo “es probable que lo ‘innatural’ no existiera: la naturaleza goethiana abarca y envuelve todas las cosas y ella es la que mueve y crea, con elusiva ironía, todas las formas, incluso aquellas que parecen negarla y que a los hombres se les antojan ‘innaturales’. Hasta el individuo más huérfano y estéril, que se considera desterrado de su seno, le pertenece sin saberlo e interpreta el papel que ella le ha atribuido en el eterno juego: grifo y canalón obedecen al dios fluvial”.

De nuevo en una central hidroeléctrica, esta vez la de Djerdap, rebaja el “triunfo de la técnica sobre la naturaleza” y pondera la “sin duda comprensible impugnación de la técnica, que invade nuestra cultura (…) Es posible que convenga contemplar estas pirámides modernas sin énfasis progresista y sin terror apocalíptico”. Se debate en su pertenencia entre Naturvolk y Kulturvolk, asustado por el primero y defraudado por el segundo (dándose cuenta de qué poco se entiende la vida con la cultura). Se declara con pompa literato mientras chapotea en el fango del Danubio. Profesa así una Halbkultur que a nosotros nos parece deliciosamente hermenéutica. Chapoteosis total.

RELIGATIO

Embrollado en la episteme se asombra del mundo de la abuela Anka en el que “las cosas simplemente ocurren”, como en la región antidanubiana de la Bucovina. En los días lluviosos elegidos para nuestra visita, acaso para penetrar en ese Monte Nevoso la diferencia óntica entre niebla y nubes, pudimos experimentar lo que el profesor Irimia ilustra en uno de los catálogos sobre los monasterios del lugar: “Pintadas en su interior y en los muros exteriores por completo, hasta las torres, las iglesias de Bucovina representaron una Biblia abierta, no solo como un libro sagrado sino también como un universo sagrado abierto (…). Integrados en un todo pictórico, arquitectónico y espacial, los iconos ortodoxos sobrepasan, aquí, la función de representación asumiendo, además, una función ontológica de sagrado significado”. Superada la representación, arrojado el lenguaje al mundo y despojado de función, se apodera de nosotros la angustia de un “nihilismo completo” al creer perdida la verdad tras una cortina de luz. A cuatro páginas del final se reconoce ya Magris extraviado: “La confusión se está haciendo realmente excesiva”.

Aunque amaga un último despejo al conceder que “su final está en cada uno de los cuatro mil trescientos kilómetros cuadrados de su delta”, no se resiste a zanjar el asunto como “los amantes de la ‘Regulation’. Queda claro, pues, que el Danubio termina en Sulina”, sentenciará aliviado. Casi nos habían persuadido las concesiones a la imprecisión, al incesante acabar que no es final sino verbo infinitivo, a los ramales del río emancipados de la “imperiosa unidad-identidad”, al “inseguro gesto circular” que atribuye a un supuesto filósofo en dificultades para señalar al Danubio. Esforzados bosquejos del camino en que se halla y pierde, por el que busca, y al que repatea por no llevar a ninguna parte mientras admira el canal que domestica en línea recta y navegable al Danubio hasta Sulina. El filósofo no se ve en estas dificultades que el literato siente y le atribuye. El filósofo levanta el dedo, señala y dice “allí termina el Danubio”, sabiendo cuánto se equivoca.


[1] Esta cita y las otras dos que intercalamos en el texto en cursiva provienen de la entrevista concedida por Claudio Magris a Mercedes Monmany para el número 109 de la revista Mercurio de marzo de 2009

Etiquetado , , , , , , , ,