Semiología en la Post-APA

PostAPA13SE LAMENTABA EL ASISTENTE en pajarita de la escasa profundidad psicopatológica de un debate dominado, a su entender, por la vulgar semiología. Desde FENOPATOLOGICA replicamos: ¡Ojalá hubiera sido ese el problema, compañero de corbata! El caso es que la semiología andaba ella misma también algo coja, despistada y errante en la exposición ofrecida por los psiquiatras indianos.

Una de las primeras cuestiones tratadas fue la desaparición, en el flamante y arábigo DSM-5, de los estados mixtos entre los trastornos afectivos. Los estados mixtos ya no son positivamente tales sino el vivo reconocimiento de las impurezas nosográficas que la clínica se empeña en espetarnos. La enfermedad se nos presenta cercana a un prototipo, si bien a menudo con trazas de otros elementos: manías con algo de depresión, depresiones con algo de manía… y mejor llamarlo así a buscar un pretencioso nombre que quiera encorsetar lo que no es sino variedad semiológica (ellos lo llaman horriblemente “especificadores”). Y a la semiología, aunque sea sólo a ella, convendrán conmigo, hay que escucharla, pues fue desde siempre y debe seguir siendo el primer paso del razonamiento médico. El diagnóstico explica la aparición conjunta y mantenida de un grupo determinado de signos y síntomas, de un síndrome, vaya, y si la regularidad en su combinación es dudosa lo será también que tengan una causa común y por tanto merezcan un diagnóstico. Si lo mixto es tan cambiante mejor dejémoslo mudar y sigámoslo describiendo, observando, anotando. Un acierto semiológico del nuevo DSM, sí doctores, la destitución de lo mixto. ¡Eureka!

Pero la euforia no podía durar mucho. El profesor Roca se encargó de comunicarnos la completa desmembración de los trastornos afectivos: tras la fulminación de los estados mixtos, la definitiva atomización de la categoría al escindir la depresión de lo bipolar. Se apelaba a un supuesto síndrome afectivo como denominador común de esta “colección heterogénea de enfermedades”. Pero como a pantalla seguida se nos dice que -a su vez- los “trastornos mentales son heterogéneos”, hay que recular para no perdernos entre tanta heterogeneidad y conceder, después de todo, que el “diagnóstico es sintomático”. Volvemos así al síndrome afectivo que pretendía ser superado por la colección de enfermedades (depresión, bipolaridad) ahora emancipadas.

Vemos, en resumen, cómo en los trastornos afectivos se diluye lo mixto y los intentos de promocionar enfermedades no alcanzan otro estatuto que el sindrómico. Tal vez porque nuestro dominio semiológico es tan escaso somos incapaces de avanzar hacia la consolidación de los trastornos. Prototípico ejemplo del fracaso lo constituye la alusión -que no faltó (con sello de Nestler y Jeste)- al síndrome metabólico, ese otro aberrante constructo que no hay modo de despedir del discurso de nuestra especialidad. Oír hablar, en los trastornos de ansiedad, de “síndrome cross-sectional” para definir el amalgama ansioso-depresivo fue la culminación del despropósito.

Descorazonado ya casi del todo, conseguí todavía tenerme sentado cuando el profesor Bernardo (en la fotografía) nos ofrecía la exclamativa transcripción del oxímoron psicopatológico en el que venimos tropezando: “La Esquizofrenia es un síndrome con una gran heterogeneidad!!”. Insistimos: no puede ser considerado síndrome si no se le reconoce la homogeneidad que implica llamarlo sín-drome, con-junto, tal y como recogen las definiciones de distintos diccionarios de referencia (no el de la Real Academia Española, como ya hemos denunciado en otra parte, pero sí en otras lenguas) que aquí subrayamos: en inglés el Merriam-Webster como “a group of signs and symptoms that occur together and characterize a particular abnormality”; o en catalán el Diccionari enciclopèdic de medicina (DEM) como “Conjunt de signes i símptomes que caracteritzen un procés morbós”.

Al sostener que “al final los tratamientos se fijan en dimensiones clínicas” tal vez se refería el profesor Vieta a lo mismo que Marder -citado por el profesor Sánchez- al afirmar que “No habrá un fármaco “antiesquizofrenia””. Parece la psiquiatría oficial volver al cauce de las prudentes recomendaciones de Thomas Sydenham*, relegando las causas y pretiriendo la nosología, en favor de una mejor comprensión semiológica a la que -por ahora- parecen limitarse  las opciones terapéuticas.

Las disquisiciones psicopatológicas, amigo de la pajarita, son peras al olmo.

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*Urgent recommendation simply to describe the diseases with the greatest possible precision since one could, by that method, not possibly go wrong,  [was prompted not only by] resignation, but also a hope: the hope that in this way medicine would finally succeed in making the desired advances, particularly in the field of therapy. Yet hope is, of course, in itself a sign that the goal aimed at has not been reached.

Esther Fischer-Homberger, Eighteenth-century nosology and its survivors

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