Tiempo de negatividad en el llamado Trastorno Límite

LeAEN SaraEste texto resulta de la elaboración sinóptica de la conferencia que bajo el título Trastorno Límite e intersubjetividad. Posibilidades hermenéuticas de la psiquiatría existencial fue pronunciada en las XXIV Jornadas de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, celebradas en León en junio de 2011.



UNA PRECARIA O INCONCLUSA IDENTIDAD podría acordarse como elemento central en el diagnóstico del Trastorno Límite. El carácter intersubjetivo del proceso de construcción de dicha identidad lo viene teorizando la sociología desde hace casi un siglo (G.H. Mead) y lo han constatado los clínicos de todas las orientaciones: desde las teorías psicoanalítica y del vínculo (Bowlby) a la representacional de Fonagy y Bateman pasando por los “significant others repeatedly invalidating the self” de Linehan.

En la conferencia de 2011 apostábamos por la superación de una fenomenología cuyo carácter hipostasiante y de sumisión a la filosofía de la conciencia ha hipotecado este recorrido de aproximación intersubjetiva a la personalidad límite. Constatábamos sin embargo cómo la mayoría de las corrientes de análisis existencial a las que apelábamos, desde la Escuela Británica a la Sociedad Suiza, han permanecido ancladas en las premisas trascendentales de un sujeto fenomenológico bueno para conocer pero difícil de tratar.

Queremos ahora sustentar la alternativa ―ya entonces apuntada― de una comprensión hermenéutica caracterizada por el espacio libre, no ocupado y definido por ello a menudo como negativo, que se abre en el diálogo. Frente a ella opugnamos los positivismos imperantes, cierta fenomenología entre ellos.

I

Los positivismos convergen en la aceptación a priori de una esencia (positiva) por constatar. Todos ellos presuponen ya algo, previo a nuestra llegada: una pulsión reprimida, una amígdala desbocada o un existenciario frustrado, hipótesis que se nos presentan antes de conocer al enfermo. Un algo que es a la fuerza no ya manipulable sino manipulado, o manoseado directamente. Y si el psicoanálisis en su primera tópica separa la conciencia de otras instancias y la neurobiología disecciona hasta lo subatómico el espacio intracraneal, cierta fenomenología se ha dedicado -en un proceder tal vez más taimado pero no menos falaz- a fragmentarla en estructuras.

En Maladie mentale et psychologie (1962) Michel Foucault atribuye a la fenomenología psiquiátrica la tarea de “comprensión de la conciencia enferma y reconstrucción de su universo patológico”. Casi medio siglo después Thomas Fuchs entiende en la misma línea que su cometido es “describir y analizar la experiencia subjetiva del paciente”. Y no otra cosa autoriza la obra de Ludwig Binswanger con su empeño reconstructor de una “biografía interna” dimensional y tematizada. Recomponer un sujeto despiezado, reconstruir nada menos que su universo o mundo (de la vida, añaden algunos), detallar su entraña, trocear su experiencia. A eso parece haberse limitado o atrevido la fenomenología en nuestro campo.

Son muchos (Cohn, Villegas Besora, Costa Pereira) los que, siguiendo a Medard Boss, han reprobado en el último medio siglo al de Kreuzlingen la inoperabilidad de una propuesta terapéutica que Fuchs censura de nuevo: “no hay una psicoterapia fenomenológica” sentencia desde Heidelberg. En FENOPATOLOGICA nos preguntamos: ¿Por qué no la hay? ¿Puede acaso haberla? ¿Qué lo impide?

II

Fracasa a nuestro entender esta fenomenología al colocarnos -como apunta Ramón Rodríguez en Hermenéutica y subjetividad– siempre frente a objetos: “El componente antimetafísico de la fenomenología husserliana, su particular ‘positivismo’, es solidario de esa primacía de la posición teórica que convierte el estar-en-el-mundo en estar ante objetos”. Entendemos por objeto todo aquello que se supone independiente del observador, todo aquello que no está sujeto a nada ni a nadie. Hechos que el conocimiento no deberá más que verificar, pero que en esencia estaban ya ahí antes, inmutables. Lo que frente a ellos defenderá la hermenéutica es la dependencia o sujeción de las gestaciones psicopatológicas (no sólo de su intelección, que es cosa vieja de modernidad) de aquél que acompaña y observa, del familiar, del amigo, del médico o del terapeuta. Del interlocutor. En la psicosis esquizofrénica o en los trastornos obsesivos es tal vez más fácil asumir un síntoma, voces o ritos, que antecede a la consulta y sigue intacto finalizada esta, ajeno a nuestra participación o presencia. Las tentaciones objetivadoras son grandes en estos casos y la fenomenología se ha denodado en ese aislar la cosa misma, el objeto, en librarlo de nuestro influjo. Podrán discutirse sus logros al respecto pero en los confines nosográficos que proponemos, en lo Límite de la personalidad, resulta manifiesto que la expresión o génesis (que es lo mismo) del malestar se halla sujeta a o es dependiente del entorno, del familiar, del social y, en nuestro caso, del terapéutico: “In fact their personality often changes dramatically depending on who they are with” escribe Fuchs.

También en los otros modos de enfermar, también, pero especialmente en estos lindes de la personalidad nos reconocemos parte acompañante, ineludible en su expresión y ansiada en su avance. No será pues con la descripción (que es prescripción siempre) determinante sino desde la apertura del diálogo como podremos invitar al desarrollo de esa identidad que llamamos al inicio inconclusa pero que tal vez responda muy al contrario a un prematuro aldabonazo. Es tiempo de soltar asideros y arrojarnos a la negatividad para, entonces sí, sujetarnos.

***

FUCHS, T. (2007), Fragmented Selves: Temporality and Identity in Borderline Personality Disorder. Psychopathology (40), 379-87

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