Último invierno

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ES ÚLTIMO UN concepto tibio, contingente.
Calma la voz, le da reposo.
Abre un silencio bajo, destensado y muelle,
flotante, horizontal. Un vacío transitable.
Por el silencio inaugurado con la palabra última se puede caminar como por una alameda con luna.

Para la vibración sin eco, atronadora, para eso ya está el ruido de los cráneos valvulados al ritmo del gasoil, la mecánica machacona de los discursos populares. Poco añade al jaleo la pirotecnia psicopatológica. El calor de todos estos juegos, más o menos sofisticados, nos niega el invierno, la estación final. Tal vez para eso sirven. Espectáculos de masa, como un pinar a mediodía con muchos niños y pájaros azules.

Lo tibio, blando y pesado, cae ahora a nuestros pies. Podría romperse. Lo último siempre puede romperse, también lo blando, y dejar de ser último. Pero no lo deja de ser hasta que llega otro, alguien. Hasta entonces sigue siendo el último, tal vez para siempre.

Por ahora lo último que publicamos y nos da calor es este trabajo de Carlos Rejón: Imaginación, mediación y locura a las puertas de la psiquiatría. Una maravilla.


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